Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

La fe cristiana no es conocer una teoría, sino hacer realidad la nueva vida en Cristo. Mi fe me dice que Jesús resucitó, pero ¿está vivo conmigo, en mi realidad diaria? Las normas de piedad nos permiten encuentros continuos.

¿Creéis que puedo hacer esto?, preguntó Jesús a los dos ciegos que pedían curación. A los sacerdotes nos pregunta: ¿crees que a través de tus manos y tu voz puedo perdonar pecados, transustanciar el pan, hacer hijos de Dios? Que se haga conforme a tu fe. El riesgo de un sacerdote es olvidar que es un ministro de lo sacro, y humanizar su ministerio, o bien banalizarlo. Nadie en el mundo tiene el poder sacramental: es, por tanto, su razón de ser.

Miren mis manos y mis pies… es la tarjeta de identidad de Jesús. Los asombrados apóstoles ven esas manos y esos pies perforados por las llagas. Una llaga no es igual que una herida; esta se cierra, cicatriza y tiempo después, desaparece. La llaga permanece abierta. Así ha querido Jesús permanecer por toda la eternidad. Nos invita a un modo místico de oración en el que abandonemos lo extrínseco y formal, por el trato contemplativo y de contacto.

La Misa es un drama, con un protagonista y un antagonista. Con un desarrollo del conflicto (del Génesis al Apocalipsis), con un clímax (la doble consagración), y con una victoria del protagonista (Cristo vence al demonio, a la muerte y al pecado). Participar en el drama de manera consciente (dándole el sentido sacrificial), activa (desde el corazón), y fructuosa (sabiendo que de ahí se siguen todos los bienes).

Hoy celebramos la memoria litúrgica de san Alfonso María de Ligorio. Además de sus aportaciones a la teología moral, nos ha dejado en herencia su amor a María y su amor a la Eucaristía. Recomienda las visitas al Santísimo como la devoción que más gracias y más consuelos nos traerá. Y ofrece muchas razones válidas en apoyo a su afirmación.

Pedro, hundiéndose en las aguas del mar de Galilea en medio de una tormenta, es reprendido por su falta de fe. También los apóstoles son reprendidos por haber tenido miedo. ¿Cuál es la intensidad de nuestra fe? ¿Ordena nuestra voluntad a nuestra inteligencia que crea, aunque no podamos comprobar nada? La fe es la luz que debe iluminar todo nuestro trayecto.

Cinco veces salió el Dueño de la viña a buscar trabajadores. Parecería que, sobre todas las cosas, le interesa que se trabaje en esa propiedad suya. Otras veces, nos habla de una mujer que barre toda la casa hasta encontrar la moneda perdida; otras, del pastor que deja 99 ovejas para ir en busca de la extraviada. Desde la Cruz, clama: ¡Tengo sed! Sus ansias para la salvación de las almas deberían ser las nuestras.

El tesoro escondido y la perla preciosa, ¿cómo entenderlos? Desde varias ópticas: comencemos por la del Amor que Dios nos tiene. De creerlo, viviríamos en la más feliz y tranquila de las existencias. El fuego quema, el sol alumbra, el agua refresca. ¿Y Dios? Ama, como que esa es su esencia. ¿Y cuál es la mayor de las manifestaciones de su Amor? La Encarnación del Verbo. Busquemos la continua unión con Jesús, y viviremos en el Amor.

Volver a escandalizarnos con las palabras de Jesús: nos invita a comer carne y beber sangre… suyas. No se conformó con dejarnos sus palabras ni con morir en la Cruz, quiso realizar una unión que no corriera el riesgo de ser extrínseca, y nos hace posible la fusión. Él me da su Cuerpo y yo lo recibo en mí; yo le doy el mío y Él me transforma en Sí.

El Evangelio consigna palabras que María dirigió al ángel, a santa Isabel, a su Hijo, y a los hombres en general. Esas fueron: “Hagan lo que Él les diga”. Receta para ser felices y santos. El amor siempre busca complacer al Amado, por lo que no nos basta cumplir lo preceptivo. Queremos agradarlo en cada momento, y eso sucederá al identificar los quereres.

