Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

El que ama, legem implevit, cumple toda ley. Por eso hemos de atender más a las virtudes internas que a las externas. Porque no es la lucha lo que nos santifica, sino el amor que santifica la lucha. Lo vemos con claridad en el ejemplo de la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, cuya vida transcurrió con ese telón de fondo: que todo lo impregne el amor.

Si la Resurrección es la fiesta de la fe y la Pentecostés la del amor, la Ascensión es la fiesta de la esperanza. Nos ancla en nuestro futuro. Estaremos en el seno de la Trinidad también corporalmente, y esa ilusión nos invita a vivir ya desde ahora contemplativamente. “En la línea del horizonte parece que se juntan el cielo y la tierra, pero donde de verdad se juntan es en vuestros corazones” (San Josemaría).

Un gran regalo: el Espíritu que Jesús nos envía de parte del Padre. Somos movidos por Él y de esa manera actuamos como hijos de Dios. Pero podemos “extinguir el Espíritu” y no valorar tan gran don. Seamos dóciles a sus mociones, pongamos la cruz en nuestra vida y llamémoslo.

Vae soli!, dice el libro del Eclesiastés: ¡Pobre del que va solo! Pero nosotros nunca vamos así porque una Persona divina nos ha sido dada. Habita en nosotros el Espíritu Santo, y nos mueve con sus mociones y sus dones. Dentro de estos, pensemos en el superior, el de Sabiduría, que nos hace gustar las cosas de Dios. Podemos preguntarnos si el gozo de lo divino ha sido creciente en nuestra vida.

Santa Teresita es la patrona de las misiones sin salir de su convento. ¿Por qué? Porque creemos en el dogma de la Comunión de los Santos. Hay una comunión de bienes en la Iglesia. Podemos aportar mucho bien, pero podemos también aportar negatividad. Podemos ayudar a quien sea: cualquier sacrifico, cualquier oración es importante. Apoyémonos en los méritos de Jesucristo, de María y de los santos, así como también en la riqueza de oración y sufrimiento en la Iglesia.

Gran alegría por esta misericordia del Cielo: María viene en Fátima a pedirnos penitencia, desagravio, oración por los pecadores. Es una madre preocupada por sus hijos, desvelando secretos celestiales para mover a la conversión. Sus apariciones en Fátima nos recuerdan también la escatología, y nos manifiestan el triunfo de su Corazón Inmaculado. Consagrémonos a Ella y, con nosotros, al mundo entero.

“El varón fiel será muy alabado”, dice el libro de los Proverbios. San Josemaría quiso escribir esa frase en el cuarto de trabajo de su más fiel colaborador. Como primer sucesor, nos dio a manos llenas el legado de nuestro fundador: acometer la locura de enamorarnos de Dios con el cumplimiento amoroso de las normas de piedad.

El padre Garrigou-Lagrange habla de los escenarios que pueden darse en un grupo de personas: familia, parroquia, convento, etc. Desde los que se han tomado en serio su santificación porque han hecho en verdad una opción radical, hasta los “malos”, pasando por los que se quedan en la mera ascética y los que no son piadosos, que están en tibieza. Y su aportación al Cuerpo Místico es diversa.

Nos alegra encontrar en mayo la constante presencia de María. Admirados ante su alma llena de gracia aprendemos de Ella. María guardaba, conservaba las cosas en su corazón. Escuchaba a Dios en su silencio interior. Es ese también nuestro camino: hacer silencio para entrar en el juego de Dios, y llevar constancia, muchas veces por escrito, de sus intervenciones en nuestra vida.

¿A qué hemos venido a este mundo? A ser santos. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Nos ha elegido en Cristo antes de la constitución del mundo para que seamos santos. Podemos enfocar la santidad desde el aspecto de la gracia, desde la transformación en Cristo, desde el aspecto del amor, desde la unión con la cruz, desde la óptica del amor…

En el pasaje de la mujer pecadora en casa de Simón el fariseo descubrimos un modo de ser del Señor: la importancia que da a los detalles. Busquemos tenerlos nosotros con la Eucaristía, porque los valora mucho. Gracias, perdón y ayúdame más: peticiones para nuestra piedad eucarística.

