Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez una ardilla llamada Isabela , que era muy dedicada y juiciosa pero que tenía una personalidad muy muy dramática. Isabela llevaba varios días dando vuelta por el parque muy preocupada. Resulta que Isabela decía que Alguien, o algo, estaba robando su preciada colección de nueces. Y no cualquier colección: eran nueces seleccionadas, pulidas con su propia cola y organizadas por tamaño y las tenía muy bien cuidadita en lo alto de el árbol donde vivía en una pequeña gruta que encontró en el tronco del árbol. .Cada mañana, Isabela despertaba, revisaba su escondite en el roble gigante y descubría que faltaban exactamente tres nueces.—¡Esto es un ultraje! ¡Un robo a mano armada! —gritaba Isabela, agitando los bracitos hacia el cielo.Decidido a atrapar al culpable, Isabela se puso un sombrero de detective hecho con una bellota y comenzó su investigación.Primero, interrogó a sus vecinos del bosque, pero todos tenían coartadas perfectas:Don Búho: Afirmó que las nueces le daban acidez estomacal y que prefería cazar ratones.El Conejo Pérez: Estaba demasiado ocupado compitiendo en carreras de saltos como para subir a el árbol y buscar nueces El Pájaro Carpintero: Declaró que su pico era para la madera, no para romper cáscaras duras.Al no encontrar culpables, Isabela decidió pasar a la acción. Diseñó un plan infalible y llenó los alrededores de su árbol con elaboradas trampas: Primero puso un charco de savia de pino estrategicament ubicado para que el que se atreviera a llegar al árbol se quedara pegado. Luego puso hojas secas super crujientes apiladas alrededor del escondite para oír cuando alguien se acercara y luego puso una nuez muy bella colgada para que así el ladron se atreviera a cogerla y esta haría sonar otras cascaras de bellota como si fueran una campana hilo.Esa noche, Isabela se escondió detrás de un arbusto, armado con una linterna de luciérnagas y acompañado por su mejor amigo, el topo Benito, a quien convenció de hacer guardia.A las tres de la mañana, Benito roncaba plácidamentecuando de pronto sintió un De pronto... ¡Crunch, crunch! Las hojas secas sonaron.El corazón de Benito saltaba a mil por hora. El topo vio como Una figura sombría se acercó al escondite de las nueces. Con movimientos rápidos y expertos, la sombra esquivó la savia de pino, saltó sobre el hilo de la nuez gigante, cavó un pequeño agujero, sacó tres nueces y se alejó caminando hacia otro árbol cercano para enterrarlas allí.—¡Ajá! ¡Te tengo! —gritó Benito.Encendió su linterna de luciérnagas de golpe, iluminando el rostro del escurridizo ladrón.Benito el topo se puso sus gafas gruesas y miró hacia donde apuntaba la luz. Lo que vio no lo podía creerEl ladrón no era un mapache ninja. Tampoco era un zorro astuto.El ladrón era... La propia isabela.Estaba profundamente dormida, con los ojos cerrados. Resulta que Isabela estaba tan, pero tan obsesionadoa y preocupada por que le robaran sus nueces, que caminaba dormida todas las noches. En su estado de sonambulismo, desenterraba tres nueces de su escondite principal y las escondía en otro lugar "más seguro" para que ningún ladrón las encontrara.Cuando Benito la despertó Isabela se sintió muy apenada con Benito por dejarlo toda la noche despierto y finalmente tuvo que pedirle a Benito que lo ayudara a buscar los cincuenta y dos escondites secretos que ella misma había creado por todo el bosque sin darse cuenta ya que estaba caminando dormida.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre que vivía en una una remota aldea de la India, al borde de un espeso y silencioso bosque. Este hombre era reconocido por los aldeanos como un hombre misterioso pero igualmente sabio. Vestía con sencillez, hablaba con los pájaros y, a menudo, sus acciones resultaban tan excéntricas que dejaban a todos rascándose la cabeza. Lo admiraban por su evidente paz interior, pero al mismo tiempo, su comportamiento inusual los confundía y les causaba gracia.Un día, movidos más por el aburrimiento y la curiosidad morbosa que por una verdadera sed de conocimiento espiritual, un grupo de aldeanos decidió invitarlo a la plaza principal. Así que subieron la montana donde vivía y con mucha cortesía se acercaron a el—Maestro —le dijeron con falsas sonrisas—, nos encantaría que nos predicara. Necesitamos de su infinita sabiduría.El hombre santo, que vivía en un estado de constante servicio y disponibilidad, aceptó sin dudarlo. Sin embargo, conforme se acercaba el día señalado, su aguda intuición le advirtió de las verdaderas intenciones del pueblo. Sabía que no buscaban la luz, sino un espectáculo; querían reírse un rato a costa del "viejo loco". Decidió entonces que la lección que recibirían no sería la que ellos esperaban.Llegó la tarde de la charla. La plaza estaba abarrotada. Los aldeanos se codeaban y cuchicheaban, listos para el entretenimiento. El maestro subió a una pequeña tarima, paseó su mirada tranquila por la multitud y dejó que un silencio profundo se instalara en el ambiente.Finalmente, con voz serena, preguntó: —Amigos míos, ¿saben de qué voy a hablarles hoy?La multitud, casi al unísono, respondió con burla: —¡No, no lo sabemos!El maestro suspiró con dramatismo, sacudió la cabeza y dijo: —En ese caso, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes, sus mentes están tan cerradas, que ninguna palabra mía valdría la pena aquí. Mientras no sepan siquiera de qué voy a hablarles, no tiene sentido que les dirija la palabra.Y sin más, dio media vuelta y regresó al bosque, dejando a todos con la boca abierta.Los aldeanos se sintieron desconcertados y un poco tontos. Lejos de rendirse, su orgullo herido los hizo reunirse esa misma noche. "Mañana lo llamaremos de nuevo", acordaron, "y cuando pregunte, todos diremos que sí".Al día siguiente, mandaron a buscar al santo, quien acudió con la misma paz de siempre. Subió a la tarima, miró a la multitud expectante y formuló la misma pregunta: —Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?Esta vez, con sonrisas triunfantes, gritaron a coro: —¡Sí, maestro, lo sabemos!El santo sonrió dulcemente, asintió y respondió: —Siendo así, me alegro mucho. No tengo absolutamente nada que decirles, puesto que ya lo saben todo. Que pasen una excelente noche, amigos.Y volvió a marcharse, perdiéndose entre los árboles.La indignación en el pueblo fue mayúscula. ¡Aquel ermitaño se estaba burlando de ellos en su propia cara! Llenos de frustración, pero más tercos que nunca, decidieron convocarlo por tercera vez. Celebraron una asamblea y planearon la trampa perfecta. No habría forma de que el viejo se escapara de esta.Al tercer día, el santo llegó a la plaza. Se paró frente a ellos, imperturbable como una montaña, los miró en silencio y calma, y lanzó la ya conocida pregunta: —Díganme, amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?Los aldeanos, seguros de su victoria, ejecutaron su plan. La mitad de la plaza gritó: —¡Sí, lo sabemos! Y la otra mitad gritó: —¡No, no lo sabemos!El silencio volvió a caer sobre la plaza mientras todos miraban al maestro, esperando verlo por fin acorralado.El hombre santo los observó con com

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre llamado Juan que llevaba un buen tiempo rondando los muros desconchados del viejo cementerio de Santa Cruz de Mompox. Debería haber sentido el calor sofocante y húmedo que subía del río Magdalena en esas noches de tormenta, o el sudor empapando su camisa de lino, pero solo experimentaba un letargo extraño, una ligereza que atribuía a la fiebre de su propia obsesión. Su mente estaba anclada a una única estructura: un mausoleo colonial de piedra caliza, devorado por el musgo y oculto tras un sauce llorón cuyas ramas barrían el suelo de tierra.Nadie en el pueblo se acercaba a ese rincón del camposanto. Las leyendas locales hablaban de sombras que vagaban entre las tumbas más antiguas, pero a Juan eso no le importaba. Sentía un tirón magnético en el pecho, una voz silenciosa que lo llamaba desde las profundidades de esa cripta sin nombre.Aquella noche, sin luna y con el canto ensordecedor de las cigarras como única compañía, llegó frente a las altas rejas de hierro forjado. Para su sorpresa la reja no tenía ningun candado y estaba semi abierta Así que para el fue realmente fácil cruzarla y verse rápidamente en el vestíbulo de aquella gran cripta.Allí adentro la realidad parecía parpadear., el aire a su alrededor cambió. El canto de las cigarras desapareció, reemplazado por un silencio tan denso que casi zumbaba en sus oídos. Parpadeó, desorientado. Ya no estaba fuera de las rejas; estaba en el interior de la cripta y nunca había estado allí. Al menos así lo recordabaMiró hacia lo que tenía delante de el El interior estaba sumido en una penumbra sepulcral, apenas iluminado por un tenue rayo de luz estelar que se colaba por una grieta en la bóveda de crucería. Olía a cera derretida y a siglos de abandono; un olor que le resultaba dolorosamente familiar, reconfortante, como el recuerdo de la casa de la infancia.En el centro exacto de la cámara circular, sobre un zócalo de piedra labrada, descansaba el sarcófago. Estaba cubierto por una losa de mármol gris, adornada con el relieve desgastado de un escudo de armas que Juan sintió que conocía de memoria, aunque no podía nombrar sus blasones.Con curiosidad se acercó a aquella tumba y apoyó ambas palmas sobre la fría piedra de la losa. Realmente no entendía que lo llevaba o impulsaba a estar allí y menos que atractivo podría tener estar en una cripta que no conocía. Se preparó mentalmente para un esfuerzo titánico, flexionando las piernas para empujar con todo el peso de su cuerpo. Empujó.La piedra inmensa se deslizó a un lado con la suavidad de una hoja cayendo sobre un estanque. No raspó, no pesó, no emitió el menor sonido. Juan cayó de rodillas por la falta de resistencia, aferrándose al borde del ataúd. Su respiración era errática, rápida, pero extrañamente... silenciosa.Temblando, se asomó al interior de la tumba que había sido abierta por su esfuerzo.Esperaba encontrar huesos desordenados, polvo gris o las joyas oxidadas de algún noble olvidado. En su lugar, sobre un lecho de seda granate que el tiempo había convertido en telarañas polvorientas, yacía un hombre.Estaba impecablemente conservado, casi momificado por las condiciones de la cripta. Vestía un vestido de terciopelo oscuro de corte colonial, con mangas acuchilladas y un cuello de encaje amarillento, consumido por la polilla. Las manos del cadáver estaban cruzadas sobre el pecho, sujetando un crucifijo de plata ennegrecida.Juan acercó el rostro, intentando ver mejor en la penumbra. Entonces, el rayo de luz de la bóveda iluminó el rostro del difunto.El terror puro intentó asaltar a Juan , pero se dio cuenta con una confusión abismal de que s

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre que tenía al mismo tiempor una gran arte y una gran frustración, siendo el gran escultor de Chipre todos reconocían en el su capacidad de crar hermosas figuras pero su gran frustración era que ninguna mujer en todo Chipre le parecía suficiente para su gusto. Ahora el se encontraba entrando a la oficina de aquel medico que supuestamente lo iría a tratar de alguno de sus males y allí la vio. Ella estaba en la sala de espera, posiblemente ansiosa a que la hicieran pasar y El destino, que alguna vez había convocado a dioses y milagros lo llevaba a encontrarla en aquel lugar. Pigmalión la reconoció por el lóbulo de la oreja. Recordaba haber pasado tres días enteros puliendo ese lóbulo, eligiendo el grano más fino de la lija para que el mármol capturara la luz de la tarde. Ahora, sin embargo, esa oreja sostenía un pendiente de mal gusto y la piel que la rodeaba tenía una pequeña mancha que denotaba el mal uso de aquel lóbulo perfecto«Se está estropeando», pensó él con la crueldad clínica de un artista. «Mi obra maestra se está echando a perder».La mujer que obviamente lo había visto ingresar se sintió perturbada por su presencia y aunque trataba de ignorarlo sentía su mirada constante sobre ella. Su nombre era Galatea y era la más bella mujer de todo Chipre sin duda alguna. No necesitaba levantar la vista para saber que él la estaba juzgando. Conocía muy bien como aquel hombre al que detestaba era quien mejor la podía observar y juzgar.. Era la misma densidad de la mirada que sentía cuando él la miraba en su taller, no con amor, sino buscando dónde corregir hasta el mínimo detalle que ella pudiera tener. La veía siempre como una obra en proceso y ella realmente ya estaba perfecta. En su mente de mujer beldad pensaba —Sigue mirándome como si fuera un bloque de piedra —pensó ella, apretando la mandíbula—. Nunca quiso una mujer. Querías un ser que sirviera como reflejo de su propio ego. Queria la más perfecta mujer posible. El silencio entre los dos era espeso, el frio de sus miradas podía sentirse en toda la habitacion.Pigmalión recordó la historia de aquella mujer. Siendo el el gran escultor de su tiempo había llegado a la creación de la más bella y perfecta mujer y cansado de las imperfecciones de las mujeres de Chipre sentía que ninguna era lo suficientemente perfecta para el. En cambio aquella era perfecta. Una figura como ninguna otra y con la mirada más enigmática que mujer alguna pudiera tener. Era ella toda suya era su Galatea. La perfección hecha piedra. Desesperado le hizo la plegaria a afrodita que le permitiera que aquella estatua de mármol fuera su propia mujer. Pigmalión recordó el momento exacto en que la piedra gracias a la intervención de la bella afrodita se volvió tibia bajo sus dedos. Sus ojos se posaron sobre el y su cuerpo frio y firme se convirtió en una figura dulce y suave. Fue el momento más glorioso de su vida. Pero ahora, viendo cómo ella tosía discretamente y se acomodaba el abrigo, se dio cuenta del error de cálculo en ese momento. El mármol era eterno; la carne al contario era una decepción constante. El mármol no criticaba ni sentía celos, El mármol no tenía reclamos constantes sobre cosas pequeñas y no te miraba con decepción cuando llegabas tarde.Ella por su parte al encontralo en aquella habigtacion recordaba aquel frio. Pero no el frio del marmo que antes podía sentir como su cuerpo. No Galatea recordaba El frío de no ser reconocida y ser ignorada en cada asunto de la vida. Recordaba como aquel famoso escultor la hacia sentir menos en cada ocasión social cuando se referia a ella como su creación. . A veces, cuando él l

