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The Podcast El Lugar de Su Presencia is a truly uplifting and inspiring podcast that I love to start my day with. Listening to the prayers and teachings has helped me tremendously during difficult times in my life. It is a true blessing to have churches like this that are full of people hungry for God's word. I follow them regularly and their prayer times truly bless me. Glory to Jesus for their lives.
One of the best aspects of this podcast is the genuine passion and sincerity that comes through in the pastor's messages and prayers. Pastor Corson and his staff have hearts that are clearly dedicated to serving God and it shines through in their words. The prayers by Natalia Prieto are particularly powerful, her voice shakes the very foundations of darkness. I appreciate the clean heartedness that resonates from them.
Another great aspect of this podcast is its accessibility for Spanish speakers like myself. It is important to feel connected to God's message in our native language, and this podcast allows us to do just that. The translations are clean and well done, allowing us to fully comprehend and be moved by the message being preached. Additionally, when visiting pastors give sermons, they are translated seamlessly, making it an emotional experience in both languages.
One downside of this podcast is that it does not currently offer video recordings of their services or teachings. While the audio recordings are excellent, having visual content would enhance the overall experience even more.
In conclusion, The Podcast El Lugar de Su Presencia is a wonderful resource for anyone looking for spiritual guidance and inspiration in their daily lives. The heartfelt prayers and teachings provided by Pastor Corson and his team truly nourish the soul and spirit. Despite the lack of video content, this podcast remains a valuable tool for connecting with God's word regardless of location or language barriers. Many blessings to everyone involved in creating this podcast!

Todo lo grande comenzó siendo pequeño. Una semilla casi invisible puede convertirse en un árbol que da sombra a las naciones. Así funciona el Reino de Dios… y así funciona tu vida. Vivimos en un mundo que celebra lo grande, lo inmediato y lo espectacular. Pero el cielo trabaja diferente: empieza con lo pequeño, con lo que nadie aplaude, con lo que parece insignificante. Una oración silenciosa. Un acto de obediencia. Una decisión correcta cuando nadie está mirando. No menosprecies tus comienzos. No subestimes lo que Dios puede hacer con una vida rendida. Lo que hoy parece un simple granito de mostaza puede transformarse en algo que impacte generaciones. La historia está llena de personas que empezaron desde cero, que fueron cuestionadas, ignoradas o menospreciadas… y aun así perseveraron. Pero la mayor inspiración sigue siendo Jesús: nacido en un pesebre, criado en un pueblo del que nadie esperaba nada, incomprendido incluso por los suyos. Y aun así, su influencia cambió la eternidad. La pregunta no es cuán grande eres hoy. La pregunta es qué semilla estás dispuesto a sembrar. Porque cuando lo pequeño se pone en manos de Dios, deja de ser pequeño.

¿Qué haces cuando entiendes que tus hijos no te pertenecen… que solo están de paso por tu casa? Vivimos en una generación que sueña con irse, explorar, viajar, construir su propio camino. Y aunque el corazón tiemble, el amor verdadero no retiene… prepara. Prepararlos para volar no significa empujarlos lejos, sino formarlos con propósito. Es enseñarles a amar a Dios por encima de todo, a tomar decisiones con carácter, a sostenerse en la fe cuando ya no estemos ahí para resolverles la vida. Porque llegará el día en que levantarán vuelo, y ese momento no será una tragedia… será el resultado de años de siembra. La crianza es temporal, pero el legado es eterno. No se trata solo de dar estudios, bienes o estabilidad; se trata de dejar una herencia espiritual que alcance hasta los hijos de sus hijos. Formarlos para que, donde sea que vivan —en cualquier país, en cualquier cultura— sepan quiénes son y a quién pertenecen. Soltar duele. Da vértigo. Pero confiar también es parte del amor. Tal vez la pregunta no es a qué edad se irán… sino cómo los estamos preparando para cuando llegue ese día.

La vida cristiana no es pasiva. Es una batalla espiritual que exige estar preparados. Efesios 6 nos recuerda que nuestra lucha no es contra personas, sino contra fuerzas espirituales. Por eso no basta con buenas intenciones; necesitamos vestirnos con la armadura de Dios. El cinturón de la verdad nos mantiene firmes: la Biblia y Jesús son el fundamento que sostiene todo. La coraza de justicia protege el corazón cuando decidimos vivir en obediencia. El calzado del evangelio nos impulsa a caminar en paz y a llevar esperanza a otros. El escudo de la fe apaga los dardos del enemigo, esas dudas y pensamientos que atacan nuestras debilidades. El casco de la salvación guarda nuestra mente recordándonos quiénes somos en Cristo. Y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, no solo nos defiende: nos da autoridad para vencer. Vestirse con esta armadura no es un ritual; es una decisión diaria. Es reconocer que nuestra fuerza viene de Dios y que, con Él, podemos resistir y permanecer firmes. La pregunta es sencilla: ¿Estás cubriendo cada área… o estás dejando espacios abiertos?

