Una Mejor Manera de Vivir es un devocional corto presentado por Robert Costa, con el fin de llevarte a la reflexión en medio de un día agitado.

¡Cuántos son los males que podemos evitar y los bienes que podemos recibir, simplemente cultivando el hábito de la oración hecha con fe!

No se trata de evadir el cometer errores, sino aprender de ellos.

¿Quién mantiene en orden perfecto y en movimiento continuo los cuerpos estelares que adornan el firmamento?

Quien ama con pureza y generosidad a su prójimo, no puede dejar de sonreírle, sencillamente porque lo ama.

No hay ser dotado de razón que sea capaz de contemplar la maravillosa estructura de los órganos del cuerpo, sin sentirse movido a reconocer la existencia de un Creador superior.

Mientras que la casa está formada por el techo y las paredes, el hogar se afirma en los corazones tiernos del grupo familiar.

Así como la piña ofrece dulzura y beneficio al que la prueba, somos llamados a ser una bendición para quienes nos rodean.

Una persona reacciona favorablemente cuando se le dispensa bondad y consideración.

Cuando las soluciones humanas se agotan sin resultado, llega la hora de Dios.

Quienes se desentienden de Dios piensan que relacionarse con él implica atarse y perder la libertad individual.

Cuando nuestros propios errores se convierten en motivo de problemas, fracasos y caídas, ¿podemos decir que se trata de un castigo de Dios?

Cuántos que hoy se lamentan por su fracaso, en su momento rechazaron probar algo nuevo que se les proponía.

Cuando se acepta a Dios, se encuentra explicación para muchos de los llamados “misterios de la vida”.

Junto con el amor, la fe juega un papel de primerísima importancia para conservar el deseo de vivir.

A veces estamos tan concentrados en las realizaciones humanas, que atribuimos toda la gloria al hombre y perdemos de vista la sabiduría y el poder del Infinito.

Cuán alentador es saber que ante situaciones limitantes podemos acudir al Altísimo para que él pueda suplir nuestras necesidades.

Tan ciertamente como el sol disipa las tinieblas, Dios puede despejar toda sombra del alma.

Tenemos una invitación abierta para encontrar a Dios en las páginas de su Libro, porque en Jesús, Dios nos ha hablado con voz tan alta, que es difícil de ignorar.

Como hijos de Dios podemos demostrar tangiblemente a los hombres de nuestro entorno que Dios los acepta y considera de máximo valor.

La lujuria es un exceso que desgasta la vida y distorsiona los valores del espíritu.

¿Estás viviendo de tal manera que la segunda venida de Cristo te llene de confianza y no de vergüenza?

Mientras pronunciamos las palabras de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ¡cuán a menudo cerramos nuestro corazón a la necesidad de nuestro hermano!

El que confía en la bondad de ese Dios de amor, podrá descansar en paz a pesar de los problemas o las contrariedades que agobien su corazón.

Un mundo donde las personas estén más preocupadas por la reputación de los demás que de la propia, sería un lugar más que hermoso.

Lo que en un principio parece tan atrayente y excitante, tan novedoso y entretenido, cuántas veces termina siendo la ruina de la vida.

Cuando valoramos la vida tomamos decisiones que nos acercan a Dios, mejoran nuestra salud, nos enseñan a ser buenos administradores del tiempo, y aprendemos a convivir con los demás.

Al prestar ayuda a nuestro prójimo, podemos estar protegiendo nuestra propia salvación.

¡Cuántas otras personas se destruyen, sin darse cuenta, debido a su amor febril por las riquezas!

Así como la zanahoria ayuda a nuestros ojos a funcionar mejor, la Palabra de Dios ilumina nuestra vida y nos guía en decisiones diarias.

Cuántas veces las peores tragedias comienzan por una pequeña caída moral, por una mala intención, o por un simple descuido del deber.

Para que el valor que pretendemos desarrollar sea firme y triunfador, debe estar basado en la Biblia.

En nuestro viaje de la vida, ¿no tenemos “nubes” que parecen dejarnos a ciegas?

El amor se goza viendo las virtudes, y no señalando los defectos.

Quien cultiva sanos hábitos de vida, goza más de su existencia y prolonga su período útil de actividad.

Con frecuencia convivimos a sabiendas con el mal, pretendiendo que no nos afecta.

Sin fe es muy fácil iniciar el camino descendente que lleva al fracaso y a la ruina.

Toda realización grande es un conjunto de pequeñas realizaciones.

Mientras que el orgulloso no tiene lugar para Dios en su corazón, el humilde, en cambio, reconoce sus limitaciones.

Al elegir alimentos que nutren nuestro cuerpo, honramos a nuestro Creador y cuidamos del templo que Él nos ha confiado.

La fe nos ayuda a cuidar y desarrollar mejor las riquezas de la vida y la salud, del amor y el servicio, del hogar y la familia, y aun de las posesiones materiales.

Los contratiempos de la vida son inevitables, pero la actitud con la que los enfrentamos puede servir como testimonio de nuestra confianza en Dios.

La auténtica alegría de la vida no se consigue con dinero, con renombre o con cualquier otra ventaja exterior, sino cuando el corazón se llena de amor.

Dios no desea que las personas sufran, pero a veces su plan implica dejar que el mundo coseche las consecuencias de su rebelión lo suficiente como para salvarlos sin forzarlos.

¡De cuántas otras cosas se desprende una madre a lo largo de su vida, por amor a sus hijos!

Si estamos confiando más en la persona de Dios que en lo que podemos obtener de su depósito de bendiciones, nunca perderemos la esperanza.

Si la pérdida de un objeto material de mayor o menor valor puede crearnos tanta preocupación, ¿podemos imaginar lo que significa para el alma la pérdida de un bien espiritual?

Las consecuencias de una vida ociosa pueden ser tan graves que den origen al engaño, al robo y a la descomposición de la mente y la conducta.

Así como la fruta refresca y fortalece el cuerpo, la presencia de Dios renueva nuestra fe y nuestro ánimo.

Dios diseñó la tierra con alimentos que nutren y sostienen la vida.

Quedamos a mitad de camino si en lugar de confiar en Dios dependemos apenas de nuestras débiles fuerzas humanas.

Si tratamos a los demás con rudeza, con descortesía, o con indiferencia, así nos tratarán ellos a nosotros.