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un muchacho llamado Lucas que desde muy pequeño le había llamado la atención la magia blanca. Aquella magia que se hace con cartas y otros artículos que aparecen, se transformas o desaparecen. Ya en sus 16 anos Lucas ya dominaba algunos trucos de magia Lucas siempre había presumido de ser el gracioso del grupo, el que sabía trucos de cartas y leía curiosidades para impresionar. Pero con Elena era diferente. Elena le ponía nervioso.Era una tarde lluviosa de domingo y estaban sentados en la alfombra de la sala, rodeados de libros viejos y tazas de té. Lucas encontró un pequeño tomo de magia y, queriendo hacerse el misterioso, leyó en voz alta sobre la hipnosis. Aquel libro tenía una capitulo entero en como hipnotizar a alguien. Y comenzaba con un pequeño instructivo de hipnotismo. —Seguro que no funciona —dijo Elena, sonriendo de lado, con esa expresión escéptica que a Lucas le encantaba.—¿Ah no? —retó él, dejando el libro a un lado y acercándose un poco más—. Según lo que he encontrado en este capitulo estoy seguro de que yo podría hacerlo. Es más te Apuesto a que puedo hipnotizarte en menos de un minuto. Solo tienes que seguir mis comandos y mirarme fijamente a los ojos.Elena soltó una risita suave, dejó su taza en la mesa y se cruzó de piernas frente a él. —Adelante, gran mago. Haz tu mejor intento. Dijo con esa sonrisa picara que solo una joven puede tener. Lucas carraspeó, adoptando una postura solemne, aunque por dentro el corazón le latía a mil por hora. —La voy a hipnotizar —pensó, convenciéndose de su papel.Levantó un dedo, pero luego lo bajó. Su mano realmente temblaba un poco y su respiración se hacia cada vez más rápida, su corazón era ahora una maquina. Perturbado y temeroso de que Elena lo notara Decidió que la conexión directa seria mejor. —Mírame —susurró—. No parpadees.Y con absoluta resolución decidio mirarla a los ojos, los ojos de ella se cruzaron directamente con los de el. Al principio, Lucas estaba concentrado en su "técnica", buscando si en aquel rostro hermoso de aquella donsella había señales de sueño que el pudiera identificar. Estaba básicamente, esperando que en algún moementos sus párpados se notaran un poco pesados, que sus ojos pudieran presentar un pequeño vacilar hacia el sueno. Pero entonces, la luz tenue de la lámpara iluminó la mirada de Elena y el tiempo pareció detenerse.Lucas nunca se había fijado con tanto detalle en aquellos ojos. Los ojos de Elena eran unos ojos de mar, de un color azul que cambiaba constantemente con cada pensamiento, Su mirada realmente transmitía calma y profundidad No eran solo azules o verdes; tenían ese color indescifrable de las olas cuando están tranquilas, una mezcla de turquesa y misterio.El plan de Lucas se desmoronó. Se olvidó de contar hacia atrás, se olvidó de decirle que sus párpados comenzaba a sentirse pesados, como lo explicaba aquel capitulo del libro. Simplemente, se quedó allí, flotando en esa mirada. Lucas que siempre pensaba que tenía el control de todas las situaciones se fue perdiendo en las profundidades de aquellos ojos, y su alma fue tomando una paz absoluta, como si estuviera sumergido bajo el agua, donde el ruido del mundo no llega. Se sentía flotar en un mar de paz y tranquilidadPasaron los segundos, quizás minutos. Nadie hablaba. Solo se escuchaba la lluvia golpeando la ventana.De repente, Elena parpadeó y rompió el silencio con voz suave: —Lucas... ¿Crees que si vas a poder hipnotizarme? Porque no me siento diferenteLucas parpadeó también, volviendo a la realidad, pero sintiéndose completamente distinto. Sonrió, derrotado pero fel

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre llamado Elías que era desde muy pequeño aficionado a la fotografía, con los años Elias se volvió el fotógrafo del pueblo y monto un pequeño estudio para atender a sus clientes. Pero un día Elias se vio frente a una cámara extraña. Era una de aquellas cámaras de mediados de siglo xix que tenía una gran caja de madera y una tela negra que cubria la placa que recibía las images. Elias alguna vez había observado una en un museo, pero ahora estaba allí junto a una de ellas. Elias no compró la cámara en una tienda de antigüedades, ni la heredó de un abuelo olvidado. La cámara simplemente apareció en su estudio una mañana de martes, montada sobre su trípode de madera negra, oliendo a ozono y polvo antiguo.No tenía marca, ni número de serie. Su lente era un ojo de cristal demasiado profundo, casi líquido, que parecía palpitar si lo mirabas fijamente y que parecía no tener fondo.La curiosidad de Elías, fotógrafo de profesión, pudo más que su prudencia. Decidió probarla en el parque frente a su casa. Quería capturar el viejo roble centenario que dominaba la plaza, ese árbol bajo el cual generaciones enteras se habían besado o resguardado de la lluvia.Era un día radiante. Los niños jugaban y las palomas revoloteaban alrededor del árbol. Elías niveló las patas de madera en la acera. Sintió un frío extraño en las manos al tocar los controles de latón.Entonces, sucedió lo que nunca se habría podido describirBajo la tela negra, el mundo se veía invertido, como en cualquier cámara de gran formato, pero había algo más. La imagen en el cristal esmerilado no estaba estática. Vibraba. El roble parecía estar hecho de humo denso, y los niños eran manchas de luz frenética. Elías sintió una atracción magnética, un hambre voraz que no venía de su estómago, sino de la máquina.Estaba a punto de tocar el disparador cuando recordó a su abuela quien alguna vez le había dicho. Ten cuidado con las cámaras porque se dice que esos aparatos son capaces de robar el alma de las personas y que todo lo retratado habrá perdido gran parte de su ser. Elias que en ese momento tendría poco más de 15 anos pensó que su abuela posiblemente ya llevaba mucho tiempo sufriendo de vejez, por lo que simplemente ignoro el comentario y siguió con sus pasión por la fotografía.Así que con aquel recuerdo presente en su mente , su dedo comenzó a temblar sobre el disparador. No sabía porque pero el comentario de su abuela no abandonaba su mente. Cerrando los ojos hizo un gran esfuerzo y apretó conscientemente el disparador. No hubo un "clic". Hubo un sonido similar al de una sábana rasgándose violentamente, un grito de la física quebrándose.Fue instantáneo y aterrador. Elías vio a través de la lente cómo el roble, los bancos, los niños, las palomas y la luz misma se estiraban como chicle, succionados por un vórtice invisible que convergía en el diafragma de la cámara. En decimas de segundos que se movían muy lentamente Elias pudo ver como toda la realidad que existía en aquella lente se discipaba y se abalanzaba hacia el . No fue una explosión, fue una implosión de realidad. La materia se convirtió en líneas, luego en puntos, y finalmente desapareció dentro de la caja oscura.Elías levantó la cabeza, pálido, y se quitó la manga negra. Miró hacia el parque.Donde antes estaba el roble y la vida, ahora no había nada. Y no me era que hubiera un espacio vacío lleno de aire. No. Había una ausencia absoluta de materia, la realidad había dejado de ser dando paso a una "no-existencia" con bordes dentados. La luz del sol no atravesaba ese lugar; se detenía en seco en sus bordes y comenzaba a saltar hacia el otro bord

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez, en lo más profundo y sombrío de un bosque, una pareja de carboneros. Sus rostros siempre estaban manchados de hollín y sus manos callosas de tanto cargar leña. Pero lo peor no era el trabajo, sino el hambre. Aquel año, el frío había sido cruel y nadie tenía monedas para comprar carbón.Mientras compartían una costra de pan duro, la mujer, que tenía la lengua tan afilada como un hacha, se lamentaba: —¡Ay, qué desgracia! Y todo por culpa de esa mujer, nuestra madre Eva. Si no hubiera sido tan curiosa, si no hubiera mordido esa maldita manzana, hoy estaríamos en el Paraíso comiendo manjares en lugar de pasar penurias. ¡Qué tonta fue!El marido solo suspiraba, asintiendo con la cabeza baja, mientras su estómago rugía.De pronto, el estruendo de cascos de caballos y el brillo de metales preciosos rompió la calma del bosque. Una carroza de oro se detuvo ante su choza y de ella bajó el Rey.—He oído sus quejas —dijo el monarca con una sonrisa enigmática—. Vengan conmigo. Les daré una vida de ensueño donde el hambre será solo un mal recuerdo.Los carboneros, atónitos, subieron a la carroza. Al llegar al palacio, fueron bañados en aguas perfumadas, les quitaron el hollín de las uñas y los vistieron con sedas y terciopelos.Fueron conducidos a un comedor señorial. La mesa gemía bajo el peso de la comida: faisanes asados, pescados bañados en salsas de oro, frutas que parecían joyas y vinos que brillaban como rubíes. Los ojos de los carboneros casi se salen de sus órbitas.Pero antes de dejarlos solos, el Rey señaló una sopera de oro situada justo en el centro de la mesa. Estaba cerrada y era la pieza más hermosa de la vajilla.—Escuchen bien —advirtió el Rey—. Pueden comer todo lo que vean, disfrutar de las fiestas y vivir aquí como nobles. Pero jamás, bajo ninguna circunstancia, deben levantar la tapa de esta sopera. Si lo hacen, la desgracia caerá sobre ustedes y volverán a su miseria.—¡Jamás la tocaremos! —exclamó el hombre. —Para mí, esa sopera ni siquiera existe —añadió la mujer, ansiosa por hincarle el diente a un muslo de pollo.Pasaron las semanas. Al principio, la pareja vivía en un éxtasis constante. Engordaron, sus mejillas se pusieron rosadas y dormían en sábanas de hilo fino. Pero, como suele suceder, cuando el estómago está lleno, la mente empieza a divagar.La carbonera empezó a mirar la sopera con recelo. —¿Por qué estará ahí si no podemos usarla? —murmuraba. —Déjala en paz, mujer. Tenemos de todo —respondía el marido.Pero la curiosidad es como una rata que roe por dentro. La mujer empezó a perder el sueño. "¿Será un diamante gigante? ¿Será el secreto de la eterna juventud? ¿Por qué tanto misterio por una simple sopa?".Un día, mientras los criados descansaban y el silencio reinaba en el palacio, la mujer no pudo más. —Solo voy a levantarla un milímetro. Solo para ver si hay algo dentro —dijo acercándose a la mesa. —¡No lo hagas! ¡Nos arruinarás! —suplicó el marido, pero ella, llamándolo cobarde, lo apartó de un empujón.Con dedos temblorosos, la carbonera agarró el pomo de oro y levantó la tapa. No hubo luz, ni joyas, ni perfumes. De la sopera saltó una pequeña y veloz rata gris que chilló y se escabulló por el suelo del comedor.En ese preciso instante, las puertas se abrieron de par en par. El Rey entró con su guardia, y su rostro ya no era amable, sino severo como el mármol. —¡Lo han hecho! —rugió—. No han podido resistir la curiosidad, exactamente igual que aquellos a quienes tanto criticaban.Sin tiempo para súplicas, los soldados los despojaron de sus ricas vestiduras. En un abrir y cerrar de

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una niña llamada Elsa, cuya hambre de historias era más grande que su apetito por el pan de miel. Elsa no buscaba juguetes ni dulces; buscaba palabras que pintaran mundos. Pero en su aldea, los adultos estaban siempre ocupados: las manos en la harina, los ojos en el arado o las espaldas encorvadas sobre la leña.—"¡Un cuento, por favor!", rogaba Elsa, tirando del delantal de su madre. —"Las historias no llenan la despensa, hija", le respondían siempre.Triste, pero con el corazón palpitante, Elsa decidió que si los humanos no tenían tiempo para la fantasía, el bosque —que es el libro más antiguo del mundo— seguramente tendría páginas abiertas para ella.Al entrar bajo la catedral de ramas, el aire cambió. Olía a musgo fresco y a tiempo detenido. En la rama más alta de un roble centenario, vio al Cuclillo, un pájaro de plumas grises como la niebla.—"¿Por qué cantas siempre esas dos notas, como si llamaras a alguien que no viene?", preguntó Elsa.El Cuclillo bajó el vuelo y, con ojos redondos y sabios, le contó la verdad de su linaje:"No es una canción, pequeña, es una deuda. Hace siglos, mis ancestros fueron soberbios y no quisieron construir nidos. El Espíritu del Bosque nos condenó a ser huéspedes eternos. Por eso pongo mis huevos en nidos ajenos, y mis hijos, al nacer, sienten el vacío de una cuna que no les pertenece. Expulsan a sus hermanos de nido buscando un espacio que nunca encuentran. Mi ¡cu-cú! es el nombre de la madre que nunca conocieron y el nido que nunca habitaron".Elsa sintió un escalofrío. ¿Era aquello un cuento para dormir o una triste ley de la vida? Antes de poder preguntar, el pájaro voló, dejando una pluma gris flotando en el aire.Caminó más profundo, donde los abetos eran tan altos que parecían sostener el cielo. Allí, en una zona de sombras perpetuas, encontró a tres abetos pequeños. Eran diferentes a los demás: no tenían el verde vibrante de la primavera, sino un color pardo, seco y marchito, como si el otoño se hubiera quedado a vivir en sus ramas.—"¿Por qué visten de luto mientras el resto del bosque celebra?", susurró Elsa.El mayor de los tres pequeños árboles crujió al hablar:"Nuestros hermanos mayores son gigantes egoístas. Extendieron sus ramas como mantos de hierro para atrapar cada rayo del Rey Sol. Nosotros estiramos nuestras raíces, suplicamos por una gota de luz, pero ellos solo ríeron: '¡El Sol es para los fuertes!', nos dijeron. Al darnos cuenta de que nunca veríamos el oro del día, dejamos caer nuestras agujas verdes y nos vestimos de tierra y olvido. Moriremos sin haber conocido el beso del calor".Elsa, conmovida, no se quedó de brazos cruzados. Usó sus pequeñas manos para cavar y, con un esfuerzo titánico, trasladó a los tres pequeños al borde del camino, donde el sol bañaba la tierra. Les dio agua de su propio cántaro y vio cómo los rayos del sol, asustados por tanta tristeza, empezaban a tejer hilos de luz sobre las ramas pardas.Siguió caminando hasta que el sol empezó a descender. Entonces, vio algo que le encogió el alma: una ardilla de pelaje rojizo yacía inmóvil en el sendero. Una herida en su cuello brillaba como un rubí bajo la luz del atardecer.Cuando Elsa se acercó para llorar, la sangre del animal, impregnada de la magia del bosque, le habló en un susurro carmesí:"Arriba, en la copa del árbol, hay cuatro hermanos esperando un alimento que no llegará. Mi madre nos advirtió: 'No salgan, el mundo es ancho y el peligro acecha'. Pero el viento me prometió historias secretas si lo seguía. Salí de casa buscando una aventura y encontré los colmillos del cazador. Dil

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez un pueblo que estaba en el medio de una valle creado por altas cumbres que siempre siempre se encontraban blancas por la nieve perpetua. El pueblo no tenía recuerdos de quien lo había fundado o de donde venían todos sus habitantes pero el pueblo estaba allí. Su nombre era San Judas Tadeo y el valle era llamado la eterna pausa. Todos decían y era verdad que la vida en aquel pueblo era de un predecible lineal que desafiaba la naturaleza. San Judas Tadeo tenía una característica, siempre tenía el mismo clima y siempre tenía el mismo cielo azul que nunca cambiaba. Todo era igual en San Tadeo y sus habitantes se habían acostumbrado a la inmutabilidad de su entorno y su clima. La estructura física del pueblo también era predecible. Todas las casas estaban asentadas sobre calles de piedra pulida y todos los tejados de todas las casas era rojos e igualmente las casas tenían sus paredes blancas. Todo pues era bastante monótono y repetitivo. Lo anterior llevaba a que todos los habitantes se sintieran muy orgullosos de su pueblo y de su estilo de vida. Todos repetían una frase que resumía la naturaleza de su pueblo. En San Judas nadie se pierde ya que sin importar la dirección que tomaran siempre aparecían en el origen. Esto no era simple retorica era la verdad absoluta. Esto era así porque si caminaban lo suficiente hacia el norte, terminaba entrando al pueblo por la plaza del sur. Se había comprobado que si alguien salida de la casa y giraba hacia la derecha tres veces se llegaba a la propia casa sin saber como había sucedido. Dentro del pueblo siempre se había explicado esto como que los que crearon el pueblo tuvieron la precaución de evitar extravíos. Un día uno de los habitantes llamado mateo decidio probar y entender que era lo que sucedía y una mañana antes que todos hubieran despertado salió de su casa con un gran tarro de pintura roja y comenzó a caminar dejando caer un pequeño hilo de pintura que acompañaba su caminar. Después de una hora comenzó a notar algunos detalles que lo hacían preguntarse realmente donde vivía. Encontró que las escalinatas que subían a lo alto de la montaña finalmente lo llevaba a la plaza del pueblo, Encontró que cuando llegaba a la última de las casas estas se desdoblaban y se veía entrando por las casas del otro lado del pueblo. Pero lo más extraño es que en un momento alcanzo a ver la espalda de alguien que el juraría era su propia espalda y que inmediatamente desapareció en una esquina. Todo esto sucedía mientras el hilo de color rojo seguia marcando las calles mostrando que muchas veces había pasado por el mismo sitio sin haber nunca desviado su camino. Finalmente entendió lo que sucedía en su pueblo. El era uno de los habitantes de una burbuja de tiempo y espacio que se torcía en si misma formando la versión gigante de un nudo gorgiano. Preocupado decidio correr a la plaza del pueblo y grito. Nuestro pueblo es un laberinto, no hay salida y nunca podremos encontrar el mundo exterior. Nuestro pueblo es una serpiente que se muerde a si misma.La gente que salia a trabajar como cada día paro y lo miro extrañada. Nunca nadie había oído tal teoría. Nunca nadie los había hecho pensar en que no podrían salir del pueblo y que nunca entenderían que era el mundo exteriorDe pronto el cartero que conocía cada una de las casas y calles del pueblo se acercó y le dijo. Mateo no digas más. El mundo exterior es una leyenda urbana solo vives para el pueblo y dentro del pueblo. Nadie es un prisionero solamente debes seguir viviendo dentro del pueblo y ser feliz. Y Mateo entendio que el estaba equivocado y que todo el pueblo merecía vivir

