Reflexiones de la Palabra de Dios, basadas en los textos de la liturgia católica, haciendo énfasis en la primera lectura o el salmo, enfocándolas en el actuar cotidiano y su puesta en práctica como camino de santidad a través de la configuración con el Corazón Misericoridioso de Cristo.
Juan Elías de la Misericordia Divina

Hoy la liturgia nos coloca frente a una palabra que Jesús repite tres veces en el Evangelio: «No tengáis miedo» (Mt 10,26.28.31). No es un consejo de autoayuda. No es una técnica de superación personal. Es una revelación sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Hoy cerramos la XI Semana del Tiempo Ordinario. Una semana intensa, marcada por la historia de Elías y Eliseo, por la restauración de la alianza con Joás, y por las enseñanzas de Jesús en el Sermón de la Montaña: la limosna secreta, la oración del Padrenuestro, el tesoro del corazón y la confianza en la Providencia.La Palabra de Dios nos muestra el reverso de la medalla: después de la muerte de Joiada, el pueblo abandona al Señor y adora ídolos. El rey Joás, que había sido salvado por la fidelidad de Joiada, ahora se vuelve infiel. La alianza vuelve a romperse. Pero la historia no termina ahí: la misericordia de Dios siempre ofrece un nuevo comienzo.

Hoy la palabra de Dios nos presenta una historia de infidelidad y restauración. Atalía, la reina madre, usurpa el trono después de la muerte de su hijo Ocozías. Mata a toda la familia real para asegurar su poder. Pero un niño, Joás, es escondido por la hermana del rey y protegido en el Templo durante seis años. El sumo sacerdote Joiada, que custodia al niño, organiza una rebelión: restaura la alianza, unge a Joás como rey y renueva el compromiso del pueblo con Dios.El lema de la semana —«La misericordia es el rostro de Dios»— se ilumina en la acción de Joiada: la alianza no se rompe; se renueva. La infidelidad de Atalía no es la última palabra; la fidelidad de Dios sí lo es.

El lunes y martes vimos la historia de Nabot y la confrontación de Elías con el rey Ajab. Hoy, la primera lectura nos lleva al final de la vida de Elías. No muere; es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Su discípulo Eliseo, que no se ha separado de él, pide «dos partes» de su espíritu. Recibe el manto de Elías y, al golpear las aguas del Jordán, estas se abren. El espíritu de Elías ahora vive en Eliseo.El lema de la semana —«La misericordia es el rostro de Dios»— se ilumina hoy como donación. La misericordia no se agota; se transmite. Eliseo, un hombre común, fue transformado por el Espíritu de su maestro para continuar la misión de Dios.

Ayer vimos cómo Ajab y Jezabel asesinaron a Nabot para quedarse con su viña. La historia no termina ahí. Dios no se queda callado. Envía a su profeta Elías a confrontar al rey. La escena es impresionante: Ajab va a tomar posesión de la viña, y de repente aparece Elías. No se arrodilla. No le tiene miedo. Le dice: «¿Has matado y también has desposeído?». Y anuncia el juicio de Dios

Ayer, domingo, Jesús nos enseñaba que «la mies es abundante» y nos enviaba a la misión. Hoy, la realidad se vuelve dura. La primera lectura nos presenta una historia oscura: el rey Ajab codicia la viña de Nabot, su vecino. Nabot se niega a venderla porque es la herencia de sus padres, la tierra prometida que Dios le dio. Ajab se enoja, se acuesta en la cama sin comer, como un niño caprichoso. Su esposa Jezabel, entonces, trama el asesinato de Nabot para que el rey tome posesión de la viña.

Jesús ve a la multitud. No ve una masa anónima. Ve gente «cansada y agotada, como ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Tiene misericordia. Su Corazón se conmueve. No pasa de largo. Actúa.

Hoy es el día más hermoso del mes de junio. Hoy la Iglesia nos invita a contemplar el Corazón de Jesús. No un corazón de carne imaginario, sino el corazón real que latió en Nazaret, que se estremeció ante la muerte de Lázaro, que fue traspasado por la lanza en la cruz. El corazón de Dios hecho carne.

Hoy la Iglesia nos invita a mirar a un santo que no escribió cartas, no fundó monasterios, no fue mártir en el sentido sangriento. Pero sin él, Pablo quizás nunca habría sido el Apóstol de los gentiles. Se llamaba Bernabé, que significa «hijo de la consolación» (Hch 4,36). Él ve la gracia de Dios, se alegra, y en lugar de controlar, anima.