La rebeldía no siempre grita. A veces se disfraza de independencia, de “mi vida, mis reglas”, de mala cara ante la autoridad o de obediencia fingida. Anarquía es decir: “nadie me manda”. Humanismo es decir: “no necesito a Dios”. Autonomía es decir: “yo soy mi propia ley”. Pero cuando el hombre intenta ocupar el lugar de Dios, el resultado siempre es el mismo: caos, división y muerte. La rebelión no es solo una actitud externa; es un corazón que se resiste a someterse. En contraste, Jesús mostró otra revolución: la del sometimiento. No se exaltó, se humilló. No se impuso, obedeció. No hizo su voluntad, sino la del Padre. La verdadera fuerza no está en rebelarse, sino en rendirse a Dios. La pregunta es sencilla y profunda: ¿En qué área sigues queriendo ser tu propia autoridad?

Tus palabras no son invisibles. Construyen o destruyen. Bendicen o maldicen. Plantan vida… o arrancan esperanza. Con la misma boca podemos adorar a Dios y herir a alguien hecho a Su imagen. Lo que decimos revela lo que guardamos en el corazón. Bajo presión no hablamos diferente: simplemente sale lo que hay dentro. Hablar mal no es solo decir groserías; también es criticar, sembrar negatividad, reaccionar con dureza, usar la lengua como arma. Pero Dios nos dio autoridad para algo mayor: para construir y plantar. Bendecir no es ser sentimental; es ser intencional. Es decidir hablar vida aun cuando las emociones empujen a lo contrario. Es parecerse al Padre, que ama bendecir. Cada palabra tiene peso. Cada declaración deja huella. Cada frase puede cambiar el ambiente de una casa, una familia, una nación. La pregunta no es si tus palabras tienen poder. La pregunta es: ¿qué están produciendo?

¿Estás viviendo para lo eterno… o solo para lo urgente? Jesús hizo una pregunta que sigue incomodando el corazón humano: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” Vivimos preocupados por el futuro, la estabilidad, la educación de los hijos, la seguridad, el éxito… pero ¿cuánto de eso está realmente alineado con el Reino de Dios? Morir por Jesús no siempre significa morir físicamente. Significa morir al ego, a los planes personales, a la comodidad, a la lógica humana que muchas veces compite con la obediencia. Significa rendir incluso lo más amado —familia, sueños, estabilidad— sobre el altar, confiando en que los caminos de Dios son más altos que los nuestros. La causa de Jesús sigue siendo la misma: salvar a los perdidos, reconciliar a las personas con Dios, hacer discípulos, vivir el Reino aquí en la tierra y destruir las obras de las tinieblas. Pero esa causa exige algo: una fe que no negocia, una obediencia que no depende de la opinión de otros y un corazón dispuesto a decir “heme aquí” sin condiciones. No todo consejo viene de Dios. No toda decisión “por los hijos” es guiada por el cielo. No toda oportunidad es un llamado. La pregunta no es qué es más cómodo, sino qué es más eterno.

¿Y si el problema no es que no sabes por quién votar… sino que no sabes qué está buscando Dios en un gobernante? En medio de elecciones, opiniones, encuestas y promesas, esta conversación nos lleva a algo más profundo que la política: el corazón. ¿Qué perfil debería tener una persona que gobierna según el diseño de Dios? ¿Cómo discernir sin dejarnos mover por emociones, campañas o miedo? A la luz de la Palabra, se confrontan temas incómodos pero necesarios: el temor de Dios como fundamento de la sabiduría, la defensa de la familia, la integridad, la fidelidad a la palabra dada, la postura frente a Israel, la administración responsable, la justicia, la educación con valores y la capacidad real de gobernar. No se trata de perfección, sino de principios. También se nos recuerda algo esencial: sí debemos participar, sí debemos votar, pero nunca poner nuestra confianza absoluta en un hombre. La historia bíblica muestra que cuando el corazón se aparta de Dios, aun los buenos reyes pueden fallar. Nuestra esperanza no descansa en un candidato, sino en el Señor que quita y pone reyes. Más que una guía política, es un llamado espiritual: a discernir, a orar, a evaluar con responsabilidad y, sobre todo, a mantener el corazón totalmente comprometido con Dios. Porque al final, la pregunta no es solo quién gobernará la nación… la pregunta es: ¿en quién está puesta tu confianza?

¿Qué es eso que se ha levantado para destruirte? Destruir tu paz, tu familia, tu fe, tu salud o incluso tu nación. La Biblia no es ambigua: tenemos un enemigo que ruge como león buscando a quién devorar. Pero también tenemos una promesa: podemos resistirlo, manteniéndonos firmes en la fe. Hay batallas que no son solo emocionales ni circunstanciales; son espirituales. El destructor busca poseer terrenos: la mente, el hogar, los hijos, el futuro. Pero Jesús mostró algo claro: cuando la fe se activa, el rugido pierde fuerza. No se necesita una fe gigantesca, sino una fe viva, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza. El milagro no comienza cuando el problema desaparece; comienza cuando la fe es sanada. Antes de liberar al hijo, Jesús fortaleció el corazón del padre. Antes de transformar una nación, Dios despierta la fe de su iglesia. No se trata de ignorar el rugido, sino de saber a quién acudir primero. Porque cuando la voz de Jesús habla, el destructor retrocede.