El Padre celestial se refiere a su Hijo como el Amado. ¿Lo es también para mí? ¿Es mi mundo interior un continuo encuentro con su mundo interior? El mayor bien, en realidad el único bien, se encuentra en el amor al Amado. La vida divina que está en cada uno de nosotros se despliega en los encuentros con el Amado.

Para conocer y contemplar a la Santísima Trinidad fueron creados los ángeles en el Cielo y los hombres en la tierra” (León XIII). Somos muy afortunados de haber recibido la revelación de Dios en su vida intratrinitaria: no lo fueron los justos del Antiguo Testamento y tampoco la aceptan otras muchas confesiones religiosas. Hemos de agradecer ese conocimiento, profundizar en él y contemplarlo, como adelanto de la eternidad.

Las bienaventuranzas son la carta magna de la enseñanza moral de Jesús. Sobre ellas se han escrito muchos libros, pues resultan inagotables. Veamos algo de la primera: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”. Pobre es aquel que reconoce su nada al tiempo que se abre al todo de Dios.

Al principio de los signos, encontramos a María. Intercede por el vino. Ese signo se culminará en la Última Cena, cuando el vino se convierta en sangre. A Ella le pedimos que interceda por nosotros para ver sangre en cada Eucaristía. Sabernos empapados y embriagados con ella cada vez que comulgamos.

San Pablo se siente turbado al darse cuenta de que ha sido elegido para dar a conocer el misterio oculto por los siglos: que hemos sido creados para llenarnos de la plenitud de amor de Cristo. Y nos invita a tratar de comprender con todos los santos cuál es la altura y la longitud, la anchura y la profundidad de ese amor.

En la parábola del sembrador nos hace notar Jesús que la semilla es lanzada a voleo, es decir, que la concesión de sus gracias es continua. En el primer lugar donde se lanza la semilla se advierte el riesgo de estar distraídos, y entonces el enemigo impunemente se la roba. Permanezcamos atentos a la voz interior en la que se percibe la comunicación divina. Evitemos la dispersión y el ruido.

“Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13, 8). Enseñanza luminosa, que nos cuestiona sobre nuestra percepción de Jesús, nuestro conocimiento personal, con la cabeza y el corazón, de Él. Lo conocemos en el hoy, pero a través de las fuentes, y así lo proyectamos en el Cristo de la eternidad. ¿Qué grado de realización de su forma de ser, de su Humanidad Santísima, tengo de Él?

Cada bienaventuranza es como una moneda de oro que cae en la alcancía de nuestro corazón. Ocho secretos para ser feliz. La cuarta nos habla de la bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia, lo que implica muchas vertientes. La primera, tener hambre y sed de que Dios sea amado, correspondido. También hace referencia a que tengamos hambre y sed de Dios, por encima de cualquier otro deseo del corazón, e incluso a la suma de ellos.

¿Estamos teniendo problemas para hacer la oración? Vayamos a tomar lecciones con el mejor maestro: san José. Su trato familiar, continuo, fidelísimo, confiado, amoroso con Jesús y María será para nosotros una pauta perfecta para orar. Su fidelidad lo lleva a no estar en otra cosa: lo primero para orar bien es poner atención.

Las dos tendencias de las escuelas rabínicas en tiempos de Jesús se dividían entre quienes multiplicaban los preceptos y quienes buscaban el meollo de la revelación. Ahí la razón por la que un escriba le pregunta a Jesús sobre el primero de los mandamientos. Intentemos aplicar el “método” de nuestra vida: no dedicarnos a lo urgente sino a lo importante, es decir, a crecer en el amor a Dios.

Jesús comienza en solitario su predicación, pero pronto se ve rodeado de seguidores. En un momento dado, después de orar, elige a sus apóstoles. Esa elección procede del misterio de comunión entre el Padre y el Hijo. Y el primer motivo de esa elección es “para que estuvieran con Él”. El que es llamado al apostolado necesita un conocimiento personal del Maestro, advirtiendo que se trata de Alguien único, no asimilable a ningún otro líder humano.