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.uan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez Príncipe que vivia en lo que hoy conocemos como polonia. Su nombre era urante Krakus y durante anos su reino era lo más cercano al paraíso. Pero la prosperidad es un aroma que atrae a las sombras según dicen los viejos. La desgracia llegó sin aviso: primero fueron los rebaños los que mermaron; luego, los pastores comenzaron a desaparecer y en la región decían que se los había llevado el silencio y luego se fue filtrando poco a poco en las tabernas de lo que hoy es Cracovia la idea que pues nadie regresaba de las brumas del río vistula . Así con estos sucesos lo que antes era un reino de esplendor paso a ser oscuro y tristePor muchos anos todo esto que sucedia era un enigma que nadie podía resolver hasta que un joven herbolario, buscando plantas medicinales en las riberas del Vístula, se aventuró a los pies de la imponente Colina de Wawel. Allí mientras trataba de recoger algunas de las hojas que necesitaba vio algo que lo lleno de horror. Frente a el había una colección de huesos humanos blanqueados por el agua y, sobre la roca viva, una cueva que exhalaba muerte. A su entrada, bañado por un sol que solo se filtraba timidamente por la bruma, descansaba el terror. Tenía el cuerpo blindado por escamas de un amarillo verdoso brillante y sus patas eran gruesas como troncos de robles centenarios. Era un dragón que se había instalado en aquellos parajes y que era el causante de las penurias de sus habitantes.La noticia corrió como fuego en paja seca. El Príncipe Krak, tras escuchar el relato del joven, convocó a sus caballeros y sabios. Los valientes partieron con espadas de acero templado, pero ninguno regresó. El acero se derretía y la valentía se convertía en ceniza ante el aliento de la bestia.Desesperado, Krak lanzó su proclama final al viento:"Aquel que libere al pueblo, sea noble o plebeyo, recibirá la mano de la princesa Wanda y la mitad de mi reino".Príncipes de tierras lejanas fracasaron. Justo cuando el propio Krak se ajustaba la armadura para enfrentar un destino suicida, un humilde aprendiz de zapatero llamado Skuba cruzó las puertas del castillo. No llevaba lanza, sino una idea."Dadme una oveja y grasa y yo acabare con ese dragon", pidió el joven. Al inicio los grandes caballeros del reino simplemente se burlaron del joven, pero este insistia en que el tenía la solución. Fue tanto lo que insistió que finalmente el príncipe con la sola intención de salir de el ordeno que le dieran la oveja y la grasa que el solicitaba. Bajo el amparo de la noche, Skuba trabajó como un alquimista. Sacrificó al animal y, con la precisión de quien cose el calzado de un rey, rellenó la carcasa con una mezcla letal de azufre y alquitrán que tenía en su pobro vivienda, sellándola con grasa para que el olor engañara al monstruo.Al día siguiente el joven Skuba monto la oveja llena de azufre y alquitran en su carromato y lentamente se dirigió a la base de la colina Wawel, donde habían reportado la presencia del dragón . Allí efectivamente encontro una gran caverna con rastros de huesos animales y humanos. Era claro que en aquel lugar el dragón pasaba sus días. Entrando sigiloso vio como el dragón dormía en su guarida de roca, Skuba se deslizó como una sombra y depositó la falsa ofrenda en el umbral de la cueva.Al amanecer, el dragón emergió y, cegado por el hambre y vio como una gran oveja se encontraba a la entrada de su guarida. Hambriento no lo pensó dos veces y abalanzándose sobre ella engulló la trampa de un bocado. Casi al instante, la mezcla comenzó a arder en su vientre y aquel azufre que estaba en el cuerpo de la oveja come

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez, Hace muchos, muchísimos años, cuando los animales hablaban y compartían secretos con el viento, una selva en latinoamerica donde un un rumor estaba corriendo por toda la selva Dicho rumor decía que: ¡Habría una gran fiesta en el cielo!Se decía que San Pedro había organizado un banquete con música de arpas y nubes de algodón dulce, pero había una regla estricta: solo estaban invitados los animales que tuvieran alas.Claro que las aves estaban felices Todas inmediatamente se pusieron sus mejores plumajes. Las guacamayas se pintaron de rojo y azul, los tucanes pulieron sus picos y sus plumas multicolores y las águilas ensayaron su vuelo más elegante con sus grandes alas.. Abajo, en la tierra, los animales sin alas miraban con envidia y veían como todas las que volaban se preparaban para ir a la fiestaPero había un animal que no tenía alas pero que no se resignaba: el Sapo. El Sapo, que era bocón, y simpático era ademas muy terco, Así que le dijo a sus amigos: —No se preocupen, yo también voy a ir a esa fiesta. ¡No me perdería esa rumba por nada del mundo! Cuando los animales terrestres oyeron esto soltaron la carcajada carcajadas. —¿Tú? ¿Un sapo gordo y pesado que ni siquiera puede correr rápido? Vas a ir a la fiesta al que están invitados solo las aves. ¡No seas iluso! —le decían.Pero el Sapo que era muy testarudo no no les hizo caso. El sapo además sabía que Don Gallinazo (el buitre), que era el mejor guitarrista de la región, estaba invitado para tocar en la fiesta. Así que salto a salto el El Sapo fue sigilosamente hasta la casa de Don Gallinazo y cuando llego allí vio que este había dejado su guitarra descansando en el suelo mientras se arreglaba las plumas.Allí el sapo vio la oportunidad. Sin hacer ruido, el Sapo dio un salto y... ¡Zas!, se metió dentro de la guitarra por el agujero de la caja de resonancia. Se quedó muy quieto, aguantando la respiración y sin hacer ningun ruido.Al rato, salió Don Gallinazo, se colgó la guitarra al hombro y alzó el vuelo hacia las nubes. —¡Qué pesada está esta guitarra hoy! —se quejó el Gallinazo a mitad de camino—. Debe ser la humedad. Y siguió volando sin saber que tenía un sapo en la guitarra.Cuando llegaron al cielo, Don Gallinazo dejó la guitarra en un rincón y se fue a buscar un refresco ya que el vuelo le había dado mucha sed. Cuando el Gallinazo se había marchado . El Sapo aprovechó, salió de la guitarra y se mezcló entre los invitados como si hubiera sido invitado.¡Qué sorpresa se llevaron las aves! Veían al Sapo bailando salsa, contando chistes y comiendo moscas celestiales que sabían a miel. Algunas de las avies discretamente se fueron acercando y le decían asombrados—¿Cómo subiste hasta aquí, Sapo?—¡Ah! —decía él haciéndose el misterioso—. Es que yo tengo mis secretos mágicos Así que ya que estaba allí El Sapo comió, bebió y bailó hasta que el sol empezó a esconderse. Lo único que Sabía el Sapo era que tenía que volver a la guitarra de el Gallinazo antes de que este regresara así que eso hizo, salto y salto hasta que llego y al guitarra y se metió de nuevo en la guitarra de Don Gallinazo.Terminada la fiesta, el Gallinazo regreso a donde había dejado la guitarra, se colgó el instrumento y emprendió el vuelo de regreso a la tierra. Pero esta vez, el Sapo, que había comido y bebido demasiado, estaba feliz y un poco mareado. Sin darse cuenta, empezó a tararear una canción dentro de la guitarra: —¡Qué buena fiesta, croac, croac! ¡Qué bien comí, croac, croac!El Gallinazo escuchó el ruido. Extrañado, miró dentro del agujero de la guitarra y vio los ojos saltones del

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en los tiempos en que el océano era un manto infinito que cubría casi todo el mundo, un ser llamado Māui-tikitiki-a-Taranga. Este Maui No era un dios completo, ni un simple mortal; era un embaucador, un héroe de ingenio afilado y manos rápidas, despreciado por sus hermanos mayores, quienes solo veían en él a un pequeño alborotador.Pero Māui guardaba un secreto: poseía el Muri-ranga-whenua, un anzuelo tallado no en madera ni en piedra, sino en la mandíbula sagrada de su abuela ancestral. El hueso brillaba con una luz pálida y pulsaba con una magia antigua, capaz de atrapar más que simples peces.Una noche sin luna, los hermanos de Māui prepararon su gran canoa (waka) sigilosamente. Querían dejar atrás al "pequeño molesto". Pero Māui, usando su habilidad para cambiar de forma, se encogió y se ocultó en las tablas del suelo de la canoa, bajo las redes húmedas y el olor a salitre.Cuando la canoa estuvo tan lejos que la costa era solo una línea borrosa, Māui emergió. Sus hermanos, furiosos, intentaron dar la vuelta, pero Māui se irguió en la proa. Con un gesto de su mano y un encantamiento susurrado, estiró el horizonte. El mar se expandió mágicamente frente a ellos, haciendo que la costa desapareciera para siempre. Estaban atrapados en el Gran Océano de Kiwa.—Naveguen hasta que el agua se vuelva negra y fría —ordenó Māui—. Allí es donde duermen los verdaderos monstruos.Llegaron al corazón del océano, donde las olas no tenían espuma y el silencio era absoluto. Los hermanos lanzaron sus líneas y pescaron atunes gordos y tiburones, riendo satisfechos.—Eso es comida para niños —se burló Māui.Sacó su anzuelo ancestral, intrincadamente tallado y adornado con nácar y pelo de perro. Pero no tenía cebo. Sus hermanos, egoístas, le negaron un trozo de sus capturas. Sin dudarlo, Māui cerró el puño y se golpeó la nariz con fuerza. Una gota de su propia sangre divina, espesa y carmesí, cayó sobre el hueso de su abuela. El anzuelo siseó al contacto, hambriento.Māui lanzó la línea. El anzuelo no solo se hundió; atravesó el agua, descendió a las profundidades abisales, pasó las corrientes frías y se enganchó en los cimientos mismos del mundo sumergido.De repente, la línea se tensó como una cuerda de acero. La gran canoa crujió y la proa se hundió violentamente en el agua.—¡Corta la línea, nos hundiremos! —gritaron los hermanos, aterrorizados.Pero Māui comenzó a entonar un haka poderoso, un canto de fuerza y voluntad. Sus músculos se hincharon, su piel brillaba con sudor y magia. No estaba peleando contra un pez; estaba luchando contra el dios del mar, Tangaroa.El océano comenzó a hervir. Burbujas gigantescas de gas y vapor estallaron en la superficie. Con un rugido que hizo temblar el cielo, la captura emergió.No era una ballena. Era una casa de piedra y tierra. Era un gigante.El agua se escurrió en cascadas torrenciales revelando montañas verdes, acantilados de roca negra y valles profundos. Māui había pescado Te Ika-a-Māui (El Gran Pez de Māui), lo que hoy conocemos como la Isla Norte. La canoa quedó varada en la cima de lo que hoy es el Monte Hikurangi.Māui, exhausto pero victorioso, miró su creación. Era una tierra plana y suave, lista para ser habitada. —Quedaos aquí —advirtió a sus hermanos con voz de trueno—. Voy a agradecer a los dioses y a purificar esta tierra. No toquéis al Pez hasta que yo vuelva, o la magia se volverá inestable.Pero tan pronto como la silueta de Māui desapareció, la codicia consumió a los hermanos. —¡Esta parte e

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en el medioevo un conde llamado Ludwid que para el horror de su hijo Judwid Jr había muerto en medio de fiebres delirantes y gritos de espanto. . El hijo crecio y recordaba a su padre en aquellos últimos momentos y deseaba entender que había pasado con su padre. Ludwig Jr vivía en su condado y al igual que su padre había conservado su fortuna a partir de maltrato a sus súbditos y a la utilización de su poder para imponerse sobre todos en todas las situaciones. atormentado por la curiosidad más que por la piedad, hizo una promesa solemne ante su corte de aduladores:"Aquel que tenga el valor de rasgar el velo de la muerte y traerme la verdad sobre el destino del alma de mi padre, será recompensado con una mansión y tierras propias. No quiero consuelos de clérigos, quiero la verdad." Y solo yo se como confirmar que es verdadLa proclama viajó de taberna en taberna hasta llegar a los oídos de un caballero caído en desgracia. Su armadura estaba oxidada y su capa raída, pero su mente era una biblioteca de sombras. Versado en las artes prohibidas de la nigromancia, este hombre, cuyo nombre la historia ha decidido olvidar para proteger su descanso, vio en el desafío su última oportunidad para salir de la miseria.Una noche sin luna, el caballero trazó los círculos de protección con sal y mercurio en las ruinas de una capilla abandonada. Entonó palabras que hacían sangrar las encías y, tras un estruendo que olió a azufre y carne quemada, una entidad se materializó. No era una sombra deforme, sino un espíritu de maldad antigua, elegante y aterrador.El caballero, temblando pero firme, exigió saber el paradero del Conde Ludwig. El demonio, atado por las leyes inmutables del conjuro, hizo un juramento estremecedor: —Por el Nombre Innombrable del Supremo y por el Juicio Final que a todos nos aguarda, te llevaré al sitio, verás lo que debes ver, y te regresaré a este plano mortal con el aliento aún en tu pecho.El mundo se disolvió. El caballero sintió cómo la realidad se rasgaba y, de pronto, caminaba por senderos de ceniza caliente bajo un cielo de color púrpura enfermo. Vio ciudades de hierro incandescente y ríos de plomo derretido donde las almas se retorcían como gusanos en el fuego. Los gritos no eran humanos; eran la música de la desesperación eterna.Su guía, inmutable ante el horror, lo condujo a través de nueve círculos de agonía hasta llegar a un pozo que parecía no tener fondo. Allí, sentado sobre una losa de piedra negra que sellaba el agujero, aguardaba un diablo colosal, cuya piel escamosa brillaba con el sudor del inframundo.—Abre la boca del abismo —ordenó el guía—. Toca la llamada.El guardián levantó la tapa ardiente. Una columna de calor, tan intensa que secó las lágrimas de los ojos del caballero al instante, brotó del agujero. El diablo tomó una trompeta de bronce, larga y retorcida como el cuerno de una bestia primordial, e introdujo la boquilla en la oscuridad.Cuando sopló, el sonido no fue un viento, sino un terremoto. El caballero sintió que sus huesos vibraban y que el universo entero se estremecía ante aquel lamento metálico.Del agujero, como un volcán en erupción, el abismo escupió una llamarada de azufre azulado. Y en el centro de las chispas, flotando en agonía, apareció el viejo Conde Ludwig. No era más que una silueta de dolor, con los ojos convertidos en carbones encendidos.El caballero, armándose de un valor que no sabía que tenía, gritó sobre el estruendo: —¡Tu hijo me envía! ¡Quiere saber de tu estado y si existe alguna forma de aliviar tu condena!La voz del espectro sonó como madera rompiéndose: —¡Mi estado

