Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

Lo importante es lograr el conocimiento del Señor Jesucristo. Y las personas solo se conocen personalmente, en los encuentros en los que advierte sus gestos y sus palabras. Jesús es, en su vida terrena, perfectamente coherente: no pide nada que Él no viva, a diferencia de los escribas y fariseos. Dice que seamos humildes y da ejemplo de esa virtud. Pide vigilar y orar, y Él se levantaba de madrugada. Se nos abren panoramas cuando unamos, a sus palabras, sus acciones.

Ni siquiera en el Cielo comprenderemos la frase: “Dios es Amor”. Pero hemos de creer en Él, ya que lo hemos conocido. Confiemos: todo lo que Dios manda o permite es una realidad que procede el amor. Descubramos las incontables manifestaciones del amor divino. Una de ellas, la solicitud materna de María para con nosotros.

“He visto a Dios en un hombre”, dijo un agnóstico luego de observar al santo cura de Ars. ¡Qué gran elogio, transparentar a Dios! El sentido profundo del apostolado es ese: llenarse de Cristo para transparentarlo. “Al que me confiese delante de los hombres, yo lo confesaré ante mi Padre celestial”. Identificarnos con Cristo para hacerlo presente a los demás.

El inicio del Evangelio según san Juan es quizá la página más sublime de la Escritura. Presenta a Jesús como el Verbo eterno, el Logos, fuente de la vida y de la luz, revelando plenamente a Dios. Todo adquiere sentido en Cristo, y buscando la unión con Él estoy aprovechando cada uno de los días de mi vida. Buscar aumentar la comunicación con Jesús.

Dice la sabiduría popular: Dime con quién andas y te diré quién eres. Porque el trato cercano con otra u otras personas no nos deja incólumes. Pues acostumbrémonos a andar con María, para que participemos de su plenitud de gracia. En eso consistirá el marianizarnos, y acabaremos por hacer todo según sus modos.

Las unciones que hemos recibido en los sacramentos suponen una consagración, es decir, una afirmación de pertenecer a Dios en exclusiva: hacer algo sagrado. Lo contrario sería la desacralización e incluso el sacrilegio. Afirmamos nuestro deseo de pertenecer al Sagrado Corazón del Señor, haciendo la ofrenda de nuestra vida.

El centro de las miradas es el costado abierto. Todos los bienes nos llegan del costado traspasado de Cristo. Allí residen los secretos del amor divino. “Jesús nos ha conocido y amado a cada uno de nosotros”, enseña el Catecismo. Creamos que “Dios no sabe contar sino hasta a uno”, y todo su amor, divino y humano, está volcado sobre cada uno.

“Señor, auméntanos la fe”. Intentemos vivir inmersos en el mundo que está más allá de lo sensible, abriendo nuestro corazón a las realidades que no podamos comprobar. La fe tiene mucho que ver con la humildad, porque nos pide: acéptalo todo, sin comprobar nada. Vivir inmersos, como el pez en el océano. “No abras la boca sino el corazón”, decía san Agustín, y también: “Fe es creer lo que no ves, la recompensa es ver lo que crees”.

Además de la coloración que la devoción a la Humanidad Santísima imprime al mes de junio, este mes tiene también un toque de san Josemaría, porque celebramos su dies natalis. Aquello que tanto anheló ya lo posee en plenitud. Y queremos seguir su doctrina: ser santos en lo ordinario, como lo más ordinario porque este es el designio de Dios para el hombre.

En los salmos encontramos invitaciones a relacionarnos con Dios de manera personal y profunda, como el salmo 62: Deus, Deus meus es tu, ad te de luce vigilo. O su continuación: “Mi alma está como tierra sedienta y árida y agostada”. Esa agua que calma nuestra sed es la unión amorosa con el Señor. Con la determinación de buscar la cercana familiaridad con Dios seremos piadosos.

