Podcast appearances and mentions of talbot mundy

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The History Of India
Nine unknown and Talbot Mundy

The History Of India

Play Episode Listen Later Dec 20, 2024 20:53


Who was Talbot Mundy? How is he associated with THE NINE UNKNOWN Ashoka formed the nine unknowns? Illuminati is real? How knowledge should be perceived? A special episode for writers! listen: share: rate: connect: @indiaunveiledpodcast@gmail.com Insta: @indiaunveiled.podcast @me.rakeshh

unknown illuminati talbot mundy
The Project Gutenberg Open Audiobook Collection
The Lion of Petra by Talbot Mundy

The Project Gutenberg Open Audiobook Collection

Play Episode Listen Later Apr 4, 2023 601:30


The Lion of Petra

lion talbot mundy
The Project Gutenberg Open Audiobook Collection
The Eye of Zeitoon by Talbot Mundy

The Project Gutenberg Open Audiobook Collection

Play Episode Listen Later Apr 4, 2023 554:49


The Eye of Zeitoon

talbot mundy
The Project Gutenberg Open Audiobook Collection
Rung Ho! A Novel by Talbot Mundy

The Project Gutenberg Open Audiobook Collection

Play Episode Listen Later Apr 4, 2023 492:56


Rung Ho! A Novel

rung talbot mundy
The Project Gutenberg Open Audiobook Collection
Told in the East by Talbot Mundy

The Project Gutenberg Open Audiobook Collection

Play Episode Listen Later Apr 4, 2023 382:35


Told in the East

east talbot mundy
Podcast Podcast Annavalaina
PODCAST ANNAVALAINA T2x18 TROS DE SAMOTRACIA

Podcast Podcast Annavalaina

Play Episode Listen Later Feb 23, 2015 28:26


Programa dedicado a la obra de Talbot Mundy, "Tros de Samotracia. La invasión de Britania". Se incluye un fragmento de la novela fanfic "Heat in the Forest" de Richard Castle, ademas como siempre de las noticias y recomendaciones de libros.

heat tros britania richard castle talbot mundy
Taberna dos Escritores, O Podcast
003 - A Fantasia Não-tão-Medieval

Taberna dos Escritores, O Podcast

Play Episode Listen Later Feb 2, 2015


     Olá, seres humanos! Na desolação de hoje, tomaremos uns goles de hidromel com cavaleiros, dragões, elfos, magos e outras criaturas não tão medievais assim. Então preparem logo suas mochilas, afiem suas espadas bastardas e ouçam esta inenarrável bagunça.      Neste heroico programa, falaremos sobre livros, filmes, jogos e muito mais a respeito de Espada e Magia. Só não citaremos HQs por causa da voz de um dos nossos taverneiros que ficou out of mana, hehe.     Arte da Vitrine:    Felipe Chagas CURTA-NOS NO FACEBOOK:Taberna dos EscritoresIgor DmirkutskaDanyel R. S. MarmoGustavo RochaAUTORES CITADOS:Lord DunsanyA. MerrittRobert E. HowardJ. R. R. TolkienC. S. LewisMichael MoorcockGary GygaxDave AnersonGeorge R. R. MartinPaul AndersonTalbot MundyJack VanceJames Oliver RigneyNate KenyonLeandro ReisChristopher PaoliniClique aqui para ver! FILMES CITADOS:O Senhor dos AnéisO HobbitAs Crônicas de NárniaConan, O BárbaroEragonDragonslayerComo Treinar seu DragãoO Caçador de DragõesEm Busca do Cálice SagradoA Espada era a LendaClique aqui para ver! JOGOS CITADOS: Dungeons & DragonsChainmailGolden AxeLegend of ZeldaCastlevaniaThe Elder ScrollsGothicNeverwinter NightsMagic, The GatheringSpellfireLenda dos Cinco AnéisDiabloFinal FantasyPrince of PersiaNinja GaidenShadow of the ColossusIcoSacredFableKingdom HeartsDivine DivinityMurlocWarcraftDragon AgeAge of MytologyDark SoulsBound by FlameClique aqui para ver! ABERTURA E TRANSIÇÕES:Basil Poledouris - Trilha Sonora: Conan, the Barbarian(Botão direito 'salvar link como')

Misterios
El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.Conspiracion Ala Luz del Dia.I

