Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

En el discurso del día siguiente a la canonización de san Josemaría, el papa san Juan Pablo II dijo que el nuevo santo había recibido de Dios esa iluminación: la conciencia de ser hijo de Dios. Las consecuencias de esa verdad son incontables; pensemos ahora en el don propio de los hijos de Dios, que es la piedad.

La santidad es un concepto difícil de definir. Podríamos decir que es lo propio de Dios y, desde esa óptica, la comprendemos como amor unitivo. Todo cuanto existe es efecto del amor y tiene al amor como fin. Dios no ha creado nada para que sea una mónada independiente, aislada: el átomo está orientado a integrarse en la molécula y el ángel en los coros. El infierno es estar solo: busquemos siempre la unión amorosa para evitar ese riesgo.

En el Evangelio de hoy, jueves de Pascua, Jesús resucitado invita a reconocerlo en su Humanidad Santísima: Un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo. Fue, es y será hombre, y entonces debemos dirigir a Él toda nuestra vida afectiva. Si no, cercenamos el psiquismo. Amarlo con amor de Eros, sin miedo, para asegurar nuestra perseverancia. Porque si no…

La primera semana de Pascua es como un gran domingo que proyecta la Resurrección de Cristo y nos hace vivirla en el hoy. Pedimos: “Que Jesús resucitado sea la causa de todas nuestras alegrías. Oración de san Josemaría en la Legación de Honduras, donde invita a “verlo, contemplarlo, amarlo, permanecer en Él”.

Magdalena llora de desconsuelo fuera de la tumba del Señor. Ni siquiera da importancia a los ángeles y su anuncio. Es la vibración del amor, a la que también nosotros estamos invitados: “tú y yo, más locos que la Magdalena, qué cosas le hemos dicho…”. La santidad es la plenitud del amor, y tenemos cada una de las normas de piedad para lograrlo.

Kerygma es una palabra griega que significa anuncio o proclamación, per específicamente de una gran noticia. ¿Cuál es tu Kerygma? Es decir, ¿qué gran noticia es la que tú anuncias? Sin duda que Cristo está vivo. No es una entelequia, ni un universal, ni una fantasmagoría, ni una creación del inconsciente colectivo. No solo vive, sino que está conmigo de manera permanente. ¿Cómo actualizar la conciencia de ello?

Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en él. El proyecto de Dios está todo él orientado hacia este día, pues este día supone la superación de todo mal y desorden. Cristo resucitado viene a reconducir todo en sentido divino, dándonos esperanza y gozo. Pero... ¿es un enunciado teórico o mi vida se despliega en unión con el Resucitado, a quien encuentro de continuo?

Permanece la Iglesia en profundo silencio porque su Señor está sepultado. En medio de nuestra pena, vamos a consolar a María. Pero, como suele suceder con las madres, son ellas las que consuelan a sus hijos. Ver a María es comprender el designio de Dios para todo ser humano, pero especialmente para la mujer. En ella encuentra la mujer lo más sustantivo suyo, por lo que ninguna ha de sustraerse al suave influjo de María.

La liturgia del Viernes Santo nos presenta el canto del Siervo de Yahvé del profeta Isaías. Además, con los improperios nos mueve a presentar nuestro desagravio al Crucificado. La lectura de la Sagrada Pasión y las enseñanzas de los santos pueden ayudarnos a empatizar con los sentimientos del Corazón de Jesús. Porque no se trata solo de conocer esos hechos, sino de asumirlos.

La Misa de la Cena del Señor vuelve a meternos en el Corazón de Jesús cuando instituye la Eucaristía. Nos sentimos removidos al volver a afirmar nuestra certeza: ahí está el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Debemos reafirmar nuestra fe y manifestarla con obras. Ese Cuerpo comemos y esa Sangre bebemos. Un prodigio aún mayor que el de la prodigiosa Creación divina.

La Pasión de Cristo es una explosión de amor que nos redime. Esa Pasión nos reubica: nos impide meternos en la mundanidad y en el rechazo al sufrimiento. Mucho bien nos hace tener devoción a la Pasión de Cristo. Es entrar en sintonía con el amor salvífico. Si en una persona o en una institución se pierde el sentido de la cruz, todo decrece. Y al revés: con la Cruz se va para arriba la santidad y los frutos apostólicos.

Los personajes del Evangelio -tanto los protagonistas de las parábolas como los personajes históricos- reflejan estados del alma. Veamos el contraste que tiene lugar en Betania, seis días antes de la Pascua. María vuelca el perfume sobre Jesús y lo enjuga con sus cabellos. Judas calcula el costo. En ella encontramos el derroche, porque ama a la persona. En Judas, su ambición. Que nuestro corazón se colme de dedicación a Jesús, por ejemplo, en nuestra dedicación de tiempo.

