Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

¡Viva Cristo Rey!, repetimos hoy con tantos mártires que han confesado la realeza de Cristo derramando su sangre. Deseamos que Jesús reine en cada una de nuestras facultades y potencias. Hacemos la afirmación de su reinado con mayor intensidad, al comprobar que tantos corazones lo rechazan. Démosle ese consuelo, deseando que ese reinado se haga inseparable en cada uno de nuestros momentos.

León XIII consagró el género humano al Sagrado Corazón de Jesús en el año 1900. San Pío X repitió la consagración, y después Pío XI que, en 1925 la puso el día de Cristo Rey. ¿Qué significa estar consagrados a ese Corazón misericordioso? Que el nuestro aprenda a permanecer ahí, para que, desde ese hondón de la persona, todas mis acciones sean misericordiosas.

Los protestantes no tienen razón cuando dicen que la devoción a la Virgen es una invención medieval. Ya en el siglo III la oración “Bajo tu amparo” nos muestra que Ella está presente desde el principio. El cristiano de Alejandría que la compuso sentía la urgencia de una madre que los protegiera de las persecuciones. Nosotros, que continuamos llamándola bienaventurada, también la necesitamos.

Noviembre es un mes escatológico: comienza con los fieles difuntos y termina poniéndonos ante los acontecimientos del fin del mundo. Pero la culminación es una fiesta de esperanza y alegría: la Solemnidad de Cristo Rey. Llama la atención que la liturgia de esta Solemnidad traiga a colación la cruz: y es porque Jesús es un Rey crucificado. La insignia de este reinado es la Cruz, y tiene palabras clave: austeridad, mortificación, pobreza, sobriedad, templanza, desprendimiento…

Esa frase se la dijo alguien a san Josemaría, y él respondió: “Reza para que esté cada vez más loco”. Loco, loquito de amor a Dios. Porque también Dios está loco, loco de amor por el hombre. ¿No es locura el tamaño del Universo? ¿Y no lo es la ingente cantidad de seres humanos que pueblan y han poblado la tierra? Pero, sobre todo, ¿no es la Eucaristía una locura de amor?

“Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias” (Is 42, 1). Invitación del Padre celestial: nuestra vida se nos va en mantener esa mirada de la mente y del corazón. ¿Cuál es la historia de mis comunicaciones con el Señor? ¿Cuál, la historia de mi intimidad con Él? Vivir en los pronombres: Tú, yo. Cuando oras, todo Dios está volcado sobre ti.

El misterio del Espíritu Santo en nosotros no es sensible, pero su acción es incesante. Vivifica nuestros huesos secos (Ezequiel, c. 27), nos introduce en los modos divinos haciéndonos capaces de vivir de acuerdo con esos modos. Actúa respetando nuestra libertad, sin avasallar: y de ahí la necesidad de estar atentos.

Tanto ama Jesús a sus ovejas, tal es el ansia de su Corazón por salvarlas, que entrega su vida para lograrlo. Le duelen las que se pierden, le duele por el sufrimiento de ellas y por la pena de su propio Corazón. Y nos envía a recobrarlas, a llevarlas a su redil. Es la tarea más trascendente a que podemos dedicarnos sobre la tierra. En rigor, es la única tarea a la que vale la pena dedicar la existencia.

En nuestro empeño por conocer cómo es Jesús, Él nos da una pista segura: es humilde. “Vengan a mí”, decía, llénense de mí y entonces llenarán su interior con mi Persona. Es la manera más profunda de humildad: prescindir del yo para vivir en Otro. Tres cosas hacen falta para ser santo, decía san Agustín: “la primera, la humildad, la segunda, la humildad, la tercera, la humidad”.

San Pablo dice a los Gálatas que “sufre dolores de parto hasta que Cristo sea formado” en ellos. De manera que no se trata solo de una mera imitación de Cristo sino una verdadera transformación en Él. Nuestra vida es llenarnos de Cristo, en unión profunda con Él para que podamos actuar como Él. Veremos con sus ojos, oiremos con sus oídos, querremos con su Corazón.

Ante la enseñanza de Jesús expuesta en la parábola del buen samaritano, queremos evitar la actitud del levita y del sacerdote, que “pasaron de largo”, sin detenerse ante el malherido. A nuestro lado siempre hay alguien que necesita misericordia, no dudemos en vivir esta actitud tan cristiana. Oración de santa Faustina: “Haz, Señor, que mis ojos sean misericordiosos, que mis oídos sean misericordiosos…”.

San Lucas (17, 11-19) presenta el episodio de los diez leprosos que fueron curados. Solo uno volvió a agradecer a Jesús su curación, y la reacción del Señor nos hace ver que le importa mucho nuestro agradecimiento… porque nos quiere. Valora nuestra gratitud, y la espera. San Benito de Nursia recomienda que ante cualquier circunstancia se diga Deo gratias!