Misterios

Play Episode Listen Later Apr 19, 2011 21:08


CONSPIRACIÓN A LA LUZ DEL DÍA La generación de los «obreros de la Tierra». — ¿Es us­ted un moderno retrasado o un contemporáneo del fu­turo? — Un anuncio en los muros de París, en 1622. — El lenguaje esotérico es el lenguaje técnico. — Una nueva noción de la sociedad secreta. Un nuevo aspecto del «espíritu religioso». Griffin, el hombre invisible de Wells, decía: «Los hombres, incluso los cultos, no se dan cuenta de los poderes ocultos en los libros de ciencia. En estos volúme­nes hay maravillas, hay milagros.» Ahora sí que se dan cuenta, y los hombres de la ca­lle más que los letrados, siempre retrasados en las revoluciones. Hay milagros, hay maravillas, y hay cosas es­pantosas. Los poderes de la ciencia, después de Wells, se han extendido más allá del planeta y amenazan la vida de éste. Ha nacido una nueva generación de sabios. Son gentes que tienen conciencia de ser, no buscadores desinteresados y espectadores puros, sino empleando la bella expresión de Teilhard de Chardin, «obreros de la Tierra». Solidarios del destino de la Humanidad y, en notable proporción, responsables de este destino. Joliot Curie lanza botellas de gasolina contra los ca­rros alemanes en los combates para la liberación de Pa­rís. Norbert Wiener, el cibernético, apostrofa a los hom­bres políticos: «¡Os hemos dado un depósito infinito de poder y habéis hecho Bergen Belsen e Hiroshima!» Son sabios de un nuevo estilo, cuya aventura está li­gada a la del mundo.[5] Son los herederos directos de los investigadores del primer cuarto de nuestro siglo: los Curie, Langevin, Perrin, Planck, Einstein, etc. Aún no se ha dicho bastante que, durante aquellos años, la llama del genio se elevó a alturas jamás alcanzadas des­de el milagro griego. Estos maestros libraron batallas contra la inercia del espíritu humano. Y habían sido violentos en sus combates. «La verdad no triunfa jamás, pero sus adversarios acaban por morir», decía Planck. Y Einstein: «No creo en la educación. Tú mismo debes ser tu único modelo, aunque este modelo sea espanto­so.» Pero no eran conflictos al nivel de la Tierra, de la Historia, de la acción inmediata). Se sentían responsa­bles únicamente ante la Verdad. Sin embargo, la políti­ca los alcanzó. El hijo de Planck fue asesinado por la Gestapo. Einstein fue desterrado. La actual generación percibe por todos lados, en todas las circunstancias, que el sabio está ligado al mundo. Él detenta la casi to­talidad del saber útil. Pronto detentará la casi totalidad del poder. Es el personaje clave de la aventura a que se ha lanzado la Humanidad. Cercado por los políticos, observado por la Policía, y los servicios de informa­ción, vigilado por los militares, tiene iguales probabili­dades de encontrarse al final de su camino con el Pre1. «El investigador ha debido reconocer que, lo mismo que todo ser humano, es a un tiempo espectador y actor en el gran drama de la existencia.» Premio Nobel o ante el pelotón de ejecución. Al mismo tiempo, sus trabajos le hacen ver la irrisión de los particularismos, le elevan a un nivel de conciencia planetario, si no cósmico. Pero hay un malentendido. Entre lo que él mismo arriesga y los riesgos que se corren al mundo, sólo un despreciable cobarde podría vacilar. Kurchatof rompe la consigna del silencio y revela cuanto sabe a los físicos ingleses de Harwell. Pontecorvo huye a Rusia para proseguir su obra. Oppenheimer choca con su Go­bierno. Los atomistas americanos se colocan frente al Ejército y publican su extraordinario Boletín: la cubierta representa un reloj cuyas saetas avanzan hacia la medianoche cada vez que un experimento o un descubrimien­to peligroso caen en manos de los militares. «He aquí mi predicción para el porvenir —escribe el biólogo inglés J. B. S. Haldane—: ¡Lo que no ha sido, será! ¡Y nadie puede librarse!» La materia libera su energía y se abre la ruta de los planetas. Tales acontecimientos parecen no tener paralelo en la Historia. «Vivimos en un momento en que la Historia contiene el aliento, en que el presente se desprende del pasado como el iceberg rompe sus lazos con el cantil de hielo y se lanza al océano sin límites.»[6] Si el presente se desliga del pasado, se trata de una ruptura, no con todos los pasados, no con el pasado que llegó a la madurez, sino con el pasado nacido últi­mamente, es decir, con lo que llamamos «la civilización moderna». Esta civilización, salida del hervidero de ideas de la Europa occidental del siglo XVIII, desarrolla­da en el XIX y que ha dado sus frutos al mundo entero durante la primera mitad del xx, está en camino de ale­jarse de nosotros. Lo sentimos a cada instante. Estamos en el momento de la ruptura. Nos situamos, ora como modernos atrasados, ora como contemporáneos del futuro. Nuestra conciencia y nuestra inteligencia nos di­cen que no es lo mismo en absoluto. Las ideas que sirvieron de fundamento a esta civili­zación moderna están gastadas. En este período de rup­tura, o más bien de transmutación, no debemos asom­brarnos demasiado si el papel de la ciencia y la misión del sabio experimentan cambios profundos. ¿Cuáles son estos cambios? Una visión que arranca de un pasa­do lejano nos permitiría alumbrar el porvenir. O, pre­cisando más, puede refrescarnos la vista para buscar un nuevo punto de partida. Un día de 1622, los parisienses vieron en sus paredes unos carteles concebidos en estos términos: «Nosotros, delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, hemos venido visible e invisiblemente a esta ciudad, por la gracia del Altísimo al que se vuelven los corazones de los Justos, a fin de librar a los hombres, nuestros semejantes, de error mortal.» Muchos consideraron que se trataba de una broma; pero, como nos recuerda hoy Monsieur Serge Hutin: «Se atribuía a los Hermanos de la Rosacruz la posesión de los secretos siguientes: la transmutación de los metales, la prolongación de la vida, el conocimiento de lo que ocurre en lugares