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son mensajes de alegría. Dios está con nosotros y nos llama a su intimidad, que desea nuestra felicidad en la tierra y en la eternidad. Mantengamos una actitud continua de agradecimiento y descubramos en los pequeños detalles de cada día como manifestaciones del amor divino.

El misterio del Espíritu Santo en nosotros no es sensible, pero su acción es incesante. Vivifica nuestros huesos secos (Ezequiel, c. 27), nos introduce en los modos divinos, haciéndonos capaces de vivir los modos propiamente divinos. Actúa respetando nuestra libertad, sin avasallar: y de ahí la necesidad de estar atentos.

El vidente del Apocalipsis se admira ante la gran señal que aparece en el Cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Esa gran señal es María, y nos revela el prototipo, el modelo original de Dios para el ser humano. Miremos a María y Ella nos dará su parecido.

Jesús se retiraba a lugares apartados y hacía oración. ¿Por qué apartados? Para meterse en el silencio. Solo ahí, en el silencio, somos verdaderamente nosotros mismos. Y es en medio del silencio donde percibimos la voz de Dios. Un alma que no tiene silencio es como una ciudad sin protección, acosada por ladrones. Guardando silencio podremos oír el rumor de los ángeles.

“Nosotros predicamos a Cristo crucificado, locura para los gentiles y escándalo para los judíos”. El Crucificado es nuestro timbre de gloria, y vemos en el madero de la Cruz la revelación de su amor y la purificación de todo pecado. En Él encuentra sentido toda pena. Cristo no vino a erradicar el dolor, ni tampoco a explicarlo. Vino a llenarlo con su presencia.

María dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque Dios la ha mirado. Mirar a Dios es amar a Dios. Al mirarla, la llena de gracia, y nosotros nos elevamos también al mirarla. ¿Cómo me ayuda mirarla? A veces, físicamente, cuando me encuentro con sus imágenes. Otras veces, al advertir lo que Ella es, y cómo me enseña a mirar a Jesús en los misterios de la redención.

Es una providencial alegría celebrar a san José en el arranque del mes de María. Seguramente fue iniciativa de Ella, la primera devota de José. Como él, estamos llamados a lograr un espacio sagrado ahí donde pasamos una gran parte del día, el espacio de nuestro trabajo. Porque también nosotros, como José, nos sabemos íntimamente unidos a Jesús y a su Santísima Madre.

Es de tanta importancia el momento de la Muerte de Cristo que no podía quedarse solo en el pasado. La divina Sabiduría ha hallado el modo de hacer perpetua esa Muerte, que se actualiza en cada Misa. Un enorme misterio al que tenemos que acercarnos con una gran fe y un encendido amor.

Hoy, 29 de abril, celebramos la memoria litúrgica de santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia. Favorecida con gracias místicas extraordinarias, enseñó la devoción a la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía. Invita a embriagarse en ella, encontrando todo deleite y a la vez la fuerza para llevar todas las penas. Tengamos en la memoria la presencia de la Preciosísima Sangre de Cristo al comulgar.

Jesús se levantaba antes de amanecer, se retiraba a un lugar solitario y se ponía a orar. Él nos revela lo que es el hombre: si los peces nadan, si las aves vuelan, el hombre ora. ¿Soy homo orans? Porque tengo el riesgo de ser homo videns, o bien homo ludens. Pensemos cómo es nuestra oración, qué tipo de relación establecemos cuando oramos. ¿Es relación de amistad?

Las bienaventuranzas son el compendio de lo que es el santo. Fijémonos en la sexta, la de los limpios de corazón, que verán a Dios. Examinemos nuestra pureza interior en cuatro ámbitos: la pureza de conciencia, la pureza de afectos, la de pensamientos y la de intenciones.