¿A qué huele hoy tu vida delante de Dios? La Biblia dice que María derramó un perfume tan puro y tan costoso que toda la casa se llenó de su fragancia. No fue un gesto impulsivo, fue una entrega total. Ese perfume representaba lo mejor que tenía, guardado con cuidado, protegido… pero destinado a ser derramado a los pies de Jesús. Dios también ha puesto un perfume dentro de nosotros: dones, fe, amor, adoración, carácter, tiempo y obediencia. Es valioso, profundo y real. Pero así como el nardo, es frágil. Una sola “mosca” —una palabra mal dicha, una decisión incorrecta, una actitud no rendida— puede contaminar la fragancia. No porque el perfume no sea bueno, sino porque no fue cuidado. El frasco de alabastro habla de nosotros. Hermoso por fuera, valioso, pero inútil mientras permanezca cerrado. Para que el perfume salga, algo tiene que romperse: el orgullo, las excusas, el miedo, el control, las heridas guardadas. Romper el frasco duele… pero llena la casa. Lo valioso siempre cuesta. Amar cuesta. Perdonar cuesta. Adorar de verdad cuesta. Pero aquello que se entrega sin reservas conmueve el corazón de Dios y deja una huella eterna.

¿Estás viviendo solo de información bíblica… o de la palabra viva que Dios te ha hablado a ti? En el Reino de Dios, no todo se trata de saber más, sino de escuchar mejor. Hay una diferencia profunda entre el logos —la Palabra escrita— y el rhema —la palabra personal que Dios te habla desde el cielo para tu vida hoy. El rhema no se fabrica, no se copia y no se transmite de persona a persona. Nace en el lugar secreto, cuando abrimos la Biblia con un corazón atento y Dios decide hablarnos directamente. Y cuando Él habla, todo cambia. Porque las cosas no se transforman cuando nosotros hablamos con Dios, sino cuando Dios nos habla a nosotros. Jesús fue claro: “El que tenga oídos, que oiga”. Escuchar abre la puerta al arrepentimiento, a la fe y a decisiones correctas. Pero también implica responsabilidad: el rhema que Dios confía debe cuidarse, obedecerse y guardarse con fidelidad. A mayor obediencia, mayor confianza; a mayor cuidado del rhema recibido, mayor revelación por venir. Dios sigue hablando hoy a través de Su Palabra. Cada día hay un rhema escondido esperando un corazón dispuesto a escuchar.

¿Y si el problema no fuera qué tan grande es tu pecado… sino lo cómodo que te sientes con él? El enemigo no necesita escándalos para destruir una vida; le bastan pequeños permisos, justificaciones espirituales, rutinas tibias y pecados “leves” que se acumulan lentamente hasta alejarnos de la luz. Muchos creyentes viven buscando el límite exacto para pecar sin sentirse culpables: romper la ley sin “romperla del todo”, acercarse al fuego sin quemarse, llamar normal a lo que Dios ya señaló como peligro. Pero el pecado nunca es inofensivo. Siempre quema, siempre abre puertas y siempre deja consecuencias, aun cuando se disfrace de buena intención o gracia mal entendida. Jesús no murió para que siguiéramos pecando con tranquilidad, sino para que fuéramos libres del pecado. La cruz no es permiso para vivir igual, es poder para vivir diferente. Hay una guerra espiritual real por nuestra alma, y cada decisión diaria define a quién le damos lugar.

¿De verdad fue Dios quien te habló… o solo fue un deseo, una emoción o una presión del momento? Oír la voz de Dios no es cuestión de intuición ni de impulsos espirituales; es un aprendizaje que se afina con el tiempo, la obediencia y la relación constante con Él. Así como los navegantes se guían por luces alineadas para no encallar, también necesitamos señales claras para confirmar que lo que creemos haber oído viene realmente del Señor. La voz de Dios siempre se alinea con su Palabra, produce paz en el corazón y es confirmada por el Espíritu Santo, las circunstancias y los consejos correctos. Cuando algo viene de Dios no genera afán, presión ni confusión, sino descanso, claridad y dirección. Aprender a distinguir su voz de la voz de la carne o del engaño espiritual es clave para tomar decisiones sabias sobre relaciones, trabajo, llamados y propósito. Dios sigue hablando hoy, pero escucharle requiere sensibilidad, práctica y un corazón dispuesto a obedecer, aun cuando su voz confronte o nos saque de nuestra comodidad.

¿Y si ya saliste del desierto… pero el desierto no salió de ti? Muchas personas llegan a la tierra prometida sin haber permitido que Dios cumpla el propósito del desierto: formar el carácter. Salen, avanzan, prosperan, pero siguen pensando como esclavos, reaccionando desde el miedo, la queja y la desconfianza. El desierto no fue diseñado para destruirte, sino para revelarte. Para confrontar actitudes, sanar heridas, romper mentalidades de escasez y enseñarte a depender de la voz de Dios más que de tus propias fuerzas. Cuando buscas atajos, palancas o recursos humanos para salir antes de tiempo, puedes llegar… pero no estás preparado para sostener lo que Dios quiere darte. La tierra prometida sin carácter se convierte en un nuevo desierto, aún más difícil. Por eso Dios no solo quiere sacarte del proceso, quiere transformarte en medio de él.

¿Quién está tomando realmente las decisiones de tu vida? Cada día eliges más de lo que imaginas: cómo reaccionas, qué permites, a quién escuchas y qué camino decides seguir. Aunque muchas veces culpamos a otros, a las circunstancias o incluso al enemigo, la verdad es clara: tú eres el dueño de tus decisiones. Dios pone delante de nosotros la vida y la muerte, la bendición y la consecuencia, pero nunca decide por nosotros. Cuando actuamos desde la reactividad —guiados por emociones, heridas, temores o impulsos— terminamos entrando en cuevas de dolor y estancamiento. Pero cuando el alma se alinea con el Espíritu Santo, las decisiones dejan de ser impulsivas y se convierten en respuestas llenas de paz, sabiduría y dirección. Madurar espiritualmente es asumir responsabilidad, dejar de huir y aprender a decidir desde la intimidad con Dios. No naciste para vivir atrapado en malas elecciones, sino para caminar guiado por la Palabra, con una conciencia despierta y un espíritu firme.

