Reflexiones de la Palabra de Dios, basadas en los textos de la liturgia católica, haciendo énfasis en la primera lectura o el salmo, enfocándolas en el actuar cotidiano y su puesta en práctica como camino de santidad a través de la configuración con el Corazón Misericoridioso de Cristo.
Juan Elías de la Misericordia Divina

Entramos en el mes de agosto, un mes dedicado a Dios Padre y a la Iglesia que dialoga. La liturgia de hoy nos muestra precisamente eso: un Padre que no cobra por su pan, que lo ofrece «sin dinero y sin precio», y que nos llama a sentarnos a su mesa como hijos que dialogan con Él y entre sí. La multiplicación de los panes es un icono del diálogo divino: el Padre que escucha, el Hijo que intercede, la Iglesia que recibe y comparte.

Hoy, la primera lectura nos presenta al profeta Jeremías, que es juzgado por anunciar la verdad. Pero el Señor está con él «como un guerrero poderoso» (Jr 20,11), y es liberado por la intervención de Ajicam. San Alfonso María de Ligorio, cuya memoria celebramos hoy, nos enseña que el verdadero tesoro es la santidad, y que el camino para alcanzarla es la práctica de la virtud y la oración constante.

Hoy la Escritura nos muestra dos escenas complementarias. Primero, Jeremías: un pueblo herido, una tierra que clama, y el corazón del profeta se llena de lágrimas “día y noche”. Y aun cuando “profeta y sacerdote” cumplen su oficio, falta un punto decisivo: no hay conocimiento del Señor. El pueblo busca paz, pero encuentra terror; busca sanación, pero llega angustia. Y entonces el profeta vuelve al fundamento: confiesa la culpa, pide no ser rechazados por el nombre del Señor y pregunta algo tajante: “¿pueden los ídolos de las naciones traer lluvia?” La respuesta es clara: solo el Señor salva.

Ayer, en el Evangelio, Jesús nos hablaba del tesoro y la perla que transforman la vida. Hoy el profeta Jeremías nos muestra el drama de un pueblo que ha perdido ese tesoro, que ha cambiado su gloria por ídolos que no salvan. El profeta recibe una orden extraña: comprar un cinturón de lino y enterrarlo junto al Éufrates. Cuando lo desentierra, el cinturón está podrido, inservible. Así es el pueblo que se ha separado de Dios, que ha dejado de ser su gloria para convertirse en algo que no sirve para nada.

Hoy la liturgia nos regala tres parábolas del tesoro escondido, de la perla preciosa y de la red que recoge toda clase de peces. Estas parábolas nos sitúan ante el corazón del Evangelio: el Reino de Dios es el verdadero tesoro. La primera lectura nos presenta a Salomón, que pide sabiduría para gobernar, y Dios se la concede porque no pidió riquezas ni poder.Jesús no nos habla de un Reino lejano, sino de un encuentro que transforma la vida. El que encuentra el tesoro, vende todo y lo compra; el comerciante de perlas, al encontrar la de gran valor, vende todo y la compra. No hay un término medio; el Reino lo exige todo porque lo da todo.

Hoy celebramos a Santa María Magdalena, que fue transformada por el encuentro pascual y se convirtió en primera testigo. El Evangelio nos muestra que, aun “todavía estaba oscuro”, ella va al sepulcro y corre a anunciárselo a los discípulos. Pero lo decisivo no es solo lo que ve: es a quién reconoce. San Juan Pablo II subraya que María reconoce al Resucitado cuando Él la llama por su nombre: “María… Rabbuní”. Y entonces recibe la misión: ir y anunciar. A la vez, San Pablo nos da la clave interior de esa transformación: “El amor de Cristo nos apremia”; por ese amor, la vida ya no gira alrededor del “yo”, sino que se vuelve nueva creación

El profeta Miqueas, en la primera lectura, cierra su libro con un canto de esperanza. Reconoce la infidelidad del pueblo, pero también la misericordia de Dios que «no guarda rencor eterno» [^1][^3]. La imagen de un Dios que «arroja a las profundidades del mar» las culpas de su pueblo es la más tierna y esperanzadora de todo el Antiguo Testamento.

El profeta Miqueas nos sitúa hoy en un escenario de juicio cósmico: Dios convoca a los montes como testigos y entabla pleito con su pueblo. La pregunta de Dios resuena con fuerza: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he molestado? ¡Respóndeme!». Es la voz de un Padre que ha dado todo y solo recibe indiferencia. La liturgia nos presenta hoy a un Dios que no se conforma con sacrificios externos, sino que busca un corazón sincero y una vida transformada.