Para agradar a Dios no basta el cumplimiento de lo externo: Él pide la vida afectiva, la totalidad del amor. Dos amores fundaron dos ciudades: se trata de vaciarnos del amor propio para llenarnos del amor de Dios. ¿Está mi vida afectiva colmada del amor a Jesús?.

Los dioses griegos aparecían inciertos: con ellos no se sabía a qué atenerse, un día defendían a una persona y al día siguiente se volvían en su contra. El Dios cristiano es siempre coherente: ha venido a iluminar todas las situaciones humanas, incluidas las del sufrimiento. El Crucificado ha llenado el dolor con su presencia. El sufrimiento es un lugar para ejercitarnos en la esperanza (encíclica Spe salvi).

En el día del Señor se nos preceptúa gozar de la alegría que conlleva una jornada especialmente dedicada a Él. La ausencia de trabajo externo nos permitirá la paz que precisamos. Estamos invitados a recoger nuestro corazón, a entrar en la morada interior donde Dios habita. El que ama comprende la inmensa dicha de estar solo: ahí puede encontrarse con Aquel que lo aguarda.

En su primera carta, san Juan nos invita a experimentar lo mismo que él: la comunión con Cristo. Podemos entrar en contacto con el Señor, con su Santísima Humanidad, en todo momento: no tenemos ninguna cortapisa. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, las cincuenta y dos semanas del año.

A los Colosenses (2, 2), san Pablo manifiesta su amor paternal cuando les dice “les deseo que sean consolados en sus corazones”. Y es que el hombre es un indigente, carente, necesitado de consuelo. Y lo es particularmente en el fondo de su yo, en su corazón. Ese consuelo es Jesús y, al recibir su consuelo, nos convertimos en consoladores. Seremos consolados con la oración contemplativa, donde hay verdaderos encuentros y uniones.

Para amar la Cruz hay que ver en ella al Crucificado, porque ahí descubrimos el amor hasta el extremo. En cada una de nuestras negaciones manifestamos que el amor al Señor es mayor que nuestro egoísmo. Necesitamos ir contracorriente, pues de otro modo nos arrastra lo placentero. En otras palabras, si no me planteo constantemente la renuncia, la penitencia, acabaré huyendo de ella. Jesús no vino a suprimir el dolor, sino a llenarlo con su presencia.

“Mamá, déjame rezar sin leer el libro”, pedía una niña. Y explicó: “Porque cuando leo me distraigo, pero sin libro no me distraigo porque le hablo a Jesús”. Nuestra oración es ver y oír a Cristo, siguiendo el ejemplo de san Pablo: se trata de conocerlo a Él. Vayamos a orar con ansias de enamorado, con deseos de lograr la identidad.

Lex orandi, lex credenti, lo que la Iglesia nos presenta en la liturgia es también camino seguro de oración. Hoy queremos orar con uno de los prefacios de las misas votivas de la Santísima Virgen. Nos habla de que Ella es la misericordia, que Ella es la protectora, Ella es la ternura. Y Ella, como la mejor de las madres, con nosotros padece nuestros males.

Tan solo dos palabras pronunciadas por el arcángel Gabriel -Gratia plena- nos revelan a María. A Ella queremos imitar, sabiendo que solo los de corazón puro ven a Dios. ¿Queremos verlo ya desde ahora? Busquemos la pureza integral, comenzando por la de la conciencia. La sinceridad con nosotros mismos y con Dios nos hará posible crecer en ese sentido.

Este día nos recuerda el destino de todos. Y nuestra obligación de ofrecer sufragios por cuantos han muerto, pero aún no se han acabado de purificar: las benditas ánimas del purgatorio. Tomemos en serio la revelación de que existe un destino eterno, volviendo a las verdades de la fe: en nuestro tránsito, nos encontraremos a Jesús. Encender, pues, el ansia de ese encuentro.

En un sentido, la fiesta de “Todos los Santos” es más grande que la Pascua o la Ascensión, porque este misterio hace “perfecto” a nuestro Señor: Jesús, como cabeza, no está -por decirlo de algún modo- perfecto y acabado sino en unión con todos sus miembros, que son los santos. Es, también fiesta de todos los ángeles. La santidad constituye el proyecto “normal” de Dios para el hombre. El hombre debe ser santo para alcanzar su identidad profunda.

“Te adoro con devoción, Dios escondido”. Himno eucarístico que nos invita a adorar al único verdadero Dios, oculto bajo las apariencias del pan. Y a hacerlo “devotamente”, es decir, con cariño, con pasión de amor. La Eucaristía nos introduce en una polarización de nuestra vida: nos enseña de la totalidad, la locura, la atención en exclusiva, la humildad y, ante todo, el Amor infinito de que somos objeto.