alejados, la aplicación de la ciencia oculta al descubrimiento de los objetos más escon­didos.»1 Supriman el término «oculto» y se hallarán us­tedes con las facultades que posee, o tiende a poseer, la ciencia moderna. Según la leyenda forjada con mucha anterioridad a aquella época, la sociedad de los Ro­sacruz pretendía que el poder del hombre sobre la Naturaleza y sobre sí mismo llegaría a ser infinito, que la inmortalidad y el control de todas las fuerzas naturales estaban a su alcance y que todo lo que pasa en el Univer­so puede serle conocido. Nada absurdo hay en ello, y los progresos de la ciencia han confirmado en parte aquellos sueños. De modo que la llamada de 1622, traducida al lenguaje moderno, podría fijarse en los muros de París o publicarse en los diarios si los sabios se reuniesen en congreso para informar a los hombres de los peligros que corren y de la necesidad de orientar sus actividades según nuevas perspectivas sociales y morales. Cierta de­claración patética de Einstein, cierto discurso de Oppenheimer, cierto editorial del Boletín de los atomistas americanos, tienen el mismo son que el manifiesto de los Rosacruz. Vean incluso un texto ruso reciente. En oca­sión de la conferencia sobre los radioisótopos celebrada en París, en 1957, el escritor soviético Vladimir Orlof es­cribió: «Todos los alquimistas de hoy deben recordar los estatutos de sus predecesores de la Edad Media, esta­tutos conservados en una biblioteca de París y que pro­claman que sólo pueden consagrarse a la alquimia los hombres de corazón puro y elevadas intenciones.» La idea de una sociedad internacional y secreta de hombres intelectualmente muy avanzados, transformados espiritualmente por la intensidad de su saber, deseosos de defender sus descubrimientos científicos contra los poderes organizados, contra la curiosidad y la codicia de otros hombres —reservando para el mo­mento oportuno la utilización de sus descubrimientos, o enterrándolos por varios años, o poniendo sólo una pequeña parte en circulación—, esta idea, digo, es a la vez muy antigua y ultramoderna. Era inconcebible en el siglo XIX o hace sólo veinticinco años. Hoy es conce­bible. En cierto modo, me atrevo a afirmar que tal so­ciedad existe en este momento. Ciertos huéspedes de Princeton —pienso esencialmente en un sabio viajero oriental—[7] pueden haberlo advertido. Si nada prueba que la sociedad secreta Rosacruz existió en el siglo XVII, todo nos invita a pensar que una sociedad de esta natu­raleza se está formando hoy en día, por la fuerza de las. cosas, y que se inscribe lógicamente en el futuro. Pero hay que explicar la noción de la sociedad secreta. Est noción, tan lejana, es aclarada por el presente. Volvamos a la Rosacruz. «Constituyen, pues —no dice el historiador Serge Hutin—, la colectividad d los seres llegados a un estado superior a la Humanidad corriente, poseedores por ello de los mismos ca racteres interiores que les permitan reconocerse entre ellos.» Esta definición tiene la ventaja de eludir el fárrago ocultista, al menos a nuestros ojos. Y es que tenemos una idea clara del «estado superior», una idea científica, presente, optimista.[8] Nos hallamos en un grado de investigación desde el cual vemos la posibilidad de mutaciones artificiales para el mejoramiento de los seres vivos, e incluso del hombre. «La radiactividad puede crear monstruos, pero también nos dará genios», declara un biólogo in­glés. El último objetivo de la investigación alquimista, que es la transmutación del propio operador, es acaso el último objetivo de la investigación científica actual. Enseguida veremos cómo, en cierta medida, esto se ha producido ya en algunos sabios contemporáneos. Los estudios avanzados de psicología parecen de­mostrar la existencia de un estado diferente del sueño y de la vigilia, un estado de consciencia superior en que el hombre estaría en posesión de medios intelectuales decuplicados. A la psicología de las profundidades, que debemos al psicoanálisis, añadimos hoy una psicología de las alturas que nos sitúa en el camino de una posible superintelectualidad. El genio será sólo una de las eta­pas del camino que puede recorrer el hombre dentro de sí mismo para alcanzar el uso de la totalidad de sus facultades. En una vida intelectual normal, no utilizamos ni la décima parte de nuestras posibilidades de atención, de penetración, de memoria, de intuición, de coordinación. Podría ser que estuviésemos a punto de descubrir, o de redescubrir, las llaves que nos permitan abrir, en nosotros, puertas detrás de las cuales nos espe­ra una multitud de conocimientos. La idea de una mu­tación próxima de la Humanidad, en este plano, no re­vela un sueño ocultista, sino una realidad. En el curso de esta obra, volveremos largamente sobre ello. Sin duda existen ya «mutandos» entre nosotros, o, en todo caso, hombres que han dado ya algunos pasos por el ca­mino que un día emprenderemos todos. Según la tradición,[9] como quiera que la palabra «genio» no bastaba a expresar todos los estados supe­riores posibles del cerebro humano, los Rosacruz eran espíritus de otro calibre que se reunían por agrupación. Digamos mejor que la leyenda de la Rosacruz sirvió de soporte a una realidad: la sociedad secreta permanente de los hombres superiormente iluminados. Una cons­piración a la luz del día. La sociedad de los Rosacruz se habría formado, na­turalmente, al buscar, los hombres llegados a un estado de conciencia elevado, otros hombres, parecidos a ellos en conocimientos, con quienes poder dialogar. Es el caso de Einstein, comprendido sólo por cinco o seis hombres en todo el mundo, o de algunos centenares de físicos y matemáticos capaces de pensar eficazmente en volver a poner sobre el tapete la ley de paridad. Para los Rosacruz no hay más estudio que el de la Naturaleza, pero este estudio no puede realmente ilustrar más que a espíritus de un calibre diferente a los or­dinarios. Aplicando un espíritu de diferente calibre al estu­dio de