En la personalidad humana de Jesús destaca una característica esencial: la firme determinación de cumplir la voluntad del Padre y hacia ese objetivo dirige cada uno de sus pasos. Jesús, como nosotros, tuvo una vocación, una misión. Consideremos cuál es el modo como estamos respondiendo al don de Dios que nos ha llamado.

El Domingo de Ramos es un hecho histórico, preanunciado en el Antiguo Testamento con la entrada del Arca de la Alianza en la ciudad de Jerusalén. También es meta-histórico, pues apunta a la Parusía, cuando Jesús sea todo en todos. Abramos nuestro corazón, deseemos su llegada para que ilumine nuestra mente. Su deseo es siempre poseer nuestro interior.

Seremos juzgados en el tribunal de Cristo, en la medida de nuestra identidad con Él. Así como podemos adelantar nuestra muerte, podemos también adelantar nuestro juicio, tanto en la oración como en el examen. Que ese “juicio adelantado” sea un diálogo de amor y de confianza, porque nos sabemos juzgados por aquel que hemos amado tanto.

La clave del amor es compartir, acompañar. No queremos dejar solo al Señor, sino estar presentes en el Calvario para oír que nos dice, como al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Hoy, el Cielo va contigo, sí, porque el Cielo es donde está Cristo y hoy Cristo está con nosotros. Busquemos que sea Él la persona en la que más pensemos para que acabe siendo el único en que pensemos.

La meditación de la Pasión de Cristo trae incontables beneficios a nuestra alma. La clave del amor es sentir lo que otro siente. Las enseñanzas de los santos sobre la Pasión de Cristo nos iluminan. Cristo tiene en la Cruz los brazos abiertos para acogernos a todos.

En la Misa de hoy nos pondremos de rodillas al confesar, en el Credo, nuestra fe en la Encarnación del Verbo. Acontecimiento que pasó in oculto, conocido tan solo por María santísima y que tuvo las mayores repercusiones en la historia. Una de ellas, que el Verbo vive con nosotros, aunque no lo veamos físicamente. Riesgo del deísmo, del Dios lejano.

Cada ángel es persona y cada ángel agota en sí la especie. En san Gabriel encontramos al mensajero de Dios. Nosotros podemos hacer también traer el mensaje divino fundamental: que el Verbo se ha hecho hombre, trayéndonos la salvación. Gabriel está delante de Dios y por eso es capaz de hablar de lo que Dios desea. Nosotros, como él, estamos invitados a permanecer delante de Dios para traer a los hombres los mensajes divinos.

Jesús tiene prisa para anunciar el grandioso milagro que tendrá verificativo el Jueves Santo: la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre en la sinagoga de Cafarnaúm. Creer en la Eucaristía es un termómetro de nuestra santidad, porque nos permitirá ser coherentes: viviremos pendientes del Sagrario.

¿Hemos hecho la prueba? Ante alguna situación dolorosa o de fatiga o de humillaciones, ¿meditamos la Pasión de Cristo asociándonos a ella? De hacerlo, comprobaremos cuánto nos conforta. Redimensiona nuestras penas y descubrimos más fácilmente el amor en el dolor. Contemplar el Via Crucis los viernes.

¿Por qué, si santa Teresita nunca salió de su convento, fue nombrada Patrona de las Misiones? Porque la Iglesia tiene clara conciencia de formar un Cuerpo. Nadie actúa solo, y todos nos apoyamos para la consolidación de ese Cuerpo. Verdad tonificante: me apropio de los méritos acumulados a lo largo de los siglos. La Comunión de los Santos es el fundamento de la doctrina sobre las indulgencias.

Es Jesús quien nos ha dado a conocer al Padre. Desde esa revelación, sabemos cómo es el Padre y cómo debemos comportarnos con Él. ¿Aprovechamos esta revelación para nuestra vida espiritual? ¿Hacemos oración filial, oración de confianza de un niño a su padre que lo ama muchísimo? O, por el contrario, ¿se nos olvida que somos hijos del Padre y caemos en temores y desenfoques?

Estas crisis mundiales son crisis de santos. Busquemos en san José un modelo de santidad: es llamado “justo” en el Evangelio y tuvo una vida de gran intimidad y confianza con Jesús y con María, como debe ser la nuestra. Aprendamos de él detalles de finura espiritual, comenzando por “poner atención” en las cosas de Dios.

Un hijo de Dios actúa como su Padre. ¿Y cómo actúa Dios? Amando, amando siempre, pues esa es su esencia. No comprendemos el alcance de la afirmación “Dios es amor”, pero hemos de convencernos de que todo lo que existe es una manifestación de su amor, y estamos invitados a obrar siempre movidos por el amor.