El Señor nos toma por la mano y nos habla de un campo sembrado con buen trigo… y también con cizaña. Pero no lo hace para sembrar pánico; lo hace para enseñar un modo de vivir: paciencia que no desprecia, esperanza que no se rinde, y oración que no se agota.Llevemos hoy el lema al corazón: “Dejen crecer juntos”

Cerramos la XV Semana del Tiempo Ordinario. El lema que nos ha guiado —«La Palabra de Dios no vuelve vacía»— ha sido como la lluvia de la que hablaba Isaías: ha empapado la tierra de nuestros corazones. Hemos visto cómo la Palabra confronta nuestra religiosidad vacía (lunes), sostiene nuestra fe en la prueba (martes), humilla nuestra soberbia (miércoles), sana nuestro cansancio (jueves) y nos revela que la misericordia está por encima del juicio (viernes).Hoy, el profeta Miqueas nos recuerda que la Palabra de Dios también denuncia la injusticia de los poderosos que «traman la maldad» y «planifican el crimen» para despojar al pobre de su herencia (Miq 2,1-2). La Palabra de Dios no es solo consuelo; es también denuncia profética contra la opresión y el abuso del poder.

Hoy la Iglesia celebra a Nuestra Señora del Carmen, la Virgen del Monte Carmelo, memoria que nos remonta al profeta Elías, defensor de la fe en el Dios vivo . María, bajo esta advocación, es signo de cercanía y consuelo para el pueblo de Dios . El profeta Isaías, anuncia la esperanza: «¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán!» (Is 26,19) . Y el Evangelio de hoy recoge la invitación más hermosa de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28)

Hoy la Escritura entra en una situación muy real: amenazas que parecen apretar, y un corazón que “tiembla” como el viento mueve los árboles.En Isaías, cuando el pueblo escucha que se juntan enemigos, “el corazón de Ajaz y el corazón de su pueblo se estremeció” como se estremecen los árboles ante el viento. Y Dios envía una orden que no es solo táctica política: es espiritual. Le dice a Ajaz: “Estad tranquilos… no temáis… y no desfallezca vuestro corazón”.

Hoy Jesús sale de casa, se sienta a la orilla del mar, y una multitud tan grande lo rodea que tiene que subir a una barca para hablarles. Allí enseña con parábolas, y comienza con una historia sencilla: un sembrador sale a sembrar. 1Jesús no habla desde una distancia inaccesible. Dios se abaja y se adapta: en la Sagrada Escritura se muestra una “condescendencia” de la sabiduría eterna, para que podamos aprender “la bondad amable” de Dios y se note “cómo se ha adaptado su lenguaje” con atención a nuestra debilidad humana.

Hoy, la Escritura abre con una paradoja que incomoda: Israel “rinde fruto”, se ve prosperidad… y sin embargo Oseas denuncia que el corazón es falso.Oseas compara a Israel con una viña que produce: a medida que crece el fruto, crecen también las “señales religiosas” externas: altares, pilares. Pero el profeta no se detiene en lo visible; va al centro: “su corazón es falso”. Y por eso, el juicio toca lo construido: “el Señor destruirá sus altares” y “romperá sus pilares”

Hoy la Palabra de Dios nos entrega una de las frases más consoladoras del Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Es una invitación que no envejece, porque el cansancio del corazón tampoco envejece. Hay cansancios del cuerpo, cansancios del alma, cansancios de la familia, del trabajo, de la lucha interior, de la culpa, del esfuerzo por sostenerlo todo.

Queridos hermanos, hoy es sábado y cerramos la XIII Semana del Tiempo Ordinario. Esta semana nos fue repitiendo—como una sola corriente—que el cristiano no vive “parcheando” su vida: vive entregando y encontrando. El lema «El que pierde su vida por mí, la encontrará» no es un consuelo para huir, sino una forma de caminar: perder lo viejo para recibir la vida nueva de Cristo.Jesús remata con dos imágenes que son como un diagnóstico espiritual: no se remienda una tela sin estrenar en un vestido viejo porque el remiendo arranca y la rotura empeora; y no se echa vino nuevo en odres viejos porque revientan las pieles y se pierde el vino. Por eso, cuando llega la gracia, llega con novedad, y exige odres renovados.