la Naturaleza, se llega a la totalidad de los conocimientos y a la sabiduría. Esta idea nueva, dinámica, sedujo a Descartes y a Newton. Más de una vez se ha citado a los Rosacruz a su respecto. ¿Quiere esto de­cir que estaban afiliados a ella? Esta pregunta no tiene sentido. No nos imaginamos una sociedad organizada, sino contactos necesarios entre espíritus calibrados de un modo diferente, y un lenguaje común, no secreto, sino sencillamente inaccesible a los demás hombres en un tiempo dado. Si algunos conocimientos profundos sobre la mate­ria y la energía, sobre las leyes que rigen el Universo, fueron elaborados por civilizaciones hoy desapareci­das, y si algunos fragmentos de estos conocimientos han sido conservados a través de las edades (lo cual, por otra parte, lo sabemos ciertamente), sólo pudieran serlo por espíritus superiores y en lenguaje forzosamente in­comprensible para el común de los humanos. Pero aun prescindiendo de esta hipótesis, podemos, no obstante, imaginar, en el curso de los tiempos, una sucesión de espíritus desmesurados, que se comunicaban entre ellos. Tales espíritus saben con evidencia que no tiene ningún interés hacer alarde de su poderío. Si Cristó­bal Colón hubiese sido un espíritu desmesurado, ha­bría mantenido en secreto su descubrimiento. Obligados a una especie de clandestinidad, estos hombres sólo pueden establecer contactos satisfactorios con sus igua­les. Basta pensar en las conversaciones de los médicos alrededor de una cama de hospital, conversaciones mantenidas en voz alta y de las que nada llega al cono­cimiento del enfermo, para comprender lo que queremos decir, sin tener que ahogar la idea en la niebla del ocultismo, de la iniciación, etc. En fin, es natural que los espíritus de esta clase, empeñados en pasar inadver­tidos simplemente para que no los molesten, tienen otro trabajo que jugar a conspiradores. Si forman una sociedad, es por la fuerza de las cosas. Si tienen un len­guaje particular, es que las nociones generales que este lenguaje expresa son inaccesibles al espíritu humano ordinario. En este sentido y sólo en él, aceptamos la idea de sociedades secretas. Las otras sociedades secre­tas, las que se ven, y que son innumerables, no son más que imitaciones, juegos de niños que copian a los adultos. Mientras los hombres alimenten el sueño de obtener algo por nada, dinero sin trabajar, conocimientos sin estudio, poder sin conocimientos, virtud sin ascetismo, florecerán las sociedades presuntamente secretas y de iniciación, con sus jerarquías de imitación y sus fórmu­las que remedan el lenguaje secreto, es decir, técnico. Hemos elegido el ejemplo de los Rosacruz de 1622, porque el verdadero Rosacruciano, según la tradición, no se hacía con misteriosas iniciaciones, sino con el es­tudio profundo y coherente del Líber Mundi, el libro del mundo y de la Naturaleza. La tradición de la Ro­sacruz es, pues, idéntica a la de la ciencia contemporá­nea. Hoy empezamos a comprender que un estudio profundo y coherente de este libro de la Naturaleza re­quiere algo más que espíritu de observación, que lo que llamábamos últimamente espíritu científico, e incluso algo más que lo que llamamos inteligencia. Es preciso, en el punto a que han llegado nuestras investigaciones, que el espíritu se eleve sobre sí mismo, que la inteligen­cia se trascienda. Lo humano, lo demasiado humano, no es bastante. Y es a esta comprobación, realizada en siglos pasados por hombres superiores, que debemos, si no la realidad, al menos la leyenda de la Rosacruz. El moderno retrasado es racionalista. El contemporáneo del futuro se siente religioso. Mucho modernismo no; aleja del pasado. Un poco de futurismo nos vuelve a lle var a él. «Entre los jóvenes atomistas —escribe Robert Jungk—,[10] los hay que consideran sus trabajos como una especie de concurso intelectual que no lleva consigo ni significación profunda ni obligaciones, pero algunos encuentran ya en la investigación una experiencia religiosa.» Nuestros rosacrucianos de 1622 hacían en París una «estancia invisible». Lo más chocante es que, en el clima actual de policía y de espionaje, los grandes in­vestigadores logren comunicarse entre ellos cortando las pistas que podrían conducir a los Gobiernos hasta sus trabajos. Diez sabios podrían discutir en alta voz la suerte del mundo, en presencia de Kruschef y de Eisenhower, sin que estos caballeros comprendiesen una sola palabra. Una sociedad internacional de investigadores que no interviniese en los asuntos de los hombres tendría todas las probabilidades de pasar inadvertida como pasaría inadvertida una sociedad que limitase su intervención a casos muy particulares. Incluso podrís no separarse en sus medios de comunicación. La TSH habría podido descubrirse muy bien en el siglo XVII, los aparatos de galena, tan sencillos, habrían podido servir a los «iniciados». De igual manera, los investiga­dores modernos sobre los medios parapsicológicos quizá han logrado aplicaciones de telecomunicación. El ingeniero americano Víctor Enderby ha escrito recien­temente que, si bien se habían obtenido resultados en este terreno, los mismos habían sido guardados secre­tos, por libre voluntad de los inventores. Pero sigue chocándonos que la tradición de la Rosacruz aluda a aparatos o máquinas que la ciencia ofi­cial de la época no pudo fabricar: lámparas perpetuas, registradores de sonidos y de imágenes, etcétera. La le­yenda describe los aparatos encontrados en la tumba del simbólico «Christian Rosenkreutz», que hubiesen podido ser de 1958, pero no de 1622. Todo lo cual tien­de, en la doctrina de la Rosacruz, al dominio del Uni­verso por la ciencia y la técnica, y en modo alguna por la iniciación y la mística. De igual manera, podemos concebir en nuestra época una sociedad que mantenga una tecnología se­creta. Las persecuciones políticas, las presiones socia­les, el desarrollo del sentido moral y de la conciencia de una tremenda responsabilidad, obligarán cada vez más a los