Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

Un hijo de Dios actúa como su Padre. ¿Y cómo actúa Dios? Amando, amando siempre, pues esa es su esencia. No comprendemos el alcance de la afirmación “Dios es amor”, pero hemos de convencernos de que todo lo que existe es una manifestación de su amor, y estamos invitados a obrar siempre movidos por el amor.

Los amigos del paralítico vencen todos los obstáculos porque lo único que anhelan es “llevarlo ante Jesús”. Lo anterior es importante, por ejemplo, dar doctrina (los amigos del paralítico lo habrán convencido de Jesús). Pero al final hay que llegar a poner a los demás frente a Él, y eso se logra solo porque lo hemos encontrado antes. El apostolado es comunicar una experiencia.

El relato más maravilloso es el que tiene por protagonista no a un mero hombre, sino al Dios-hombre. Intentemos leer los relatos de su vida interiorizando en su corazón. En el pasaje del centurión advertimos la alegría que le da encontrar a un hombre de fe. Encendamos nuestra fe porque en ella tenemos la sustancia de lo que esperamos.

San José nos da lecciones. Hoy podemos aprender su silencio para aceptar los proyectos de Dios sin rechistar. Es el santo abandono, al cual se llega luego de muchos ejercicios de negación de la propia voluntad. Gracia que podemos secundar nosotros aceptando en alegre silencio cuanto Dios disponga en nuestra vida.

Los judíos que llevan a la mujer adúltera ante Jesús le tienden una trampa. ¿Rechazaría la ley de Moisés, o aceptaría la lapidación de la pecadora? Jesús nos revela el rostro del Padre, y ese Dios es Misericordia, aunque el cúmulo de pecados sea inmenso. Y, al mismo tiempo, la respuesta de Jesús (“el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”) nos invita a ser misericordiosos con los demás.

La conciencia de nuestra filiación divina se ejercita a través del don de piedad, que consiste en un trato profundo y personal con Dios. De ahí que nos conviene examinarnos cómo va nuestra piedad. No para cumplir ejercicio de piedad sino para confesar que somos sinceramente piadosos. Los ejercicios de piedad constituyen una nueva naturaleza.

Nuestra radical carencia nos hace imprescindible el reconocimiento de un Dios que es dádiva. Y los motivos de nuestro agradecimiento no tienen límite: podemos hacer todo un despliegue de motivos, desde la magnificencia de Dios hasta el instante en que nos mantiene en el ser.

Queremos, pero no sabemos cómo aumentar nuestro amor a María. ¡Rezando bien el Rosario! Recibiremos la gracia propia de cada misterio si lo contemplamos desde el corazón de María e iremos aumentando nuestra identidad de mundos. Esta oración es arma poderosa para ganar la batalla de la santidad.

En la primera lectura de la Misa de hoy, el profeta Daniel recoge la oración de Azarías, uno de los jóvenes a las órdenes de Nabucodonosor. Azarías suplica misericordia a Dios, ante el peligro de perder la vida: “Acepta nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado”, reza. En Cuaresma ofrezcamos un corazón deseoso de conversión, de sucesivas conversiones, sin permitir que el tiempo pase sin más.

La liturgia de la palabra presenta, en las últimas semanas de Cuaresma, los ataques de los escribas y fariseos para hacer caer a Jesús en alguna trampa. Uno de ellos, el de la mujer sorprendida en adulterio. Ahí admiramos no solo cómo se libró Jesús de una paradoja al parecer sin solución, sino sobre todo la misericordia de Dios. Propaguemos esa misericordia a través del apostolado de la confesión.

La maravilla de la oración se revela junto al pozo, porque ahí Jesús nos pide de beber. Quizá deberíamos hacer una reprogramación de nuestra forma de entender a Dios. Vamos a Él buscando recibir, cuando lo que realmente ansía es que le demos. Su sed procede de las profundidades de Dios, porque Él, es su esencia, es amor. Busquemos actuar siempre según su beneplácito.

Más allá de que sea un atributo de Dios, el amor es su esencia. Él busca modos y modos de manifestarnos su amor, desde una florecita hasta la Eucaristía. Uno de los más maravillosos modos es habernos dado a Santa María, en la que se manifiesta el amor de ternura, de consuelo, el amor femenino. Agradezcamos de corazón esta muestra del amor de Dios por nosotros.

Jesús nos pide que permanezcamos en Él. Es una llamada apremiante: la pronuncia en la víspera de su muerte. Esa permanencia se realiza en el Corazón de Jesús, y para eso necesitamos recogimiento interior. Tendremos entonces el gozo de permanecer con Él.