Elías repara el altar del Señor, usa doce piedras (una por cada tribu de Israel), coloca la leña y el animal, y manda cavar una zanja y llenarla de agua. Hasta tres veces. El agua empapa todo. Luego, Elías ora: «Respóndeme, Señor, respóndeme». Y el fuego de Dios cae. Consume el sacrificio, la leña, las piedras, el polvo, y el agua de la zanja.El lema de la semana, «Misericordia quiero y no sacrificios», resuena aquí: los profetas de Baal ofrecían sacrificios sangrientos y vacíos. Elías ofrece un corazón que confía. Y Dios responde con fuego.

Hoy, la sequía ha secado ese arroyo. Dios lo envía a Sarepta, una ciudad pagana, donde una viuda pobre está a punto de preparar su última comida.En medio de la escasez, la Providencia actúa. El profeta le pide que comparta su último pan, y la viuda obedece. No es un gesto humano: es un acto de fe.

Hoy la liturgia nos regala un Evangelio que es un puñetazo en la mesa. Jesús pasa, ve a Mateo sentado en el mostrador de los impuestos —un hombre despreciado por todos, considerado un traidor y un pecador público— y le dice: «Sígueme». Y Mateo se levanta y lo sigue.Esta escena es el corazón del Evangelio. Porque nos muestra que Dios no llama a los justos, sino a los pecadores. Dios no busca a los que ya están bien, sino a los que están rotos.En este mes de junio, estamos contemplando el Sagrado Corazón de Jesús. Aunque la solemnidad será el viernes, todo el mes es una invitación a acercarnos a ese Corazón que no excluye, no juzga, no condena. Un Corazón que, como con Mateo, nos mira y nos dice: «Sígueme».

Viernes de fe… en medio del ritmo de la semana. Hoy la Iglesia nos pone delante una pregunta sencilla y fuerte: ¿cómo se forma un corazón creyente? ¿Con emociones pasajeras, o con una Palabra que educa, corrige y sostiene? Hoy, el Sagrado Corazón de Jesús nos enseña que Dios no ama “a la distancia”: ama para transformar. Y el lema de la semana resuena: “Tanto amó Dios al mundo”.

Hoy celebramos Corpus Christi, en dónde la Iglesia no solo celebra “un recuerdo” de la Eucaristía: celebra el Misterio que sostiene nuestra vida y nos reúne. Esa presencia que llevamos en el corazón; y que nos guía conduce, y también custodia la unidad. Por eso, conectamos también con la línea de Abril: Eucaristía y Pascua. Una Iglesia Eucarística.

Hoy la Iglesia nos pone junto a una historia de fe que no es teoría: la memoria de San Carlos Lwanga y compañeros mártires. Son hombres y jóvenes que no negociaron el Evangelio cuando apareció el costo real. Y eso, en vez de entristecer, fortalece: recuerda que Dios sostiene a los suyos.En este día, el apóstol Pablo escribe a Timoteo con una frase que parece dirigida a cada época: “reaviva el don”. Porque la fe puede apagarse no por ausencia de gracia, sino por cansancio, miedo o rutina. Pablo lo dice sin suavizarlo: el cristiano no recibe un “espíritu de cobardía”, sino un espíritu que impulsa.

El mundo suele hablar de prisa: “hazlo rápido”, “responde ya”, “no esperes”.Pero hoy el apóstol Pedro nos invita a otra forma de vivir: esperar.En la primera carta de hoy, Pedro dice algo sorprendente: mientras esperas, trabajas para que el Señor te encuentre en paz. Y añade una frase clave: “la paciencia de nuestro Señor es salvación”. 1Aquí encaja el lema «Tanto amó Dios al mundo»: el amor de Dios no es prisa humana; es amor que sostiene, corrige y salva.

Hoy la liturgia nos coloca ante el centro de nuestra fe: Dios es Trinidad, y la Trinidad no es una fórmula fría, sino la revelación de que Dios es amor. Hace una semana celebrábamos Pentecostés; el Espíritu Santo descendía sobre la Iglesia y la llenaba de vida. Hoy ese mismo Espíritu nos conduce al corazón del misterio: el Padre que ama, el Hijo que se entrega y el Espíritu que nos une a ese amor.