Los amigos del paralítico vencen todos los obstáculos porque lo único que anhelan es “llevarlo ante Jesús”. Lo anterior es importante, por ejemplo, dar doctrina (los amigos del paralítico lo habrán convencido de Jesús). Pero al final hay que llegar a poner a los demás frente a Él, y eso se logra solo porque lo hemos encontrado antes. El apostolado es comunicar una experiencia.

El relato más maravilloso es el que tiene por protagonista no a un mero hombre, sino al Dios-hombre. Intentemos leer los relatos de su vida interiorizando en su corazón. En el pasaje del centurión advertimos la alegría que le da encontrar a un hombre de fe. Encendamos nuestra fe porque en ella tenemos la sustancia de lo que esperamos.

San José nos da lecciones. Hoy podemos aprender su silencio para aceptar los proyectos de Dios sin rechistar. Es el santo abandono, al cual se llega luego de muchos ejercicios de negación de la propia voluntad. Gracia que podemos secundar nosotros aceptando en alegre silencio cuanto Dios disponga en nuestra vida.

Los judíos que llevan a la mujer adúltera ante Jesús le tienden una trampa. ¿Rechazaría la ley de Moisés, o aceptaría la lapidación de la pecadora? Jesús nos revela el rostro del Padre, y ese Dios es Misericordia, aunque el cúmulo de pecados sea inmenso. Y, al mismo tiempo, la respuesta de Jesús (“el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”) nos invita a ser misericordiosos con los demás.

La conciencia de nuestra filiación divina se ejercita a través del don de piedad, que consiste en un trato profundo y personal con Dios. De ahí que nos conviene examinarnos cómo va nuestra piedad. No para cumplir ejercicio de piedad sino para confesar que somos sinceramente piadosos. Los ejercicios de piedad constituyen una nueva naturaleza.

Nuestra radical carencia nos hace imprescindible el reconocimiento de un Dios que es dádiva. Y los motivos de nuestro agradecimiento no tienen límite: podemos hacer todo un despliegue de motivos, desde la magnificencia de Dios hasta el instante en que nos mantiene en el ser.

Queremos, pero no sabemos cómo aumentar nuestro amor a María. ¡Rezando bien el Rosario! Recibiremos la gracia propia de cada misterio si lo contemplamos desde el corazón de María e iremos aumentando nuestra identidad de mundos. Esta oración es arma poderosa para ganar la batalla de la santidad.

En la primera lectura de la Misa de hoy, el profeta Daniel recoge la oración de Azarías, uno de los jóvenes a las órdenes de Nabucodonosor. Azarías suplica misericordia a Dios, ante el peligro de perder la vida: “Acepta nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado”, reza. En Cuaresma ofrezcamos un corazón deseoso de conversión, de sucesivas conversiones, sin permitir que el tiempo pase sin más.

La liturgia de la palabra presenta, en las últimas semanas de Cuaresma, los ataques de los escribas y fariseos para hacer caer a Jesús en alguna trampa. Uno de ellos, el de la mujer sorprendida en adulterio. Ahí admiramos no solo cómo se libró Jesús de una paradoja al parecer sin solución, sino sobre todo la misericordia de Dios. Propaguemos esa misericordia a través del apostolado de la confesión.

La maravilla de la oración se revela junto al pozo, porque ahí Jesús nos pide de beber. Quizá deberíamos hacer una reprogramación de nuestra forma de entender a Dios. Vamos a Él buscando recibir, cuando lo que realmente ansía es que le demos. Su sed procede de las profundidades de Dios, porque Él, es su esencia, es amor. Busquemos actuar siempre según su beneplácito.

Más allá de que sea un atributo de Dios, el amor es su esencia. Él busca modos y modos de manifestarnos su amor, desde una florecita hasta la Eucaristía. Uno de los más maravillosos modos es habernos dado a Santa María, en la que se manifiesta el amor de ternura, de consuelo, el amor femenino. Agradezcamos de corazón esta muestra del amor de Dios por nosotros.

Jesús nos pide que permanezcamos en Él. Es una llamada apremiante: la pronuncia en la víspera de su muerte. Esa permanencia se realiza en el Corazón de Jesús, y para eso necesitamos recogimiento interior. Tendremos entonces el gozo de permanecer con Él.

En la parábola de la semilla de mostaza, Jesús nos invita a fomentar nuestra esperanza. Es una semilla casi irrelevante, pero será un árbol donde aniden las aves. No juzgues por la pequeñez de los comienzos, ni por lo aparentemente intrascendente de tus esfuerzos. El que planta debe ser paciente para esperar los resultados.