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un mundo que apenas se formaba y en esos tiempos el vino no era más que zumo de uva fermentado: una bebida sosa, que alegraba el corazón pero no agitaba el alma. El Diablo, observando desde su trono, sentía que a aquella bebida le faltaba "carácter" que le faltaba un poco que la hiciera más interesante a los pobladores de la tierra. Quería crear un licor que pudiera sacar lo mejor y lo peor de los hombres, una trampa deliciosa servida en copa de cristal.Así que un otoño, disfrazado de viñador, el Diablo bajó a la tierra. Eligió la vid más frondosa y comenzó a preparar su barrica maestra. Pero sabía que las uvas por sí solas no bastarían; necesitaba esencias vivas, almas animales que transformaran el mosto en magia.Mientras el Diablo pisaba las uvas, notó que un zorro lo observaba desde el borde mismo del bosque. El animal, de pelaje rojizo y movimientos sigilosos, esperaba el momento exacto para robar un racimo sin ser visto. Era la imagen viva de la picardía y la inteligencia oportunista.—Tú serás el inicio —susurró el Diablo.Con un chasquido de dedos, atrapó al zorro. Tomó su sangre, caliente y vibrante, y la vertió lentamente sobre el mosto fresco. "Quien beba la primera medida de este vino," sentenció el Diablo removiendo la mezcla, "heredará el espíritu del zorro. Su voz se volverá melosa y persuasiva. Se convertirá en el rey de la fiesta, soltará piropos con gracia, cerrará tratos con mentiras dulces y mirará a los demás con ojos brillantes y astutos. Será un encantador de serpientes." Y todo con el sorbo de este liquido.Mientras seguía maserando las uvas en aquel liquido ya mezclado con otro ingrediente sucedió que El olor de la sangre atrajo a una bestia mayor. De la espesura surgió un lobo gris, con el lomo erizado y los colmillos al aire. No venía a robar, venía a conquistar. Era la encarnación de la valentía ciega y la agresión territorial. Era el lobo en toda su majestad El Diablo sonrió, mostrando sus propios dientes afilados. —Tú serás el nudo de la historia —dijo.Sometió a la bestia y dejó caer su sangre espesa y oscura en la barrica, que comenzó a hervir con violencia. "Quien persista y siga bebiendo," conjuró el Diablo, "olvidará al zorro y despertará al lobo. Ya no usará palabras bonitas, sino gritos. Se sentirá el más valiente del mundo, buscará pelea por una mirada mal entendida, golpeará la mesa y desafiará a amigos y enemigos por igual. El vino le dará el valor que la sobriedad le niega." Y con esto el hombre sentira la fuerza de el lobo empujando cada una de sus accionesY siguio dándole vueltas a aquel caldo que pronto se convertiría en vino. La mezcla ya era potente, pero faltaba el desenlace. Fue entonces cuando un cerdo enorme, que se había escapado de una granja cercana, llegó trotando. El animal no tenía la elegancia del zorro ni la fuerza del lobo; simplemente tenía hambre y pereza. Se acercó a la barrica y, sin importarle la presencia del Diablo, comenzó a retozar en el barro, gruñendo de placer en su propia suciedad.—Y tú... tú serás el final —rio el Diablo con una carcajada que heló el viento.Añadió la sangre del cerdo, grasa y pesada, al brebaje final. El líquido se calmó de golpe. "Quien no sepa detenerse y beba hasta el fondo," proclamó, "se convertirá en esto. El lobo huirá y dejará paso al cerdo. El hombre perderá el equilibrio y la dignidad. Balbuceará incoherencias, se manchará la ropa, caerá al suelo y, finalmente, dormirá feliz revolcándose en el barro o en su propia miseria, sin importarle quién lo mire."Ese será el legado d

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre que vivía en una choza humilde y rodeado de una pobreza tal que hasta las ratas habían huido por falta de migajas. Este hombre, desesperado tras el nacimiento de su hijo, salió a los caminos buscando un padrino. Toco todas las puertas del pueblo suplicando por una alma caritativa que lo representara en el bautizo de su hijo recién nacido, pero tras ser rechazado por los ricos y los santos, se topó con la Muerte. Ella, viendo la sinceridad en la miseria del hombre, aceptó el honor y le dijo que ella se encargaría de todo lo necesario para celebrar el bautizo de su hijo.El banquete de bautizo fue un evento singular. No hubo manjares finos, pero sí corrió el vino en abundancia. La Muerte, esa figura habitualmente pálida y severa, se mostró esa noche extrañamente jovial. Bebió copa tras copa, sus mejillas cadavéricas se tiñeron de un rubor inusual y sus carcajadas resonaron haciendo temblar las vigas de madera podrida.Ya entrada la madrugada, con la lengua suelta por el alcohol y sintiéndose generosa, la Muerte abrazó a su compadre y le susurró un regalo divino y terrible a la vez:—Compadre —dijo con voz pastosa pero firme—, por el ahijado que hoy me das, te haré el hombre más poderoso de la tierra. Te otorgo el don de curar lo incurable. No necesitarás hierbas, ni sanguijuelas, ni pócimas. Bastará con que poses tu mano sobre el enfermo o te plantes, firme como un roble, junto a su cabecera. Al instante, la fiebre huirá y la vida volverá a sus ojos. Ese será mi regalo como compadre. El hombre lloró de gratitud, pero la Muerte levantó un dedo huesudo para imponer silencio.—Pero escucha bien, compadre, pues todo don tiene su precio. Tú serás el médico eterno, sí, pero tu propia vida estará atada a una sola palabra. Jamás, bajo ninguna circunstancia, podrás pronunciar el cierre de las oraciones ya que esa palabra va contra lo más fundamental de mis principios. El día que digas “¡Amén!”, ese día se acabará tu suerte y vendrás conmigo.El hombre aceptó sin dudar. ¿Qué importaba una palabra si a cambio tendría el mundo?Los años pasaron y la profecía se cumplió. El antiguo mendigo se convirtió en una leyenda. Reyes y emperadores viajaban leguas solo para ser tocados por su mano. Construyó palacios, vistió sedas y el oro se acumulaba en sus bodegas como si fuera grano. Se volvió un hombre de ciencia, arrogante y seguro, y con el tiempo, dejó de ir a la iglesia, no por falta de fe, sino por un terror supersticioso a que la palabra prohibida se le escapara en un susurro.Un día, embriagado por su propia grandeza o quizás movido por la curiosidad de ver a su vieja protectora, decidió emprender un viaje para visitar a la Muerte.El camino era largo y serpenteaba por bosques antiguos. Fue allí, en un recodo del sendero cubierto de neblina, donde encontró a un niño sentado sobre una piedra musgosa. El pequeño lloraba con un desconsuelo que partía el alma, frotándose los ojos enrojecidos con los puños sucios.El gran médico detuvo su carruaje y descendió, envuelto en su capa de terciopelo. —¿Qué te aflige, muchacho? —preguntó con tono paternal y condescendiente.—¡Ay, señor! —gimió el niño, temblando—. No me atrevo a volver a casa. Mi padre es un hombre severo y me ha molido a golpes.—¿Y cuál es la causa de tal castigo?—Es que soy torpe, señor... Me ha mandado rezar, pero siempre olvido el final. No recuerdo las últimas palabras de la oración y él me pega cada vez que me callo.El médico soltó una risa breve. La ignorancia ajena siempre le resultaba divertida. —¿Solo eso? —dijo—. A ver, dime, ¿qué palabra es la que se te escapa? ¿Acaso es “Padr

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en la ciudad de Efeso un emperador llamado Decio. Decio era el gobernante absoluto alrededor del año 250 d.C., y la gloriosa ciudad de Éfeso brillaba bajo el sol, pero vivía bajo una sombra terrible de un emperador caprichoso. Decio había producido un decreto de sangre: Este decreto decía que todos debían inclinarse ante los ídolos de piedra del imperio o enfrentar la muerte.Por aquellas épocas había Siete jóvenes nobles —Maximiliano, Malco, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapión y Constantino— que siguiendo las normas de una excelente educación moral se negaron a renunciar a su fe secreta. Los siete Eran amigos inseparables, unidos por una creencia su fe cristiana que el imperio consideraba por aquella épocas simplemente traición. Cuando los guardias del emperador comenzaron a cazarlos, los siete repartieron sus riquezas entre los pobres y huyeron hacia las montañas escarpadas que rodeaban la ciudad.Frente a su pueblo estaba el Monte Celion, llegado el momento se dedicaron a exploralo, buscando refugio en una cueva profunda y fría, oculta por la maleza. Exhaustos por el miedo y la huida, se sentaron a orar, esperando que la noche los ocultara. De pronto allí en el medio de aquella cueva oscura Sus párpados se volvieron pesados, no por el cansancio común, sino por una fuerza invisible y suave que descendió sobre ellos. Uno a uno, cayeron en un sueño profundo y sin sueños.Furioso por no encontrarlos, el emperador Decio ordenó a sus soldados que buscaran en cada rincón del monte. Cuando hallaron la cueva, decidieron no entrar. "Si quieren esconderse allí", dijo el emperador con crueldad, "allí se quedarán para siempre".Ordenó sellar la entrada con enormes rocas, convirtiendo la cueva en una tumba sellada herméticamente. Lo que el emperador no sabía era que, dentro, la muerte no había reclamado a los jóvenes. Un ángel (o según otras tradiciones, una fuerza divina) vigilaba su reposo.Afuera, el mundo cambió. Las estaciones pasaron vertiginosamente, convirtiéndose en años, y los años en décadas. Los imperios cayeron y otros nuevos se alzaron. El latín cambió, las vestimentas cambiaron, y la fe por la que los jóvenes habían huido pasó de ser perseguida a ser la religión del imperio.El sol y la lluvia erosionaron las rocas que sellaban la cueva. La vegetación creció y murió cientos de veces. Y dentro, los siete durmientes apenas respiraban, suspendidos en una burbuja de tiempo donde la carne no envejecía y la ropa no se desgastaba.Pasaron casi 200 años (algunas versiones dicen 300).Un día, durante el reinado del emperador Teodosio II, un pastor buscaba piedras para construir un establo y retiró las rocas que bloqueaban la entrada de la cueva. La luz del sol entró, rompiendo el hechizo.Los siete jóvenes despertaron. Se estiraron, creyendo que solo habían dormido una noche. Sentían hambre. —Malco —dijeron—, baja a la ciudad con cautela y compra pan. Ten cuidado de que los soldados de Decio no te vean.Malco tomó unas monedas de plata y bajó la montaña. Al llegar a las puertas de Éfeso, se detuvo en seco. Sobre la entrada de la ciudad, vio una cruz tallada en piedra. "¿Es esto una trampa de Decio?", pensó confundido.Caminó por las calles y vio templos transformados. La gente vestía extraño. Nadie susurraba con miedo. Finalmente, llegó a una panadería y ofreció su moneda.El panadero miró la moneda, luego miró a Malco, y susurró a sus compañeros: —Este joven ha encontrado un tesoro antiguo. Miren, esta moneda es del tiempo del emperador Decio, ¡hace siglos que no se acuña!Malco fue llevado ante el obispo y el gobernador

