Una Mejor Manera de Vivir es un devocional corto presentado por Robert Costa, con el fin de llevarte a la reflexión en medio de un día agitado.

A veces nos sentimos tan víctimas de las ofensas ajenas, que nos parece imposible poder perdonar.

Cuando se pierde de vista a Dios, la vida pierde su valor.

El tener una meta por delante, un blanco digno para alcanzar, siempre es un estímulo para luchar y gozar de la vida.

Podemos convertirnos en un pequeño oasis en medio de un ambiente laboral difícil.

Cuántas veces los seres humanos cambian los valores esenciales de la existencia por un simple bocado de placer.

¿No puede Dios concedemos solidez espiritual para construir el éxito de nuestra vida?

Lo que puede llegar a cansar al ser humano no es tanto la regularidad de nuestras tareas, sino la disposición que tengamos hacia ellas.

Las horas sombrías que estamos viviendo hoy, constituyen simplemente el anticipo de ese mundo mejor que Dios establecerá cuando Cristo regrese a la tierra.

¡Cuántas otras muertes, desgracias y atropellos se cometen en todos los rincones de la tierra debido al egoísmo!

Cuán esperanzadora es la condición del que cree en la existencia de Dios y vive dependiendo de él para todas las emergencias de la vida.

A cada paso encontramos evidencias de que Dios existe, comenzando por nuestro propio organismo.

A veces, el dolor del alma puede ser tan desgarrador, que nos cuesta ver a Dios.

Podemos vivir tan encerrados en el mundo de nuestros propios problemas, que nos cuesta contemplar el espacio celeste.

Si somos tan comprensivos hacia los misterios de la naturaleza que nos rodea, ¿por qué no habríamos de tener la misma actitud hacia Dios?

La sensibilidad natural del hombre capta la existencia y las providencias del Altísimo.

Cuanto más vacíos estamos por dentro, más nos llenamos por fuera.

El diablo usa tantas maneras diferentes de atacar que sería imposible ponerse a cubierto de todas.

Cortar la relación con el Eterno, por considerarla innecesaria, es quedarse en el aire, sin base abajo ni sostén de arriba.

Las adversidades de la vida tienen mil nombres y formas diferentes, pero en todos los casos se impone una actitud valiente, so pena de ser paralizados por la crisis del dolor.

Quien ama de veras su vida, aprenderá también a disfrutar de ella.

No existe maldad o miseria sobre la tierra que no tenga su raíz en el ego descompuesto de los hombres.

La fe en Dios ha redimido a millones de almas de sus más negras maldades, y ofrece aliento para sobrellevar las cargas de la vida.

Quien vive solo interesado en su breve paso por el mundo, y no vislumbra la aurora de la eternidad, es como aquel que queriendo escribir un libro lo concluye a la altura del prefacio.

Si ayer hemos obrado bien, ¿quién podría impedimos que hoy obremos mejor?

Cuán importantes son las amistades, los hábitos y los ideales que adopta el joven o adolescente.

Jesús es tan indispensable como lo son para nuestra vida el pan, el agua y la luz solar.

La inocente botella, reservada para las mejores ocasiones, puede encerrar un certificado de defunción o de discapacidad por el resto de la vida.

Quien acepta la invitación de amor que nos extiende Dios, se asegura de recibir Su presencia constante y sus abundantes bendiciones.

En el hogar no todo consiste en limpiar y ordenar.

La vida podría ser comparada con una caverna llena de laberintos, entre los cuales es fácil perder el rumbo si no se tiene un guía seguro a quien seguir.

Estamos hechos de tal manera que no podemos soportar una conciencia culpable.

Pidiendo cada día la bendición del Altísimo, el hogar podrá gozar de armonía y felicidad.

No es fácil continuar tratando de hacer lo mejor cuando una no sabe si sus esfuerzos son apreciados o no.

Cuando decimos que creemos en Dios, ¿sabemos por qué creemos o tenemos alguna razón para fundamentar nuestra fe?

Nuestra felicidad personal exige convivir sabiamente con los demás.

¿Para cuándo queremos reservar los elogios hacia nuestros seres amados?

El que mantiene su mente abierta para aprender, descubrirá que la vida nunca se estanca y siempre se renueva.

Hay situaciones donde Dios, en lugar de cambiar las circunstancias, decide trabajar en nosotros.

El muchacho que comprende cuál es el precio del éxito, se esfuerza mientras le dice “sí” a los libros, al deporte y a la fe, y “no” a la pérdida del tiempo.

Practicar una tradición puede parecer correcto, pero si no concuerda con la Biblia, es posible que estemos haciendo algo simplemente por rutina.

¿Esperaremos que primero nos aflijan las pruebas para buscar después la bondad divina?

Creer en Dios va más allá de aceptar lo que otros te hablen de él; hay que experimentarlo.

Basta con recordar apenas una de las muchísimas profecías bíblicas, para reconocer que sólo la mente del Infinito podría predecir con tanto acierto el curso de la historia.

Cuán frecuentemente estamos dispuestos a creer en Dios, a condición de que él nos dé todo lo que ambicionamos.

La confianza en el Altísimo combate el vacío del alma, nos hace hermanos de nuestro prójimo, e hijos y amigos de Dios.

Mientras el incrédulo desespera ante la prueba y el dolor, el corazón del creyente alienta la esperanza de una solución divina.

En el matrimonio, no se trata de ver quién es más capaz, sino cómo cada uno puede ofrecer lo mejor de sí para la felicidad del otro.

A veces tenemos que sufrir verdaderas sacudidas, para despertar a la gran realidad de que Dios puede ayudarnos, y que debemos acudir a él con mayor frecuencia y confianza.

El estar rodeado de personas no implica necesariamente sentirse acompañado.

La genuina prueba del amor conyugal se manifiesta en las acciones, en la actitud comprensiva y en el deseo de agradar al cónyuge.

Todos podemos cambiar si le damos una oportunidad a Dios, y si doblegamos nuestro orgullo.