Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc

Cualquier realidad se ilumina desde el Crucificado, estando nosotros crucificados con Él. Pero como el buen ladrón, encontrando en ella el paraíso. No se trata de llevar una cruz cualquiera sino la suya, la que es amada porque de ella sale la salvación del mundo. Que la sombra de la cruz se proyecte en nuestra existencia, acompañando a María que está al pie de la cruz.

“Jesús a quien ahora veo escondido, te pido que se cumpla lo que tanto ansío…”. La Eucaristía es Jesús, que nos da un adelanto del encuentro definitivo. Tenemos esta certeza que alivia cualquier pena: Él está con nosotros. “También de dolor se canta”, es el título de una película. Podemos hacerlo precisamente porque tenemos el consuelo de la Presencia viva de Jesús.

Para extraer profundidad de la palabra de Dios empleemos el método lectio, meditatio, oratio, contemplatio. Ahora con la frase “El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y Yo en él”. Dándole vueltas, nos invadirá el asombro: cada una de estas palabras es una revelación de un amor que excede toda medida. El fin es la transformación en Cristo.

La esperanza es una virtud para practicar ahí donde existe la debilidad, la miseria, ahí donde todo es efímero. Y tiene unas hermanas que la acompañan siempre: el optimismo, la alegría. Dios nos hizo para ser felices y la clave está en abandonarse al amor de Jesucristo.

¿Por qué Pedro se hunde luego de avanzar unos metros caminando sobre las aguas del mar de Galilea? Porque perdió el contacto visual con Jesús. Si eso nos ocurre a nosotros, también nos hundimos: en el egoísmo, en la visión terrena, en la tristeza. Buscar el contacto visual en la Hostia consagrada, en la oración contemplativa, en cada circunstancia…

En el capítulo 6º de san Juan, Jesús prepara poro a poco a sus oyentes, antes de revelarles el gran misterio de la Eucaristía. No es el maná el pan del cielo que el Padre les da, sino es Él mismo. San Juan de la Cruz escribió “Aquesta eterna fonte está escondida / en este vivo Pan por darnos vida / aunque es de noche”. Sí, una fuente eterna que hay que buscar en la oscuridad de la fe.

En la memoria del martirio de Juan Bautista, recordamos al cura de Ars, que mandó dedicar una capilla al Bautista como desagravio por los bailes en su parroquia. Listón alto: cuidemos de todo lo que suponga sensualidad, para ir logrando, con la ayuda divina, la pureza de corazón. Estaremos entonces capacitados para “ver a Dios”.

Santa Teresa, la doctora de la oración, fue iluminada para percibir la relación de amor y cercanía con Jesús en la oración. La historia de su vida fue la historia de su oración, como debería ser también la nuestra. La historia de nuestra vida no será sino la historia de nuestra amistad con Jesucristo. La oración es un combate entre Dios y cada uno de nosotros, como el combate entre Jacob y Dios. En ella debemos estar dispuestos a ser vencidos en toda la línea.

Enseñanza de san Máximo el Confesor recordada por el papa Benedicto: al decir “no se haga mi voluntad sino la tuya”, el Padre ve en esa entrega la puerta definitiva para asumir la Humanidad Santísima de su Hijo. Eso es todo en nuestra vida: conformarnos con la amabilísima voluntad de Dios.

Para conocer a Jesús tenemos que conocer su Corazón. Y ahí guarda algunas constantes, la primera es el amor a su Padre y el deseo de cumplir su Voluntad. Otra es oración continua, otra su sed de salvar a los hombres y otra es abrazar la cruz. Recordemos cuánto le hace falta nuestra propia cruz para continuar salvando, redimiendo a través de abrazarnos a ella.

Los caminantes de Emaús, iban más que tristes, iban desalentados, deprimidos, con una sensación de desilusión y frustración después de tres años de ilusiones. ¿Cómo los cura Jesús de ese lamentable estado? Primero, explicándoles las Escrituras, haciendo que su corazón se encendiera en ellas. Preguntémonos si nuestro corazón también se enciende, se alegra, con esas palabras. Y después, descubriéndoles su presencia sacramental su Humanidad.