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja que estaba en una cueva junto a un buey y un burrito. Pero Jose y Maria eran felices. Presentian que aquel día 24 de diciembre era el día esperado. Sabian que los ángeles, los arcángeles y todos los coros celestiales se preparaban para cantarle al mundo la gran noticia. Eran las 12 de la noche , cuando el mundo estaba en silencio, sucedió el milagro. Sin castillos, sin sedas y sin coronas de oro, nació el Niño Jesús.El primer llanto Fue un sonido suave, como el de un pajarito. María lo tomó en sus brazos, lo abrazó muy fuerte y lo envolvió en unas telas blancas y limpias que tenía preparados. A su lado José no podía dejar de sonreír. Se acercó a María y al bebé, y con mucho cuidado, le dio un besito en la frente al Niño Jesús. ¡Ya era papá! Y era el papa del más grande ser que había nacido sobre la tierra. Por su parte el buey y el burrito Ellos fueron los primeros en ver al Rey del Mundo. Y Como no había calefacción, los dos animales se acercaron mucho al pesebre y soltaron su aliento calientito. Era como si le estuvieran diciendo: "Bienvenido, pequeño, aquí te vamos a cuidar".María acostó a Jesús sobre la paja suavecita del pesebre. ¡Ese cajón de madera se convirtió en la cama más importante de la historia! Un rey de amor y esperanza pasaría allí su primer día. Y ¡En ese momento el cielo "explotó" de alegría!Los Ángeles Ya no estaban de puntitas, ahora estaban volando por todos lados cantando: "¡Gloria a Dios en el cielo y paz a la gente en la tierra!".En el cielo algo empezó a llamar la atención de todos. La estrella que había estado creciendo en los días pasados ahora era una Gran Estrella: La estrella de Belén brilló tanto, pero tanto, que parecía que era de día. ¡Estaba avisando a todo el mundo que la Luz ya había llegado! Y era tal su tamaño que a miles de kilómetros de allí un grupo de 3 sabios vieron aquella luz y comprendieron que algo maravilloso estaba pasando y empezaron a caminar hacia donde esta estrella apuntaba porque sabían que debien estar allí. Cerca de allí los pastores que estaban regresando a belen acompañando a sus ovejas vieron que ahora si la estrella marcaba un lugar exacto a las afueras de Belen. Juntos escucharon y vieron a los ángeles dar vueltas sobre una pequeña cueva y comprendieron que el rey de reyes debía estar allí. , unos pastores estaban asustados porque vieron a los ángeles. Pero un ángel les dijo: "¡No tengan miedo! Vayan al establo, que allí ha nacido el Salvador".· Los pastores corrieron al establo. No tenían tesoros que darle , así que le llevaron lo que tenían: un poquito de leche, una mantita de lana de sus ovejas y, sobre todo, mucho amor. Se arrodillaron frente al pesebre y le dieron las gracias a Dios.Pero lo mejor estaría por venir. Aquel bebe traía el mensaje de amor que el mundo necesitaría en el futuro y después de su nacimiento millones de personas encontrarían la paz interior que el les prometía. Maria y Jose vivieron para criar aquel niño que nació un 24 de diciembre a las 12 de la noche pero su legado como padres ha llevado a que se les recuerde como los padres más importantes de la historia. Y el Bebe Jesus viviría muchas aventuras, pero eso es otra historia.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja llamada Jose y Maria. Ambos habían viajado a Belen mientras esperaban el nacimiento del niño Dios. Este día era muy especial ya que estaban en una pequeña cueva rodeados por un burrito y un buey y empezaban a sentir que la naturaleza misma era conciente de que algo fantástico iba a pasar. En el cielo pese a que era de día había algo inusual. Una estrella había crecido y crecido hasta hacerse más brillante que el sol mismo. Era como si Dios estuviera diciendo. Miren algo maravilloso va a pasar en este lugar. Los pastores lo han visto y están caminando hacia el lugar donde se ha posado la estrella. En el cielo los ángeles están afinando sus arpas y practicando sus canciones de bienvenida al hijo de dios convertido en ser humano. Entre las nubes el sol anunciaba con sus rayos que aquel seria un momento inolvidable. En la pequeña cueva Jose que es carpintero dedica su tiempo a arreglar la cuna de manera que no haya ninguna astilla de madera que pueda molestar a nuevo bebe. Y Maria se dedica a cantarle esperando el momento del nacimiento. Junto a la cuna ya todo esta listo. El buey y el burrito que tanto los ha acompañado están a la expectativa y simplemente hacen un circulo de calor alrededor de ellos. Todo es paz y tranquilidad en aquel hogar improvisado, pero el amor de Dios se percibe constantemente. En belen la vida sigue normal sin que nadie se diera cuenta de lo que sucedia a pocos pasos de la puerta principal del pueblo. Pero el mundo estaba listo para recibir el rey de la paz y la bondad y un grupo de pastores están ya cerca de aquel lugar y simplemente prenden una fogata para esperar el siguiente día. Pero el el momento de la gran espera esta ya aquí.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja llamada Jose y Maria, ellos habían sido escogidos para ser los padres terrestres del Nino Dios y después de 9 meses habían viajado a Belen para el Censo ordenado por el emperador. Allí en aquel pequeño pueblo todos los hospedajes estaban llenos y gracias a un alma caritativa encontraron un cueva a las afueras del pueblo donde pasar la noche. La cueva tenía un buey y junto a su burrito entraron para hacerle compañía a aquel animal. La noche era fría. Jose pues entro con maría a aquel lugar que tenía paja y con las ramas de una palmera cercana decidio limpiar aquel lugar para prepararlo para el posible nacimiento de su hijo. Sacudio cuidadosamente el polvo y acomodo la paja seca para que se convirtiera en una cama suave para su esposa Maria. Luego encendio una pequeña lampara de aceite que había llevado y ambos se durmieron. El buey que allí habitaba les pemitio compartir el calor que su cuerpo producia y junto al burrito les calentaban el aire con su aliento y luego rodearon a la pareja para que así pudieran dormir comodos. Esa noche habían cenado lo poco que llevaban. Un pedazo de pan, aceitunas y un poco de vino que llevaban en su viaje. Esto realmente no era mucho, pero para ellos era un banquete real porque se sentían a salvo y juntos. Pensaban que el niño que estaba a punto de nacer estaría confortable en el momento de su llegada. A la mañana siguiente jose vio que en la cueva había un cajon de madera que era utilizado para que el buey comiera su pasto. Este era del tamaño de una cuna por lo que jose que era un hábil carpintero lo arreglo un poco y luego con el pasto seco creo un ambiente confortable para que el niño pudiera dormir cuando haya nacido. Luego le puso una pequeña manta encima y se lo mostro a maría diciendo. Mira, Maria, aquí podrá dormir nuestro hijo. En ese momento Dios en el cielo sonrio al ver que su hijo que se había convertido en otro ser humano tendría un lugar humilde pero cómodo donde pasar los primeros días. En la zona había muchos pastores ya que las montanas ofrecían un sitio excelente para que las ovejas pudieran pastar. Allí algunos de ellos empezaron a sentir un llamado especial de la naturaleza y las ovejas comenzaron a caminar hacia Belen. Los pastores no sabían que sucedia pero si sentían que algo especial estaba a punto de suceder. La noche anterior les había llamado la atención la estrella que crecia en brillo y en su interior sentían una paz que hacia mucho tiempo no tenían Por esa razón decidieron seguir a sus ovejas hacia belen.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja que después de 3 dias de camino por el desierto ya se acercaban a su destino final Maria y jose veían como El sol se estaba ocultando y el cielo se volvía de color naranja y morado. A lo lejos, en la colina, se veían las casitas de piedra de Belén. María, sentada sobre el burrito, respiró profundo y dijo: "José, ya casi nace el bebé, siento que su corazón late muy fuerte". José, aunque estaba cansadísimo y con los pies llenos de polvo, apretó el paso para llegar antes de que oscureciera del todo.Al entrar a Belén, todo era un caos debido el ruido de muchas personas hablando al mismo tiempo, gallinas corriendo, carretas de madera chirriando y mercaderes vendiendo fruta s.Había tantas personas que José tenía que ir abriendo paso con sus manos diciendo: "¡Permiso, por favor, mi esposa necesita descansar!". Pero la gente estaba tan ocupada en sus cosas que casi ni los miraban.José tocó la puerta de la Posada Principal. El posadero salió con una vela en la mano y, antes de que José terminara de hablar, le dijo: "¡Imposible! Aquí ya duermen tres personas por cama, no cabe ni un ratón". ¡Pum!, cerró la puerta.José intentó en casas de amigos lejanos y en otros refugios. En todas partes escuchaba lo mismo: "No hay lugar". José miraba a María y se le aguaban un poquito los ojos porque quería que ella estuviera cómoda. Pero María le tomó la mano y le recordó que Dios nunca los dejaría solos.Finalmente, un hombre amable los vio tan agotados que sintió ternura. Les dijo: "Miren, mi posada está repleta, pero al fondo, detrás de la casa, hay una cueva que uso de establo. No es muy elegante, pero tiene techo, hay paja limpia para dormir ". Allí pueden pasar la noche, es un lugar muy humilde pero podrán descansar sin que nadie los moleste. José y María caminaron hacia allá. Al entrar, el olor no era a perfume, sino a pasto seco y a campo. Dentro de aquella cueva había un buey que dormía tranquilamente, Jose entro a aquel lugar y con mucho cuidado ayudo a maría a descender del burrito que los había traído desde NaZaret. El buey los miraba con curiosidad pero reconociendo en ellos seres especiales los dejo que se acurrucaran junto a el para así ofrecerles un poco de su calor. El burrito se acosto en la entrade del la cueva para así proteger a Mar y su preciado bebe que estaría próximo a nacer. .¿Sabes qué hizo María apenas llegó? En lugar de quejarse porque el lugar era sencillo, empezó a acomodar la paja para hacer una cunita. Ella convirtió ese lugar oscuro y frío en un hogar lleno de luz.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una pareja llamada Jose y Maria Y como veíamos ayer había emprendido un difícil viaje desde Nazaret hasta Belen. Ya no estaban cerca de los riachuelos de su casa. Ahora estaban en el Desierto de Judea, Donde las montañas de arena y piedra parecen gigantes dormidos y donde la falta de agua hace más difícil pasar por allí. No había sombra. El sol brillaba tanto que José y maría tenían que ponerse su manto sobre la cabeza para no quemarse con aquel Sol.El viento Soplaba fuerte y les llenaba la ropa y el pelo de arena fina. Era un trayecto difícil, pero la esperanza siempre estaba acompanandolos peso a las dificultades del camino.En el día 5, José cuidaba la cantimplora de cuero como si fuera un tesoro. Cada sorbito de agua era para María. José, aunque tenía mucha sed, prefería que ella y el bebé estuvieran hidratados.María, al ver a José tan cansado, le compartía de su pan y le decía palabras bonitas para que él no se rindiera. ¡Se daban ánimos el uno al otro!En este día, el burrito ya estaba cansado. Sus patitas subían y bajaban por las piedras del camino. María le acariciaba las orejas y le susurraba: "Gracias, amiguito, ya casi llegamos". Pero el burrito sabía que llevaba una carga muy especial y caminaba con mucho cuidado para no tropezarse y que María no se cayera.Cuando llegó la noche del día 5, José buscó una cueva pequeña entre las rocas para protegerse del viento frío de la noche.Comieron dátiles (unas frutas muy dulces del desierto), pan seco y un poquito de queso.Todo estaba en silencio absoluto. Solo se escuchaba el fuego de la pequeña fogata y el sonido de los grillos. María miraba las estrellas y sentía que una de ellas brillaba más que las demás... ¡como si las estrellas también estuvieran emocionadas por el nacimiento de Jesús!Ellos no tenían miedo. Aunque estaban en medio de la nada, sentían en su corazón una paz increíble. Sabían que Dios era su guía. José revisaba las sandalias de María para ver si estaban bien y preparaba el camino para el día siguiente. Y así sabiendo que estarían a un día de camino de Belen y que Dios los acompañaba se prepararon para dormir

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comMaria y Jose habían aceptado que ellos serian los que tendrían el honor de ser los padres de el hijo de dios y todo y solo esperaban que pasaran los 9 meses para el nacimiento de aquel esperado bebe. Imagínense que María estaba tranquila en su casa, con la barriguita ya súper grande (9 meses), lista para que naciera el bebé. Ya tendría la ropita doblada y la cuna lista. Pero de repente... ¡Llegó una noticia malísima!El Emperador de Roma (que era como el "Presidente del Mundo" en esa época) se levantó un día y dijo: —"Quiero contar a todas las personas que viven en mi reino. ¡Que todo el mundo vaya a su ciudad de origen para anotarse en una lista!" se desarrollaría un conteo general de las personas de cada una de las poblaciones (A esto le llamaban "Censo").El problema era que José no era de Nazaret, él era de un pueblito llamado Belén. Y Belén quedaba lejísimos especialmente si maría estaba a punto de tener un bebe. Hoy en día uno se monta en el carro o en un bus y llega en un ratico. Pero en esa época... ¡tocaba irse caminando o en burro!Imagínense el panorama: María a punto de tener bebé, las maletas, el frío... y tener que salir a caminar días y días por caminos de tierra y piedras. Cualquiera de nosotros hubiera dicho: "¡Ay no, qué pereza! Yo no voy, qué señor tan cansón ese emperador".Pero aquí pasa algo muy curioso. El Emperador creía que él mandaba y que todo el mundo le obedecía. Él se sentía el más poderoso. Pero en todo esto estaba la mano de Dios, El emperador no sabía que, al dar esa orden, estaba ayudando a cumplir el plan de Dios.¿Por qué? Porque los libros antiguos (las profecías) decían que el Salvador tenía que nacer en Belén. Así que, sin saberlo, ¡el emperador le estaba facilitando a Jesús para que naciera donde tenía que nacer! Dios sabe sacar cosas buenas hasta de los problemas.Debido a esta orden José y María armaron maletas. José, que era un esposo espectacular, preparó al burrito con mantas suaves para que María fuera lo más cómoda posible. Él iba caminando al lado, cuidándola de cada piedra del camino y el burrito sin saberlo iba llevando en su lomo a la madre el hijo enviado por Dios.La gente que los veía pasar por la carretera solo veía a una pareja humilde, cansada y llena de polvo. Nadie los saludaba con trompetas. Pero nosotros sabemos la verdad: Esa no era una pareja cualquiera. ¡Era una procesión! María era como una carroza de oro, porque llevaba adentro al Rey del Universo. Los ángeles iban acompañándolos invisibles, haciéndoles barra en el camino.Aunque el viaje fue duro, hacía frío y les dolían los pies, María y José no iban peleando ni renegando. Iban felices. ¿Por qué? Porque sabían que cada paso que daban los acercaba más al momento de verle la carita a Jesús. Llevaban a Dios con ellos, y cuando uno lleva a Dios, el camino se hace menos pesado.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comComo veníamos diciendo el Arcangel Gabriel le pidió a Maria si quería ser ella la madre de el hijo de Dios. Y después de que Maria dijo que si el Angel se fue a darle la buena noticia a Dios. E inmediatamente ella empezó a sentir que estaba en embarazo como toda mama Pero ojo, este no era un embarazo cualquiera Maria era la madre de un ser glorioso. Y así mientras llevaba su vida normal e iba caminando por el pueblo, saludando a la vecina, yendo por agua, barriendo la casa, ella sabía que su futuro hijo era el mayor regalo de Dios para los seres humanosElla era como un cofre del tesoro humano. Por fuera, se veía normal, pero por dentro llevaba la joya más valiosa del universo: al mismísimo Hijo de Dios.Y aquí es donde todos nos preguntamos come era posible que Dios mismo se hiciese tan pequeño que podía estar en la barriga de una mujer de Nazaret. Pero debemos recordar que para Dios nada es imposible y así el nacimiento de el hijo de Dios demoraría 9 meses. Ahora no podemos imaginar como se sentía María. El texto original de la novena dice que ella estaba "abrasada en caridad", que en para nosotros significa que tenía el corazón ardiendo de amor.Ella se tocaba la barriguita y pensaba: "¡Increíble! Aquí está mi Dios, pero también es mi hijo". Ella era la única que sabía la verdad. Cada latido del corazón de María era una canción de cuna para Jesús. Ella ya lo amaba con locura sin haberle visto la cara todavía.Y, ¿qué pensaba el Bebé Jesús allá adentro?. Su corazoncito de bebé ya estaba latiendo fuerte por nosotros. Él estaba contando los días. Decía: "Ya quiero salir, ya quiero verles la cara a mis amigos humanos para decirles cuánto los quiero y salvarlos de la tristeza".No tenía prisa por jugar o comer dulces; tenía prisa por abrazarnos y salvarnos. Estaba ansioso porque llegara el día de Navidad que es el día de su nacimiento y además sentía que su papel seria muy importante para el futuro de la humanidad ya que llevaría un mensaje de amor a todos aquellos que creyeran en el. Todo era amor en aquella casa donde vivía maría con su esposo Jose el carpintero. Y si bien eran pobres el saber que en el futuro tendrían un hijo bendecido por dios los hacia esperar con esperanza el próximo nacimiento del salvador.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un dios llamado Jesus que estaban Buscando casa Imagínense a Jesus mirando y mirando con mucho cuidado el mapa de la Tierra. La verdad es que era muy importante encontrar el lugar y más importante encontrar quien sería su mama terrestre. Unos angeles que se las daban de consejeros le decían…. Jesus selecciona una reina bien poderosa y allí va a vivir en un palacio. Otros le decían Jesus mire ese hombre tan rico, seleccione a la esposa de el y vera como a usted no le va a faltar nada. Otros le decían …. Nooo usted merece vivir en un lugar muy maravilloso llego de bellezas naturales… todo para que usted viva confortablemente. Pero Jesus, que es súper sencillo y humilde, dijo: "No, nada de lujos. Yo quiero una mamá que tenga el corazón bonito, no necesito que tenga mucho dinero con que sea una mujer buena es suficiente. . Quiero alguien que sepa amar de verdad".Y buscando y buscando, sus ojos se detuvieron en un pueblito chiquitico y polvoriento llamado Nazaret. La verdad es que este Nazaret era bien pequeño tan pequeño que Ni siquiera salía en los mapas importantes. Allí en aquel pueblo vio a una muchacha joven, sencilla, estaba rezando en un rinconcito de su casa. Esta mujer se llamaba María.Ella no era famosa, no tenía joyas, pero tenía el corazón más limpio y bueno de todo el planeta. Y Jesus le dijo a Papa Dios: "¡Es ella! Ella es la perfecta".Entonces, Dios mandó a su mensajero estrella, el arcangel Gabriel, a darle la noticia. El Arcangel Gabriel era como el más encantador de todos los ángeles, con su sonrisa amplia y su mirada buena cautivaba a todos los que lo conocían. Sin embargo, por muy pinta que fuera esta arcargel maría cuando lo vio se pego macho susto. Estaba tranquila en su casa y de repente... ¡Pum! Un ángel lleno de luz se le aparece.El Arcangel le dijo algo así: —¡Hola, María! Dios está súper feliz contigo. Eres su favorita. María abrió los ojos grandes, sin entender nada. Y el Ángel soltó la bomba: —Te cuento que Dios quiere venir al mundo para salvarnos a todos, y te escogió a ti para ser su mamá. Que te parece la ideas….Sera que aceptas y lo recibes convertido en un Bebe. Y Ojo a esto: Dios, aunque es el Jefe de todo, le pidió permiso. No la obligó. María pudo haber dicho: "Uy no, qué miedo, eso es mucha responsabilidad, yo mejor paso". Pero no ella, que confiaba en Dios a ojos cerrados, respiró hondo y dijo la frase más valiente de la historia: —Listo yo estoy para lo que sea. (Bueno la verdad ella dijo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", que en idioma de hoy es: "Yo confío en Dios, que Él haga conmigo lo que quiera, aquí estoy lista").En el mismísimo segundo en que María dijo "Sí", ocurrió el milagro. Y así Jesus el Dios, , se hizo chiquitico, microscópico, y empezó a vivir en la barriguita de María. Dejó de ser solo espíritu y empezó a tener manitos, piecitos y corazón de humano, igualito a como empezamos todos nosotros.Lo más extraordinario de todo eso es que Jesus ya no estaba lejos en el cielo. ¡Ya estaba aquí! Escondidito y creciendo en secreto, pero ya había llegado a nuestro mundo para ser parte de el