En la parábola de la semilla de mostaza, Jesús nos invita a fomentar nuestra esperanza. Es una semilla casi irrelevante, pero será un árbol donde aniden las aves. No juzgues por la pequeñez de los comienzos, ni por lo aparentemente intrascendente de tus esfuerzos. El que planta debe ser paciente para esperar los resultados.

La Iglesia en el Occidente ha entrado en una suerte de atonía del alma, una tristeza ante lo que debía ser su mayor felicidad: la relación de la amistad con Dios. No somos ajenos a este peligro: el de la laxitud espiritual. El hermano mayor del hijo pródigo es el prototipo del que trabaja en las cosas de su padre, pero pensando en sí mismo, no en la alegría de su padre. Conjuramos el peligro de tibieza haciendo bien la oración mental.

¿Dónde tuvo el pueblo elegido los más profundos encuentros con Dios? En el desierto. ¿Y dónde busca Jesús la intensidad de comunicación con su Padre? En el desierto. Busquemos también nosotros encuentros en nuestro corazón, tomándonos en serio la enseñanza de Jesús que dice que Él y su Padre habitarán en nosotros. Tarea ardua, pues estamos acostumbrados a vivir desparramados. “Forzarnos a estar con Él”, decía Teresa.

A los efesios invita san Pablo a fortalecer sus corazones para que Cristo habite en ellos por la fe. Entonces puede lograrse la meta: hacerse con el amor de Cristo que supera toda ciencia, para ser llenados de la plenitud de Dios. En eso se resume nuestra vida, en perseguir el amor de Cristo. Para eso, resulta preciso estar arraigado en la fe.

Los misterios de luz del Santo Rosario nos iluminan. El cuarto, la Transfiguración, es el “icono de la contemplación cristiana”, en frase de san Juan Pablo II. Subir a un monte alto, ascender sobre la horizontalidad de la materia, dejar abajo lo terreno y fijar los ojos en el Rostro de Cristo, para descubrir su misterio. Ese acto de fe nos conduce al amor del Señor, única razón de nuestra vida.

Las indicaciones litúrgicas invitan los viernes a celebrar la Misa votiva de la Preciosísima Sangre de Cristo. Resaltemos el hecho de que, al recibir la Comunión, estamos recibiendo la Sangre del Señor. No se trata de una metáfora, sino de una realidad. Esa Sangre tiene, como primer efecto, nuestra purificación; luego, comunicarnos el fuego del Amor, hasta embriagarnos con la felicidad de la unión.

Es herencia espiritual de san Josemaría la devoción a la Pasión del Señor. Enormes son los beneficios que trae a nuestra alma incursionar en esos momentos centrales de nuestra salvación. Será una manifestación de amor el compartir con Jesús sus sufrimientos, y nos servirá de revulsivo para salir del nicho de confort.

Deseo de san Josemaría: que el sagrario sea Betania. En primer lugar, para Jesús, porque ahí se sabe querido, atendido. Pero también para nosotros, porque es donde mejor estamos. No escatimemos el tiempo para acompañarlo y gozar de su presencia.

¿Característica de Jesús Buen Pastor? Que da su vida por las almas. ¡Cuánto valdrá cada alma, cuánto importa su felicidad terrena y eterna! Revitalicemos la conciencia de ser también nosotros buenos pastores, dispuestos a cualquier entrega cuando nos dedicamos al apostolado.

Estamos invitados a acompañar a Jesús en el desierto. El desierto, lugar teológico, lugar de encuentro con Dios. Silencio, soledad, sin apoyos, sin agua, sin alimento. No queda nada sino Dios. Y Él se revela en la pureza de espíritu: Jesús nos invita de manera especial los 40 días de Cuaresma para acompañarlo.

En Cristo hay innumerables tesoros, de manera que nunca agotaremos las vetas de su amor. Nuestra vida interior corre el riesgo de la horizontalidad, sin pasar a un estrato superior. Puede servirnos la imagen del castillo interior de santa Teresa, que compara la situación del alma con moradas que se aproximan al centro, donde se realiza la unión. Un momento clave es el tránsito de las terceras moradas a las cuartas, en las que se entra en la mística.

La alegría de la contemplación del Señor no llega sino después de la cruz. Es requisito para que el Espíritu Santo pueda darnos sus dones. “No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo para purificarte, y siente con Él… el peso de la cruz” (S. Josemaría). Únete: la llavecita de la cruz me abre los tesoros de la gracia.