San Pablo nos habla constantemente de la presencia de Jesús en nuestra vida. Pero no como una presencia meramente extrínseca, sino que “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. Y es que si estamos escondidos en Cristo es porque estamos unidos a Él, que vino a traernos su vida en abundancia. La unión con Cristo supera toda unidad que alcancemos a representar con cualquier símbolo. Cristo es más yo que yo mismo.

Jesús, al conversar con su Padre la noche del Jueves Santo, le pide por nosotros diciéndole: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal. Ellos no son del mundo”. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Tenemos conciencia de no tener aquí nuestra ciudad permanente. Esto nos plantea la necesidad de ser coherentes: usa las cosas del mundo, pero sin perder la mirada en la eternidad. Tener a flor de piel las cosas esenciales.

Si la Eucaristía es el termómetro de nuestra fe y de nuestro amor, preguntémonos cuál es el nivel de nuestra eucaristización. El Señor hablaba de los lugares vacíos en los banquetes, pero también del que está en el banquete –tiene fe- pero no lleva el vestido adecuado, el del amor. Y entonces es “echado fuera”, ya que no participa de los beneficios de ella.

No estaremos lejos de la verdad si pensamos que el día del Corpus Christi es el día más bonito del año. Posiblemente sí en la tierra, pero con toda seguridad en el Cielo. Jesús es sacado a pasear por plazas y calles y, a medida que gira el globo terráqueo, se van actualizando en el planeta las muestras de amor y regocijo por la presencia permanente de Jesús entre nosotros.

La comunión que se lleva a los enfermos se anuncia con el toque de la campanilla. Entonces la gente se apercibe, se arrodilla, y el enfermo se dispone. Hoy, víspera del Corpus Christi, queremos que no nos tome poco preparados esta gran Solemnidad. Es la Eucaristía lo que fundamenta nuestro ser y nuestra vida. Unirnos a las Procesiones de todo el mundo, para adorar y desagraviar.

Jesús, en la primera gran relación a santa Margarita María de Alacoque, le pide su corazón. Lo sumerge en el suyo y el corazón de la santa es una hoguera encendida. Para que le resulte un recordatorio, ella tendrá un permanente dolor en su costado. Lo extraordinario del hecho no debe hacernos olvidar que ese fenómeno místico debe reproducirse en cada hombre, porque la identidad de corazones es el secreto del amor.

Lo absolutamente específico de nuestra fe católica es la Persona de Jesucristo. Da a la revelación de Dios un realismo inaudito. Y, apuntando al centro de la Persona, tenemos el Corazón de Jesús. Estamos invitados a vivir este mes en la intimidad del Sagrado Corazón, descubriendo ahí la mina de incontables tesoros.

¿Y cómo es Dios?, preguntaba el niño Tomás de Aquino al abad de Montecassino. No sabemos qué contestó el abad, pero nosotros podríamos decirle: Dios es uno en esencia y trino en Personas. Es el mayor de todos los secretos, la más inaccesible de las verdades reveladas. Estamos muy felices de conocer esa verdad, vislumbrando la esencia de Dios como amor.

Muy agradecidos hemos de estar a Dios que nos ha hecho conocer el misterio de su vida íntima. Sin la revelación sobrenatural nunca hubiéramos alcanzado tal conocimiento. Dios es amor, y no amor cerrado en Sí mismo sino dirigido a Otro: cada Persona divina volcada en Otra. Siendo nosotros imagen y semejanza de Dios, siendo personas, estamos invitados a vivir siempre en el amor.

Bienaventurada tú que has creído, dice Isabel a María. Sí: todas las cosas buenas vienen por aceptar en nuestro corazón la revelación divina. En la carta a los Hebreos se nos hace un recuento de todos los hombres de la antigüedad que mantuvieron la fe. Creemos porque creyeron ellos, por la fe de María y por todos los creyentes que han venido después. Si realmente creemos se nos abre un horizonte infinito. Me ejercito en la fe de manera esencial con la Eucaristía.