Hoy se ven dos movimientos de Dios: Amós no se deja silenciar y Cristo perdona y levanta. Y en el mes de la Preciosa Sangre, esta escena nos recuerda que la fe auténtica no solo consuela: purifica y reencamina, incluso cuando el corazón “queda tendido”.Amós llega a Betel y el poder religioso intenta apagar su voz. No lo logra, porque su misión no nace de conveniencias: nace del envío de Dios. Y en el Evangelio, Jesús entra donde el hombre no puede ponerse de pie: primero perdona, y esa palabra de perdón tiene tal autoridad que también abre camino a la curación.

Hoy, el profeta Amós pronuncia una de las denuncias más fuertes de toda la Escritura. Dios dice: «Detesto y rehúso vuestras fiestas… no quiero oler vuestras ofrendas… que fluya la justicia como el agua y la bondad como un torrente inagotable» (Am 5,21.24).El culto sin justicia es vacío. Las ceremonias sin coherencia son un ruido que Dios no quiere escuchar. Amós no está en contra del culto; está contra un culto que encubre la opresión, que se vuelve un refugio para la injusticia. En este mes de la Preciosísima Sangre de Cristo, la Iglesia nos recuerda que la sangre de Jesús no solo nos limpia del pecado, sino que nos une como Iglesia Sinodal, llamada a acoger a los hijos pródigos, a los alejados y heridos, para sanar y construir juntos. El sacrificio redentor de Cristo nos compromete a ser comunidad de acogida y misericordia.

Hoy Amós no habla para entretener: habla para despertar. El Señor le muestra que su palabra no es opcional: “el Señor Dios… no hace nada sin revelar su secreto a sus siervos los profetas”, y por eso “el Señor ha hablado; ¿quién puede menos que profetizar?”A la vez, el profeta añade urgencia: no solo denuncia: advierte con misericordia, para que el pueblo “se prepare para encontrarse con su Dios”.

Hoy la Iglesia nos invita a una fiesta especial. Celebramos la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles. Dos hombres muy distintos, pero unidos por una misma fe y un mismo martirio. Pedro, el pescador impulsivo que negó a Jesús. Pablo, el perseguidor que se convirtió en apóstol de los gentiles. Ambos, transformados por el amor de Cristo, dieron su vida por Él. La Iglesia los llama «dos campeones de la fe», dos columnas sobre las que se sostiene el edificio de la Iglesia.El lema de esta semana —«El que pierde su vida por mí, la encontrará»— se encarna en ellos de manera perfecta. Pedro perdió su vida en la cruz, cabeza abajo, porque no se consideró digno de morir como su Maestro. Pablo perdió su vida decapitado, después de haber «combatido el buen combate» y haber «mantenido la fe». Perdieron la vida y la encontraron para siempre.

La vida que parece muerte es la que da vida. Perder por amor a Cristo no es perder; es ganar para siempre. El bautismo nos ha unido a su muerte para unirnos a su resurrección. Todo lo que dejemos por Él, lo encontraremos multiplicado.

El libro de las Lamentaciones, que hoy leemos, nos ofrece la voz del pueblo en el exilio. Es un grito de dolor y esperanza: «El Señor hizo lo que había dispuesto; ha cumplido su amenaza. Mira, Señor, mi aflicción, porque el enemigo se ha engrandecido» (Lam 2,17). Pero también una llamada a la conversión: «Levanta tu clamor hacia el Señor» (Lam 2,19).

La Palabra de Dios nos presenta el momento más trágico de la historia de Israel: la caída de Jerusalén. El rey Sedecías, cegado y encadenado, es llevado a Babilonia. Las murallas son derribadas, el Templo saqueado, el pueblo deportado. Es el fin de una era. Pero también el inicio de una nueva: la del exilio, que purificará la fe de Israel.El lema de la semana —«No teman, valen más que muchos gorriones»— resuena como una promesa en medio de la ruina. La misericordia de Dios no se acaba con la caída de Jerusalén; se extiende hacia el futuro, hacia el exilio, hacia el retorno. Y se extiende sobre nosotros, que hemos sido llamados a ser testigos de su amor.Hoy, la Buena Noticia del Evangelio nos muestra un contraste luminoso: Jesús extiende la mano y sana a un leproso. El leproso, excluido y marginado, es tocado por el Amor. Esa es la Buena Noticia que vence el exilio.