sabios a entrar en la clandestinidad. Ahora bien, esta clandestinidad no frenará la búsqueda. Sería absur­do pensar que los cohetes y las grandes máquinas rom­pedoras de átomos han de ser en adelante los únicos instrumentos del investigador. Los verdaderos descu­brimientos grandes se han hecho siempre con medios sencillos, con un equipo sucinto. Es posible que existan en el mundo, en este momento, ciertos lugares en que la densidad intelectual sea particularmente grande y en que se afirme esta nueva clandestinidad. Entramos en una época que recuerda mucho los comienzos del siglo XVII, y tal vez se prepara un nuevo manifiesto de 1622. Tal vez ha aparecido ya. Pero nosotros no nos hemos dado cuenta. Lo que nos aleja de estas ideas es que los tiempos antiguos se expresan mediante fórmulas religiosas. Por ello, les prestamos sólo una atención literaria o «espiritual». En este aspecto, somos modernos. En este aspec­to no somos contemporáneos del futuro. Lo que nos choca, en fin, es la afirmación reiterada de la Rosacruz y de los alquimistas, según la cual el úl­timo fin de la ciencia de las transmutaciones es la transmutación del propio espíritu. No se trata de magia, ni de recompensa bajada del cielo, sino de un descubri­miento de las realidades que obligue al espíritu del ob­servador a situarse de otra manera. Si pensamos en la evolución, extraordinariamente rápida, del estado de espíritu de los más grandes atomistas, empezamos a comprender lo que querían decir los de la Rosacruz. Estamos en una época en que la ciencia, en su punto ex­tremo, alcanza el universo espiritual y transforma el es­píritu del propio observador, lo sitúa a un nivel distinto del de la inteligencia científica, que ha llegado a ser insuficiente. Lo que les ocurre a nuestros atomistas pue­de compararse a la experiencia descrita por los textos de alquimia y por la tradición de la Rosacruz. El lenguaje espiritual no es un balbuceo que precede al lengua­je científico; es más bien el logro de este último. Lo que pasa en nuestro presente, ha podido pasar en tiempos antiguos, en otro plano de conocimiento, de suerte que la leyenda de la Rosacruz y la realidad de nuestros días se iluminan mutuamente. Hay que mirar las cosas an­tiguas con ojos nuevos; esto ayuda a comprender el mañana. No estamos ya en los tiempos en que el progreso se identifica exclusivamente con el avance científico y téc­nico. Aparece otro factor, el que se encuentra en los Su­periores Desconocidos de los siglos pasados cuando muestran la observación del Líber Mundi como desem­bocando en «otra cosa». Un físico eminente, Heisenberg, declara hoy: «El espacio en el cual se desenvuelve el ser espiritual del hombre tiene dimensiones distintas de aquellas en que se desplegó durante los últimos si­glos.» Wells murió desengañado. Su poderoso espíritu había vivido de la fe en el progreso. Ahora bien, Wells, en el crepúsculo de su vida, veía que el progreso toma­ba aspectos espantosos. Ya no le merecía confianza. La ciencia corría el riesgo de destruir el mundo; acababan de inventarse los mayores medios de destrucción. «El hombre —dice el viejo Wells, desesperado, en 1946— ha llegado al término de sus posibilidades.» En este momento, el anciano que había sido genio de la antici­pación dejó de ser contemporáneo del futuro. Noso­tros empezamos a adivinar que el hombre no ha llegado más que al término de una de sus posibilidades. Apare­cen otras posibilidades. Se abren otros caminos, que el flujo y el reflujo del océano de las edades cubre y des­cubre alternativamente. Wolfgang Pauli, matemático y físico mundialmente conocido, hacía antaño profesión de una estrecha fe científica, según la mejor tradición del siglo XIX. En 1932, durante el Congreso de Copen­hague, gracias a su escepticismo helado y a su voluntad de poder, adoptaba la apariencia del Mefistófeles de Fausto. En 1955, su espíritu penetrante había extendido con tal amplitud sus perspectivas que se convertía en un pintor elocuente de un camino de salvación interior largo tiempo desdeñado. Esta evolución es típica. Es la evolución de la mayoría de los grandes atomistas. No es el retorno al moralismo ni a la vaga religiosidad. Se trata, por el contrario, de un progreso en el pertrecho del espíritu de observación; de una reflexión nueva so­bre la naturaleza del conocimiento. «Frente a la divi­sión de las actividades del espíritu humano en terrenos distintos, rigurosamente mantenida desde el siglo XVII —dice Wolfgang Pauli—, me imagino una finalidad que sería la dominación de cosas opuestas, una sínte­sis que abarcase la inteligencia racional y la experiencia mística de la unidad. Esta finalidad es la única que está de acuerdo con el mito, expresado o no, de nuestra época.» II Los profetas del Apocalipsis. — Un Comité de la Deses­peración. — La ametralladora de Luis XVI. — La cien­cia no es una vaca sagrada. — El señor Despotopoulos quiere ocultar el progreso. — La leyenda de los Nueve Desconocidos. Hubo, en la segunda mitad del siglo XIX, en el um­bral de los tiempos modernos, una pléyade de pensado­res furiosamente reaccionarios. Veían un engaño en la mística del progreso social; una carrera al abismo en el progreso científico y técnico. Philippe Lavistine, nueva encarnación del héroe de La obra maestra desconocida de Balzac, y discípulo de Gurdjieff, me los enseñó. En aquella época en que leía a René Guénon, maestro del antiprogresismo, y frecuentaba a Lanza del Vasto, re­cién vuelto de la India, no estaba lejos de coincidir con las razones de estos pensadores contra la corriente. Era muy poco después de la guerra. Einstein acababa de en­viar su famoso telegrama: «Nuestro mundo se enfrenta con una crisis todavía inadvertida por aquellos que poseen el poder de tomar grandes decisiones para bien o para mal. La potencia desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestros hábitos de pensar, y nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes. Nosotros, los científicos