Sabedor de nuestra indigencia, el Creador ha dispuesto que los hombres redimidos gocemos de la maternidad espiritual de María. Dios ha tenido con nosotros esta delicadeza: un regazo, una ternura, un consuelo, un ambiente cálido. Una mamá. Vayamos a Ella con la mayor confianza.

Jesús nos habla del reino de los cielos mostrando la parábola del grano de mostaza. Cuando sus apóstoles le manifiestan su impaciencia, les habla de la actitud propia del sembrador: la paciencia. Cuando tengamos cerrado el panorama, no nos apoyemos tanto en el optimismo, que sí, pero sobre todo en la esperanza. ¿La diferencia? El optimismo nos lleva a pensar que las cosas saldrán bien; la esperanza nos permite encontrarles sentido.

¿Cuál es la principal necesidad de la sociedad contemporánea, e incluso de la Iglesia? Sin duda que el Espíritu Santo venga a armonizar los mundos interiores de cada persona. De ese modo, el caos en el que todos estamos inmersos se convertirá en cosmos, en belleza, en cumplimiento del plan de Dios.

San Efrén el Sirio dice que nuestro corazón es como un pequeño jarrón que, si está lleno no puede caber nada más. Y si está vacío puede caber cualquier cosa. Nuestro corazón es deficiente y miserable, pero nos anima pensar cómo será el de Jesús. Las Letanías del Sagrado Corazón nos dan pistas seguras, aunque al final todo se resuma en el horno ardiente de amor en el que hemos de intentar incursionar.

El pecado original nos obnubila para las cosas de la fe. Por eso Dios nos dio a María, para tener un inmediato punto de referencia para nuestro actuar. Esto vale para todos, pero especialmente para las madres y esposas. María nos habla de la plenitud de gracia, es decir, de una vida llena de Dios. Eso implica que la mamá está llamada a hacer realidad esa prioridad de Dios en la familia.

San Ambrosio habla de tener el alma de María, el espíritu de María. Hermosa aspiración: buscar nuestro parecido a María y seremos el regocijo de Dios. Como todo niño, nuestra Madre no solo nos engendra a la vida divina, sino también nos forma en Ella. Si somos dóciles y buscamos la constante educación mariana, nos iremos pareciendo más y más a María.

“Amado Jesús mío, por mí vas a la muerte, quiero seguir tu suerte, muriendo por tu amor”, esta oración de san Alfonso centra la mirada en Aquel que se dirigió al patíbulo por nuestro amor. Sufrir por quien se ama es garantía de amor verdadero. Contemplar la pasión de Jesús nos ayudará a pedir el don de amar la Cruz.

A Nicodemo le revela Jesús no solo profundas verdades dogmáticas sino también consideraciones para un hombre que, como él, cultiva el espíritu. Alimentémonos también nosotros meditando en el gran don del Amor de Dios: habernos dado a su Hijo. Desde entonces, Jesús es nuestro y podemos hacer de Él todo aquello a lo que nos conduzca el amor.

A Marta le dice Jesús que su hermano Lázaro resucitará porque Él mismo es la resurrección. No dice que Él nos señala cómo resucitar, al modo de un prontuario de instrucciones, sino que en Sí mismo, en su Persona, es lo que nos resucita. “Haz que mi alma de Ti viva”, porque yo, de mí, no puedo nada.

San Policarpo no quiere traicionar a Jesús viendo cómo Jesús dio la vida por Él. La entrega de Cristo y también la de cada uno se da en el sacrificio de la Misa y en la Comunión. Resaltar el carácter sacrificial y mistérico de la Misa, que no es una auto celebración de la comunidad, sino la gloria de Dios.

¿Cómo entender las palabras de Jesús cuando dice que quien hace la voluntad de su Padre es más que su hermano, su hermana y su madre? Porque quien hace la voluntad del Padre es el mismo Cristo. Hemos de dar muchas vueltas al proyecto último de Dios sobre el hombre: hacernos Cristo. Jesús es nuestro camino porque nuestro camino es Él.

La clave del amor es compartir, acompañar. No queremos dejar solo al Señor, sino estar presentes en el Calvario para oír que nos dice, como al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Hoy, el cielo va contigo, sí, porque el cielo es donde está Cristo y hoy Cristo está con nosotros. Busquemos que sea Él la persona en la que más pensemos para que acabe siendo el único en que pensemos.

“Desde pequeño he comprendido el porqué de la Eucaristía”. ¿Qué comprendía el niño Josemaría sobre el Sacramento? Quizá que el amor busca las formas más radicales de unión, y eso es lo que se logra con la Eucaristía. Pidamos recibirla “con el fervor de los santos” más encendidos en el amor eucarístico.