Isabel alaba a la Virgen María porque ha creído. Pero Ella orienta esa alabanza con el canto del Magníficat diciendo que toda la gloria es para Dios. La criatura espiritual, ángeles y hombres, tenemos como primer deber la glorificación de nuestro Creador. Deo omnis Gloria! Otra actitud sería robo sacrílego. El Padre celestial recompensa lo que está en lo oculto. No vaya a ser que estemos cosiendo con una aguja sin hilo: al final, no queda nada.

En el pasaje del joven rico, Jesús hace una pedagogía de la santidad. ¿Para salvarse?... basta cumplir los mandamientos. ¿Más? Entonces deja todo, ejercítate en las virtudes. ¿Aún más? Ven y sígueme. Es el ámbito del amor, del crecimiento en el amor. Busquemos llegar a este nivel, sin conformarnos con ser virtuosos. Aceptemos las reglas del amor, que es la entrega total.

Avanzado el mes de mayo, preguntémonos si ha estado más presente María en los días que llevamos recorridos. Lo propio de María es la finura, la delicadeza, en definitiva, el amor. Tendrá su toque aquella norma de piedad que esté hecha con arte y primor.

El inicio de la carta a los Colosenses es un canto a la divinidad de Jesucristo. En él nos explica san Pablo que todo ha sido hecho desde el Verbo y para el Verbo. Es la razón profunda que explica por qué Cristo es Rey del Universo. Hagamos libremente la rendición de nuestro yo reconociendo su Imperio de amor.

¿Cuál es nuestra mayor necesidad? ¿Y de la Iglesia, y de la humanidad? Sin duda el Espíritu Santo, la infusión del Espíritu de Dios en nuestras almas, instituciones y países. Él nos sitúa en el mismo ritmo de la vida divina, que es vida de amor. San Efrén el Sirio comparaba la preparación del alma ante la llegada del Espíritu Santo con las antorchas dispuestas a ser encendidas, como los marineros atentos a la voz del capitán, como los agricultores preparados para sembrar.

“El Espíritu Santo ruega conforme a la voluntad de Dios por los que le pertenecen”, dice san Pablo en la carta a los Romanos. Nosotros queremos pertenecer plenamente a Dios, y ahora deseamos hacerlo consagrándonos al Espíritu Santo. No queremos ser huesos secos, sino seres vivificados; sin el Espíritu Santo, Dios se convierte en un ser lejano, Cristo en un recuerdo del pasado, la Palabra de Dios en letra muerte. Con Él, todo vive.

Cuando Jesús les anunció a sus Apóstoles que se iría, el corazón de ellos “se llenó de tristeza”. Pero les asegura que conviene que así suceda. Porque enviará algo que supera toda capacidad de imaginación: una Persona que es Espíritu Puro, que será “otro” Consolador, que vivirá en ellos. El Espíritu de Amor, que nos invita a ser dóciles a su acción. Es la clave para ser santos: esperar la luz y la moción ahí, en el “alma de nuestra alma”, donde Él reside.

Así como el Padre ha enviado a Jesús al mundo, así Él nos envía a nosotros. Sacamos nuestra potencia apostólica en la llaga de la mano derecha del Salvador. Colaboramos con la redención de muchos modos, y uno especial es la alegría.

Somos sarmientos de la Vid, que es Cristo. Estamos unidos a Él y unidos entre nosotros: es el dogma de la Comunión de los Santos. En ella recibimos los méritos de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos, pero al mismo tiempo tenemos la responsabilidad de aportar gracia abundante. María, el miembro más eminente del Cuerpo místico de Cristo, es la medianera que nos hace llegar las gracias.

Como las vidrieras de una catedral, los santos son aquellos que permiten que pase a través de ellos la luz y el calor del Espíritu Santo. No son nuestras fuerzas o capacidades las que nos santifican, sino la acción del Dador de vida divina. Lo tenemos como Huésped desde el bautismo y corremos el riesgo de que pase inadvertido. Agradecerle su presencia, disponiéndonos a secundarlo mejor.