¿Sigue ardiendo en tu corazón la pasión por lo que Dios te llamó a hacer? Con el paso del tiempo, las heridas, las decepciones y el cansancio pueden apagar el fuego del llamado. Muchos comienzan con entusiasmo, pero pocos permanecen con la misma entrega cuando el camino se vuelve difícil. El llamado no es solo una asignación, es una relación viva con Dios que se cultiva en la obediencia, la intimidad y la fidelidad diaria. La pasión se mantiene cuando recordamos quién nos llamó, para qué lo hizo y a quién estamos sirviendo realmente. Dios no busca perfección, busca corazones dispuestos a seguirle, aun cuando no hay aplausos, aun cuando duele, aun cuando cuesta. Porque cuando el llamado es genuino, el fuego puede menguar… pero nunca se apaga.

¿Qué huella estás dejando en el corazón de Dios? La Biblia no solo cuenta historias de personas bendecidas, también revela a hombres que marcaron profundamente el corazón del Señor. Abraham fue llamado su amigo. Moisés habló con Él cara a cara. David fue reconocido como un hombre conforme a Su corazón. Más allá de milagros o conquistas, lo que dejó huella fue una vida que honró la autoridad, buscó la presencia de Dios por encima de todo y decidió obedecer aun cuando no era fácil. No fueron personas perfectas, pero sí personas rendidas, sensibles y dispuestas a hacer la voluntad del Padre. Dios siente, se alegra y también se duele. Por eso nuestras decisiones no son indiferentes para Él. Cada acto de obediencia, cada gesto de honra y cada elección diaria puede dejar una marca eterna.

¿Alguna vez te has preguntado quién sembró confusión, división o tropiezos en tu camino? Jesús enseñó que no toda la semilla que crece junto al trigo viene de Dios. Existe la cizaña: personas que el enemigo usa para dividir, enfriar la fe, normalizar el pecado o desviar a otros del propósito del Reino. A simple vista se parecen al trigo, pero con el tiempo su fruto revela la verdad. La cizaña no siempre llega de afuera; muchas veces aparece en la familia, en el trabajo, en relaciones cercanas e incluso dentro de la iglesia. Puede disfrazarse de consejo, amistad, espiritualidad o “buena intención”, pero su efecto es el mismo: ahogar lo que Dios quiere hacer en tu vida. Dios permite que trigo y cizaña crezcan juntos por un tiempo, pero también nos llama a discernir, a no dar poder a lo que contamina y a cuidar el llamado que Él puso en nosotros.

¿Sabes realmente cómo opera el enemigo… o solo conoces una versión suavizada de él? La Biblia no lo disfraza: el diablo es engañoso, mentiroso, intimidante, lascivo, violento y destructor. Desde el Edén hasta hoy, su estrategia ha sido la misma: distorsionar la verdad, normalizar el pecado, sembrar temor, dividir familias y apartar a las personas del propósito de Dios. Pero también hay una verdad que no se puede ignorar: aunque el enemigo oprime, Dios gobierna. Lo que el diablo planea para destrucción, Dios lo transforma para bien. La cruz no fue la victoria del infierno, fue su derrota pública. Jesús desarmó a las potestades y nos devolvió autoridad para vivir en libertad. Conocer cómo opera el enemigo no es obsesión, es discernimiento. Porque no se pelea a ciegas, y no se vence lo que no se confronta.

¿Y si esa “fortaleza” que crees tener… en realidad es control disfrazado de espiritualidad? A veces justificamos nuestro temperamento, nuestras reacciones o la forma en que manejamos a otros creyendo que “así somos”, cuando en el fondo hay heridas, miedo, inseguridad o orgullo que se traducen en intimidación, manipulación, dominación o falsa autoridad espiritual. La Biblia muestra que el control no es carácter: es un sustituto del amor. Intimida, divide, manipula, carga culpas, se esconde detrás de versículos y hasta se viste de “Dios me dijo”. Pero el Espíritu Santo no controla: guía. No impone: invita. No presiona: libera. Soltar el control no es perder seguridad; es aprender a confiar. Es dejar de operar como Jezabel, Judas o un fariseo… para empezar a amar como Jesús: con paciencia, humildad y verdad.

Cuando el control se disfraza de espiritualidad - Christy Corson by El Lugar de Su Presencia

¿Has sentido esa desilusión que te quita fuerzas, te apaga la fe y te enfría el corazón? La desilusión no es un simple malestar emocional; es un estado espiritual que, si no se sana, puede alejarte de Dios sin que te des cuenta. A veces nace de personas que amamos, de expectativas rotas, de respuestas que no llegaron, de traiciones o divisiones que nunca imaginamos vivir. La Biblia muestra que un corazón desilusionado empieza a levantar ídolos, pierde la búsqueda sincera de Dios y deja de confiar en Él. Como le pasó al rey Asa, la desilusión no solo hiere: también distorsiona, divide y detiene la fe. Pero Dios sigue buscando corazones totalmente comprometidos, corazones que Él pueda fortalecer. Sanar la desilusión no es negar el dolor, sino levantar la mirada, perdonar, volver a pedirle a Dios y reanudar la búsqueda… porque Él nunca decepciona.

