Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

Deseo de san Josemaría: que el sagrario sea Betania. En primer lugar, para Jesús, porque ahí se sabe querido, atendido. Pero también para nosotros, porque es donde mejor estamos. No escatimemos el tiempo para acompañarlo y gozar de su presencia.

¿Característica de Jesús Buen Pastor? Que da su vida por las almas. ¡Cuánto valdrá cada alma, cuánto importa su felicidad terrena y eterna! Revitalicemos la conciencia de ser también nosotros buenos pastores, dispuestos a cualquier entrega cuando nos dedicamos al apostolado.

Estamos invitados a acompañar a Jesús en el desierto. El desierto, lugar teológico, lugar de encuentro con Dios. Silencio, soledad, sin apoyos, sin agua, sin alimento. No queda nada sino Dios. Y Él se revela en la pureza de espíritu: Jesús nos invita de manera especial los 40 días de Cuaresma para acompañarlo.

En Cristo hay innumerables tesoros, de manera que nunca agotaremos las vetas de su amor. Nuestra vida interior corre el riesgo de la horizontalidad, sin pasar a un estrato superior. Puede servirnos la imagen del castillo interior de santa Teresa, que compara la situación del alma con moradas que se aproximan al centro, donde se realiza la unión. Un momento clave es el tránsito de las terceras moradas a las cuartas, en las que se entra en la mística.

La alegría de la contemplación del Señor no llega sino después de la cruz. Es requisito para que el Espíritu Santo pueda darnos sus dones. “No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo para purificarte, y siente con Él… el peso de la cruz” (S. Josemaría). Únete: la llavecita de la cruz me abre los tesoros de la gracia.

Dios hizo cosas grandes en María porque vio su humildad. Tendremos también nosotros su beneplácito si encuentra humildad, la profunda convicción de nuestra nada y su todo. Las mil cabezas de la soberbia pueden aparecer en el espíritu de contradicción, en el protagonismo, en caer en el influjo de una sociedad competitiva, en el referirnos al yo en las conversaciones, en el rechazo a la obediencia, etc.

Moisés y Elías hablan con Jesús, en la cumbre del Tabor, de su próxima Pasión en Jerusalén. El Tabor y el Calvario no son independientes, ni entonces ni ahora. El que huye o rechaza la cruz, decía el santo Cura de Ars, no es cristiano. Hemos de buscar, sin embargo, no la cruz por la cruz, sino la cruz donde el Crucificado manifiesta máximamente su amor.

Podemos rezar el Padrenuestro con los cristianos no católicos, porque todo cristiano es discípulo de Aquel que enseñó esta plegaria. Jesús nos enseñó cómo hemos de orar, revelándonos el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios y que hemos de dirigirnos a Él como un hijo habla con su padre.

In nómine Dómini comenzamos la Cuaresma, ilusionados ante la posibilidad de una nueva conversión. ¿De qué? Cada uno sabrá, pero seguramente todos debemos convertirnos a un amor mayor. Busquemos irnos con Jesús al desierto para acompañarlo, para consolarlo. Que cada detalle de nuestros vencimientos nos aumente el amor.

Ocho veces recoge san Lucas en el capítulo 11 los ayes de Jesús: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…”. Ellos eran hombres religiosos, incluso piadosos, pero habían perdido el sentido profundo de la adoración y el amor a Dios actuando por exhibicionismo y lucimiento personal. Tendremos rectitud de intención haciéndolo todo por amor.

De la vida de san Ignacio de Loyola aprendemos a prepararnos concienzudamente para la Misa. De la vida de san Juan de Ávila, la relevancia que da el santo a una sola Misa. De san Alfonso María de Ligorio, la importancia del recogimiento luego de comulgar, pues tenemos los labios teñidos con la Sangre de Cristo. Del Cura de Ars, la seguridad de estar en el Paraíso durante la celebración.

En el pasado, habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas; últimamente nos ha hablado a través de Jesucristo (Hebreos 1, 1). Los hebreos conversos tenían la tentación de volver al Templo y a las prácticas judías, y a lo largo de esta carta el autor les suplica que mantengan los ojos en Jesús. Aunque nosotros no tengamos esa tentación, si corremos el riesgo de volver nuestra mirada a algo que no sea Jesús.

San Pablo agradece a Dios por la gracia que nos concede. En los encabezados de sus cartas, no olvida manifestar su gratitud. Las fechas que recuerdan acontecimientos importantes nos invitan a hacer lo mismo. Hoy, 14 de febrero, recordamos las misericordias de Dios para el comienzo de la labor de la Obra con mujeres y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. No dudemos que Dios espera nuestro agradecimiento.