Jesús comienza su predicación en tierras de Zabulón y Neftalí. Lo hace en solitario, aunque pronto buscará colaboradores. Tiene sed de almas, le urge predicarles la salvación. El fuego del Corazón de Cristo, al comprender el valor de un alma, puede espolearnos en nuestra tarea apostólica. Tu tiempo es más que oro, es gloria: salva almas, para eso estás en la tierra.

El misterio de la Visitación de María a su prima Isabel es un misterio entrañable. Un evento de gran gozo: para Isabel, para el pequeño Juan y para María. La Virgen alegra la vida de quienes visita, aunque sea con su simple saludo. Eso sucede si ese saludo sale de un corazón lleno de Dios. Las tinieblas de oscuridad que oprimen a un alma pueden ser disipadas por un simple saludo.

En un apartado pueblo de Galilea habita una criatura que ha sido elegida para ser Madre del Redentor. La vida de Jesús no comienza el día de su nacimiento sino nueve meses antes, al tener lugar el prodigio de la Encarnación. ¿Sentimos una emoción viva y palpitante ante el Verbo hecho hombre? ¿Vivo del afecto y la ternura de Alguien que está siempre atento a mí? Ejercitarnos en la constante contemporaneidad con Cristo.

“Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”, dice el libro del Apocalipsis. ¿Preparamos ese momento? Los antiguos decían: Memento mori, y decían también: Terminus vitae, non amoris. Nos llevaremos al amor con que nos muramos: mors, mortem superávit. Así las cosas, comprenderemos la importancia de la pastoral de los que están cerca del trance por enfermedad o vejez, y los podremos ayudar.

Jesús dijo a sus discípulos que en el mundo tendrían tribulaciones. Y, compadecido de nuestra debilidad, eligió darnos una madre, como compañía y consuelo. San Bernardo habla de “mirar a la estrella, mirar a María”. Entonces soportaremos los vientos de las tentaciones y los escollos de las penas. Experimentaremos el consuelo de un regazo y la ternura de unas caricias.

En el canto del Magníficat, María se refiere dos veces a la humildad. Es la razón, dice, por la Dios se complace en Ella. También se complacerá en nosotros porque la soberbia es mentira: pensar que somos algo cuando no somos nada. Entre las cien cabezas de la soberbia, podemos atender al modo como reaccionamos ante las humillaciones o las correcciones. Son excelentes ‘áreas de oportunidad'.

Zacarías llevaba seis meses mudo por no haber creído el mensaje del ángel. Cuando Isabel ve a María, la alaba por su fe. Estamos invitados a hacer de la fe una forma debida: los atributos de Dios, como la Infinitud y la Omnipresencia, nos permiten comprender que no hay ‘espacios' fuera de Dios. Vivir de fe redimensiona la existencia y lleva al abandono.

El sacrificio del Calvario se hace perpetuo en la Santa Misa. Pensemos en ella, para valorarla mejor: ahí tomamos parte en el sacrificio de la Cruz. Misterio que nos rebasa. Que no flaquee nuestra fe, que no admitamos pensamientos o actitudes que la banalicen. Que no se convierta en una mera obligación. Viajemos por el tiempo y por el espacio para ubicarnos en Jerusalén, el primer Viernes Santo. Percibiremos los frutos de la Redención.

“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en Sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada” (CEC, 1). Aquí tenemos el inicio de esa felicidad, por lo que tenemos que preguntarnos si estamos siendo personalmente felices. Buscar a Jesús aquí en la fe pura, como al Amado del alma.

Estar en guardia para no alejarnos de la consideración de nuestro destino eterno. ¿Por qué no se medita sobre el destino eterno? ¿Por qué no se piensa en la terrible posibilidad de condenarse? Hay quien se piensa instalado en esta tierra para siempre. Para no ofrecer una visión incompleta de la fe, hemos de pensar y hablar del infierno. Nos retraerá del pecado: “Más te vale entrar manco en la vida eterna que…”.