Jesús fue claro: para Dios es importante que su pueblo tenga fruto. No se trata solo de asistir a la iglesia, sino de evidenciar una vida transformada: carácter, prosperidad, crecimiento, obediencia y una fe que produce resultados visibles. Las parábolas revelan que hay quienes oyen, pero no escuchan; quienes empiezan con alegría, pero no echan raíces; quienes reciben la Palabra, pero la ahogan con preocupaciones, deseos y engaños. Y también están los que, con un corazón sano y obediente, producen cosechas de treinta, sesenta y hasta cien por uno. Dios busca discípulos, no espectadores. Busca raíces, no apariencias. Busca corazones que permanezcan en Jesús, que se dejen podar, corregir y sanar… porque solo así el fruto llega, crece y glorifica al Padre.

¿Eres realmente consciente de cómo estás viviendo tu fe… o solo estás reaccionando en automático? La conciencia es ese espacio interior donde evaluamos lo que hacemos, por qué lo hacemos y hacia dónde nos está llevando. Y aunque pocos lo hablan, la Biblia enseña que una conciencia sana puede acercarte más a Dios… y una conciencia confundida puede alejarte de lo que Él tiene para ti. Muchos actuamos por impulsos, por heridas antiguas, por pensamientos que nunca hemos revisado. Otros sabemos lo que es correcto, pero nuestra conducta no se alinea. Y algunos viven con una conciencia débil, fácilmente influenciada por la opinión, el miedo o la culpa. Cuando permites que la Palabra renueve tu mente, tu conciencia se aclara, tu comportamiento cambia y tu vida empieza a tomar decisiones que arrebatan el Reino, en el matrimonio, en la familia, en la salvación y en tu caminar diario.

¿Te has sentido abrumado últimamente? Noticias, problemas familiares, inseguridad, el futuro… pareciera que todo quiere robarnos la paz. Estamos viviendo tiempos ansiosos, y nadie está exento: ni los más fuertes, ni los más espirituales. La Biblia nos muestra que no somos los primeros en enfrentar días así. Pedro escribió a una iglesia perseguida, rodeada de incertidumbre, y aun así les enseñó cinco claves para caminar con paz: alegrarse aun en la prueba, preparar la mente para actuar, dejar lo malo, no cansarse de hacer el bien y entregar el control total a Dios. La ansiedad se alimenta de lo que pensamos, pero la paz crece cuando nuestra mente y nuestra voluntad deciden alinearse con la Palabra. Dios no promete que no habrá turbulencia… promete que Él será el capitán.

¿Con quién estás haciendo equipo? La Biblia revela que el poder de Dios se manifiesta de forma especial cuando nos unimos: dos pueden hacer huir a diez mil, tres no se vencen fácilmente, y cuando caminamos de acuerdo, el cielo responde. Pero así como la unidad multiplica la fuerza, la división la destruye. El enemigo sabe esto, por eso siembra pensamientos, argumentos y emociones que dividen, distorsionan la realidad y contaminan nuestras relaciones. La guerra no empieza afuera: empieza en la mente. Y solo cuando trabajamos en equipo con el Espíritu Santo —identificando voces, derribando argumentos y alineando nuestros pensamientos a Cristo— podemos romper ciclos de contienda, orgullo y engaño. La verdadera fuerza nace cuando Dios y tú se convierten en un equipo. Él pone el poder; tú pones la voluntad.

¿Y si lo que te ha mantenido atado no es falta de fe… sino mentiras que decidiste creer? Muchos cristianos viven oprimidos, confundidos o estancados porque el enemigo ha logrado convencerlos de que los demonios no existen, que un creyente no puede ser influenciado o que no necesitan liberación. Jesús nos dejó una autoridad real: echar fuera demonios, orar con poder y vivir en libertad. Pero esa libertad se pierde cuando abrimos puertas —con el pecado, el ocultismo, la amargura o la falta de perdón— y luego creemos que nada pasa. La verdad es simple: hay batallas que no se ganan con excusas, sino con confrontación espiritual. Dios ya hizo su parte… ahora te toca cerrar puertas, renunciar a lo que te ata y pelear con la autoridad que Él te dio.

¿Sabías que Jesús nunca juzgó a los fariseos? Él no los condenó, los confrontó. Y esa diferencia lo cambia todo. Porque juzgar busca señalar y sentirse superior, pero confrontar desde el amor busca sanar, corregir y liberar. Jesús no vino a imponer reglas humanas ni tradiciones vacías, sino a recordarnos que lo que realmente contamina al ser humano no es lo externo, sino lo que sale del corazón. Mientras los fariseos se preocupaban por la apariencia, Jesús miraba la intención. Dios no busca perfección aparente, busca corazones sinceros. El desafío es dejar de vivir para agradar a la religión… y empezar a vivir para agradar al Padre.

¿Y si para ser un héroe tuvieras que morir primero? No a la manera trágica de las películas, sino morir a tu orgullo, a tus deseos, a tu carne y a todo aquello que te aleja del propósito de Dios. Jesús dijo: “Si alguno quiere seguirme, tome su cruz cada día y sígame”, y eso significa que el camino del héroe también es el camino del sacrificio. Sansón tuvo la fuerza, pero no el carácter. Jesús, en cambio, venció toda tentación porque decidió obedecer al Padre hasta el final. Ser un héroe del Reino no se trata de fama ni reconocimiento, sino de morir a uno mismo para vivir en el poder del Espíritu.