El que ama, legem implevit, cumple toda ley. Por eso hemos de atender más a las virtudes internas que a las externas. Porque no es la lucha lo que nos santifica, sino el amor que santifica la lucha. Lo vemos con claridad en el ejemplo de la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, cuya vida transcurrió con ese telón de fondo: que todo lo impregne el amor.

Si la Resurrección es la fiesta de la fe y la Pentecostés la del amor, la Ascensión es la fiesta de la esperanza. Nos ancla en nuestro futuro. Estaremos en el seno de la Trinidad también corporalmente, y esa ilusión nos invita a vivir ya desde ahora contemplativamente. “En la línea del horizonte parece que se juntan el cielo y la tierra, pero donde de verdad se juntan es en vuestros corazones” (San Josemaría).

Un gran regalo: el Espíritu que Jesús nos envía de parte del Padre. Somos movidos por Él y de esa manera actuamos como hijos de Dios. Pero podemos “extinguir el Espíritu” y no valorar tan gran don. Seamos dóciles a sus mociones, pongamos la cruz en nuestra vida y llamémoslo.

Vae soli!, dice el libro del Eclesiastés: ¡Pobre del que va solo! Pero nosotros nunca vamos así porque una Persona divina nos ha sido dada. Habita en nosotros el Espíritu Santo, y nos mueve con sus mociones y sus dones. Dentro de estos, pensemos en el superior, el de Sabiduría, que nos hace gustar las cosas de Dios. Podemos preguntarnos si el gozo de lo divino ha sido creciente en nuestra vida.

Santa Teresita es la patrona de las misiones sin salir de su convento. ¿Por qué? Porque creemos en el dogma de la Comunión de los Santos. Hay una comunión de bienes en la Iglesia. Podemos aportar mucho bien, pero podemos también aportar negatividad. Podemos ayudar a quien sea: cualquier sacrifico, cualquier oración es importante. Apoyémonos en los méritos de Jesucristo, de María y de los santos, así como también en la riqueza de oración y sufrimiento en la Iglesia.

Gran alegría por esta misericordia del Cielo: María viene en Fátima a pedirnos penitencia, desagravio, oración por los pecadores. Es una madre preocupada por sus hijos, desvelando secretos celestiales para mover a la conversión. Sus apariciones en Fátima nos recuerdan también la escatología, y nos manifiestan el triunfo de su Corazón Inmaculado. Consagrémonos a Ella y, con nosotros, al mundo entero.

“El varón fiel será muy alabado”, dice el libro de los Proverbios. San Josemaría quiso escribir esa frase en el cuarto de trabajo de su más fiel colaborador. Como primer sucesor, nos dio a manos llenas el legado de nuestro fundador: acometer la locura de enamorarnos de Dios con el cumplimiento amoroso de las normas de piedad.

El padre Garrigou-Lagrange habla de los escenarios que pueden darse en un grupo de personas: familia, parroquia, convento, etc. Desde los que se han tomado en serio su santificación porque han hecho en verdad una opción radical, hasta los “malos”, pasando por los que se quedan en la mera ascética y los que no son piadosos, que están en tibieza. Y su aportación al Cuerpo Místico es diversa.

Nos alegra encontrar en mayo la constante presencia de María. Admirados ante su alma llena de gracia aprendemos de Ella. María guardaba, conservaba las cosas en su corazón. Escuchaba a Dios en su silencio interior. Es ese también nuestro camino: hacer silencio para entrar en el juego de Dios, y llevar constancia, muchas veces por escrito, de sus intervenciones en nuestra vida.