¿Templo sin la Eucaristía o con ella? La diferencia es enorme. Hay Alguien o no hay nadie. Cuando está, hemos de decir: ¡sí, ahí está una Persona viva! Intentemos ser un poco más coherentes con nuestra fe: no es una fantasía mítica ni son palabras vacías. Es real, y si lo niego, en ese mismo momento soy hereje, pierdo la fe católica. Señor, ¿a quién iremos? Ve a la Eucaristía.

Ya avanzada la Pascual intentemos interiorizar la liturgia de estas semanas. Atendamos, por ejemplo, a las múltiples veces que repetimos “aleluya”, expresión bíblica de júbilo que significa “Alabad a Yahvé”. Que sea Jesús resucitado la causa de todas nuestras alegrías. La alegría es de Dios, la tristeza es del demonio. Estar alegres es decirle a Dios: ‘Tu plan funciona', muchas gracias. Nuestra alegría aumenta la suya.

En la vida de Jesús, por designio de la Providencia, aparecen personajes secundarios de los que podemos aprender. Uno de ellos, el centurión romano, al que Jesús elogia su fe. Démosle también nosotros alegrías al meternos de continuo en el mundo sobrenatural, con fe de niños que no se cuestionan las cosas, sino que, admirados, las contemplan.

Luego que en la primera semana de Pascua leíamos los encuentros del Resucitado con los suyos, ahora, en la segunda, comenzamos la lectura de San Juan. En el capítulo 3, Jesús revela una verdad maravillosa: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Nos pide la fe, y ahora, en Pascua, la fe en Cristo vivo, con una presencia más real que la de cualquiera de los que convivimos. Entonces tendremos la alegría que nos pide la Pascua.

Es lógico que meditemos hoy sobre la misericordia. Leeremos el pasaje en que Jesús resucitado viene a buscar al apóstol incrédulo, Tomás, mostrando una gran misericordia. Y porque desde el año 2000 se celebra el Domingo de la Divina Misericordia. La misericordia es manifestación del amor. Dios es misericordia, y así debemos entenderlo. Y eso nos alienta la esperanza.

En el discurso del día siguiente a la canonización de san Josemaría, el papa san Juan Pablo II dijo que el nuevo santo había recibido de Dios esa iluminación: la conciencia de ser hijo de Dios. Las consecuencias de esa verdad son incontables; pensemos ahora en el don propio de los hijos de Dios, que es la piedad.

La santidad es un concepto difícil de definir. Podríamos decir que es lo propio de Dios y, desde esa óptica, la comprendemos como amor unitivo. Todo cuanto existe es efecto del amor y tiene al amor como fin. Dios no ha creado nada para que sea una mónada independiente, aislada: el átomo está orientado a integrarse en la molécula y el ángel en los coros. El infierno es estar solo: busquemos siempre la unión amorosa para evitar ese riesgo.

En el Evangelio de hoy, jueves de Pascua, Jesús resucitado invita a reconocerlo en su Humanidad Santísima: Un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo. Fue, es y será hombre, y entonces debemos dirigir a Él toda nuestra vida afectiva. Si no, cercenamos el psiquismo. Amarlo con amor de Eros, sin miedo, para asegurar nuestra perseverancia. Porque si no…

La primera semana de Pascua es como un gran domingo que proyecta la Resurrección de Cristo y nos hace vivirla en el hoy. Pedimos: “Que Jesús resucitado sea la causa de todas nuestras alegrías. Oración de san Josemaría en la Legación de Honduras, donde invita a “verlo, contemplarlo, amarlo, permanecer en Él”.