La Palabra de Dios hoy presenta un capítulo oscuro de la historia de Judá. El rey Joaquín, apenas iniciado su reinado, se rinde a Nabucodonosor. El templo es saqueado, el rey y los nobles son deportados a Babilonia. La gloria de Jerusalén se desvanece. Es el exilio del año 597 a.C.El texto es breve, pero su mensaje es rotundo: la infidelidad tiene consecuencias. Dios había advertido a su pueblo, pero ellos no escucharon.El lema de la semana —«No temáis, valéis más que muchos gorriones»— nos recuerda que, incluso en el juicio, la misericordia de Dios permanece. El exilio no es el final; es un nuevo comienzo.

Hoy la liturgia nos coloca frente a una palabra que Jesús repite tres veces en el Evangelio: «No tengáis miedo» (Mt 10,26.28.31). No es un consejo de autoayuda. No es una técnica de superación personal. Es una revelación sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Hoy cerramos la XI Semana del Tiempo Ordinario. Una semana intensa, marcada por la historia de Elías y Eliseo, por la restauración de la alianza con Joás, y por las enseñanzas de Jesús en el Sermón de la Montaña: la limosna secreta, la oración del Padrenuestro, el tesoro del corazón y la confianza en la Providencia.La Palabra de Dios nos muestra el reverso de la medalla: después de la muerte de Joiada, el pueblo abandona al Señor y adora ídolos. El rey Joás, que había sido salvado por la fidelidad de Joiada, ahora se vuelve infiel. La alianza vuelve a romperse. Pero la historia no termina ahí: la misericordia de Dios siempre ofrece un nuevo comienzo.

Hoy la palabra de Dios nos presenta una historia de infidelidad y restauración. Atalía, la reina madre, usurpa el trono después de la muerte de su hijo Ocozías. Mata a toda la familia real para asegurar su poder. Pero un niño, Joás, es escondido por la hermana del rey y protegido en el Templo durante seis años. El sumo sacerdote Joiada, que custodia al niño, organiza una rebelión: restaura la alianza, unge a Joás como rey y renueva el compromiso del pueblo con Dios.El lema de la semana —«La misericordia es el rostro de Dios»— se ilumina en la acción de Joiada: la alianza no se rompe; se renueva. La infidelidad de Atalía no es la última palabra; la fidelidad de Dios sí lo es.

El lunes y martes vimos la historia de Nabot y la confrontación de Elías con el rey Ajab. Hoy, la primera lectura nos lleva al final de la vida de Elías. No muere; es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Su discípulo Eliseo, que no se ha separado de él, pide «dos partes» de su espíritu. Recibe el manto de Elías y, al golpear las aguas del Jordán, estas se abren. El espíritu de Elías ahora vive en Eliseo.El lema de la semana —«La misericordia es el rostro de Dios»— se ilumina hoy como donación. La misericordia no se agota; se transmite. Eliseo, un hombre común, fue transformado por el Espíritu de su maestro para continuar la misión de Dios.

Ayer vimos cómo Ajab y Jezabel asesinaron a Nabot para quedarse con su viña. La historia no termina ahí. Dios no se queda callado. Envía a su profeta Elías a confrontar al rey. La escena es impresionante: Ajab va a tomar posesión de la viña, y de repente aparece Elías. No se arrodilla. No le tiene miedo. Le dice: «¿Has matado y también has desposeído?». Y anuncia el juicio de Dios

Ayer, domingo, Jesús nos enseñaba que «la mies es abundante» y nos enviaba a la misión. Hoy, la realidad se vuelve dura. La primera lectura nos presenta una historia oscura: el rey Ajab codicia la viña de Nabot, su vecino. Nabot se niega a venderla porque es la herencia de sus padres, la tierra prometida que Dios le dio. Ajab se enoja, se acuesta en la cama sin comer, como un niño caprichoso. Su esposa Jezabel, entonces, trama el asesinato de Nabot para que el rey tome posesión de la viña.

Jesús ve a la multitud. No ve una masa anónima. Ve gente «cansada y agotada, como ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Tiene misericordia. Su Corazón se conmueve. No pasa de largo. Actúa.

Hoy es el día más hermoso del mes de junio. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar el Corazón de Jesús. No un corazón de carne imaginario, sino el corazón real que latió en Nazaret, que se estremeció ante la muerte de Lázaro, que fue traspasado por la lanza en la cruz. El corazón de Dios hecho carne.