Los contemporáneos de Jesús que se abrieron a su mensaje supieron que ya había llegado la hora y no tenían que esperar nada más. Nosotros tampoco hemos de esperar nada, porque en Jesús tenemos la solución a todas las ansias del corazón. Lo oímos, lo tocamos en la Eucaristía, lo vemos en la contemplación, como enseñó san Josemaría en la Legación de Honduras.

Aprovechamos las fiestas de los santos: hoy celebramos a la depositaria de las revelaciones del Corazón de Jesús, santa Margarita María Alacoque. Pero también consideramos a una santa que recibió grandes revelaciones de Jesús: santa Teresa de Ávila. Aprender a descifrar los signos que quiso descubrirnos Jesús.

El tercer lugar donde se ejercita la esperanza, en la enseñanza de la encíclica Spe salvi, es el juicio. La verdad de fe de la existencia del juicio nos da la seguridad de saber que toda justicia será cumplida. Pero sobre todo alienta nuestra esperanza la seguridad de que el Juez será “Aquel a quien he amado tanto” (Sta. Margarita).

Los dioses de los efesios (mitología griega) se manifestaban inciertos y sus mitos contradictorios. San Pablo les hace ver cómo, a partir de la fe en Cristo, tienen vida y esperanza. Esta enseñanza del papa Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi viene a ponerse de relieve con el sentido esperanzado del sufrimiento en la fe cristiana.

Jesús no vino a ofrecer una esperanza terrena, sino la esperanza en la eternidad. Aquí tenemos “la sustancia”, el anticipo de lo que se nos dará en plenitud. En la encíclica Spe salvi, el papa Benedicto XVI habla de tres lugares para ejercitar la esperanza: la oración, el sufrimiento y el juicio. ¿Por qué la oración incrementa la esperanza?

La aparición de la Santísima Virgen al apóstol Santiago, cuando este se iba de España desalentado por no haber conseguido evangelizar a los pobladores, nos habla de Ella como consoladora. Cuando traemos a nuestra mente y a nuestro corazón a María se nos abre un panorama de aliento, de cariño, que repara nuestros cansancios y decepciones al trabajar por Dios.

¿Cómo amar la Cruz? Viendo en ella al Crucificado. Así conjuramos el riesgo de inventarnos cruces. La Cruz continua, la que Dios envía y el complemento que podamos añadir. Ejemplos de san Josemaría.

En la Antigua Ley era desconocido el concepto de comunión con Dios. Parecería una afrenta a su trascendencia, y por eso se empleaba el término berith, en el sentido de pacto. Pero la novedad de la Nueva Alianza rompe los moldes anteriores y ahora estamos invitados a la unión, a la comunión con Dios. Busquemos secundar ese proyecto amoroso de Dios manteniéndonos en un constante recogimiento que nos permita la comunión interior.

Es Jesús quien nos ha revelado el ser del Padre: Él es absolutamente padre, de Él procede toda paternidad en los cielos y en la tierra. Y Jesús nos enseña, comenzando con sus obras, su relación y su comunicación con el Padre. Retomemos, como medio sencillo, el rezo pausado y comprensivo del Padrenuestro.

El amor hermoso del que habla el libro del Eclesiástico (24, 23-31) es la Sabiduría, es decir, el Verbo. Del hontanar del amor trinitario somos depositarios. Dios nos ama con un amor eterno, infinito e incondicional. Busquemos afianzarnos en esa certeza para que nuestra vida se llene de alegría y paz.

Cincuenta rosas que le envía a una dama y luego la llena de piropos… le lleva serenata a la más hermosa de las mujeres. Así ve Armando Fuentes el rezo del rosario. Un medio entrañable y de enorme profundidad teológica: al contemplar los misterios descubrimos, desde el corazón de María, las gracias que Dios nos destina.

Los formularios litúrgicos en la Misa de cada santo recogen lo más central de su mensaje. En la de san Josemaría, la línea que los engarza es la filiación divina, es decir, la transformación en Cristo por la gracia santificante. Es tan increíble el proyecto de Dios que esa identidad ha de ser aún mayor que la identidad de cada uno consigo mismo.

La especialidad de Jesús es perdonar. El paralítico que ponen frente a Jesús se habrá desconcertado cuando el Señor, antes de curarlo, le perdona sus pecados. Y lo que hace al resucitar es otorgar el poder de perdonar pecados. Los santos se sienten pecadores y muy necesitados del perdón. ¿Valoro yo esta maravilla del sacramento que me limpia de todo?

En la memoria litúrgica de san Francisco de Asís meditamos sobre la virtud cristiana de la pobreza. El santo de Asís se desposó con la señora pobreza, y logró la renovación de la Iglesia en épocas de gran materialismo y corrupción. Que la pobreza también se “enseñoree” de nosotros, para que colaboremos con la santidad de la Iglesia.