Magdalena llora de desconsuelo fuera de la tumba del Señor. Ni siquiera da importancia a los ángeles y su anuncio. Es la vibración del amor, a la que también nosotros estamos invitados: “tú y yo, más locos que la Magdalena, qué cosas le hemos dicho…”. La santidad es la plenitud del amor, y tenemos cada una de las normas de piedad para lograrlo.

Kerygma es una palabra griega que significa anuncio o proclamación, per específicamente de una gran noticia. ¿Cuál es tu Kerygma? Es decir, ¿qué gran noticia es la que tú anuncias? Sin duda que Cristo está vivo. No es una entelequia, ni un universal, ni una fantasmagoría, ni una creación del inconsciente colectivo. No solo vive, sino que está conmigo de manera permanente. ¿Cómo actualizar la conciencia de ello?

Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos y regocijémonos en él. El proyecto de Dios está todo él orientado hacia este día, pues este día supone la superación de todo mal y desorden. Cristo resucitado viene a reconducir todo en sentido divino, dándonos esperanza y gozo. Pero... ¿es un enunciado teórico o mi vida se despliega en unión con el Resucitado, a quien encuentro de continuo?

Permanece la Iglesia en profundo silencio porque su Señor está sepultado. En medio de nuestra pena, vamos a consolar a María. Pero, como suele suceder con las madres, son ellas las que consuelan a sus hijos. Ver a María es comprender el designio de Dios para todo ser humano, pero especialmente para la mujer. En ella encuentra la mujer lo más sustantivo suyo, por lo que ninguna ha de sustraerse al suave influjo de María.

La liturgia del Viernes Santo nos presenta el canto del Siervo de Yahvé del profeta Isaías. Además, con los improperios nos mueve a presentar nuestro desagravio al Crucificado. La lectura de la Sagrada Pasión y las enseñanzas de los santos pueden ayudarnos a empatizar con los sentimientos del Corazón de Jesús. Porque no se trata solo de conocer esos hechos, sino de asumirlos.

La Misa de la Cena del Señor vuelve a meternos en el Corazón de Jesús cuando instituye la Eucaristía. Nos sentimos removidos al volver a afirmar nuestra certeza: ahí está el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Debemos reafirmar nuestra fe y manifestarla con obras. Ese Cuerpo comemos y esa Sangre bebemos. Un prodigio aún mayor que el de la prodigiosa Creación divina.

La Pasión de Cristo es una explosión de amor que nos redime. Esa Pasión nos reubica: nos impide meternos en la mundanidad y en el rechazo al sufrimiento. Mucho bien nos hace tener devoción a la Pasión de Cristo. Es entrar en sintonía con el amor salvífico. Si en una persona o en una institución se pierde el sentido de la cruz, todo decrece. Y al revés: con la Cruz se va para arriba la santidad y los frutos apostólicos.

Los personajes del Evangelio -tanto los protagonistas de las parábolas como los personajes históricos- reflejan estados del alma. Veamos el contraste que tiene lugar en Betania, seis días antes de la Pascua. María vuelca el perfume sobre Jesús y lo enjuga con sus cabellos. Judas calcula el costo. En ella encontramos el derroche, porque ama a la persona. En Judas, su ambición. Que nuestro corazón se colme de dedicación a Jesús, por ejemplo, en nuestra dedicación de tiempo.

En la personalidad humana de Jesús destaca una característica esencial: la firme determinación de cumplir la voluntad del Padre y hacia ese objetivo dirige cada uno de sus pasos. Jesús, como nosotros, tuvo una vocación, una misión. Consideremos cuál es el modo como estamos respondiendo al don de Dios que nos ha llamado.

El Domingo de Ramos es un hecho histórico, preanunciado en el Antiguo Testamento con la entrada del Arca de la Alianza en la ciudad de Jerusalén. También es meta-histórico, pues apunta a la Parusía, cuando Jesús sea todo en todos. Abramos nuestro corazón, deseemos su llegada para que ilumine nuestra mente. Su deseo es siempre poseer nuestro interior.