Hoy la Iglesia nos invita a mirar a un santo que no escribió cartas, no fundó monasterios, no fue mártir en el sentido sangriento. Pero sin él, Pablo quizás nunca habría sido el Apóstol de los gentiles. Se llamaba Bernabé, que significa «hijo de la consolación» (Hch 4,36). Él ve la gracia de Dios, se alegra, y en lugar de controlar, anima.

Elías repara el altar del Señor, usa doce piedras (una por cada tribu de Israel), coloca la leña y el animal, y manda cavar una zanja y llenarla de agua. Hasta tres veces. El agua empapa todo. Luego, Elías ora: «Respóndeme, Señor, respóndeme». Y el fuego de Dios cae. Consume el sacrificio, la leña, las piedras, el polvo, y el agua de la zanja.El lema de la semana, «Misericordia quiero y no sacrificios», resuena aquí: los profetas de Baal ofrecían sacrificios sangrientos y vacíos. Elías ofrece un corazón que confía. Y Dios responde con fuego.

Hoy, la sequía ha secado ese arroyo. Dios lo envía a Sarepta, una ciudad pagana, donde una viuda pobre está a punto de preparar su última comida.En medio de la escasez, la Providencia actúa. El profeta le pide que comparta su último pan, y la viuda obedece. No es un gesto humano: es un acto de fe.

Hoy la liturgia nos regala un Evangelio que es un puñetazo en la mesa. Jesús pasa, ve a Mateo sentado en el mostrador de los impuestos —un hombre despreciado por todos, considerado un traidor y un pecador público— y le dice: «Sígueme». Y Mateo se levanta y lo sigue.Esta escena es el corazón del Evangelio. Porque nos muestra que Dios no llama a los justos, sino a los pecadores. Dios no busca a los que ya están bien, sino a los que están rotos.En este mes de junio, estamos contemplando el Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la solemnidad será el viernes, todo el mes es una invitación a acercarnos a ese Corazón que no excluye, no juzga, no condena. Un Corazón que, como con Mateo, nos mira y nos dice: «Sígueme».

Viernes de fe… en medio del ritmo de la semana. Hoy la Iglesia nos pone delante una pregunta sencilla y fuerte: ¿cómo se forma un corazón creyente? ¿Con emociones pasajeras, o con una Palabra que educa, corrige y sostiene? Hoy, el Sagrado Corazón de Jesús nos enseña que Dios no ama “a la distancia”: ama para transformar. Y el lema de la semana resuena: “Tanto amó Dios al mundo”.

Hoy celebramos Corpus Christi, en dónde la Iglesia no solo celebra “un recuerdo” de la Eucaristía: celebra el Misterio que sostiene nuestra vida y nos reúne. Esa presencia que llevamos en el corazón; y que nos guía conduce, y también custodia la unidad. Por eso, conectamos también con la línea de Abril: Eucaristía y Pascua. Una Iglesia Eucarística.

Hoy la Iglesia nos pone junto a una historia de fe que no es teoría: la memoria de San Carlos Lwanga y compañeros mártires. Son hombres y jóvenes que no negociaron el Evangelio cuando apareció el costo real. Y eso, en vez de entristecer, fortalece: recuerda que Dios sostiene a los suyos.En este día, el apóstol Pablo escribe a Timoteo con una frase que parece dirigida a cada época: “reaviva el don”. Porque la fe puede apagarse no por ausencia de gracia, sino por cansancio, miedo o rutina. Pablo lo dice sin suavizarlo: el cristiano no recibe un “espíritu de cobardía”, sino un espíritu que impulsa.

El mundo suele hablar de prisa: “hazlo rápido”, “responde ya”, “no esperes”.Pero hoy el apóstol Pedro nos invita a otra forma de vivir: esperar.En la primera carta de hoy, Pedro dice algo sorprendente: mientras esperas, trabajas para que el Señor te encuentre en paz. Y añade una frase clave: “la paciencia de nuestro Señor es salvación”. 1Aquí encaja el lema «Tanto amó Dios al mundo»: el amor de Dios no es prisa humana; es amor que sostiene, corrige y salva.

Hoy la liturgia nos coloca ante el centro de nuestra fe: Dios es Trinidad, y la Trinidad no es una fórmula fría, sino la revelación de que Dios es amor. Hace una semana celebrábamos Pentecostés; el Espíritu Santo descendía sobre la Iglesia y la llenaba de vida. Hoy ese mismo Espíritu nos conduce al corazón del misterio: el Padre que ama, el Hijo que se entrega y el Espíritu que nos une a ese amor.