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez un cielo, todo era perfecto. Papá Dios y Jesús (que todavía no había nacido como bebé) estaban tranquilos, felices, pasándola súper bien acompañados siempre por el espirito santo que los rodeaba. .Alli en el cielo no hay peleas, ni llanto, ni hambre. Todo era alegría.Pero un día, PapaDios que era muy curiosos se asomó al balcón del cielo para ver cómo andábamos nosotros por aquí abajo en la Tierra. Y la verdad ni se imagina lo que vio. Todo era un completo desastre!Resulta que los humanos habíamos metido la pata hasta el fondo. Desde los tiempos de Adán y Eva, habíamos cortado la comunicación con Dios. Era como si se hubiera caído el Wi-Fi del cielo y nadie tenía señal para llamar a Dios. La gente andaba triste, peleando, siendo egoísta y sintiéndose muy sola.Lo peor de todo es que, por más que intentábamos portarnos bien un ratico, volvíamos a fallar.y eso nos hacia sentir peor.Todos los que estaban por allí en el cielo cuando miraban hacia abajo decían "¡Ah, no! ¡Qué muchachos tan desobedientes! Ahí verán cómo se las arreglan solos, dejemolos solos y que ellos vean que hacen".Pero Dios no era asi. Dios es el papá más buena gente del universo. Cuando nos vio así de mal, no le dio rabia, le dio tristeza. Se le arrugó el corazón. Él pensó: "No puedo dejar a mis hijos así. Si no hago algo, se van a perder para siempre y yo los quiero demasiado".Entonces, imagínate que Dios Padre miró a su Hijo Jesus y le dijo algo así: —Venga mijo le digo una cosa.Yo veo que las cosas por allá abajo en la tierra están como feas. Ellos si han intentado como arreglarlo pero por mucho que intentan como que no pueden. La verdad es que vamos a tener que enviar a alguien para que les de una manita. Pero tiene que ser alguien de la familia, porque debe ser de mucha confianza.Y Jesús, que es igualito de bueno al Padre, no lo pensó dos veces. Dijo: —Papá, tranquilo, no se preocupe más que yo soy el duro para arreglar todo. Yo voy solito y usted espéreme aquí sentadito y tranquilo Y Papa Dios lo dijo. Noo mijo usted tan querido. Pero le pido que no se vaya a ir convertido en un super héroe y con poderes y todo eso. Recuerde que ellos todavía no lo conocen y no puede ser que usted vaya y los asuste. No se preocupe dijo Jesus yo voy a ir convertido en un ser tierno y dulce. Voy a ir en plan Bebe…. Todos los humanos adoran los bebes, así que así me les voy a presentar.. Así, en vez de tenerme miedo, van a querer cargarme, cuidarme y abrazarme. Voy a hacerme uno de ellos, voy a vivir lo que ellos viven, a llorar lo que ellos lloran, y así les voy a enseñar el camino de vuelta a casa". Y . Jesús hizo las maletas (es un decir, ya que el no vino con maletas), dejó toda su comodidad y su gloria en el Cielo, y se vino a la Tierra de "incógnito". Se metió en la barriguita de la Virgen María para empezar la aventura más grande de la historia: nacer en un pesebre para salvarnos a todos.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comLa Leyenda de los Tres Cristos de MompoxHabia una vez en pueblo a las orillas del rio magdalena en Colombia un pueblo llamado Mompox. Corría el l el siglo XVI y Santa Cruz de Mompox se erige majestuosa como una pujante comunidad comercial donde los barcos que surcaban el rio tenían que parar a descansar o a entregar las mercancías que llevaban. siendo puerto obligado y centro de comercio y fe Mompox era visitado por todo tipo de personas. En una mañana La neblina del río y el calor húmedo envolvían la ciudad entera cuando los habitantes vieron llegar tres forasteros de aspecto enigmático.Los tres hombres, silenciosos y de miradas profundas, desembarcaron buscando alojamiento. Se dirigieron a la antigua Albarrada de los Ángeles como se conocía en aquel entonces aquel lugar y que hoy se conoce como la albarrada de los Turcos Los forasteros alquilaron una de las grandes bodegas de la zona cosa que no era extraño debido a que Mompox era utilizado como lugar de almacenamiento de mercancías. Lo que si llamó la atención de los lugareños no fue su ropa ni su acento, sino su equipaje: cada uno cargaba con esfuerzo una larga caja de madera, muy parecida a un ataúd. Luego visitaron Pagaron el importe de su renta y entraron en la bodega con sus extrañas cargas, cerraron las puertas y nunca más se les volvió a ver.Durante los primeros días, la gente del pueblo pasaba cerca del lugar y escuchaba los golpes del cincel y el martillo. Sin embargo, al cabo de unos días, los ruidos cesaron por completo. Un silencio absoluto se apoderó del taller y la bodega permanecía en un silencio sepulcral. No se veía entrar ni salir a nadie, y la quietud comenzó a inquietar a la comunidad. El sacerdote y las monjas notaron algo aún más inquietante: la comida que dejaban en la puerta permanecía intacta. Día tras día, los platos se acumulaban sin que nadie los tocara.El dueño del local, junto con los vecinos de la Albarrada, temiendo lo peor —que aquellos hombres hubiesen muerto por alguna enfermedad repentina o de hambre— decidieron intervenir.Armados de valor y herramientas, forzaron las cerraduras. Al abrir las puertas, la luz del sol iluminó el interior de la bodega, revelando una escena desconcertante: El lugar estaba vacío de personas. De los tres forasteros no había ni rastro, ni siquiera sus huellas en el polvo.habitación estaba vacía.· No había rastro de los tres hombres.· No había virutas de madera en el suelo.· No había herramientas.· La única salida era una ventana pequeña por donde era imposible que hubieran escapado tres personas.· Sin embargo, en el centro del recinto yacían, intactas, las tres cajas de madera. Con manos temblorosas, los vecinos procedieron a destapar las cajas. El asombro fue colectivo. Dentro de cada una no había cadáveres humanos, sino tallas divinas: tres Cristos de madera.La factura de las esculturas era tan perfecta, tan dolorosamente humana, que los presentes tuvieron que tocarlas para cerciorarse de que no eran de carne y hueso. La piel parecía sudar, las heridas sangrar y los músculos contraerse por el dolor de la pasión.El pueblo comprendió entonces que aquellos tres hombres no eran escultores humanos..Al revisar las cajas, encontraron papeles que indicaban el destino final de cada imagen:1. Mompox (Bolívar)2. San Benito Abad (Sucre)3. Zaragoza (Antioquia)Los frailes Agustinos Calzados, custodios de la fe en la zona, toma

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez un Viejo maestro que veía como tarde caía sobre Atenas y el sol teñía de naranja las columnas de piedra. Aquel filosofo con la barba blanca estaba plácidamente descansando sobre su túnica y tenía su mirada perdida en la contemplación de un único Olivo que tenía cerca.. Así pues el hombre disfrutaba de un momento de paz en el patio de su casa. El silencio, sin embargo, se rompió abruptamente.Un joven discípulo entró corriendo, levantando polvo con sus sandalias, con el rostro enrojecido por la agitación y los ojos desorbitados, su cara manifestaba una angustia enorme. Le faltaba el aliento, pero la urgencia de hablar le quemaba la garganta.—¡Maestro! ¡Maestro! —exclamó el joven, gesticulando con nerviosismo—.He venido corriendo desde la plaza de la ciudad porque ¡Tienes que saber esto! Un amigo tuyo ha estado hablando de ti en el ágora y lo que dijo fue terrible, lleno de malevolencia...El sabio miro detenidamente a su discípulo y con lentitud levantó una mano, un gesto suave pero firme que detuvo en seco al muchacho. Su rostro no mostraba enojo ni preocupación, solo una calma infinita.—¡Espera! —dijo el filósofo con voz profunda—. Antes de que viertas esas palabras en mi espíritu, necesito que hagamos algo importante. ¿Hiciste pasar lo que vas a contarme por los tres filtros virtuosos?El discípulo se detuvo, confundido. La adrenalina del chisme se disipó por un segundo, reemplazada por la extrañeza.—¿Las tres filtros virtuosos? —preguntó, frunciendo el ceño sin entender en absoluto a que se referia aquel venerable anciano—. No, maestro. No sé de qué me hablas.—Es un pequeño ejercicio que practico para mantener el alma limpia —explicó el sabio, invitando al joven a sentarse a su lado—. Antes de hablar sobre los demás, es prudente filtrar lo que vamos a decir. El primer filtro es la Verdad. Mírame a los ojos y dime: ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a contarme es cierto? ¿Fuiste testigo de ello? ¿Lo comprobaste por ti mismo? Estabas allí cuando esto sucedió?El joven bajó la cabeza, avergonzado al darse cuenta de su precipitación.—No... —murmuró—. En realidad, solo escuché a unos vecinos comentarlo mientras compraba pan. Se rumoreaba que...—Entiendo —lo interrumpió el maestro sin juzgarlo—. Entonces no sabes si es verdad o si es solo una invención nacida de la envidia o el malentendido. Suponiendo que es verdad, dime ahora si lo que quieres decirme haya pasado por el segundo filtro, que es la Bondad.El filósofo se inclinó levemente hacia adelante.—Eso que deseas decirme con tanto ímpetu, ¿es algo bueno para alguien? ¿Resalta alguna virtud de mi amigo o traerá alegría a esta casa?El discípulo tragó saliva, sintiéndose cada vez más pequeño.—No, maestro, en realidad no. Al contrario... Lo que dicen es insultante y desagradable. —¡Ah, vaya! —exclamó el sabio, arqueando una ceja—. Así que quieres contarme algo malo sobre un amigo, y ni siquiera estás seguro de que sea cierto.El silencio se hizo pesado entre ambos. El joven ya no tenía ganas de hablar, pero el maestro aún no había terminado.—Sin embargo —continuó el anciano sonriendo levemente—,ahora supongamos que fuera algo honorable y Bondadoso. Que como has dicho no lo el. Todavía podrías pasar la prueba si tu mensaje atraviesa el ultimo filtro : la Necesidad. Piensa bien: ¿Es verdaderamente necesario que yo sepa eso que tanto te inquieta? ¿Me servirá para prevenir un peligro? ¿Cambiará mi vida o la tuya para mejor si escucho esa historia?El joven reflexionó un instante. La urgencia que sentía al principio se había desvanecido por co

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en en lo que hoy es conocido como la sabana de Bogotá en Colombia, una tribu Muisca que comenzaba a asentarse y apenas comenzaban a subsistir a partir de las cosechas de maíz y papas. Sus sacerdotes oraban cotidianamente para que la gran laguna de Iguaque bajara de nivel para así poder tener más tierras aptas para cultivar. Como cazadores usaban sus cerbatanas para cazar algunos armadillos y dantas y como pescadores sacaban alimentos de los bagres y capitanes de los lagos.Sin embargo un dial llego a sus tierras un anciano de barba blanca y cabellera abundante que le llegaba hasta la cintura y vestía con una túnica larga que amarraba con un broche de oro. Su caminar era ágil pese a estar descalzo. Su rostro era bondadoso y justo que irradiaba confianza y paz. Los muiscas recibieron con amistad al hombre y poco a poco fue ganándose el cariño de todos en la tribu. El hombre se llamaba Bochica y poseía una sabiduría mayor y diferente a la sabiduría de los sabios de la tribu. Rápidamente se dedico a ensenarles sistemas de cultivo y cosecha as eficientes y como hilar, tejer y pintar mantas de algodón. Les enseño además a trabajar como hacer ollas de barro, vasijas y utensilios utilizando los modos de fabricación de un buen alfarero. Por ultimo les enseno los principios morales de convivencia y respetos y las normas básicas de gobierno de su población. Era pues Bochica un enviado de los dioses que les estaba transmitiendo los mejores códigos sociales que les permitiera vivir en mayor armonía. Pero Bochica era un ser errante y al igual que había llegado un día caminado otro día se fue de allí igualmente caminando. Pero antes de irse les recordó que las normas sociales que les había ensenado debían respetarse o si no los dioses se enojarían y vendrían casticos insospechados. Con Bochica ausente la vida continuo en el pueblo Muisca, pero pronto apareció una hermosa mujer de origen desconocido que irradiaba poder y seducción . Su nombre era Huitaca. Huitaca predicaba lo contrario a Bochica en vez de austeridad y trabajo duro, ella invitaba a la alegría y a los excesos. Solía decir que la vida debía aprovecharse en fiestas, borracheras y placeres carnales. Su rebeldía constrastaba con el mensaje de Bochica, pero el pueblo Muisca fue adoptando este nuevo mensaje abandonando los ejemplos de Bochica y viviendo en un mundo sin responsabilidad. Y sucedió lo que Bochica había advertido. El dios Chibchacun ofendido al ver que los indígenas ya no trabajaban la tierra y vivían en fiesta permanente decidio castigarlos ejemplarmente. Una madrugada se dejo caer un violento aguacero, Los Muisca inicialmente no prestaron mayor atención, pero la lluvia era continua y parecía que no fuera a menguar. Pasaban días y no parecida escampar pese a que los sacerdotes hacían plegarias al dios para que detuviera dicho torrente de agua. Los Riachuelos comenzaron a salirse de sus cauces y las quebradas ya llevaban troncos y piedras arrastrando todo cuanto encontraban a su paso. Los Muiscas vieron como el nivel del agua había cubierto toda la sabana y tuvieron que treparse primero en los techos de sus choza y luego en los arboles de los bosques cercano. Finalmente no tuvieron más recurso que trepar hasta las cimas de las montanas más cercanas. Desde allí pudieron observar como su planicie era ahora un lago enorme que se había devorado sus casas, cultivos y animales. Todo era desolación y ellos arrepentidos recordaron a Bochica y su advertencia y rezaron para que este regresara a salvarlos. Y sus plegarias fueron oídas. Una tarde dejo de llover y el sol de nuevo comenzó a salir en aquella