Cuando santo Tomás se pregunta cuál es la mayor prueba del amor de Dios por el hombre, responde sin dudar: la Encarnación del Verbo. Gracias a ella, tenemos la posibilidad de divinizarnos. De ahí que la única realidad que me lleva a la salvación es Cristo: nadie se salva sin Cristo. Entramos al Cielo en la medida en que estamos unidos a Él.

Los santos tienen experiencia de las cosas de Dios, por eso son faros de luz para nuestra propia vida espiritual. Atendamos sus enseñanzas sobre la Santa Misa, prodigio que siempre nos “quedará grande”. Textos de todas las ápocas –santa Ángela de Foligno, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola o san Juan Eudes iluminan el prodigio en que cada día podemos participar.

Es hoy una fiesta de alegría y de agradecimiento a Dios: con la Llena de gracia empieza el proceso de liberación del antiguo tirano, al que la creación estaba sometida. María es la Reina del dominio que Jesús reconquistó del usurpador. Sabiéndolo o sin saberlo –por ejemplo, en las doce estrellas de la Unión Europea– María reina con su amor silencioso.

La vida de todo hombre es un camino, pero para el sacerdote este camino está lleno de sorpresas, ya que se ha entregado a la Iglesia. En las pruebas de la vida, también cuando se advierten faltas de fidelidad, es muy oportuno encender la virtud de la esperanza. Pensar en el Cielo y advertir que, de seguir el plan de Dios, ese Cielo es suyo. Como el romero, mantener la mirada en la lejanía, el oído atento y el paso ligero.

Pensemos en san José como en un maestro para una oración sencilla, doméstica, familiar. Tiene al Niño en sus brazos: esa imagen nos descubre un modo de orar de lo más sencillo, de lo más normal, a meternos en el Cielo. Busquemos sus lecciones también para el trato fino con Jesús en la Eucaristía.

María inaugura la fe de la Nueva Alianza no solo porque creyó en la Encarnación, sino porque siguió creyendo cada día, cada hora, en cada circunstancia. Nos apoyamos en su fe, principalmente cuando puede entrarnos la “fatiga del corazón”. Fe continua y creciente, que lleve siempre a la paz.

Podemos imaginar que esta semana, que va desde la Asunción de María a su Coronación, el Cielo está ocupado en los preparativos de tan magno acontecimiento. Las miríadas de ángeles y de santos se preparan para coronarla, y con ellos también nosotros. Reina de mi trabajo, de mi descanso, de mi apostolado, de mi penitencia, de mi cansancio, de mi tiempo, de mi eternidad...

En las indagaciones policíacas solía emplearse la técnica del “retrato hablado” para lograr describir la fisonomía del sospechoso. ¿Podríamos hacer un retrato hablado del modo de ser de Jesús? Ya lo hizo Él, pues en las Bienaventuranzas encontramos ante todo su personalidad. Busquémoslas como una manera segura de imitar a Jesús. Pensemos, por ejemplo, si nos consideramos bienaventurados al intentar vivir pobremente.

Al final acabamos por darnos cuenta de que no hacían tantas palabras. Basta una sola palabra: Jesús. En realidad, basta con sentarnos a sus pies, como María de Betania y llenarnos de su Persona. Una unión que acabe siendo mayor a la unión que cada uno tiene consigo mismo. La centralidad de Jesucristo acabará significando que Él sea todo en todos.

Tenemos una deuda de gratitud con el papa Pío XII al haber declarado dogma de fe la Asunción de María. Una invitación a creer firmemente en este gran privilegio que Dios le concedió, y que es para nosotros un motivo de esperanza. Nuestro cuerpo gozará también en la eternidad de la gloria divina, y redundará en la dicha de una existencia eterna inmersa en el amor a Cristo.