¿A qué hemos venido a este mundo? A ser santos. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Nos ha elegido en Cristo antes de la constitución del mundo para que seamos santos. Podemos enfocar la santidad desde el aspecto de la gracia, desde la transformación en Cristo, desde el aspecto del amor, desde la unión con la cruz, desde la óptica del amor…

En el pasaje de la mujer pecadora en casa de Simón el fariseo descubrimos un modo de ser del Señor: la importancia que da a los detalles. Busquemos tenerlos nosotros con la Eucaristía, porque los valora mucho. Gracias, perdón y ayúdame más: peticiones para nuestra piedad eucarística.

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son mensajes de alegría. Dios está con nosotros y nos llama a su intimidad, que desea nuestra felicidad en la tierra y en la eternidad. Mantengamos una actitud continua de agradecimiento y descubramos en los pequeños detalles de cada día como manifestaciones del amor divino.

El misterio del Espíritu Santo en nosotros no es sensible, pero su acción es incesante. Vivifica nuestros huesos secos (Ezequiel, c. 27), nos introduce en los modos divinos, haciéndonos capaces de vivir los modos propiamente divinos. Actúa respetando nuestra libertad, sin avasallar: y de ahí la necesidad de estar atentos.

El vidente del Apocalipsis se admira ante la gran señal que aparece en el Cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Esa gran señal es María, y nos revela el prototipo, el modelo original de Dios para el ser humano. Miremos a María y Ella nos dará su parecido.

Jesús se retiraba a lugares apartados y hacía oración. ¿Por qué apartados? Para meterse en el silencio. Solo ahí, en el silencio, somos verdaderamente nosotros mismos. Y es en medio del silencio donde percibimos la voz de Dios. Un alma que no tiene silencio es como una ciudad sin protección, acosada por ladrones. Guardando silencio podremos oír el rumor de los ángeles.

“Nosotros predicamos a Cristo crucificado, locura para los gentiles y escándalo para los judíos”. El Crucificado es nuestro timbre de gloria, y vemos en el madero de la Cruz la revelación de su amor y la purificación de todo pecado. En Él encuentra sentido toda pena. Cristo no vino a erradicar el dolor, ni tampoco a explicarlo. Vino a llenarlo con su presencia.

María dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque Dios la ha mirado. Mirar a Dios es amar a Dios. Al mirarla, la llena de gracia, y nosotros nos elevamos también al mirarla. ¿Cómo me ayuda mirarla? A veces, físicamente, cuando me encuentro con sus imágenes. Otras veces, al advertir lo que Ella es, y cómo me enseña a mirar a Jesús en los misterios de la redención.

Es una providencial alegría celebrar a san José en el arranque del mes de María. Seguramente fue iniciativa de Ella, la primera devota de José. Como él, estamos llamados a lograr un espacio sagrado ahí donde pasamos una gran parte del día, el espacio de nuestro trabajo. Porque también nosotros, como José, nos sabemos íntimamente unidos a Jesús y a su Santísima Madre.

Es de tanta importancia el momento de la Muerte de Cristo que no podía quedarse solo en el pasado. La divina Sabiduría ha hallado el modo de hacer perpetua esa Muerte, que se actualiza en cada Misa. Un enorme misterio al que tenemos que acercarnos con una gran fe y un encendido amor.

Hoy, 29 de abril, celebramos la memoria litúrgica de santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia. Favorecida con gracias místicas extraordinarias, enseñó la devoción a la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía. Invita a embriagarse en ella, encontrando todo deleite y a la vez la fuerza para llevar todas las penas. Tengamos en la memoria la presencia de la Preciosísima Sangre de Cristo al comulgar.

Jesús se levantaba antes de amanecer, se retiraba a un lugar solitario y se ponía a orar. Él nos revela lo que es el hombre: si los peces nadan, si las aves vuelan, el hombre ora. ¿Soy homo orans? Porque tengo el riesgo de ser homo videns, o bien homo ludens. Pensemos cómo es nuestra oración, qué tipo de relación establecemos cuando oramos. ¿Es relación de amistad?