Hoy podemos lucrar indulgencia plenaria por llevar el escapulario del Carmen. Reconozcamos ese detalle maternal de María que nos quiere dar un vestido en el que se manifiesta su constante protección. Dios ha querido manifestarnos su amor, su poder y su cercanía a través de un corazón materno.

Hoy, 15 de julio, celebra la Iglesia la memoria de san Buenaventura, uno de los más grandes teólogos de la historia. Su firme dirección de la Orden franciscana impidió el peligro de desvirtuar el carisma del fundador. Es conocido no solo por sus aportaciones a la teología sino también a la mística, particularmente en su Itinerarium mentis in Deum. Se trata de un hermoso compendio del itinerario de amor al Señor.

Valorar el regalo: Jesús ha muerto en agonía para que nuestros pecados fueran fácilmente borrados: basta la contrición y la confesión de ellos. Es una acción sagrada en la que vamos ante el tribunal de Cristo. Estamos invitados a ponernos en presencia de Dios antes de acercarnos al confesonario, para enfocar el sentido de nuestro dolor: el que hemos causado a Aquel a quien amamos. Poner en práctica el carisma de la Obra: la confesión, pues de otra manera, estaríamos andando por las ramas.

El relato del pecado original recogido en el Génesis nos recuerda el enorme daño para el hombre y para el cosmos que causo la culpa primera. Intentemos no acostumbrarnos a la presencia del pecado, de manera que siempre nos produzca un saludable shock. Situaciones frecuentes de pecado que se han convertido en un dato sociológico, pero que encubren una profunda iniquidad. Cuando el universo no puede más, reacciona, y Dios permite que se produzca una catarsis de equilibrio.

El Verbo de Dios es también carne humana, es el objeto de nuestro amor. Busquemos la identidad con Él en la Eucaristía, en la oración, en la cruz. Hemos de morir al yo para vivir en Él. Él me lo pide: Vengan a mí…, tengo sed…, permanezcan en mí... Gritos de anhelo de unión: todo lo mío es tuyo. Toma mi Carne, mi Sangre, mi Espíritu, mi Madre, la eternidad…

Invitaba san Benito a no anteponer nada al amor de Cristo. En primer lugar, porque ninguna consideración es más importante que la verdad del amor de Cristo por mí. Después, porque debo orientar toda mi vida a cuidar y acrecentar el amor que a Cristo le tengo. Ese amor se logra con el trato, y mucho ayuda también hacer continuos actos de amor, aunque parezca que solo son de boca.

¿Por qué la gente que veía al santo Cura de Ars decía que veía a Dios? Porque tenía mucha gracia santificante. ¿Qué decir entonces de María, la llena de gracia? La gracia es la santidad, es la filiación divina, es la vida eterna. Un regalo del todo excepcional, que hemos de valorar y acrecentar. Animemos a los demás a vivir siempre en gracia y a cuidarla.

“La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna” (Juan 6, 40). Podemos ver al Hijo con los ojos de la fe en la oración cósmica, en la que lo descubrimos como causa ejemplar, “por quien todo fue hecho”. Y también en su realidad encarnada, sabiendo que, al ser hombre, “se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos” (Santa Teresa).

Jesús, cuando va de camino a la casa de Jairo y le avisan a este que su hija acaba de morir, el Señor lo anima diciéndole: “No temas, ten solo fe”. También nosotros: nada sino la fe es lo que precisamos. Busquemos que esté presente en todas las dimensiones de nuestra vida, comenzando por vivir inmersos en ella a lo largo de la jornada.

Jesús habló con su Padre de nosotros. Le pidió para nosotros que no nos atrapara el mundo, aunque estuviéramos en él. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”, dijo san Juan en su primera carta. Vigilar si buscamos recompensas terrenas, o pretendemos brillar ante los hombres, o atarnos a la mundanidad. Queremos como recompensa el amor a Jesús.