Dios hizo cosas grandes en María porque vio su humildad. Tendremos también nosotros su beneplácito si encuentra humildad, la profunda convicción de nuestra nada y su todo. Las mil cabezas de la soberbia pueden aparecer en el espíritu de contradicción, en el protagonismo, en caer en el influjo de una sociedad competitiva, en el referirnos al yo en las conversaciones, en el rechazo a la obediencia, etc.

Moisés y Elías hablan con Jesús, en la cumbre del Tabor, de su próxima Pasión en Jerusalén. El Tabor y el Calvario no son independientes, ni entonces ni ahora. El que huye o rechaza la cruz, decía el santo Cura de Ars, no es cristiano. Hemos de buscar, sin embargo, no la cruz por la cruz, sino la cruz donde el Crucificado manifiesta máximamente su amor.

Podemos rezar el Padrenuestro con los cristianos no católicos, porque todo cristiano es discípulo de Aquel que enseñó esta plegaria. Jesús nos enseñó cómo hemos de orar, revelándonos el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios y que hemos de dirigirnos a Él como un hijo habla con su padre.

In nómine Dómini comenzamos la Cuaresma, ilusionados ante la posibilidad de una nueva conversión. ¿De qué? Cada uno sabrá, pero seguramente todos debemos convertirnos a un amor mayor. Busquemos irnos con Jesús al desierto para acompañarlo, para consolarlo. Que cada detalle de nuestros vencimientos nos aumente el amor.

Ocho veces recoge san Lucas en el capítulo 11 los ayes de Jesús: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…”. Ellos eran hombres religiosos, incluso piadosos, pero habían perdido el sentido profundo de la adoración y el amor a Dios actuando por exhibicionismo y lucimiento personal. Tendremos rectitud de intención haciéndolo todo por amor.

De la vida de san Ignacio de Loyola aprendemos a prepararnos concienzudamente para la Misa. De la vida de san Juan de Ávila, la relevancia que da el santo a una sola Misa. De san Alfonso María de Ligorio, la importancia del recogimiento luego de comulgar, pues tenemos los labios teñidos con la Sangre de Cristo. Del Cura de Ars, la seguridad de estar en el Paraíso durante la celebración.

En el pasado, habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas; últimamente nos ha hablado a través de Jesucristo (Hebreos 1, 1). Los hebreos conversos tenían la tentación de volver al Templo y a las prácticas judías, y a lo largo de esta carta el autor les suplica que mantengan los ojos en Jesús. Aunque nosotros no tengamos esa tentación, si corremos el riesgo de volver nuestra mirada a algo que no sea Jesús.

San Pablo agradece a Dios por la gracia que nos concede. En los encabezados de sus cartas, no olvida manifestar su gratitud. Las fechas que recuerdan acontecimientos importantes nos invitan a hacer lo mismo. Hoy, 14 de febrero, recordamos las misericordias de Dios para el comienzo de la labor de la Obra con mujeres y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. No dudemos que Dios espera nuestro agradecimiento.

Tenemos a la vista el miércoles de Ceniza y, por tanto, el inicio de este tiempo de gracia. “Conviértanse y crean en el Evangelio”, dice el rito de la imposición de Ceniza. Es el tiempo oportuno: convertirnos a Dios de todo corazón. Conviértete en oración, ayuno y limosna. Dios cuenta con dar al mundo mucha gracia; animémonos a colaborar.

El centurión romano que pide la curación de su siervo es un ejemplo de hombre de fe. Examinémonos si la nuestra lo abarca todo, desde lo minúsculo hasta los grandes acontecimientos mundiales. Porque ha de actualizarse a riesgo de que solo nos movamos por razones terrenas.

En Lourdes, el Cielo se abre. Y nos manifiesta a una Madre preocupada por sus hijos, que viene a darles salud y vida. Porque Ella no es solo motivo de piedad afectiva, sino que en Ella se une Dios con la humanidad. Y todo en la Iglesia debe quedar bajo el manto mariano, porque entonces participa de la salvación.

La advocación de la Virgen del Sagrado Corazón es muy elocuente. En ella, María tiene en su brazo izquierdo al Niño y con el derecho toma su Corazón, mostrándonoslo. Es como la segunda parte de las bodas de Caná: allí dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Aquí parece decir: “Hagan lo que Él siente”. Porque la clave del amor es la unión de los corazones.

Jesús curaba toda dolencia y toda enfermedad. Merece, como nadie, el título de médico. También ahora cuida y sana, comenzando por nuestra capacidad visual, miope muchas veces; deformada otras. Y nos curará también de los males del corazón, insuficiencia cardíaca que no bombea fuego de amor. O nuestro psiquismo, por ejemplo, el déficit de atención. María nos lleva al Médico en cada dolencia y nos ayuda a seguir el tratamiento.