La Iglesia en el Occidente ha entrado en una suerte de atonía del alma, una tristeza ante lo que debía ser su mayor felicidad: la relación de la amistad con Dios. No somos ajenos a este peligro: el de la laxitud espiritual. El hermano mayor del hijo pródigo es el prototipo del que trabaja en las cosas de su padre, pero pensando en sí mismo, no en la alegría de su padre. Conjuramos el peligro de tibieza haciendo bien la oración mental.

¿Dónde tuvo el pueblo elegido los más profundos encuentros con Dios? En el desierto. ¿Y dónde busca Jesús la intensidad de comunicación con su Padre? En el desierto. Busquemos también nosotros encuentros en nuestro corazón, tomándonos en serio la enseñanza de Jesús que dice que Él y su Padre habitarán en nosotros. Tarea ardua, pues estamos acostumbrados a vivir desparramados. “Forzarnos a estar con Él”, decía Teresa.

A los efesios invita san Pablo a fortalecer sus corazones para que Cristo habite en ellos por la fe. Entonces puede lograrse la meta: hacerse con el amor de Cristo que supera toda ciencia, para ser llenados de la plenitud de Dios. En eso se resume nuestra vida, en perseguir el amor de Cristo. Para eso, resulta preciso estar arraigado en la fe.

Los misterios de luz del Santo Rosario nos iluminan. El cuarto, la Transfiguración, es el “icono de la contemplación cristiana”, en frase de san Juan Pablo II. Subir a un monte alto, ascender sobre la horizontalidad de la materia, dejar abajo lo terreno y fijar los ojos en el Rostro de Cristo, para descubrir su misterio. Ese acto de fe nos conduce al amor del Señor, única razón de nuestra vida.

Las indicaciones litúrgicas invitan los viernes a celebrar la Misa votiva de la Preciosísima Sangre de Cristo. Resaltemos el hecho de que, al recibir la Comunión, estamos recibiendo la Sangre del Señor. No se trata de una metáfora, sino de una realidad. Esa Sangre tiene, como primer efecto, nuestra purificación; luego, comunicarnos el fuego del Amor, hasta embriagarnos con la felicidad de la unión.

Es herencia espiritual de san Josemaría la devoción a la Pasión del Señor. Enormes son los beneficios que trae a nuestra alma incursionar en esos momentos centrales de nuestra salvación. Será una manifestación de amor el compartir con Jesús sus sufrimientos, y nos servirá de revulsivo para salir del nicho de confort.

Deseo de san Josemaría: que el sagrario sea Betania. En primer lugar, para Jesús, porque ahí se sabe querido, atendido. Pero también para nosotros, porque es donde mejor estamos. No escatimemos el tiempo para acompañarlo y gozar de su presencia.

¿Característica de Jesús Buen Pastor? Que da su vida por las almas. ¡Cuánto valdrá cada alma, cuánto importa su felicidad terrena y eterna! Revitalicemos la conciencia de ser también nosotros buenos pastores, dispuestos a cualquier entrega cuando nos dedicamos al apostolado.

Estamos invitados a acompañar a Jesús en el desierto. El desierto, lugar teológico, lugar de encuentro con Dios. Silencio, soledad, sin apoyos, sin agua, sin alimento. No queda nada sino Dios. Y Él se revela en la pureza de espíritu: Jesús nos invita de manera especial los 40 días de Cuaresma para acompañarlo.

En Cristo hay innumerables tesoros, de manera que nunca agotaremos las vetas de su amor. Nuestra vida interior corre el riesgo de la horizontalidad, sin pasar a un estrato superior. Puede servirnos la imagen del castillo interior de santa Teresa, que compara la situación del alma con moradas que se aproximan al centro, donde se realiza la unión. Un momento clave es el tránsito de las terceras moradas a las cuartas, en las que se entra en la mística.

La alegría de la contemplación del Señor no llega sino después de la cruz. Es requisito para que el Espíritu Santo pueda darnos sus dones. “No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo para purificarte, y siente con Él… el peso de la cruz” (S. Josemaría). Únete: la llavecita de la cruz me abre los tesoros de la gracia.

Dios hizo cosas grandes en María porque vio su humildad. Tendremos también nosotros su beneplácito si encuentra humildad, la profunda convicción de nuestra nada y su todo. Las mil cabezas de la soberbia pueden aparecer en el espíritu de contradicción, en el protagonismo, en caer en el influjo de una sociedad competitiva, en el referirnos al yo en las conversaciones, en el rechazo a la obediencia, etc.

Moisés y Elías hablan con Jesús, en la cumbre del Tabor, de su próxima Pasión en Jerusalén. El Tabor y el Calvario no son independientes, ni entonces ni ahora. El que huye o rechaza la cruz, decía el santo Cura de Ars, no es cristiano. Hemos de buscar, sin embargo, no la cruz por la cruz, sino la cruz donde el Crucificado manifiesta máximamente su amor.