Celebramos hoy con ornamentos rojos porque es la memoria de san Maximiliano Kolbe, un santo muy mariano. Su oración de consagración a María puede ayudarnos a la Solemnidad de mañana, en que renovaremos nuestra consagración a la Virgen. Consagrarse supone convertir lo profano en sagrado y, en este caso, hacer cambios de nuestro espíritu por el de María. Nos convertiremos en personas-vitamina.

¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros? Ojalá podamos llegar a decir que es nuestro alfa y omega, maestro, pastor, médico, medicina, camino, verdad, vida, meta del camino… es todo. Abramos horizontes a nuestra alma, para enfocarla en el sentido del crecimiento de esa Presencia en nosotros, evitando que nos aten nuestras miserias.

Meditemos las densas palabras de san Pablo en los versículos 14 a 19 del capítulo 3 de la carta a los Efesios. Suplica al Padre la concesión del Espíritu de fortaleza, para que Cristo habite por la fe en nuestros corazones, y así, arraigados y cimentados en el amor, comprendamos con todos los santos el amor de Cristo, y lo experimentemos hasta ser colmados con la plenitud de Dios. Dios proyecta su Ser en nosotros, divinizándonos.

El recogimiento interior es requisito imprescindible para lograr una oración verdadera. Busca dentro de ti: es en el interior del hombre donde habita la verdad.

En el Antiguo Testamento está oculto el Nuevo. La revelación que encontramos, por ejemplo, en Jeremías, nos descubre el amor eterno de Dios por cada uno. Nos ama antes de la Creación y lo seguirá haciendo sin término. Busquemos asentar nuestra vida en esa roca firme, para corresponder a su amor y vivir con alegría, paz, optimismo, confianza y empeño por proclamar las grandezas de ese amor.

Jesús decía a sus discípulos que se regocijaran y dieran saltos de alegría porque su nombre estaba escrito en los cielos (Lc 10,17). Es la alegría de saber que no vivimos ni trabajamos en vano. Pero la alegría es un don, que Dios concede a los que le son fieles, y es el don que resume todos los demás, porque es efecto de la felicidad. La alegría procede fundamentalmente de saberse amado.

Cuando a Jairo le avisan que su hija ya murió, Jesús le dice: “No temas, ten solo fe”. Escuchemos estas palabras como dirigidas a nosotros: ten solo fe, y deja lo demás. ¿Qué actitud tenemos ante la aparente esterilidad del apostolado? Una oleada de desaliento… secularización, pérdida del sentido cristiano… necesitamos una fe viva y operativa. ¡Señor, ayuda mi incredulidad!

Jesús, en la Cruz, dijo: “Tengo sed”. El evangelista dice que dijo eso “para que se cumpliera la Escritura”. En otras palabras, no solo tiene sed física, sino tiene una sed en sentido más profundo. En los salmos se habla de la sed del Redentor: “En mi sed me dieron vinagre” (Ps 69). ¿Qué supone decir que Jesús tiene sed? Sed de ser correspondido, de ser amado, sed de almas: sed de que el hombre tenga sed de Él.

Esta fiesta, que aparece como en solitario a medio verano, tiene sin embargo una gran importancia. Es, junto con la Resurrección de Jesús, una prueba de su dignidad. La teofanía del Tabor es, en cierto sentido, más determinante que la del Jordán, pues en esta Jesús aparece manifestando su divinidad, cosa que no ocurrió en su bautismo. Permanezcamos atentos a la confesión de la divinidad de Jesús, cosa no infrecuente entre los mismos católicos.

La fe cristiana no es conocer una teoría, sino hacer realidad la nueva vida en Cristo. Mi fe me dice que Jesús resucitó, pero ¿está vivo conmigo, en mi realidad diaria? Las normas de piedad nos permiten encuentros continuos.