Tenemos a la vista el miércoles de Ceniza y, por tanto, el inicio de este tiempo de gracia. “Conviértanse y crean en el Evangelio”, dice el rito de la imposición de Ceniza. Es el tiempo oportuno: convertirnos a Dios de todo corazón. Conviértete en oración, ayuno y limosna. Dios cuenta con dar al mundo mucha gracia; animémonos a colaborar.

El centurión romano que pide la curación de su siervo es un ejemplo de hombre de fe. Examinémonos si la nuestra lo abarca todo, desde lo minúsculo hasta los grandes acontecimientos mundiales. Porque ha de actualizarse a riesgo de que solo nos movamos por razones terrenas.

En Lourdes, el Cielo se abre. Y nos manifiesta a una Madre preocupada por sus hijos, que viene a darles salud y vida. Porque Ella no es solo motivo de piedad afectiva, sino que en Ella se une Dios con la humanidad. Y todo en la Iglesia debe quedar bajo el manto mariano, porque entonces participa de la salvación.

La advocación de la Virgen del Sagrado Corazón es muy elocuente. En ella, María tiene en su brazo izquierdo al Niño y con el derecho toma su Corazón, mostrándonoslo. Es como la segunda parte de las bodas de Caná: allí dijo: “Hagan lo que Él les diga”. Aquí parece decir: “Hagan lo que Él siente”. Porque la clave del amor es la unión de los corazones.

Jesús curaba toda dolencia y toda enfermedad. Merece, como nadie, el título de médico. También ahora cuida y sana, comenzando por nuestra capacidad visual, miope muchas veces; deformada otras. Y nos curará también de los males del corazón, insuficiencia cardíaca que no bombea fuego de amor. O nuestro psiquismo, por ejemplo, el déficit de atención. María nos lleva al Médico en cada dolencia y nos ayuda a seguir el tratamiento.

Jesús obra milagros no solo con las realidades terrenales sino también con los habitantes de las tinieblas. Expulsa al demonio mudo, que impedía al poseído confesar la verdad. Cuando el lobo quiere matar una oveja, no le muerde las patas porque llamaría al pastor; le muerde la garganta. Es la táctica del demonio, especialmente cuando busca hacer perder a alguien la vocación.

Dios se ha lucido en la creación de Santa María, la más hermosa no solo de todas las mujeres sino de todas las creaturas. Dios es poeta (de poesis, creación). El sueño de Dios, su obra maestra, es su Madre. Cuando pensamos en Ella nos ilusionamos y nos sentimos invitados a lo más bello, a hacer también nosotros muchas obras del arte del amor en nuestra vida.

Cuatro detalles que aparecen de relieve en la escena de la curación del paralítico: 1) Es llevado (imagen del pecador que no puede ir a Dios por sí mismo). 2) El agrado de Jesús al ver la fe de los amigos. 3) Que lo llevan entre cuatro: la Iglesia es comunión. 4) Que antes que la salud del cuerpo, Jesús atiende la del alma. Aplicaciones al apostolado.

¿Por qué parece que Dios actúa contra sí mismo? ¿Por qué no arranca de nuestros corazones la mala hierba que nos acompaña de continuo? ¿Por qué dejarla que conviva con el trigo? Porque Él tiene un enorme interés en que seamos muy conscientes de nuestra miseria. Así nos invita de continuo a valorar el son de la humildad.

En las semanas previas a la Solemnidad de San José, la Iglesia nos invita a prepararla a lo largo de los siete domingos anteriores. Hoy, que es miércoles, celebraremos la votiva de san José. A él acudimos porque no sabemos orar, y él es el maestro consumado del trato doméstico, cotidiano, continuo y familiar con Jesús y María.

Jesús advierte el ansia de los invitados a una boda para ocupar los primeros puestos. Indica que procedamos al revés, para que en la vida eterna tengamos los lugares principales. El que se ensalza será humillado. Revisemos indicios de falta de humildad, como el protagonismo, la envidia y los juicios críticos.

María, con Jesús en brazos, sale de su ocultamiento de 40 días previsto por la ley mosaica. Va al Templo, y se le anuncia que una espada traspasará su corazón en el ofrecimiento de su Hijo. La pureza se purifica, como para invitarnos a vigilar la propia pureza de nuestro corazón. Más que atender a las virtudes aisladas, monitoreemos nuestro corazón, del que procede todo lo bueno y lo malo.

Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de los Cielos, dijo san Pablo a los primeros cristianos. También nuestra historia es una secuencia de penas y de alegrías, aprendiendo de san José a santificarnos con sus siete dolores y sus siete gozos.