¿Vas a la iglesia a recibir… o a dar? La alabanza congregacional tiene un poder espiritual impresionante, y cuando un pueblo se une para exaltar a Dios, el cielo responde. Alabar no es un acto rutinario, es una declaración de fe, una forma de decirle al Señor: “Aquí estoy, con alegría, con gratitud y con todo mi corazón”. Dios no busca voces perfectas, sino corazones rendidos. Cuando levantas tus manos, aplaudes, danzas o simplemente cantas con sinceridad, estás provocando que su presencia se manifieste.

¿Y si el infierno sí fuera real? Vivimos en tiempos donde muchos prefieren creer que no existe, que Dios nunca castigaría o que todos, al final, seremos salvos. Pero la Biblia enseña otra verdad: hay dos destinos, y uno de ellos es una eternidad lejos de la presencia de Dios. El infierno no es un mito ni una metáfora, es el resultado de una vida que decide rechazar el amor y la gracia de Jesús. Jesús mismo habló de él, no para asustarnos, sino para advertirnos y recordarnos que cada decisión tiene consecuencias eternas. No se trata de miedo, sino de amor. De entender que la salvación es un regalo que debe recibirse con obediencia y fe.

Dardos de miedo, desánimo, enfermedad o duda. Todos los días enfrentamos ataques que buscan debilitarnos, pero Dios nos recuerda que con el escudo de la fe podemos apagarlos todos. Así como Josué tuvo que ser fuerte y valiente para conquistar la tierra prometida, tú también puedes enfrentar lo que venga sabiendo que no estás solo. Dios sigue diciendo: “No tengas miedo, porque Yo estoy contigo”. Cada dardo que el enemigo lanza es prueba de que le temes… porque ve en ti el propósito que Dios ya ha declarado. Levanta tu fe, esquiva los dardos y sigue corriendo la carrera con confianza.

Mi fascinación por lo oculto - Entrevista a Christy Corson by El Lugar de Su Presencia

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El checklist de un lider - Andrés Corson by El Lugar de Su Presencia

¿Alguna vez te has sentido menospreciado, ignorado o juzgado por lo que eres o por lo que haces? El desprecio duele, sobre todo cuando viene de quienes más amamos. Pero lo que para otros puede parecer insignificante, Dios lo mira con ternura y propósito. La Biblia nos muestra que incluso aquellos que fueron rechazados —como David, Lea o el mismo Jesús— fueron levantados por Dios y cubiertos de honra. Porque donde otros ven poco valor, Él ve un corazón dispuesto. Si has vivido el desprecio, recuerda: no define tu identidad ni tu destino. Dios puede transformar el dolor en propósito, y el rechazo en una plataforma de bendición.

¿Alguna vez has sentido que el mundo te arrastra en dirección contraria a tu fe? La Biblia enseña que todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, y que esa victoria no depende de nuestras fuerzas, sino de nuestra fe. Vencer al mundo no significa huir de él, sino vivir en medio de él sin dejar que sus valores —el orgullo, el materialismo, el miedo o la presión— apaguen lo que Dios ha puesto en ti. Daniel lo logró en Babilonia, y tú también puedes hacerlo donde estás. La fe en Jesús no es un simple optimismo; es una confianza firme en su verdad, su poder y su amor. Cuando fijas tu mirada en Cristo, cada prueba se convierte en una oportunidad para ver su victoria manifestarse en tu vida.

¿Eres un buen aliado para los demás… o solo estás buscando aliados para ti? La Biblia nos muestra que ser parte del Reino no se trata solo de recibir, sino de acompañar, sostener y celebrar lo que Dios hace en otros. Ser un “aliado del Reino” es aprender a vencer la envidia, ofrecer fe cuando otro la necesita, permanecer valiente en las batallas, ser un refugio seguro y alegrarse por los triunfos ajenos. Jonatán con David, los amigos del paralítico, Marta y María con Jesús… todos fueron aliados que marcaron vidas. Y tú también puedes serlo.

¿Te has sorprendido buscando culpables para justificar tus decisiones? Desde Adán y Eva hasta nosotros hoy, el ser humano ha tenido la misma tendencia: evadir la responsabilidad, inventar excusas y culpar a otros por lo que hizo. Dios sigue preguntando: “¿Qué has hecho?” No para condenarnos, sino para llevarnos a la verdad, al reconocimiento y al cambio. Asumir lo que hacemos con humildad es el primer paso hacia una vida libre de engaños, apariencias y victimismo. Porque con Dios no sirven las excusas, solo un corazón dispuesto a decir: “Sí, fallé… pero quiero hacerlo bien.”

La Biblia muestra que llorar no es pecado: es parte de ser humanos y Dios recibe nuestras lágrimas. Pero también nos advierte que, si dejamos que ellas nos opaquen, podemos perder de vista la fe, la esperanza y las promesas de Dios. David lo expresó en un salmo: “Las lágrimas me nublan la vista”. El enemigo quiere usar ese dolor para hacernos creer que Dios no está, que no hay final, que estamos solos o que nada bueno saldrá de lo vivido. Pero la verdad es otra: Dios está cerca, hay un propósito en medio de la prueba y nuestras lágrimas nunca son ignoradas por Él.