Hoy cerramos la semana. No cerramos para apagar, sino para recoger el fuego que el Espíritu encendió el domingo pasado, en Pentecostés. El lema «RECIBID EL ESPÍRITU SANTO» no fue un eslogan de un solo día. Fue la clave de toda la semana. El símbolo de la lengua de fuego no se ha apagado: ha ido iluminando cada una de las lecturas que hemos escuchado.Hoy, San Judas nos da el broche de oro: recordar, edificar, orar en el Espíritu, conservar el amor. Y el Evangelio del domingo pasado —cuando Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo «Recibid el Espíritu Santo»— resuena de fondo como el acorde que no se ha disuelto.

Ayer contemplamos a María en oración perseverante. Hoy, la Iglesia nos lleva a una dimensión central del Evangelio: la llamada a la santidad. No es una idea decorativa; es un camino real para gente real, también cuando cuesta.San Pedro escribe a comunidades que atraviesan cansancio y persecución. Les recuerda que su fe no nació de improvisación: estaba anunciada desde los profetas. Y entonces lanza una consecuencia directa: si Dios es santo, su pueblo debe tender a la santidad.

Hoy la Iglesia celebra la Memoria obligatoria de Santa María Virgen, Madre de la Iglesia. Y mayo no es solo un “mes bonito”: es un tiempo en el que conviene que la piedad mariana se armonice con el tiempo pascual.

Pentecostés no es un cierre decorativo de la Pascua, sino la manifestación del Espíritu que da vida, crea comunión, distribuye dones, perdona los pecados y envía a la misión; el Espíritu renueva la faz de la tierra; un solo Espíritu reparte dones para el bien común; y en Juan, Cristo entra en una comunidad con las puertas cerradas, da la paz, sopla su Espíritu y la envía a perdonar.

«Subidos con Cristo, enviados al mundo». Pablo está solo, acusado, en un tribunal, convierte una sitúación difícil en una oportunidad de evangelizar. Y el Señor se le aparece y le dice: «Ánimo»

Pablo se despide de los ancianos de Éfeso. Sabe que le esperan cadenas y tribulaciones en Jerusalén, pero no retrocede. Su conciencia está tranquila: ha anunciado todo el plan de Dios, sin guardarse nada.

Hoy la Iglesia nos sorprende con un misterio que puede sonarnos lejano: Jesús sube al cielo. Y uno podría pensar: «Se fue, nos quedamos solos». Pero la Palabra de Dios nos revela exactamente lo contrario. La Ascensión no es una despedida triste; es la gran puerta por la que toda nuestra vida entra en el corazón de Dios.El lema que el Señor nos regala para llevar grabado esta semana es:«SUBIDOS CON CRISTO, ENVIADOS AL MUNDO»

Cerramos la semana con un personaje luminoso: Apolo. Era un hombre formado, elocuente, estudioso de la Escritura, ardiente en su anuncio. Pero todavía necesitaba ser completado. Y aquí aparece la belleza de la Iglesia: nadie posee toda la plenitud por sí solo. El Señor suscita dones distintos para una sola misión. Por eso Priscila y Áquila no se sintieron amenazados por Apolo; lo escucharon, lo acogieron y le explicaron con más exactitud el camino de Dios. Así, la Palabra no quedó encerrada en un solo talento, sino servida por una comunidad viva. La semana entera nos ha repetido una certeza: «No os dejaré huérfanos». No estamos solos; el Espíritu reúne, corrige, fortalece y envía. El símbolo del Paráclito, en esta síntesis, es la llama que une y da vida a los diversos carismas.

En este viernes de Pascua, el Resucitado no promete que no habrá dolor: promete que el dolor se transformará y que la alegría que Él da no se arrebata. Y, como Pablo en Corinto, cuando la oposición aparece, el Señor no dice “resiste con miedo”, sino: “No temas… habla y no calles”.

La Iglesia no improvisa cuando aparece una ausencia o una herida: ora, escucha la Palabra y discierne para sostener la misión. En la fiesta de San Matías contemplamos a una comunidad que no se queda paralizada por el vacío dejado por Judas, sino que busca, con la luz de Dios, a quien debe continuar el testimonio del Resucitado. Esa es también la lógica del discípulo: permanecer en el amor de Cristo para dar fruto que permanezca.