¿Creéis que puedo hacer esto?, preguntó Jesús a los dos ciegos que pedían curación. A los sacerdotes nos pregunta: ¿crees que a través de tus manos y tu voz puedo perdonar pecados, transustanciar el pan, hacer hijos de Dios? Que se haga conforme a tu fe. El riesgo de un sacerdote es olvidar que es un ministro de lo sacro, y humanizar su ministerio, o bien banalizarlo. Nadie en el mundo tiene el poder sacramental: es, por tanto, su razón de ser.

Miren mis manos y mis pies… es la tarjeta de identidad de Jesús. Los asombrados apóstoles ven esas manos y esos pies perforados por las llagas. Una llaga no es igual que una herida; esta se cierra, cicatriza y tiempo después, desaparece. La llaga permanece abierta. Así ha querido Jesús permanecer por toda la eternidad. Nos invita a un modo místico de oración en el que abandonemos lo extrínseco y formal, por el trato contemplativo y de contacto.

La Misa es un drama, con un protagonista y un antagonista. Con un desarrollo del conflicto (del Génesis al Apocalipsis), con un clímax (la doble consagración), y con una victoria del protagonista (Cristo vence al demonio, a la muerte y al pecado). Participar en el drama de manera consciente (dándole el sentido sacrificial), activa (desde el corazón), y fructuosa (sabiendo que de ahí se siguen todos los bienes).

Hoy celebramos la memoria litúrgica de san Alfonso María de Ligorio. Además de sus aportaciones a la teología moral, nos ha dejado en herencia su amor a María y su amor a la Eucaristía. Recomienda las visitas al Santísimo como la devoción que más gracias y más consuelos nos traerá. Y ofrece muchas razones válidas en apoyo a su afirmación.

Pedro, hundiéndose en las aguas del mar de Galilea en medio de una tormenta, es reprendido por su falta de fe. También los apóstoles son reprendidos por haber tenido miedo. ¿Cuál es la intensidad de nuestra fe? ¿Ordena nuestra voluntad a nuestra inteligencia que crea, aunque no podamos comprobar nada? La fe es la luz que debe iluminar todo nuestro trayecto.

Cinco veces salió el Dueño de la viña a buscar trabajadores. Parecería que, sobre todas las cosas, le interesa que se trabaje en esa propiedad suya. Otras veces, nos habla de una mujer que barre toda la casa hasta encontrar la moneda perdida; otras, del pastor que deja 99 ovejas para ir en busca de la extraviada. Desde la Cruz, clama: ¡Tengo sed! Sus ansias para la salvación de las almas deberían ser las nuestras.

El tesoro escondido y la perla preciosa, ¿cómo entenderlos? Desde varias ópticas: comencemos por la del Amor que Dios nos tiene. De creerlo, viviríamos en la más feliz y tranquila de las existencias. El fuego quema, el sol alumbra, el agua refresca. ¿Y Dios? Ama, como que esa es su esencia. ¿Y cuál es la mayor de las manifestaciones de su Amor? La Encarnación del Verbo. Busquemos la continua unión con Jesús, y viviremos en el Amor.

Volver a escandalizarnos con las palabras de Jesús: nos invita a comer carne y beber sangre… suyas. No se conformó con dejarnos sus palabras ni con morir en la Cruz, quiso realizar una unión que no corriera el riesgo de ser extrínseca, y nos hace posible la fusión. Él me da su Cuerpo y yo lo recibo en mí; yo le doy el mío y Él me transforma en Sí.

El Evangelio consigna palabras que María dirigió al ángel, a santa Isabel, a su Hijo, y a los hombres en general. Esas fueron: “Hagan lo que Él les diga”. Receta para ser felices y santos. El amor siempre busca complacer al Amado, por lo que no nos basta cumplir lo preceptivo. Queremos agradarlo en cada momento, y eso sucederá al identificar los quereres.