Las parábolas de Jesús no son mitos, como la caída de Ícaro o de Narciso, sino relatos de hechos posibles y aún cotidianos. En la parábola del grano de mostaza Jesús nos invita a la esperanza. Invitados a ser hombres de futuro con esta virtud, confiados en la promesa de Dios de hacernos eternamente felices. Si no hay confianza, deja de haber esa condición favorable para que se desarrolle el amor.

¿Cómo nos interpela a nosotros el misterio de la Transfiguración del Señor? San Juan Pablo II enseña que como “icono de la contemplación”. En nuestro trato con Dios hemos de buscar cada vez mayor profundidad, como enseña santa Teresa en las Moradas. Evitar la permanencia en las primeras tres, las de la ascética, y lanzarnos a la cuarta, que es donde actúan más intensamente los dones contemplativos del Espíritu Santo.

La “tienda de la reunión” era el sitio al que Dios bajaba para conversar con Moisés durante el Éxodo. Ahora tenemos una “tienda de reunión” en nuestro interior, pues ahí podemos, como Moisés, conversar con Dios “como un amigo conversa con su amigo”. Para eso es preciso mantener el tendido de la corriente espiritual sostenido por los postes, que son las normas.

Al asomarnos, en el Magníficat, al corazón de María, descubrimos su gozo en Dios, su salvador. La cercanía amorosa de Dios es fuente inagotable de alegría, aun en medio de las penas. Dios se alegra con nuestra alegría. Procuremos darle más motivos de alegría alegrándonos ante las cosas pequeñas que nos depara la vida

Veni creator Spiritus, se pide en los momentos importantes. El Espíritu creador, o, más bien, re-creador, porque hace surgir en nosotros una nueva vida. Nada puede el hombre en lo sobrenatural sin su acción recreadora: evitemos el naturalismo en sus múltiples manifestaciones.

Jesús nos ha revelado el mayor de los secretos de Dios: cómo es en su interior. Es amor incesante entre las Personas divinas. Y que este prodigio es nuestro, porque la Trinidad vive en nuestro interior. Podemos unirnos a la oración de santa Isabel de la Trinidad que recoge el Catecismo para ejercitarnos en la contemplación trinitaria.

¿Qué alcance tiene decir Dies Dómini, día del Señor? Dios se lo reservó para Sí y la Iglesia nos dice que estamos invitados a “gozar de la alegría propia” de este día (CIC 1247). Lo lograremos siguiendo su invitación de “estar con Él” (Mc 3, 13-19), coincidiendo corazones.

Esta pregunta, que hicieron a Jesús los discípulos del Bautista, nos interpela a cada instante de nuestra vida. ¿Qué, o a quién, espero? Ojalá contestemos que en todos los momentos de nuestra vida ya no necesitamos esperar nada, porque tenemos a Jesús. No como el que ha dejado unas palabras y se ha ido, sino la persona con la que comparto mi existencia.

“Dame, hijo mío tu corazón”, dice el oráculo del libro de los Proverbios. El corazón es la fuente de los pensamientos, de los sentimientos, de las acciones. Al corazón debo atender para que nada manchado se asiente en él: pureza de intenciones, pureza de pensamientos, pureza de afectos. Solo los de corazón puro ven a Dios.

El papa Benedicto explicó que eligió ese nombra para su pontificado en atención al patrono de Europa, san Benito de Nursia. Este gran santo insistía en no anteponer nada al amor de Cristo. Explorar esa invitación variando la preposición: nada se antepone al amor que Cristo me tiene a mí porque nada es más gozoso, y nada debe anteponerse al amor que yo le debo dar a Cristo.

La primera predicación de Jesús invita a hacer penitencia porque está cerca el reino de los cielos. Esa invitación podemos entenderla tanto en lo referente a la virtud de la penitencia como a las obras de penitencia. La virtud es el dolor del alma por los pecados cometidos, la contrición, el reconocimiento de que somos pecadores. Los actos de penitencia no solo nos purifican, sino que también son remedios aplicables a las necesidades de otros por la comunión de los santos.

En la historia de la salvación vemos a los protagonistas recibir -sin que lo sospecharan- la llamada y la misión que Dios les confía. Radicalmente, el hombre es un ser llamado, no el que define el cuándo y el cómo de su existencia. Porque el proyecto es divino, y a nosotros se nos pide ser dóciles a las señales. Vendrán dadas a través de la Providencia del Padre, de las palabras del Hijo y de las inspiraciones del Espíritu Santo.

El libro de los Proverbios recoge el oráculo donde Dios dice: “Dame hijo mío, tu corazón, y pon tus ojos en mis caminos”. Y añade: “Sobre todas las cosas, cuida tu corazón”. El centro de nuestra vida afectiva ha de ser para Dios, y solo para Él. De tener otros amores, han de ser amores “in Deo”, es decir, amores que me incrementen el amor de Dios. La pureza de corazón es requisito para la vida contemplativa.