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un hombre de la tribu Micmac que vivía con su esposa. Ambos vivían muy aislados en una bahía de aquel inmenso Mar. Su existencia era solitaria, lejos del humo de otras aldeas, y marcada por una pobreza profunda. Aunque el océano era vasto, sus redes a menudo subían vacías de peces y sus numerosos hijos conocían demasiado bien el dolor del hambre ya que pocas veces podían comer abundantemeneUn día, buscando cambiar su suerte, la pareja remó en su frágil canoa mucho más allá de lo habitual, perdiendo de vista la línea de la costa y de su bahia. Fue entonces cuando el mar, caprichoso y traicionero, dejo caer una niebla densa y blanca que los cubrió totalmenteborrando el sol y el horizonte, dejándolos a la deriva en un un mar gris, hostil y silencioso..De repente, el silencio se rompió. No fue el viento, sino un sonido rítmico y atronador: ¡Chap, chap, chap!. Eran remos, sin duda alguna pero para la pareja ese sonido era tan profundo que hacía vibrar el agua. De entre la niebla emergió una sombra colosal, una canoa del tamaño de una isla flotante tripulada por figuras que tocaban el cielo. El terror paralizó a la pareja; se creyeron muerto ya que esos seres podrían matarlos en segundos. Sin embargo, una voz resonó, no como un trueno de ira, sino con una calidez sorprendente.— (Hermanito mío, ¿a dónde vas?) —preguntó el líder de los gigantes, inclinándose hacia ellos.El pescador, con la voz temblorosa, confesó que estaban perdidos. El gigante sonrió, y en su rostro no había malicia, solo una bondad inmensa.—Venid con nosotros —dijo—. Mi padre es el jefe de nuestra raza y con seguridad seréis tratados como familia.Ante la mirada atónita de la pareja, dos de los gigantes deslizaron suavemente la punta de sus remos bajo la pequeña canoa y la levantaron del agua como si fuera una simple astilla de madera, depositándola dentro de su propia embarcación monstruosa. Los gigantes observaban a sus "pequeños amigos" con la misma fascinación y ternura con la que un niño humano miraría a una ardilla voladora encontrada en el bosque.Al llegar a tierra firme, la escala del mundo cambió. Tres (chozas ) se alzaban ante ellos, cada una de ellas era tan altas como montañas, y se perdían sus techos en las nubes bajas. De la choza central salió el Jefe Oscoon. Era más alto y anciano que los demás, con ojos que contenían siglos de sabiduría. Al ver a la pareja, su alegría fue genuina. Tomó la canoa en la palma de su mano, con el hombre y la mujer aún sentados dentro, y los llevó al interior de su hogar, colocándolos con suavidad y delicadeza en una de las esquina de la estructura, sabiendo que allí se sentirían seguros y protegidos.La vida en la Tierra de los Gigantes era una maravilla constante. El Jefe Oscoon, consciente de la fragilidad de sus huéspedes, les servía comida con extremo cuidado. Un solo bocado de la mesa de un gigante era suficiente para alimentar a la pareja durante años, y cuando el jefe les hablaba, lo hacía en un susurro apenas audible para no romperles los tímpanos, ya que la voz original habría sido un grito que se podría oír a cien millas de distancia.Sin embargo, incluso los gigantes tenían enemigos. Un día, Oscoon reunió a la pareja con semblante serio.—Se acerca una gran batalla —anunció—. El Chenoo, el monstruo de hielo del norte, vendrá en tres días.Para protegerlos, el jefe envolvió a la pareja en capa tras capa de pieles gruesas y les tapó los oídos, pues el grito de guerra del Chenoo era mortal para los mortales. La batalla fue feroz. A pesar de las protecciones, el primer grito del monstruo casi detuvo sus corazones; el segundo dolió menos,

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en la ciudad de Halifax en Canada durante la primera guerra mundial una combinación de hechos que resultaría fatal. Era el 6 de diciembre de 1917 y el comercio de municiones entre america y Europa estaba en todo sus apogeo. Aquel día el carguero Frances SS Mont-Blanc se aprestaba a entrar a el puerto de Halifax después de haber cargado casi 3000 toneladas de explosivos en nueva york y esperando ser parte de un convoy que partiría a Europa. En su entrada a puerto el capitán de el Mont Blanc vio aproximarse el SS Imo de bandera noruega., El IMO era un barco dedicado a transportar suministros de ayuda sanitaria a Europa y necesitaba llegar a Nueva York lo antes posible y ya iba con retrazo. Eran las 8:45 de la mañana El piloto del Mont-Blanc emitió un solo silbato corto, la señal estándar que indicaba que tenía el derecho de paso. En respuesta, el Imo emitió dos silbidos cortos en un desafío desafio indicando que no cedería su posición, el Mont Blank repitió el silbido pero de nuevo el IMO rechazo el pedido y continuo. . A pesar de los repetidos intentos del Mont-Blanc de reafirmar su derecho, el Imo se mantuvo en su rumbo erróneo.Finalmente Ambos barcos cortaron sus motores, pero el movimiento continuo debido a la inercia propia de grandes barcos llevo a ambos en curso de colision . El Mont Blanc giro bruscamente a babor, pero desafortunadamente el IMO termino incrustándose lentamente , muy lentamente en el costado del Mont Blanc a la altura de la bodega principal llena de explosivos. El golpe sacudió violentamente el Mont blanc causando el derramamiento de los barriles de benceno que llevaba en la cubierta. Este benceno altamente inflamable se filtro en las bodegas de carga y. allí el vapor del benceno comenzó a llenar las bodegas repletas de acido pícrico y TNTHasta ese primer momento nada explosivo había sucedido, todo parecía simplemente un golpe entre dos barcos sin perdidas humanas. En Halifax los traunseuntes del puerto vieron la escena y muchos corrieron hasta la orilla para presenciar dicho espectáculo. Dos barcos chocando no se veía todos los días. Pasaron 20 minutos y nada había explotado milagrosamente. De pronto el SS IMO comenzó a retroceder tratando de desbloquear la situación y apartarse del Mont blanc. Pero esto fue fatal. El roce del metal de ambos barcos mientras se lentamente se retiraban causpo chispas que encendieron de inmediato los vapores de benzol derramado en la bodega. El fuego comenzó alcanzando el combustible de la cubierta. El capitán del Montblanc ordeno a su tripulación que abandonaran el Barco y todos trataron de llegar en bote o a nado a la costa de Halifax. Mientras tanto el barco ya en llamas era un espectáculo para las dos ciudades de Halifax y Dartmouth a ambas lados del estrecho. Era la oportunidad para miles de habitantes de presenciar un incendio espectacular. El Mont blanc siguió sin control y sin piloto y capitán y después de algunos minutos encallo contra el Muelle numero 6. Todo era sorpresa y excitación en la ciudad ya que un gran barco en fuego había golpeado el puerto, pero solo los pocos marineros del mont blanc que todavía remaban desesperados hacia la costa sabían y entendían el potencial peligro en el que todos los habitantes estaban. Y llego las 9 :04 de la mañana el fuego ya era incontrolable y había alcanzado la explosiva carga de la bodega creando una gigantesca explosión nunca antes vista en la historia. Una bola de fuego se elevo desde aquel barco. El Mont blanc se desintegro instantáneamente y una onda explosiva se movió a más de 1000 metros por segundo a una temperatura de 5000 grados similar a la temperatu

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un pequeño pueblo llamado Valleclaro, En este pueblo la gente solía decir que el año tenía once meses grises y uno dorado. Más aún decían decir que Noviembre siempre se sentía eterno, ya que siempre tenía sus lluvias frías y tardes oscuras. Todos sabían que después de aquellos meses largos siempre venia lo mejor..Además en aquel pueblo vivía un hombre llamado Elias. El era el relojero de el pueblo como igual lo habían sido su padre, su abuelo, su bisabuelo y sus tatara tatara tatara abuelos. Todos los relojeros desque se tenga memoria en aquel pueblo en las montañas. Pero lo más interesante es que todos sabían que, en la torre del reloj de la plaza, el viejo Elías tenía una misión importante.Al igual que todos sus antepasados Elías no era un relojero común. No solo cuidaba de los engranajes de bronce de todos los relojes del pueblo; él cuidaba del Tiempo de la Alegría.Cuando llegaba La noche del 30 de noviembre, el pueblo se sumergía en un silencio absoluto. Todos se reunian en la plaza del pueblo para ver com. Elias cruzaba la plaza central donde estaba la torre del reloj y subia uno a uno los 300 escalones de la torre. En su bolsillo Llevaba una pequeña llave de plata que solo usaba una vez al año. Era la misma llave que su tatara tatara tatara abuelo había fabricado cuando instalaron aquel reloj en la torre. —Ya casi es hora —murmuró Elías, mirando por la esfera de cristal hacia el pueblo reunido debajo de la torre.Faltaba un minuto para la medianoche. Elías se acercó al mecanismo principal del gran reloj. No lo ajustó para dar la hora, sino que insertó la llave de plata en una ranura secreta detrás del péndulo. Al girarla, no sonó un clic, sino una melodía suave, como de cascabeles lejanos.¡Bong!La primera campanada de la medianoche resonó, pero esta vez fue diferente. No fue un sonido metálico y frío. La onda expansiva de la campana llevó consigo una brisa fresca que olía a pino, a canela y a leña quemada. La onda de aquel Bong comenzó a cubrir todo el pueblo y rápidamente llego a lo alto de las montanas donde las nubes cargadas de gotas de lluvia comenzaron a vibrar como sacudidas por una mano mágica. Abajo, en el pueblo, la magia comenzaba a ocurrir.Las farolas, que parpadeaban con luz amarilla, de repente brillaron con una intensidad cálida y acogedora.En las vitrinas de las tiendas, el polvo pareció convertirse en escarcha brillante.Incluso el viejo perro del panadero, que siempre dormía gruñendo, movió la cola en sueños.Pero lo más curioso sucedió en el cielo donde todas las nubes se habían reunido esperando el momento justo como lo habían estado haciendo desde hacía muchos muchos años. . Justo cuando el reloj marcó las 12:01 y el calendario oficial cambió a 1 de Diciembre, una de las nubes que estaban sobre la plaza fabrico un copo de nieve y lo dejo caer lentamente como caen los copos de nieve. No era una tormenta, era solo uno.El copo aterrizó en la nariz de una niña llamada Ana, que se encontraba junto a sus padres en la plaza esperando ver algo especial sintió aquel copo en su cara. Al ser tocada por aquel blanco copo Ana no sintió frío pero si Sintió unas ganas inmensas de abrazar a alguien.—¡Mamá, papá! —y saltando se abrazo a sus padres. —. ¡Ya llegó! Ya llego. Luego como si una orden hubiera sido dada al interior de las nubes todas comenzaron a fabricar copos de nieve y a dejarlos caer lentamente sobre la plaza del pueblo. Allí uno a uno cada habitante de Valleclaro empezó a sentir los copos de nieve en su cara y todos comenzaron a sentir la alegría y

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en medio de un muy pequeño campo de maíz en las afueras de un pueblo tranquilo, un espantapájaros llamado Palito. Palito Llevaba años allí, con su sombrero deshilachado y su camisa de cuadros, observando la casa de la familia Miller que eran los dueños de aquel pequeño cultivo. La Familia Miller era muy pobre pero siempre sembraban su pequeña parcela con maíz para ser vendido durante la cosecha. Palito estaba allí para ahuyentar las aves que se comían el maíz y siempre hacia su trabajo lo mejor posible.Aquel año había sido especialmente duro y el Señor Miller temía que iba a tener que vender su casa y su parcela para pagar las deudas. Sin embargo, confiaba en que Dios oiría sus plegarias especialmente ahora que había llegado el Día de Acción de Gracias.Cada año, cuando llegaba el Día de Acción de Gracias, Palito sentía una punzada de tristeza en su pecho de heno. Veía el humo salir de la chimenea, olía el aroma del pavo asado y el pastel de calabaza, y escuchaba las risas amortiguadas por los cristales. Su único deseo era saber qué se sentía al ser parte de esa calidez, aunque fuera por una sola noche.Ese año, el invierno llegó temprano y el viento era helado. "Nadie debería estar solo hoy", pensó Palito. Con un esfuerzo sobrenatural que solo ocurre en las noches mágicas, logró desengancharse de su estaca. Sus piernas de paja crujieron. Se acomodó el sombrero, se sacudió un par de cuervos dormidos y caminó torpemente hacia la casa de los Miller.Al llegar al porche, dudó. ¿Qué pensarían? Se armó de valor y dio tres golpes secos a la puerta: Toc, toc, toc.La puerta se abrió y apareció la señora Miller. Se quedó mirando a la figura extraña: un hombre rígido, con el rostro oculto bajo la sombra del sombrero y paja asomando por los puños de la camisa y unas manos extrañas que parecían hechas con palitos.—Buenas noches —dijo Palito con una voz rasposa, como hojas secas arrastradas por el viento—. Soy... un viajero perdido.Hubo un silencio tenso. De repente, el señor Miller apareció detrás de su esposa, sonrió ampliamente y dijo: —¡No se diga más! En esta casa nadie cena solo en Acción de Gracias. ¡Entra, amigo!Lo sentaron en la cabecera. La mesa estaba llena de manjares. Palito no podía comer, por supuesto; no tenía estómago. Pero la familia no pareció notarlo. Los niños, dos gemelos curiosos, le contaban historias sobre la escuela. El abuelo le servía sidra (que Palito dejaba intacta disimuladamente) y la señora Miller le acercaba los platos para que oliera el vapor.Palito nunca había sido tan feliz. Se sentía humano. Se sentía vivo. Escuchó, asintió y su corazón de paja se llenó de una gratitud inmensa.Cuando el reloj marcó la medianoche, Palito supo que la magia se acababa. Se levantó bruscamente. —Debo irme —susurró—. Gracias por el calor.Salió corriendo hacia el campo antes de que pudieran detenerlo. Volvió a su estaca, se colgó de nuevo y se quedó inmóvil, justo cuando el sol comenzaba a salir.A la mañana siguiente, el señor Miller salió al porche con una taza de café. Miró hacia el campo de maíz y pero esta vez le llamo la atención aquel espantapájaros que siempre estaba pero que el nunca observaba. Hoy este espantapájaros se veía diferente. Brillaba bajo el sol de la mañana con una luz que transmitía felicidad—Papá —dijo uno de los gemelos, saliendo a su lado—, ¿crees que al señor Palito le gustó la cena?El señor Miller sonrió, sin mostrar sorpresa alguna por la pregunta de su hijo. —Estoy seguro de que si.El señor Miller caminó hasta el espantapájaros para acomodarle el sombrero. Al acercarse, notó algo extraño en

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un reino donde la más pequeña de las ofensas era castigada duramente. Aquel día el sol del mediodía caía a plomo sobre la ciudad, convirtiendo los adoquines en una parrilla ardiente que hacia aún más caliente el esfuerzo de caminar. Y sobre ella iba a caminar un recluso. Al recluso, demacrado por meses de oscuridad en el calabozo, la luz le hería los ojos, pero no podía parpadear. No se lo permitía el terror.Sobre su coronilla afeitada descansaba un cuenco de porcelana solida y fría. Dentro de este recipiente había un aceite dorado y denso que colmaba la vasija hasta desafiar las leyes de la física; el líquido en su superficie formaba una curva convexa sobre el borde, era un menisco tembloroso que amenazaba con romperse ante el suspiro más leve o al movimiento más levemente desincronizado—Recuerda —susurró el verdugo a su espalda con su voz grave y seca como el polvo del camino. Una sola gota de aceite. Solo una mancha en tu frente, y mi espada cortará tu cuello antes de que el aceite toque tus cejas.Comenzaron la marcha. Y el recluso sabía que su vida dependía de aquella cruel marcha. Debía llegar al otro lado de la ciudad sin derramar ni una sola gota de aceite. El primer desafío fue el propio cuerpo del recluso. Sus músculos, atrofiados por el encierro, gritaban ante la rigidez forzada. Tenía que deslizarse, no caminar. Cada paso debía ser una danza de amortiguación, rodillas flexionadas, cuello rígido como una viga de hierro, la mirada clavada en un punto fijo en la nada. Detrás, el golpe rítmico de las botas del verdugo y el siseo del acero al rozar la vaina servían de metrónomo macabro.Entraron en el mercado de las especias. La primera tentación fue olfativa. Nubes de azafrán, de ajo, de comino, de carne asada y de pan fresco golpearon su rostro. Su estómago, vacío durante días, rugió con violencia, una convulsión interna que hizo vibrar su columna vertebral. El aceite osciló peligrosamente. El recluso apretó los dientes hasta que le dolieron las encías, ignorando el hambre, ignorando el aroma a pan recién horneado que parecía llamarlo por su nombre. Apreto su conciencia en lo que hacia y Siguió adelante.Luego vino el caos sonoro. Un comerciante tropezó y una bolsa de monedas de oro se rompió a los pies del prisionero. El tintineo del metal precioso rodando por las piedras fue hipnótico. La gente se abalanzó gritando, empujándose para rapiñar el botín. Un niño pasó rozando su pierna. El instinto humano de mirar hacia abajo, de ver la riqueza, de protegerse del tumulto, fue casi insoportable. Sintió el aliento frío del verdugo en su nuca, una advertencia silenciosa. El recluso fijó la vista en el horizonte, convirtiéndose en una estatua que camina, sordo a la codicia.Atravesaron la plaza de los herreros, donde el calor era infernal y las chispas volaban. Una brasa diminuta que salto de una de aquellas fraguas aterrizó en su hombro desnudo. La piel siseó. El dolor fue agudo, punzante. Todo su ser quería sacudirse, gritar, saltar. Pero el miedo a la espada era mayor que el fuego. Soportó la quemadura, dejando que el olor de su propia piel chamuscada se mezclara con el del aceite que seguía, milagrosamente, en su sitio.Y entonces, llegaron al centro de la ciudad.El aire cambió de repente. El hedor a sudor y bestias desapareció, reemplazado por una fragancia embriagadora de jazmín y agua de rosas.Allí sonaban los tambores. Un ritmo sensual, profundo, que resonaba en el pecho. Eran las bailarinas imperiales, famosas en todo el reino por una belleza que, según decían, podía detener corazones.Entraron en su campo de visión periférica. Eran remolinos de seda