Hoy cerramos la semana. No cerramos para apagar, sino para recoger el fuego que el Espíritu encendió el domingo pasado, en Pentecostés. El lema «RECIBID EL ESPÍRITU SANTO» no fue un eslogan de un solo día. Fue la clave de toda la semana. El símbolo de la lengua de fuego no se ha apagado: ha ido iluminando cada una de las lecturas que hemos escuchado.Hoy, San Judas nos da el broche de oro: recordar, edificar, orar en el Espíritu, conservar el amor. Y el Evangelio del domingo pasado —cuando Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo «Recibid el Espíritu Santo»— resuena de fondo como el acorde que no se ha disuelto.

Ayer contemplamos a María en oración perseverante. Hoy, la Iglesia nos lleva a una dimensión central del Evangelio: la llamada a la santidad. No es una idea decorativa; es un camino real para gente real, también cuando cuesta.San Pedro escribe a comunidades que atraviesan cansancio y persecución. Les recuerda que su fe no nació de improvisación: estaba anunciada desde los profetas. Y entonces lanza una consecuencia directa: si Dios es santo, su pueblo debe tender a la santidad.

Hoy la Iglesia celebra la Memoria obligatoria de Santa María Virgen, Madre de la Iglesia. Y mayo no es solo un “mes bonito”: es un tiempo en el que conviene que la piedad mariana se armonice con el tiempo pascual.

Pentecostés no es un cierre decorativo de la Pascua, sino la manifestación del Espíritu que da vida, crea comunión, distribuye dones, perdona los pecados y envía a la misión; el Espíritu renueva la faz de la tierra; un solo Espíritu reparte dones para el bien común; y en Juan, Cristo entra en una comunidad con las puertas cerradas, da la paz, sopla su Espíritu y la envía a perdonar.

«Subidos con Cristo, enviados al mundo». Pablo está solo, acusado, en un tribunal, convierte una sitúación difícil en una oportunidad de evangelizar. Y el Señor se le aparece y le dice: «Ánimo»

Pablo se despide de los ancianos de Éfeso. Sabe que le esperan cadenas y tribulaciones en Jerusalén, pero no retrocede. Su conciencia está tranquila: ha anunciado todo el plan de Dios, sin guardarse nada.

Hoy la Iglesia nos sorprende con un misterio que puede sonarnos lejano: Jesús sube al cielo. Y uno podría pensar: «Se fue, nos quedamos solos». Pero la Palabra de Dios nos revela exactamente lo contrario. La Ascensión no es una despedida triste; es la gran puerta por la que toda nuestra vida entra en el corazón de Dios.El lema que el Señor nos regala para llevar grabado esta semana es:«SUBIDOS CON CRISTO, ENVIADOS AL MUNDO»

Cerramos la semana con un personaje luminoso: Apolo. Era un hombre formado, elocuente, estudioso de la Escritura, ardiente en su anuncio. Pero todavía necesitaba ser completado. Y aquí aparece la belleza de la Iglesia: nadie posee toda la plenitud por sí solo. El Señor suscita dones distintos para una sola misión. Por eso Priscila y Áquila no se sintieron amenazados por Apolo; lo escucharon, lo acogieron y le explicaron con más exactitud el camino de Dios. Así, la Palabra no quedó encerrada en un solo talento, sino servida por una comunidad viva. La semana entera nos ha repetido una certeza: «No os dejaré huérfanos». No estamos solos; el Espíritu reúne, corrige, fortalece y envía. El símbolo del Paráclito, en esta síntesis, es la llama que une y da vida a los diversos carismas.

En este viernes de Pascua, el Resucitado no promete que no habrá dolor: promete que el dolor se transformará y que la alegría que Él da no se arrebata. Y, como Pablo en Corinto, cuando la oposición aparece, el Señor no dice “resiste con miedo”, sino: “No temas… habla y no calles”.

La Iglesia no improvisa cuando aparece una ausencia o una herida: ora, escucha la Palabra y discierne para sostener la misión. En la fiesta de San Matías contemplamos a una comunidad que no se queda paralizada por el vacío dejado por Judas, sino que busca, con la luz de Dios, a quien debe continuar el testimonio del Resucitado. Esa es también la lógica del discípulo: permanecer en el amor de Cristo para dar fruto que permanezca.