A partir de pasajes como Mateo 5:27-28 y Proverbios 7, se explica que la seducción no comienza con un acto físico, sino con intenciones, miradas y pensamientos que buscan llamar la atención y provocar una respuesta en otros. Se advierte que estas conductas pueden abrir la puerta a ataduras emocionales y espirituales, y se llama a reconocer la responsabilidad personal en las decisiones, en lugar de culpar solo a las circunstancias o a otras personas. También se resalta la importancia de los padres en formar a sus hijos en valores y establecer límites saludables en lo que consumen y publican. El mensaje invita a examinar las motivaciones del corazón, a cuidar lo que entra por los ojos y oídos (Mateo 6:22-23) y a tomar decisiones conscientes para alejarse de aquello que puede desviar de la voluntad de Dios. Finalmente, se recuerda que el perdón está disponible en Cristo, pero con el llamado a caminar en integridad y no volver a caer en los mismos patrones.

Las tentaciones de Jesús no fueron solo físicas, sino pensamientos que buscaban desviarlo de su misión (Lucas 4:13). De igual manera, el enemigo siembra ideas para apartarnos del propósito de Dios. Las voces internas pueden ser miedos, celos, resentimientos, deseos de venganza o pensamientos destructivos que intentan alejarnos de Dios (Mateo 13:15). Incluso personas cercanas, como Pedro, pueden sin querer convertirse en instrumentos de desánimo (Mateo 16:22-23). También cargamos votos internos que hicimos en el pasado —“no volveré a confiar”, “no volveré a llorar”— que se convierten en fortalezas mentales si no los rendimos a Dios. Para vencer estas voces es necesario someterse a Dios, resistir al diablo y ordenar a todo pensamiento que se vaya (Santiago 4:7; 2 Corintios 10:3-5). Dios quiere transformar nuestra manera de pensar (Romanos 12:2) y enseñarnos a reconocer su voz, que es dulce, pacífica y nunca contradice su Palabra (Juan 10:27; 1 Reyes 19:11-13). El mensaje nos invita a discernir qué voces escuchamos, derribar fortalezas mentales y permanecer atentos al suave susurro de Dios que trae dirección, paz y vida.

Jesús advirtió que “una ciudad o una familia dividida por peleas se desintegrará” (Mateo 12:25-26). La estrategia de “divide y vencerás” es usada por el diablo para que los creyentes pierdan el enfoque de su misión. Estar en unidad con Dios implica someterse a su voluntad, obedecer su Palabra y confiar en que su plan es lo mejor para nuestra vida (Santiago 4:7; Lucas 22:42). La división entre cristianos es una realidad desde los tiempos bíblicos: los discípulos discutían por quién era el mayor (Lucas 22:24), Pablo y Bernabé tuvieron un desacuerdo serio (Hechos 15:39), pero Jesús oró “para que todos sean uno” (Juan 17:21). En lugar de enfocarnos en diferencias doctrinales secundarias, debemos afirmar las verdades centrales de la fe: la divinidad de Cristo, su muerte y resurrección, la obra del Espíritu Santo y la autoridad de la Biblia. La unidad también debe prevalecer en la familia; el enemigo usa egoísmo, celos y resentimientos para dividir relaciones (Marcos 13:12). La oración en acuerdo tiene poder para desbaratar planes del enemigo (Mateo 18:19; 1 Juan 5:14). La alabanza y la gratitud en medio de las pruebas dividen el reino de las tinieblas (2 Crónicas 20:21-23). Este mensaje desafía a restaurar la unidad con Dios, con otros creyentes y en la familia, para resistir al enemigo y avanzar en el propósito de Dios.

Dios es el Dios de la abundancia, siempre da más de lo necesario.

¿Con qué estás llenando los vacíos de tu vida? Todos tenemos espacios que, si no son ocupados por la presencia de Dios, terminan siendo terreno fértil para el miedo, el pecado o incluso la destrucción. La Biblia nos recuerda que Cristo lo llena todo en todo. Él es quien completa lo que está incompleto, quien ordena lo que está en caos y quien ocupa con su Espíritu lo que de otra forma quedaría expuesto al enemigo. Así como David no dejó que Goliat llenara su campamento de miedo, también nosotros podemos decidir qué voz dejamos entrar a nuestra vida. La verdadera plenitud llega cuando dejamos que sea Dios quien llene cada espacio.

¿Con qué estás llenando los vacíos de tu vida? Todos tenemos espacios que, si no son ocupados por la presencia de Dios, terminan siendo terreno fértil para el miedo, el pecado o incluso la destrucción. La Biblia nos recuerda que Cristo lo llena todo en todo. Él es quien completa lo que está incompleto, quien ordena lo que está en caos y quien ocupa con su Espíritu lo que de otra forma quedaría expuesto al enemigo. Así como David no dejó que Goliat llenara su campamento de miedo, también nosotros podemos decidir qué voz dejamos entrar a nuestra vida. La verdadera plenitud llega cuando dejamos que sea Dios quien llene cada espacio.