que hemos liberado esta inmensa potencia, tenemos la aplastante responsabilidad, en esta lucha mundial de vida o muerte, de dominar el átomo en beneficio de la Humanidad, y no para su destrucción. La federación de sabios americanos se une a mí en esta llamada. Os rogamos que apoyéis nuestros esfuerzos para hacer comprender a América que el destino del género humano se decide hoy, ahora, en este minuto. Necesita­mos inmediatamente doscientos mil dólares para una campaña nacional destinada a hacer ver a los hombres que es esencial un nuevo modo de pensar, si la Huma­nidad quiere sobrevivir y alcanzar niveles más altos. Esta llamada es fruto de una larga meditación sobre la inmensa crisis con que nos enfrentamos. Os pido con urgencia un cheque inmediato, dirigido a mí, como presidente del Comité de la Desesperación de los Sa­bios del Átomo, Princeton, Nueva Jersey. Reclamamos vuestra ayuda en este instante fatal, como señal de que nosotros, los hombres de ciencia, no estamos solos.» Esta catástrofe, me dije yo (y doscientos mil dóla­res no cambiarán nada), mis maestros la habían previs­to hace mucho tiempo. Dios había ofrecido al hombre el obstáculo de la materia, y, como decía Blanc de Saint Bonnet, «el hombre es el hijo del obstáculo». Pero los modernos desligados de los principios, quisie­ron hacer desaparecer los obstáculos. La materia, que obstaculizaba, ha sido vencida. Está libre el camino ha­cia la nada. Hace dos mil años, Orígenes escribía formi­dablemente que «la materia es el absorbente de la ini­quidad». De hoy en adelante, la iniquidad ya no es absorbida, sino que se extiende en olas destructoras. Este Comité de la Desesperación no logrará absor­berla. Los antiguos eran sin duda tan malos como noso­tros, pero lo sabían. Este conocimiento hacía que se colocaran barreras. Una bula del Papa condena el empleo del trípode destinado a robustecer el arco: esta máquina, sumada a los medios naturales del arquero, haría in­humano el combate. La bula es observada durante dos­cientos años. Rolando, en Roncesvalles, derribado por las hondas sarracenas, exclama: «¡Maldito sea el cobarde que inventó armas capaces de matar a distancia!» En tiempos más próximos, en 1775, un ingeniero francés, Du Perron, presentó al joven Luis XVI un «órgano mili­tar» que, accionado por una manivela, disparaba simultáneamente veinticuatro balas. Una memoria acompañaba al instrumento, embrión de las ametralladoras mo­dernas. La máquina pareció tan mortífera al rey y a sus ministros, Malesherbes y Turgot, que fue rechazada y su inventor considerado como enemigo de la Hu­manidad. A fuerza de querer emanciparlo todo, hemos emancipado también la guerra. Antaño ocasión de sa­crificio y de salvación para algunos, se ha convertido en condenación de todos. Tales eran, poco más o menos, mis pensamientos allá por el año 1946, y pensé en publicar una antología de «pensadores reaccionarios» cuyas voces fueron aho­gadas, en su tiempo, por el coro de los progresistas románticos. Estos escritores al revés, estos profetas del Apocalipsis, que clamaban en el desierto, se llamaban Blanc de Saint Bonnet, Émile Montagut, Albert Sorel, Donoso Cortés, etc. Con un espíritu de rebeldía muy parecido al de estos antepasados, releí un folleto intitu­lado El tiempo de los asesinos, en el que colaboraron principalmente Aldous Huxley y Albert Camus. La Prensa americana se hizo eco de este libelo en que sa­bios, militares y políticos eran fuertemente maltratados y donde se deseaba un proceso de Nuremberg para to­dos los técnicos de la destrucción. Hoy creo que las cosas son menos sencillas y que hay que mirar con otros ojos y desde más alto la histo­ria irreversible. Sin embargo, en 1946 —inquietante posguerra—, esta corriente de ideas trazaba una estela fulgurante en el océano de angustia en que se hallaban sumidos los intelectuales que no querían ser «víctimas ni verdugos». Y es cierto que, después del telegrama de Einstein, las cosas han empeorado. «Lo que hay en la cartera de los sabios es espantoso», dice Kruschef en 1960. Pero los espíritus se han cansado, y, después de muchas solemnes e inútiles protestas, se han vuelto hacia otros temas de reflexión, esperando, como el con­denado a muerte en su celda, que se conceda o se denie­gue el indulto. Sin embargo, en todas las conciencias existe desde ahora un fondo de rebelión contra la cien­cia capaz de aniquilar el mundo, una duda sobre el va­lor salvador del progreso técnico. «Acabarán por vo­larlo todo.» Después de las furiosas críticas de Aldous Huxley en Contrapunto y Un mundo feliz[11] se hundió el optimismo científico. En 1951, el químico americano Anthony Standen publicaba un libro titulado: La cien­cia es una vaca sagrada, donde protestaba contra la ad­miración fetichista por la ciencia. En octubre de 1953, un célebre profesor de Derecho de Atenas, O. J. Despotopoulos, dirigía a la UNESCO un manifiesto pidiendo que se interrumpiera el desarrollo científico, o mejor, que se guardara en secreto. La investigación, proponía, debería confiarse en adelante a un consejo de sabios mundialmente elegido y que, por ello, sería dueño de guardar silencio. Esta idea, por utópica que sea, no carece de interés. Apunta una posibilidad del porvenir e incide en uno de los grandes temas de las pasadas civilizaciones. En una carta que nos dirigió en 1955,0. J. Despotopoulos, preci­saba su idea: «La ciencia de la Naturaleza es ciertamente una de las hazañas más dignas de la historia humana. Pero, a partir del momento en que se desencadenan fuerzas ca­paces de destruir la Humanidad entera, deja de ser lo que era desde el punto de vista moral. La distinción en­tre la ciencia pura y sus aplicaciones técnicas se ha he­cho prácticamente imposible. No podríamos, pues, ha­blar de la ciencia como de un valor en sí. O mejor, en ciertos sectores, los más importantes, constituye ahora un valor negativo, en la medida en que escapa al control de la conciencia para extender sus peligros según el