Hoy contemplamos a Pablo en Atenas: ve altares, escucha preguntas, discierne búsquedas y anuncia al Dios verdadero. En una cultura llena de voces, la fe cristiana no grita vacío; da nombre al Dios que ya estaba presente. En este Mes Mariano, María nos enseña a leer la realidad con el corazón abierto y el alma despierta. El lema “No los dejaré huérfanos” nos recuerda que, incluso en medio de ideas confusas, Cristo sigue presente. Y el símbolo del Cenáculo con María y la llama del Espíritu nos muestra que la verdad no es una teoría, sino una persona viva que guía la historia.

Hoy la Palabra de Dios nos lleva a la noche de la prueba: Pablo y Silas están presos, golpeados y aparentemente vencidos; sin embargo, cantan, oran y la prisión se convierte en lugar de salvación. En esta semana mariana, aprendemos que el corazón que confía no se encierra ni siquiera en la oscuridad. El lema "no los dejaré huérfanos" nos recuerda que ni la cárcel, ni el dolor, ni la crisis pueden apagar la presencia de Cristo.

Hoy vemos que, el Concilio de Jerusalén se enfrenta a un choque cultural-religioso: cómo recibir a los gentiles que se convierten. El texto muestra el principio: “Dios… concediéndoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros;… no hizo ninguna distinción”.

Hoy, en este V Domingo de Pascua, la Palabra nos coloca ante una Iglesia que aprende a vivir desde Cristo. La primera lectura nos muestra una comunidad que no deja que nadie quede fuera; la segunda nos recuerda que somos piedras vivas edificadas sobre Cristo; y el Evangelio nos lleva al corazón de la Pascua con una promesa que cura la inquietud: “No se turbe su corazón”.

Hoy, en la lectura del día, la Palabra vuelve a recordarnos que el Evangelio crece con fuerza y también encuentra resistencia, pero siempre termina en alegría para quienes acogen a Cristo. El lema «El Señor es mi pastor, nada me falta» queda como hilo conductor, y el cayado sigue siendo signo de guía, protección y envío.

Hoy recorremos la historia de la salvación para recordar que Dios no improvisa: elige, acompaña, corrige, promete y cumple. Y el Evangelio nos coloca ante una verdad decisiva: «El que recibe a uno que yo envíe, me recibe a mí»; además, «el servidor no es mayor que su Señor». El lema semanal, «El Señor es mi pastor, nada me falta», se vuelve escuela de humildad: quien sigue al Pastor aprende a servir sin buscar protagonismo. El cayado nos recuerda que el pastor guía desde delante, pero también sostiene desde atrás. Abril sigue siendo mes de Eucaristía y Pascua: la mesa del Señor nos forma para el servicio.

La Pascua nos presenta una verdad luminosa: la Palabra de Dios avanza, el Espíritu llama, y Cristo se revela como la Luz que salva al mundo. La primera lectura muestra que “la palabra de Dios continuaba creciendo y difundirse”, mientras que en Antioquía la comunidad ora, ayuna y discierne para enviar a Bernabé y a Saulo; en el Evangelio, Jesús se define como luz y vida eterna para quien cree en Él. Todo esto encaja con el símbolo de esta semana: la puerta del redil, porque la fe cristiana no es encerrarse, sino entrar por Cristo para vivir en la claridad de su Pascua.

Este día conviene leer la Palabra con mirada pascual: la Iglesia no se entiende como un grupo encerrado, sino como un pueblo enviado. La liturgia misma subraya que el sacramento del amor debe ser “signo de unidad y vínculo de caridad”, y que el Espíritu Santo nos da fuerza para adherirnos a la voluntad de Dios y testimoniarla con una conducta digna.Hoy la Primera Lectura nos lleva a un momento decisivo de la Iglesia naciente: los discípulos, dispersados por la persecución, no se apagan; al contrario, la Palabra se abre camino, llega a otros pueblos, la gracia acompaña a los que anuncian, Bernabé discierne la obra de Dios, y en Antioquía aparece por primera vez el nombre de “cristianos”. En el fondo, el Evangelio del Buen Pastor resuena como el sentido de todo: escuchar su voz, seguirlo y pertenecerle.