La memoria litúrgica de santa María Goretti, mártir de la pureza, nos invita a revisar la pureza de nuestro corazón. Nada manchado puede entrar en la presencia del Dios tres veces santo, por lo que hemos de vigilar hasta en los mínimos detalles en los que aparezca alguna contaminación de nuestro interior. Pensemos especialmente en la rectitud de intención con la que hacemos nuestras tareas.

Dios se revela a Elías en un viento suave, casi un susurro. No en el huracán ni en el fuego ni en el terremoto. Aprendamos que Dios se revela en el silencio. El silencio no es mera ausencia de ruidos sino descubrimiento de una presencia, la presencia más real y verdadera de todas. “Recógete, busca a Dios en ti y escúchale”. Para esta meta, el silencio es imprescindible.

Alegría, serenidad y consuelo saber que María es nuestro refugio. La etimología de esa palabra hace referencia a volver atrás, ampararse, buscar cobijo al advertir los peligros. Entonces retornamos al lugar seguro que nunca debíamos haber abandonado. Ella es el refugio de los pecadores; en su regazo encontramos la ternura maternal con la que Dios quiere perdonarnos para que continuemos felices y tranquilos en nuestro caminar terreno.

En la memoria litúrgica de santo Tomás Apóstol meditamos sobre la fe. Virtud que está en el fondo de nuestro corazón y que podemos darla por supuesta sin intentar crecer en ella. ¿Cómo? Pidiéndola, manteniendo una oración continua y aplicándola en todas las circunstancias de la vida.

La religiosidad popular llama “La Magnífica” a la oración pronunciada por María en casa de Isabel. Al elogio de Isabel responde María glorificando a Dios: Magnificat anima mea Dóminum!, “¡Mi alma glorifica al Señor!” ¡Qué fácil es que nuestras acciones “se contaminen” con la falta de rectitud de intención! Ejemplo clarísimo de Jesús: reafirma que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre celestial. De otra manera, nuestras acciones no merecerán recompensa.

San Pío X elevó al rango de Solemnidad la celebración litúrgica de la Sangre de Cristo, y declaró que la devoción del mes de julio se dirigiera también a la Sangre del Señor. En la reforma litúrgica del Vaticano II, la Solemnidad se unió al Corpus Christi, pero nada impide que fomentemos en este mes la devoción a la Sangre del Señor.

“Huye del triste amor, amor pacato…”. Esta poesía de Antonio Machado puede darnos tema para nuestra oración. Porque el amor triste, el amor pacato, es el amor que se queda a medias, que no llega a la totalidad. Es triste que eso suceda en el amor humano, y más triste en el divino. Es la tibieza, que trae consigo infelicidad. Nos precavemos de ella con la contemplación y la oración de escucha.

¿Por qué, desde antiguo, celebra la Iglesia en una misma Solemnidad a los apóstoles Pedro y Pablo? Encontramos diversos paralelismos: Rómulo y Remo, fundadores de la Roma antigua; Pedro y Pablo, de la Roma cristiana. Ambos regaron esa tierra con su sangre; ambos fundamentan la Santa Madre Iglesia, que nos engendra y nos lleva a plenitud, por ser la continuidad de Jesús en la tierra.

Jesús dijo que, cuando fuera levantado sobre la tierra, atraería todo hacia Sí (Jn 12, 22). Podemos entenderlo referido a la Santa Misa: todo se resuelve en ella. El misterio de la muerte de Cristo se hace ahí presente. Ahí se conecta el Cielo y la tierra, ahí se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra relación con Cristo, nuestra unión con Él. Dejemos que todo lo que tenemos entre manos sea atraído por la Misa.

El 27 de junio celebramos la conmemoración de la Santísima Virgen del Perpetuo Socorro. Su icono nos habla de la ternura con que tiene al Niño Jesús entre sus brazos, y nos sirve para preguntarnos si consideramos también su permanente solicitud por nosotros, en una ininterrumpida continuidad en el tiempo. Perpetuo: sin pausas y sin término. Testimonio del santo Cura de Ars.