grado de voluntad de poder de los responsables políticos. La idolatría del progreso y de la libertad en materia de investigación científica es totalmente perniciosa. Nues­tra proposición es ésta: codificación de las conquistas de la ciencia de la Naturaleza realizadas hasta ahora y prohibición total o parcial de su progreso futuro por un consejo supremo mundial de sabios. Ciertamente, tal medida es trágicamente cruel, ya que su objeto apunta a uno de los más nobles impulsos de la Huma­nidad, y nadie puede subestimar las dificultades inhe­rentes a dicha medida. Pero no existe otra que sea lo bastante eficaz. Las objeciones fáciles; retorno a la Edad Media, a la barbarie, etc., no contienen ningún ar­gumento serio. No se trata de hacer retroceder a la inte­ligencia, sino de defenderla. No se trata de restricciones en beneficio de una clase social, sino de salvaguardia de toda la Humanidad. Éste es el problema. Todo lo de­más no es más que división y dispersión de la actividad enfrentándola con subproblemas.» Estas ideas recibieron favorable acogida en la Pren­sa inglesa y alemana y han sido extensamente comenta­das en el Boletín de los sabios atomistas de Londres. No se alejan mucho de ciertas proposiciones formula­das en las conferencias mundiales consagradas al de­sarme. No es pecado creer que, en otras civilizaciones, se haya producido, no una ausencia de ciencia, sino un se­creto impuesto a la ciencia. Tal parece ser el origen de la maravillosa leyenda de los Nueve Desconocidos. La tradición de los Nueve Desconocidos se remonta al emperador Asoka, que reinó en la India a partir del año 273 a.C. Era nieto de Chandragupta, primer unificador de la India. Ambicioso como su antepasado, cuya labor quiso completar, emprendió la conquista del país de Kalinga, que se extendía desde la actual Calcuta a Madras. Los kalingueses resistieron y perdieron cien mil hombres en la batalla. La vista de esta multitud sacrificada trastornó a Asoka. Desde entonces, le tomó horror a la guerra. Renunció a proseguir la integración de los países insurrectos, declarando que la verdadera conquista consiste en ganar el corazón de los hombres por la ley del deber y la piedad, pues la Majestad Sagra­da desea que todos los seres animados disfruten de se­guridad, de la libre disposición de sí mismos, de la paz y de la felicidad. Convertido al budismo, Asoka, con el ejemplo de sus propias virtudes, propagó esta religión por toda la India y por todo su imperio, que se extendía hasta Ma­lasia, Ceilán e Indonesia. Después, el budismo con­quistó Nepal, el Tibet, la China y Mongolia. Asoka respetaba, empero, todas las sectas religiosas. Predicó el vegetarianismo y proscribió el alcohol y los sacrifi­cios de animales. H. G. Wells, en su historia del mundo abreviada, escribe: «Entre las decenas de millares de nombres de monarcas que se apretujan en las columnas de la Historia, el nombre de Asoka brilla casi solo, como una estrella.» Se dice que, conocedor de los horrores de la guerra, el emperador Asoka quiso prohibir para siempre a los hombres el mal uso de la inteligencia. Bajo su reinado, entra en el secreto la ciencia de la Naturaleza, pasada y por venir. Las investigaciones, desde la estructura de la materia a las técnicas de la psicología colectiva, se disi­mularán en adelante, y durante veintidós siglos, detrás del rostro místico de un pueblo al que el mundo consi­dera dedicado sólo al éxtasis y a lo sobrenatural, Asoka funda la más poderosa sociedad secreta de la Tierra: la de los Nueve Desconocidos. Se dice aún que los grandes responsables del destino moderno de la India, y sabios como Bose y Ram, creen en la existencia de los Nueve Desconocidos, e in­cluso reciben de ellos consejos y mensajes. La imagina­ción entrevé la fuerza de los secretos que pueden deten­tar nueve hombres que se lucran directamente de las experiencias, de los trabajos, de los documentos acu­mulados durante más de diez decenas de siglos. ¿Cuá­les son los fines de estos hombres? No dejar que caigan en manos profanas los medios de destrucción. Prose­guir las investigaciones beneficiosas para la Humani­dad. Estos hombres se supone que se renuevan para guardar los secretos técnicos venidos de un remoto pa­sado. Las manifestaciones exteriores de los Nueve Des­conocidos son raras. Una de ellas tiene relación con el prodigioso destino de uno de los hombres más miste­riosos de Occidente: el Papa Silvestre II, conocido también por el nombre de Gerbert d'Aurillac. Nacido en Auvernia, el año 920, y muerto en 1003, Gerbert fue monje benedictino, profesor de la Universidad de Reims, arzobispo de Rávena por la gracia del emperador Otón III. Se dice que estuvo en España y que un mis­terioso viaje lo llevó a la India, de donde sacó diversos conocimientos que llenaron de estupefacción a los que le rodeaban. Así fue como poseyó en su palacio una cabeza de bronce que respondía «sí» o «no» a las pre­guntas que le hacían sobre la política y la situación general de la cristiandad. Según Silvestre II (volu­men CXXXIX de la Patrística latina de Migne), el pro­cedimiento era muy sencillo y correspondía al cálculo con dos cifras. Se trataría de un autómata análogo a nuestras modernas máquinas binarias. La cabeza «má­gica» fue destruida a la muerte del Papa, y los conoci­mientos registrados por ésta, cuidadosamente disimu­lados. Sin duda la biblioteca del Vaticano reservaría algunas sorpresas al investigador autorizado. En el número de octubre de 1954 de Computers and Automation, revista de cibernética, podemos leer: «Hay que suponerle un hombre de saber extraordinario, de un ingenio y una habilidad mecánica sorprendentes. Esta cabeza parlante debió de ser modelada bajo cierta con­junción de las estrellas que se sitúa exactamente en el momento en que todos los planetas van a comenzar su curso.» No era cuestión de pasado, de presente ni de futuro, pues este invento, aparentemente, superaba con mucho el alcance de su rival: el perverso espejo en la