Jesús obra milagros no solo con las realidades terrenales sino también con los habitantes de las tinieblas. Expulsa al demonio mudo, que impedía al poseído confesar la verdad. Cuando el lobo quiere matar una oveja, no le muerde las patas porque llamaría al pastor; le muerde la garganta. Es la táctica del demonio, especialmente cuando busca hacer perder a alguien la vocación.

Dios se ha lucido en la creación de Santa María, la más hermosa no solo de todas las mujeres sino de todas las creaturas. Dios es poeta (de poesis, creación). El sueño de Dios, su obra maestra, es su Madre. Cuando pensamos en Ella nos ilusionamos y nos sentimos invitados a lo más bello, a hacer también nosotros muchas obras del arte del amor en nuestra vida.

Cuatro detalles que aparecen de relieve en la escena de la curación del paralítico: 1) Es llevado (imagen del pecador que no puede ir a Dios por sí mismo). 2) El agrado de Jesús al ver la fe de los amigos. 3) Que lo llevan entre cuatro: la Iglesia es comunión. 4) Que antes que la salud del cuerpo, Jesús atiende la del alma. Aplicaciones al apostolado.

¿Por qué parece que Dios actúa contra sí mismo? ¿Por qué no arranca de nuestros corazones la mala hierba que nos acompaña de continuo? ¿Por qué dejarla que conviva con el trigo? Porque Él tiene un enorme interés en que seamos muy conscientes de nuestra miseria. Así nos invita de continuo a valorar el son de la humildad.

En las semanas previas a la Solemnidad de San José, la Iglesia nos invita a prepararla a lo largo de los siete domingos anteriores. Hoy, que es miércoles, celebraremos la votiva de san José. A él acudimos porque no sabemos orar, y él es el maestro consumado del trato doméstico, cotidiano, continuo y familiar con Jesús y María.

Jesús advierte el ansia de los invitados a una boda para ocupar los primeros puestos. Indica que procedamos al revés, para que en la vida eterna tengamos los lugares principales. El que se ensalza será humillado. Revisemos indicios de falta de humildad, como el protagonismo, la envidia y los juicios críticos.

María, con Jesús en brazos, sale de su ocultamiento de 40 días previsto por la ley mosaica. Va al Templo, y se le anuncia que una espada traspasará su corazón en el ofrecimiento de su Hijo. La pureza se purifica, como para invitarnos a vigilar la propia pureza de nuestro corazón. Más que atender a las virtudes aisladas, monitoreemos nuestro corazón, del que procede todo lo bueno y lo malo.

Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de los Cielos, dijo san Pablo a los primeros cristianos. También nuestra historia es una secuencia de penas y de alegrías, aprendiendo de san José a santificarnos con sus siete dolores y sus siete gozos.

Las parábolas de Jesús no son mitos, como la caída de Ícaro o de Narciso, sino relatos de hechos posibles y aún cotidianos. En la parábola del grano de mostaza Jesús nos invita a la esperanza. Invitados a ser hombres de futuro con esta virtud, confiados en la promesa de Dios de hacernos eternamente felices. Si no hay confianza, deja de haber esa condición favorable para que se desarrolle el amor.

¿Cómo nos interpela a nosotros el misterio de la Transfiguración del Señor? San Juan Pablo II enseña que como “icono de la contemplación”. En nuestro trato con Dios hemos de buscar cada vez mayor profundidad, como enseña santa Teresa en las Moradas. Evitar la permanencia en las primeras tres, las de la ascética, y lanzarnos a la cuarta, que es donde actúan más intensamente los dones contemplativos del Espíritu Santo.

La “tienda de la reunión” era el sitio al que Dios bajaba para conversar con Moisés durante el Éxodo. Ahora tenemos una “tienda de reunión” en nuestro interior, pues ahí podemos, como Moisés, conversar con Dios “como un amigo conversa con su amigo”. Para eso es preciso mantener el tendido de la corriente espiritual sostenido por los postes, que son las normas.

Al asomarnos, en el Magníficat, al corazón de María, descubrimos su gozo en Dios, su salvador. La cercanía amorosa de Dios es fuente inagotable de alegría, aun en medio de las penas. Dios se alegra con nuestra alegría. Procuremos darle más motivos de alegría alegrándonos ante las cosas pequeñas que nos depara la vida

Veni creator Spiritus, se pide en los momentos importantes. El Espíritu creador, o, más bien, re-creador, porque hace surgir en nosotros una nueva vida. Nada puede el hombre en lo sobrenatural sin su acción recreadora: evitemos el naturalismo en sus múltiples manifestaciones.