En esta prédica se presenta una enseñanza clara sobre la realidad espiritual de la opresión demoníaca y la importancia de permanecer firmes en la fe: Jesús advirtió que cuando un espíritu maligno es expulsado, puede regresar con otros peores si la “casa” queda vacía (Mateo 12:43-45). La liberación debe ir acompañada de transformación y perseverancia. Los demonios se caracterizan por ser mentirosos, engañosos y pacientes. Pueden disfrazarse como algo atractivo o incluso “bueno”, con el propósito de controlar y destruir la vida de las personas. Existen prácticas que abren puertas al mundo espiritual negativo: ocultismo, brujería, consulta a muertos, yoga, horóscopos, objetos de superstición, música o películas que exaltan el pecado, entre otros. Estas prácticas otorgan derecho legal a los demonios para regresar. La mente es el campo de batalla principal. Pensamientos de duda, temor, obsesiones, resentimiento o incredulidad pueden convertirse en fortalezas que el enemigo utiliza para debilitarnos. Los pecados sexuales, el derramamiento de sangre, las palabras de autodestrucción y las ataduras emocionales también se convierten en puertas abiertas. La manera de levantar defensas es mantener hábitos espirituales sólidos: oración, lectura de la Palabra, adoración, congregarse y vivir sometidos a un proceso de formación cristiana. Este mensaje advierte sobre la estrategia del enemigo, pero también muestra cómo Dios nos da armas para vivir en libertad y permanecer firmes.

En esta prédica reflexionamos sobre cómo Dios confronta nuestras inseguridades para llevarnos a sanidad y libertad: Jesús confrontó las inseguridades de Pedro porque necesitaba que fuera un líder sano y estable. Sus celos hacia Juan, su temor al rechazo y su necesidad de ser reconocido lo llevaron a situaciones de debilidad, como negar a Jesús. Muchas de nuestras batallas espirituales nacen de inseguridades profundas: heridas de la niñez, comparaciones constantes, temores al fracaso o a no ser aceptados. El mensaje muestra que la timidez, el miedo a hablar en público, los celos y la baja autoestima son expresiones de inseguridades que Dios quiere sanar. La Palabra afirma que no hemos recibido un espíritu de temor, sino de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7). Dios utiliza personas y situaciones que despiertan en nosotros enojo, celos o frustraciones como un “cincel” para moldear nuestro carácter. No se trata de huir, sino de reconocer y permitir que esas experiencias nos transformen. El perdón es central en el proceso: soltar heridas, renunciar a la venganza y entregar el dolor a Cristo trae sanidad interior y restaura la identidad. Este mensaje invita a examinar los temores ocultos y a permitir que Dios sane lo más profundo del corazón.

En este episodio de “Alianzas Peligrosas”, continuamos explorando la importancia de escoger bien con quién caminamos en nuestra vida espiritual. La Biblia enseña que no se puede arar con un buey y un asno juntos (Deut. 22:10), porque no van en la misma dirección. Así también, nuestras alianzas pueden impulsarnos hacia el propósito de Dios o desviarnos hacia la ruina. Hoy descubrimos dos tipos de alianzas que debemos evitar: Alianza con los enemigos de Dios: Aprendemos del rey Josafat, quien a pesar de tener prosperidad y favor, se unió con Acab, uno de los peores reyes de Israel. Sus malas decisiones lo llevaron a alianzas familiares, militares y comerciales que Dios desaprobó, trayendo consecuencias dolorosas. La enseñanza es clara: no se puede ser amigo de Dios y al mismo tiempo aliado de quienes lo rechazan. Alianza con malos consejeros: Vemos cómo personajes como Jonadab, Ahitofel y Siba influyeron con consejos engañosos que terminaron en tragedias, traición y destrucción. Un mal consejo puede parecer sabio, pero si no proviene de Dios, llevará al error. Debemos cuidar a quién escuchamos, discernir intenciones y recordar que no todo lo que parece bueno lo es. Este mensaje nos desafía a evaluar nuestras relaciones y decisiones: ¿con quién estamos caminando?, ¿a quién estamos escuchando? Dios quiere que vivamos en fidelidad, sin mezclar lo sagrado con lo profano, y con discernimiento para evitar alianzas que comprometan nuestro llamado.

¿Qué está compitiendo por tu corazón? La Biblia habla de tres grandes rivales que buscan apartarnos de Dios: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida. Parecen inofensivos, pero pueden robar lo más valioso: nuestra intimidad con Él. Desde la codicia y la lujuria, hasta la vanidad, el orgullo y la búsqueda insaciable de reconocimiento, estas trampas del mundo son atractivas, seducen… pero terminan vacías. Dios nos recuerda que lo que el mundo ofrece es pasajero, pero el que hace su voluntad permanece para siempre.

¿Dónde estás poniendo tu tesoro? Muchos lo buscan en lo material, en el éxito o en lo que otros llaman seguridad. Pero la Biblia dice que hay un tesoro más grande y eterno: el temor del Señor. No se trata de un miedo que aleja, sino de reverencia, respeto y asombro que nos llevan a intimidad con Dios. Cuando hacemos del temor del Señor nuestro tesoro, recibimos protección, salud, sabiduría, bienestar y hasta éxito verdadero, porque nuestra vida queda fundada en Él.

La Biblia recuerda una promesa poderosa: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan”. No se trata de buscar venganza, sino de confiar en que Dios es quien pelea las batallas y defiende a su pueblo. Esta promesa dada a Abraham también alcanza hoy a la iglesia. No debemos maldecir a quienes Dios ha bendecido, y existe una clave espiritual que puede romper una maldición: la oración del acusado por el acusador.