Alimentar bien nuestra vida interior supone cuidar la lectura espiritual. En primer lugar, la lectura meditada, oracional, del Nuevo Testamento. Si logramos formar “el depósito de gasolina” con palabras de Jesús en nuestra mente, acudirán a nosotros sus enseñanzas cuando las necesitemos. Los libros de lectura espiritual han de ser adecuados a nuestra situación interior presente.

La invitación a ser sus amigos procede de Jesús, no de nosotros. Y Él, siendo como es Dios, se adapta perfectamente a nuestro modo. A veces encontramos en la vida alguien con el que hacemos química inmediatamente: cuánto más podrá Jesús ser nuestra alma gemela sin nos animamos a entablar con Él un trato de confiada familiaridad.

El escriba a quien Jesús narra la parábola del buen samaritano dice que de los tres que pasaron junto al herido el prójimo fue quien tuvo misericordia de él. Busquemos ejercitarnos en ella porque las miserias nos la reclaman. Cada persona lleva consigo su dolor y su misterio, y la dureza de juicio no apunta a la verdad. Lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro.

Jesús llama “insensato” al rico codicioso, que luego de una gran cosecha solo piensa en ampliar sus graneros para darse a la buena vida, nos recuerda la falacia de atar nuestro corazón a lo caduco. No buscamos el desprendimiento del faquir, sino la plenitud de amor en el corazón que nos hará capaces de vivir desprendidos de lo terreno.

Las cosas que se repiten diariamente tienden a decaer. Intentemos que eso no suceda con nuestra Misa cotidiana. Vayámonos al Calvario, desligándonos de los lazos caducos de espacio y de tiempo, con una participación activa en el Sacrificio redentor. No tenemos otra mediación que la fe: es el sacramento de nuestra fe. El peligro es no trascender, rebajar el misterio a nuestro tamaño.

Creo en mi interior, confieso en lo exterior: es la actitud que he de buscar ante la Eucaristía. La fe con la que creo ha de llevarme a la confesión con mi vida: el tiempo que le dedico, el cariño que le manifiesto, mi apostolado eucarístico. Ante la locura de amor del Sacramento he de responder con mis locuras de amor.

En la parábola del trigo y la cizaña advertimos que está previsto en el plan de Dios que la cizaña permanezca hasta el final. ¿Qué sentido tiene esta disposición divina? Ayudarnos a ser humildes. La presencia del mal que advertimos en nuestro interior es un continuo recordatorio de nuestra miseria, ayudándonos a ser humildes.

En la fiesta del Bautismo del Señor revaloremos nuestro bautismo. Quizá ignoramos la fecha en que lo recibimos o, si la sabemos, es una fecha que habrá pasado sin pena ni gloria. Sin embargo, esa fecha es más importante que la de nuestro nacimiento, porque es el nacimiento a la vida eterna. No olvidemos el grandioso proyecto del Padre para con nosotros: hacernos partícipes de la divinidad, en la conformación con Jesucristo.

Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el dulce e inmaculado corazón de María. Grignon de Monfort recomienda hacer ejercicios de coincidencia con ese corazón en tres pasos: renunciar al propio espíritu, poner el de María y perseverar en él. Notaremos la diferencia, pues nuestro corazón no es bueno.

San Josemaría nos ha ayudado a salir del mundo gris en el que hubiéramos vivido. Ha venido para sacudirnos, invitándonos a vivir un mundo nuevo. Demos gracias a Dios porque nos ha ayudado a que nuestra fe crezca. Esa fe, al final, nos permitirá vivir en continua oración. Las contrariedades ofrecen una oportunidad de oro para crecer en la fe.

En la liturgia de la palabra de la Solemnidad de Epifanía aparece de continuo la actitud de los Magos: adorar. Adoran al Niño porque es Dios. La principal de las herejías de la antigüedad, el arrianismo, le negaba la consustancialidad con el Padre. Tal herejía no acabó con la condena de Nicea, sino que todos, de alguna manera, tenemos un pequeño arriano al acecho, por ejemplo, cuando se nos pierde la centralidad de Jesucristo y lo relegamos a un plano secundario.

Jesús es luz, y con su luz llamó a los Magos a través de la estrella. El libro del Apocalipsis llama a Jesús “lucero de la mañana”: sigamos esa señalización única, intentando que nuestra vida se colme con su Presencia. El camino es largo y azaroso, pero confiemos: si alguna vez perdemos el rumbo, Él se conmoverá con nuestro deseo y volverá a manifestársenos muy pronto.