Hoy, IV Domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a contemplar a Jesús como el Buen Pastor. No es una imagen bonita para decorar estampitas; es la revelación de cómo Dios nos cuida en un mundo donde abundan los «pastores» que buscan su propio interés: líderes que usan a la gente, ideologías que aplastan al débil, voces que prometen y no cumplen .En este contexto, Jesús se presenta de dos maneras. Primero, como la puerta del redil: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos» . La puerta no es un cerrojo que encierra; es una apertura a la vida verdadera. Segundo, como el pastor que conoce a sus ovejas por su nombre, camina delante de ellas y da la vida por ellas .

La muerte de Esteban no fue el final de la Iglesia, sino un nuevo comienzo. Hoy, la Primera Lectura nos muestra una paradoja asombrosa: la persecución dispersa a los cristianos, pero lejos de apagar el Evangelio, lo siembra por todas partes . «Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra».El lema semanal «Quédate con nosotros, Señor» se vuelve una oración para los momentos de dispersión: cuando todo parece desmoronarse, Él se queda y nos envía. Y el símbolo del pan partido nos recuerda que la Eucaristía nos une incluso cuando estamos lejos; no hay distancia que pueda separar el Cuerpo de Cristo.

Ayer vimos a Esteban ante el Sanedrín con rostro de ángel. Hoy, la historia continúa y llega a su desenlace: el primer mártir de la Iglesia entrega su vida imitando a su Maestro . Mientras lo apedrean, Esteban ora. Y su oración no es de venganza, sino de perdón: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».El lema semanal «Quédate con nosotros, Señor» se vuelve aquí una plegaria por la gracia de permanecer fieles hasta el final. Y el símbolo del pan partido nos recuerda que la Eucaristía es también escuela del perdón: quien comulga el Cuerpo entregado por los pecadores no puede guardar rencor en su corazón.

Hoy estamos en el corazón de la Pascua, y tu semana tuvo un rumbo: “Jesús, confío en Ti”. La Palabra de Dios del sábado no te da una confianza “de consuelo fácil”; te enseña una confianza ordenada, que conserva el centro. En la Primera Lectura, la comunidad crece… y aparecen tensiones. ¿Qué hace la Iglesia? Vuelve a lo esencial: no deja caer la Palabra para correr detrás de lo urgente. Y eso conecta con lo que hemos caminado en Eucaristía y Pascua: recibir a Cristo no te desconecta del servicio; te da criterio y fuerza para servir de verdad.

En estos días de Pascua, la Primera Lectura vuelve a poner el dedo en una herida real: la misión incomoda. Los apóstoles son amenazados, perseguidos… y aun así siguen enseñando. El criterio de Gamaliel es tu brújula semanal: si es de Dios, permanecerá; si es humano, se deshará. Y por eso, en abril, cuando hablamos de Eucaristía y Pascua, no hablamos solo de emoción: hablamos de vida que Cristo comunica a su Iglesia por los sacramentos.

Hay días en que la fe se parece a una contradicción. Te esfuerzas por anunciar el Evangelio, por vivir como cristiano… y el mundo responde con presión, silencio o miedo. En esos momentos, la Iglesia necesita una certeza: la Pascua no termina en una puerta cerrada.Hoy, en la Primera Lectura, vemos a los apóstoles arrestados y encerrados por celos. Pero durante la noche ocurre lo decisivo: un ángel abre las puertas y les ordena volver al lugar donde se anuncia la vida.

Hoy la Pascua baja a lo concreto: no es solo un sentimiento, es una manera de vivir que se nota en la comunidad. En los Hechos, se describe una Iglesia donde “los creyentes” forman una sola familia: “de una corazón y alma”. Y esa comunión no se sostiene con discursos; se sostiene con misericordia que comparte.

Esta mañana la Iglesia no te propone solo “recordar” la misericordia: te invita a recibirla. Y lo hace con un movimiento muy concreto: Jesús entra donde los corazones están cerrados, pronuncia una palabra que reorganiza la vida (“Paz”), regala el Espíritu y abre un camino de perdón. Por eso, esta semana tiene un lema que nace del asombro: “Señor mío y Dios mío”.

En este día la vida puede sentirse como el lago en la madrugada del Evangelio: vuelves a lo tuyo, trabajas, intentas… y “esa noche no pescaron nada”. Y entonces ocurre lo decisivo: Cristo resucitado se hace presente en lo cotidiano, en la orilla, y no para regañarte, sino para guiarte de nuevo. La piedra removida ya no es un dato del pasado: es una llave para esta semana. Porque si el sepulcro está abierto, entonces también tu corazón puede volver a abrirse. Y el lema se vuelve real: “¡El Señor ha resucitado, resucitemos con Él!”