La santidad es el despliegue de la gracia santificante, que se hace mayor a medida de la intimidad que el alma logra con Jesucristo. El Señor nos lo explicaba con la parábola de la semilla que produce primero el tallo, luego la espiga. La semilla que muere es el alma que decide morir al pecado; el tallo es la consolidación en la gracia, la espiga sería el ejercicio de las virtudes y el grano la oración de amor contemplativo.

Un día como hoy, pero de 1944, recibieron la ordenación presbiteral los tres primeros miembros del Opus Dei. Esta efeméride es una oportunidad para meditar sobre el don del sacerdocio. El santo Cura de Ars decía que, si durante veinte años se dejara abandonada una parroquia, los fieles acabaría adorando a las bestias.

Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio de la luz. No era la luz, sino que debía dar testimonio de la luz. La Solemnidad del Bautista nos cuestiona sobre esta tarea, que es también la nuestra: ser precursores de Jesucristo, mostrarlo a los demás. Ante todo, con nuestra propia vida, en la identificación con la Persona del Señor.

Juan Bautista envía a dos de sus discípulos a preguntar a Cristo si Él es el esperado. No porque Juan dudara, sino porque quiere que los suyos tengan un conocimiento de primera mano. Tal como hemos de buscarlo nosotros porque en Jesús, y solo en Él, tenemos la vida Eterna. La vida interior puede rondar siempre en la ascética, cuando esta no es el fin. Busquemos la unión de amor, y nos percataremos que sí, Jesús, es el Esperado.

Mucho le agradó al Señor la petición que Salomón le hizo al comienzo de su reinado: ni riquezas, ni triunfos, sino sabiduría. El más alto de los dones del Espíritu Santo que nos permite no solo penetrar en las cosas de Dios sino también gustarlas. De esa manera, la persona se connaturaliza con las verdades de fe y siente con el sentir del Corazón de Jesús.

Al ver a María, la llena de gracia, se eleva nuestra autoestima. Quizá, si no tuviéramos la Revelación, diríamos con los literatos pesimistas que más nos valdría no haber nacido. En esencia, nosotros tenemos lo mismo que María: la participación en la vida de Dios. ¿La valoro? O estoy acostumbrado a ella que incluso la pongo en peligro. Hay otra vida que me vive, que me sostiene.

Desde un monte –como para indicar la altura de su mensaje- Jesús pronuncia la enseñanza que viene a decirnos que podremos elevarnos sobre nosotros mismos y ser más que hombres. Parece decir: “hagan lo contrario de lo que hacen y empezará sobre la tierra la fiesta de la felicidad”. Hagamos carne de nuestra carne esta enseñanza, aunque tengamos que reinventar el alma.

San Agustín encontraba en la frase El Verbo de hizo carne la esencia del proyecto de Dios. No solo por las razones salvíficas, sino también porque descubría ahí la invitación a que el hombre se divinizara. Nos servirá la comparación de los relatos de Tolstoi (El pastor y el rey), y Dostoievski (El Idiota), para comprender la diferencia de planteamientos. Sin la inserción en Cristo no podríamos vivir el Evangelio.

“Jesús, a quien ahora veo velado, te pido que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu Rostro ya sin velos, pueda ser feliz viendo tu gloria” (Adoro Te devote). Es difícil captar la realidad del Cielo, pero tenemos el adelanto en la Eucaristía. Por eso la eternidad tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía: es viático, que ha ido sembrando el germen de inmortalidad.

Lo importante es lograr el conocimiento del Señor Jesucristo. Y las personas solo se conocen personalmente, en los encuentros en los que advierte sus gestos y sus palabras. Jesús es, en su vida terrena, perfectamente coherente: no pide nada que Él no viva, a diferencia de los escribas y fariseos. Dice que seamos humildes y da ejemplo de esa virtud. Pide vigilar y orar, y Él se levantaba de madrugada. Se nos abren panoramas cuando unamos, a sus palabras, sus acciones.