pared de la reina, precursor de nuestros cerebros mecánicos modernos. Se dijo, naturalmente, que Gilbert fue sólo capaz de producir esta máquina porque estaba en tratos con el diablo y le había jurado eterna fidelidad. ¿Estuvieron otros europeos en relación con la so­ciedad de los Nueve Desconocidos ? Hay que esperar al siglo XIX para que resurja este misterio, al través de los libros del escritor francés Jacolliot. Jacolliot fue cónsul de Francia en Calcuta bajo el Segundo Imperio. Escribió una obra de anticipación considerable, comparable, si no superior, a la de Julio Verne. Ha dejado además varios libros consagrados a los grandes secretos de la Humanidad. Esta obra ex­traordinaria ha sido saqueada por la mayoría de los ocultistas, profetas y taumaturgos. Completamente ol­vidada en Francia, es célebre, en cambio, en Rusia. Jacolliot se muestra positivo: la sociedad de los Nueve Desconocidos es una realidad. Y lo más extraor­dinario es que cita, a este respecto, técnicas que eran del todo inconcebibles en 1860, como, por ejemplo, la libe­ración de la energía, la esterilización por radiaciones y también la guerra psicológica. Yersin, uno de los más próximos colaboradores de Pasteur y de Roux, pudo haber tenido acceso a secretos biológicos a raíz de un viaje a Madras, en 1890, y puesto a punto, gracias a las indicaciones que recibieron, el suero contra la peste y el cólera. La primera vulgarización de la historia de los Nue­ve Desconocidos se produjo en 1927, con la publica­ción del libro de Talbot Mundy que perteneció, duran­te veinticinco años, a la Policía inglesa de la India. El libro está a medio camino entre la novela y la investi­gación. Según él, los Nueve Desconocidos emplea­rían un lenguaje sintético. Cada uno de ellos estaría en posesión de un libro constantemente escrito de nue­vo y que contendría la exposición detallada de una ciencia. El primero de estos libros estaría consagrado a las técnicas de propaganda y de guerra psicológica. «De todas las ciencias —dice Mundy— la más peligrosa se­ría la del control del pensamiento de las multitudes, pues ella permitiría gobernar el mundo entero.» Hay que observar que la Semántica general de Korjibski sólo data de 1937, y que hay que esperar la experiencia de la última guerra mundial para que empiecen a crista­lizar en Occidente las técnicas de psicología del lengua­je, es decir, de propaganda. El primer colegio de semántica americano no ha sido creado hasta 1950. En Francia, apenas si conocemos más que Le Viol des Foules, de Serge Chokotin, cuya influencia ha sido importante en los medios intelectuales politizantes, aunque no haga más que rozar la cuestión. El segundo libro estaría consagrado a la fisiología. Como cosa más importante, explicaría el medio de ma­tar a un hombre con sólo tocarle, produciéndose la muerte por inversión del influjo nervioso. Se dice que el «judo» pudo nacer de «infiltraciones» de esta obra. El tercero estudiaría la microbiología, y especial­mente los coloides de protección. El cuarto trataría de la transmutación de los meta­les. Según una leyenda, en tiempos de penuria, los terapíos y las organizaciones religiosas de caridad reciben, de fuente secreta, grandes cantidades de un oro muy fino. El quinto comprendería el estudio de todos los me­dios de comunicación, terrestres y extraterrestres. El sexto contendría los secretos de la gravitación. El séptimo sería la más vasta cosmogonía concebi­da por nuestra Humanidad. El octavo trataría de la luz. El noveno estaría consagrado a la sociología, for­mularía las reglas de la evolución de las sociedades y permitiría prever su caída. Con la leyenda de los Nueve Desconocidos, se re­laciona el misterio de las aguas del Ganges. Multitudes de peregrinos, portadores de las más espantosas y di­versas enfermedades, se bañan sin ningún peligro para los que están sanos. Las aguas sagradas lo purifican todo. Se ha querido atribuir esta extraña propiedad del río a la formación de bacteriófagos. Pero, ¿por qué no se forman también en el Brahmaputra, en el Amazonas o en el Sena? La hipótesis de una esterilización por radiaciones aparece en la obra de Jacolliot, cien años antes de que se sepa que tal fenómeno es posible. Estas radiaciones, se­gún Jacolliot, provendrían de un templo secreto exca­vado bajo el lecho del Ganges. Al margen de las agitaciones religiosas, sociales y políticas, resueltas y perfectamente disimuladas, los Nue­ve Desconocidos encarnan Ja imagen de la ciencia sere­na, de la ciencia con conciencia. Dueña de los destinos de la Humanidad, pero absteniéndose de emplear su propio poderío, esta sociedad secreta constituye el más bello homenaje de la libertad en las alturas. Vigilantes en el seno de su gloría oculta, estos nueve hombres con­templan cómo se hacen, deshacen y rehacen las civiliza­ciones, menos indiferentes que tolerantes, prestos a ayudar, pero siempre en este orden del silencio que es la medida de la grandeza humana. ¿Mito o realidad? Mito soberbio, en todo caso, sur­gido de lo más hondo de los tiempos...

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King of the Khyber Rifles, part 10

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King of the Khyber Rifles, part 9

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King of the Khyber Rifles, part 8

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King of the Khyber Rifles, part 7

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King of the Khyber Rifles, part 6

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King of the Khyber Rifles, part 5

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King of the Khyber Rifles, part 4

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King of the Khyber Rifles, part 3

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King of the Khyber Rifles, part 2

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King of the Khyber Rifles, part 1

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