Hoy vivimos Miércoles de la Octava de Pascua: la Iglesia sigue desgranando el mismo misterio pascual como una luz que no se apaga, hasta que el corazón aprenda a reconocer al Resucitado en lo concreto.El Evangelio de este día nos presenta a dos discípulos que caminan hacia Emaús con el paso cansado de quien ya no espera. Y, sin embargo, el Resucitado se acerca “en medio del camino”, les escucha, y les conduce desde la tristeza hasta el reconocimiento. Su nombre no se aprende primero por la teoría, sino por un encuentro: “lo reconocieron al partir el pan”

Hoy es Martes de la Octava de Pascua, y la Iglesia sigue haciendo resonar en nosotros lo esencial: Cristo está vivo. No es solo una noticia; es una llamada que rompe la quietud del sepulcro. El Evangelio de hoy nos sitúa junto al llanto de María Magdalena “junto al sepulcro”. Está el dolor, está la oscuridad, y también está el “vacío” de la piedra removida. Pero el encuentro no termina en un “no lo entiendo”; termina en una voz que la nombra.

Lunes de la Octava de Pascua: hoy la Iglesia te vuelve a poner ante una escena esencial. Todavía estamos “despertando” de la Cruz, y ya aparece el anuncio que lo transforma todo: Cristo vive. Y, como al inicio de la fe, el camino comienza con algo sencillo pero decisivo: escuchar.Queridos oyentes, en la primera lectura encontramos a Pedro, de pie con los Once. No habla desde la superioridad, sino desde la urgencia del testimonio: “escuchen”. La resurrección no se impone por teoría, se transmite como un encuentro que enciende el corazón. Y Pedro empieza llamando a la atención.

Queridos amigos de "Edificando sobre la Roca", bienvenidos a este Jueves Santo. Hoy, la Primera Lectura del profeta Isaías presenta al Ungido por el Espíritu del Señor, enviado a llevar buenas nuevas a los oprimidos y a proclamar el año de gracia.1 Esta Palabra se cumple en Jesús, que en el Evangelio lee este texto y dice: «Hoy se ha cumplido esta Escritura».2 Resuena con nuestro lema semanal «Sangre de la Alianza, derramada por ustedes», porque su unción eucarística nos libera para la Pascua. En esta Línea de Acción de abril, como Iglesia Eucarística, recibimos aceite de gozo en lugar de luto.

Queridos amigos de "Edificando sobre la Roca", bienvenidos a este Martes Santo. Hoy, la Primera Lectura del profeta Isaías nos revela al Siervo llamado desde el seno materno, formado como flecha aguda para ser luz de las naciones. Esta Palabra ilumina nuestro lema semanal «Sangre de la Alianza, derramada por ustedes», porque Jesús, en la Última Cena, enfrenta la traición pero brilla como luz eucarística que alcanza a todos. En esta Línea de Acción de abril, como Iglesia Eucarística, somos llamados a salir de toda oscuridad pascual.

Amigos en la fe, qué alegría llegar al sábado. Hoy hacemos un alto en el camino para contemplar con gratitud todo lo que el Señor ha edificado en nosotros durante esta Quinta Semana de Cuaresma. Hemos caminado bajo la poderosa promesa de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida», pidiendo la gracia de que sea quitada la piedra de nuestras tumbas. Hoy, la profecía de Ezequiel nos regala una visión gloriosa de esa vida nueva: un pueblo reunido, purificado, donde Dios mismo establece su morada para siempre. Como San José, que fue custodio del verdadero Santuario, hoy nuestra Iglesia Testimonial se alegra al saber que Dios no nos deja en la dispersión, sino que nos hace uno en Él.

Amigos de "Edificando sobre la Roca", llegamos al viernes de la Quinta Semana de Cuaresma. La tensión a nuestro alrededor aumenta al acercarnos a la Semana Santa. Hoy vemos una escena dramática: toman piedras para apedrear a Jesús. Las piedras son el símbolo de la dureza de corazón, de la condena y de la muerte. Sin embargo, nuestro lema nos grita con fuerza: «Yo soy la resurrección y la vida».