El Padre celestial se refiere a su Hijo como el Amado. ¿Lo es también para mí? ¿Es mi mundo interior un continuo encuentro con su mundo interior? El mayor bien, en realidad el único bien, se encuentra en el amor al Amado. La vida divina que está en cada uno de nosotros se despliega en los encuentros con el Amado.

Para conocer y contemplar a la Santísima Trinidad fueron creados los ángeles en el Cielo y los hombres en la tierra” (León XIII). Somos muy afortunados de haber recibido la revelación de Dios en su vida intratrinitaria: no lo fueron los justos del Antiguo Testamento y tampoco la aceptan otras muchas confesiones religiosas. Hemos de agradecer ese conocimiento, profundizar en él y contemplarlo, como adelanto de la eternidad.

Las bienaventuranzas son la carta magna de la enseñanza moral de Jesús. Sobre ellas se han escrito muchos libros, pues resultan inagotables. Veamos algo de la primera: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”. Pobre es aquel que reconoce su nada al tiempo que se abre al todo de Dios.

Al principio de los signos, encontramos a María. Intercede por el vino. Ese signo se culminará en la Última Cena, cuando el vino se convierta en sangre. A Ella le pedimos que interceda por nosotros para ver sangre en cada Eucaristía. Sabernos empapados y embriagados con ella cada vez que comulgamos.

San Pablo se siente turbado al darse cuenta de que ha sido elegido para dar a conocer el misterio oculto por los siglos: que hemos sido creados para llenarnos de la plenitud de amor de Cristo. Y nos invita a tratar de comprender con todos los santos cuál es la altura y la longitud, la anchura y la profundidad de ese amor.

En la parábola del sembrador nos hace notar Jesús que la semilla es lanzada a voleo, es decir, que la concesión de sus gracias es continua. En el primer lugar donde se lanza la semilla se advierte el riesgo de estar distraídos, y entonces el enemigo impunemente se la roba. Permanezcamos atentos a la voz interior en la que se percibe la comunicación divina. Evitemos la dispersión y el ruido.

“Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13, 8). Enseñanza luminosa, que nos cuestiona sobre nuestra percepción de Jesús, nuestro conocimiento personal, con la cabeza y el corazón, de Él. Lo conocemos en el hoy, pero a través de las fuentes, y así lo proyectamos en el Cristo de la eternidad. ¿Qué grado de realización de su forma de ser, de su Humanidad Santísima, tengo de Él?

Cada bienaventuranza es como una moneda de oro que cae en la alcancía de nuestro corazón. Ocho secretos para ser feliz. La cuarta nos habla de la bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia, lo que implica muchas vertientes. La primera, tener hambre y sed de que Dios sea amado, correspondido. También hace referencia a que tengamos hambre y sed de Dios, por encima de cualquier otro deseo del corazón, e incluso a la suma de ellos.

¿Estamos teniendo problemas para hacer la oración? Vayamos a tomar lecciones con el mejor maestro: san José. Su trato familiar, continuo, fidelísimo, confiado, amoroso con Jesús y María será para nosotros una pauta perfecta para orar. Su fidelidad lo lleva a no estar en otra cosa: lo primero para orar bien es poner atención.

Las dos tendencias de las escuelas rabínicas en tiempos de Jesús se dividían entre quienes multiplicaban los preceptos y quienes buscaban el meollo de la revelación. Ahí la razón por la que un escriba le pregunta a Jesús sobre el primero de los mandamientos. Intentemos aplicar el “método” de nuestra vida: no dedicarnos a lo urgente sino a lo importante, es decir, a crecer en el amor a Dios.

Jesús comienza en solitario su predicación, pero pronto se ve rodeado de seguidores. En un momento dado, después de orar, elige a sus apóstoles. Esa elección procede del misterio de comunión entre el Padre y el Hijo. Y el primer motivo de esa elección es “para que estuvieran con Él”. El que es llamado al apostolado necesita un conocimiento personal del Maestro, advirtiendo que se trata de Alguien único, no asimilable a ningún otro líder humano.