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un pueblo En la Edad Media donde vivía un un joven caballero llamado Rodrigo, . Rodrigo había crecido con el profundo deseo de ser rico y famoso. Su ambición lo llevó a aceptar el reto más peligroso que había en toda la comarca. Se decía que en el bosque de las sombras había un tesoro oculto que nadie había podido obtener. El tesoro , según las leyendas, estaba custodiado por el mismo Diablo. Pero Rodrigo se consideraba así mismo valiente, sagaz e inteligente. Antes de partir, Rodrigo se cruzó con un anciano harapiento en la plaza misma de su pueblo. El viejo, con ojos que parecían haber visto siglos, le dijo al verlo pasar. —Muchacho. Si buscas el tesoro, escucha mi consejo: no todo lo que brilla es oro, y no todo lo oscuro es peligroso.Rodrigo, altivo, respondió:—Viejo, yo no temo ni a hombres ni a demonios. Mi espada y mi fe me bastan. Así que bien puedes ahorrarte tus palabras. El anciano sonrió con una calma inquietante y vio como el muchacho continuo su camino sin ningún gesto de cortesía hacia el. .Rodrigo siguió el camino del bosque y al llegar a el se interno con la espada en su mano.. Tras horas de caminar en la semi oscuridad que el bosque ofrecía, llegó a una encrucijada: Frente a el había un sendero iluminado y otro cubierto de niebla. Después de mirar ambos caminos por algunos minutos y olvidando el consejo de aquel viejo en el pueblo, Rodrigo Eligió el camino soleado, donde halló un cofre dorado resplandeciente y otro de madera rustica casi a punto de desbaratarse. Encantado por la apariencia de aquel cofre brillante de color del sol, decidio abrilo. De pronto del cobre salieron lenguas de fuego que lo alcanzaron y lo lanzaron al suelo. Después de algunos minutos se pudo incorporar y vio como el otro cofre había desaparecido y como detrás de el cofre dorado en llamas surgía una figura imponente: cuernos, alas negras y ojos rojos como brasas. Era un demonio del infierno.—¿Creíste que sería fácil, muchacho? —rugió la criatura—. Este bosque es mío, y todo lo que brilla es mi engaño.Rodrigo, herido pero desafiante, levantó su espada y grito. —¡Lucharé contra ti!El demono rió con un eco que hizo temblar los árboles.—No necesito pelear. Solo esperar. Los hombres como tú siempre caen por su orgullo y soberbia.En ese momento, desde el camino que Rodrigo había recorrido apareció el viejo que le había advertido en el pueblo. Rodrigo, atónito, vio cómo el demonio se inclinaba ante él.—Mi señor —dijo el demonio con voz sumisa.El viejo miró a Rodrigo y habló con serenidad:—Te lo advertí, joven. Te di la oportunidad de alcanzar grandes tesoros si me hubieras hecho caso en la plaza. El verdadero poder no está en la fuerza, sino en la experiencia. El anciano se transformó en una figura aún más oscura aun, con alas que cubrían el cielo. Rodrigo comprendió que había estado hablando con el verdadero amo del bosque: el viejo Diablo había jugado con su soberbia desde el principio en la plaza del pueblo.Con una sonrisa cruel, el anciano-Diablo susurró: Muchacho recuerda que más sabe el diablo por viejo que por diablo y ahora tu ambición y soberbia serán mi tesoro Y el bosque se cerró sobre Rodrigo, convirtiéndolo en una sombra más entre los árboles.Y dicen los saben que aquellos que se aventuran a caminar por el bosque de las sombras todavía hoy escuchan el lamentar de un joven caballero que repite sin cesar. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en una ciudad en medio de la india un congreso sobre la menta El congreso sobre la mente era el evento más esperado del año. Filósofos, psicólogos y neurocientíficos de todas partes del mundo se habían citado en esa ciudad legendaria, famosa por sus bibliotecas y jardines secretos. Uno de los trenes que iban a la ciudad del evento salia de el norte de la india y Desde temprano, la estación hervía de actividad: maletines repletos de libros, paraguas negros, murmullos eruditos que parecían conjurar ideas en el aire.El tren que los llevaría era un convoy clásico, con vagones verdes y detalles dorados, como salido de otra época. Los eruditos ocuparon un compartimiento exclusivo, con asientos de terciopelo rojo y lámparas de bronce que iluminaban sus rostros pensativos.. El silbato sonó, y el vapor se elevó como un presagio. Afuera, el paisaje otoñal se desplegaba en aquel pais: colinas cubiertas de hojas doradas, ríos serpenteantes y bosques que parecían guardar secretos.Apenas se acomodaron el grupo de eruditos comenzaron a entablar una conversación erudita sobre temas eruditos y , comenzó la sinfonía de voces:—La atención es la llave que abre todas las puertas de la mente —dijo uno, ajustándose las gafas con solemnidad.—Sin atención, la conciencia se disuelve como humo —añadió otro, golpeando suavemente el brazo del asiento..—Hay que entrenarla, cultivarla, elevarla hasta lo sublime —sentenció un tercero, con tono casi religioso.Y así poco a poco iban discutiendo sobre como la atención era lo que separaba las mentes brillantes de las mentes simples.El tren avanzaba con su traqueteo hipnótico. Afuera, la luz del atardecer teñía el mundo de cobre y púrpura. Dentro, el debate se volvía cada vez más apasionado. Citaban filósofos antiguos, experimentos modernos, teorías sobre la percepción. La atmósfera era tan intensa que parecía que el compartimiento vibraba con las ideas.—Hay que estar tan atentos a todo lo que sucede a nuestro alrededor de manera que ni el vuelo de una mosca pase inadvertido —exclamó uno, levantando el dedo como si dictara una ley universal.Pero mientras ellos hablaban, la vía ocultaba un peligro: un tramo corroído por la humedad, invisible bajo la maleza. El maquinista, concentrado, no pudo evitar lo inevitable. Un chirrido metálico rasgó el aire. El convoy tembló, se inclinó, y en un segundo todo se convirtió en caos.El tren descarriló con violencia. Los vagones se sacudieron como juguetes, chocando unos contra otros. El compartimiento se llenó de gritos ahogados, maletines volando, cristales estallando. El vagón giró sobre sí mismo, y luego otro golpe, y otro, hasta precipitarse por un barranco profundo. El estruendo se mezclaba con el crujido del hierro retorcido. Finalmente, todo quedó en silencio, roto solo por el goteo de agua y el eco lejano del desastre.Dentro del compartimiento, los eruditos yacían amontonados, sus cuerpos entrelazados en una grotesca escultura humana. Algunos con los ojos abiertos, otros con la mirada perdida. Pero lo más insólito era que seguían hablando. Con voz débil, pero firme, continuaban:—Lo esencial es la atención... la atención plena... —murmuraba uno, con la frente ensangrentada.—Hay que elevar el umbral de atencion... no distraerse jamás... —susurraba otro, sin notar que su brazo colgaba inerte.Ignoraban el accidente. Ignoraban la muerte que los rodeaba. En su obsesión por la atención, no habían percibido lo más evidente: el fin de su propio viaje.El sol ya se había ocultado cuando el equipo de rescate llegó al barranco. La no

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Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en En el principio de las eras una divinidad que vivía en la inmensidad del silencio en esos tiempos .era luz, era conciencia, pero también sentía el peso de una soledad infinita. No había voces que le respondieran, ni miradas que compartieran su eternidad. Entonces, movido por un deseo puro de compañía, decidió crear seres que pudieran reflejar su esencia y llenar el vacío de su existencia.Así nacieron los primeros seres: luminosos, perfectos, plenos de armonía. Durante un tiempo, todo fue gozo. El ser Divino los contemplaba y ellos, en su inocencia, danzaban en la luz. Pero un día, aquellos seres descubrieron algo inesperado: la llave de la felicidad. Era un símbolo, un conocimiento secreto que les mostraba el camino de regreso al origen. Uno tras otro, siguieron ese sendero y se fundieron nuevamente con el Divino, como gotas que vuelven al océano.El ser Divino quedó solo otra vez. Una tristeza profunda lo envolvió, porque había creado para compartir, no para perder. Reflexionó largamente. Si volvía a crear, ¿no ocurriría lo mismo? ¿No encontrarían también el camino y lo dejarían en la misma soledad?Entonces surgió una idea audaz: crear al ser humano. Pero esta vez debía asegurarse de que la llave de la felicidad no fuera hallada tan fácilmente. Si el hombre la encontraba, todo volvería al punto inicial. ¿Dónde ocultarla? Esa pregunta lo desveló.Primero pensó en el fondo del mar, en las regiones más oscuras donde ni la luz penetra. Pero imaginó al hombre, curioso, descendiendo con máquinas y luces hasta lo más profundo. No, allí no estaría segura.Luego pensó en una caverna secreta en los Himalayas, entre glaciares y nieblas eternas. Pero también vio al hombre escalando montañas, conquistando cumbres, explorando cada rincón. Tampoco era el lugar.Después miró hacia el espacio sideral, hacia los confines donde las estrellas apenas titilan. ¿Y si la escondía allí? Pero el Divino conocía la sed infinita del hombre por descubrir, por viajar más allá de los límites. Algún día, también llegaría allí.Pasó la noche en vela, sumido en una meditación sin fin. ¿Dónde ocultar la llave para que el hombre no la busque? ¿Dónde ponerla para que, aun teniéndola cerca, no la vea? Cuando el amanecer comenzó a disipar la bruma, la respuesta surgió como un relámpago: “La esconderé dentro del hombre mismo.”Allí, en lo más profundo de su ser, donde rara vez mira, donde casi nunca busca. En su corazón, en su conciencia, en ese espacio íntimo que se revela solo cuando deja de mirar afuera. Y así lo hizo: creó al ser humano y colocó en su interior la llave de la felicidad.Desde entonces, el hombre la lleva consigo, sin saberlo. La busca en mares, en montañas, en estrellas, sin sospechar que siempre ha estado dentro de él.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una niña llamada Jessie Macrae Jessie era muy vivaz con una curiosidad sin límites que la llevaba a explorar más allá de los confines de su hogar en las Tierras Altas de Escocia. Sus padres solían advertirle sobre los peligros del bosque, contándole historias de espíritus antiguos y seres misteriosos que habitaban entre los árboles. Pero el espíritu aventurero de Jessie no conocía el miedo.Una cálida tarde de verano mientras su padre estaba trabajando en la hacienda de lord Mackenzie y su madre había salido a comprar comida, Jessie decidió adentrarse en los bosques cercanos a Loch Gairloch en busca de bayas silvestres. Con una cesta de mimbre en mano, caminaba alegremente por senderos conocidos, disfrutando de la luz del sol que se filtraba entre las hojas. En aquellos bosques había muchos pájaros y Jessie escucho el sonido de algunos y salió a tratar de observarlos. Caminando finalmente se encontró muy lejos de su casa. El eco de las advertencias de sus padres resonaba en su mente mientras la penumbra envolvía el bosque y el sonido de los búhos comenzaba a dominar el paisaje desde lo alto de los arboles. . Jessie intentó regresar, pero cada paso la llevaba más lejos de lo familiar. El miedo se apoderó de ella, y las lágrimas comenzaron a brotar.Asustada se sentó y puso su espalda contra el tronco de un árbol y allí se puso a llorar sintiéndose perdida y alejada de sus padres. La luna comenzaba a salir y su luz comenzó a llenar aquel lugar donde Jessie se encontraba. De pronto escucho algunos pasos extranos y Jessie cerro sus ojos esperando que esos pasos se alejaran. Entonces, una voz suave como el susurro del viento entre las hojas rompió el silencio. Jessie se giró, sobresaltada, y vio emerger de detrás de un abedul a una figura envuelta en sombras: el Ghillie Dhu, el espíritu del bosque. Su cabello oscuro se confundía con la penumbra, y su cuerpo estaba cubierto de hojas y musgo. Sus padres le había hablado alguna vez de aquel ser del bosque pero ella siempre creyó que era una fantasía. Sin embargo allí estaba junto a ella. —¿Por qué lloras, pequeña? —preguntó con voz serena, como el murmullo de un arroyo.Jessie, aún temblando, respondió: —Me he perdido. No sé cómo volver a casa antes de que caiga la noche.El Ghillie Dhu la miró con ternura. —No temas. Conozco este bosque como la palma de mi mano. Te llevaré a casa.Con renovada esperanza, Jessie siguió al espíritu entre los árboles. Él se movía con la gracia de un ser encantado, mientras ella tropezaba tratando de mantener el ritmo. Durante el trayecto, el Ghillie Dhu le contó historias de magia antigua, de secretos escondidos en el corazón del bosque, y de criaturas que solo los puros de corazón podían ver.Finalmente, salieron del bosque, y la casa de Jessie se alzaba bajo la luz plateada de la luna. Cuando se volvió para agradecerle, el Ghillie Dhu ya se desvanecía entre las sombras.—No me olvides, Jessie Macrae —susurró el viento—. Soy el Ghillie Dhu, guardián de estos bosques. Llámame si alguna vez vuelves a perderte.Paso el tiempo y Jessie vio morir a sus padres cuando ya era adulta. Se había encargado de la posada que sus padres tenían a la vera del camino que va entre Gairloch y Poolewe. Un día oyo voces recorriendo el camino frente a la posada y vio como un grupo de cazadores se aproximaban a su posada. Era el lord Mackenzie y un grupo acompañante. Todos estaban hablando de la próxima caceria cuando entraron al lugar pidiendo que se les sirviera bebidas y comida. Era la hora de la comida y todos querían comer algo antes de aventurarse en el bosque,. Entre los visitantes algunos estaba

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en un mundo entre lo que hoy es conocido como el tapon del darien entre Colombia y panama una civilización que vivía en armonía con la selva, los ríos y el mar. Esta sivilizacion eran los indios Cuna. Para ellos todo estaba conectado por un delicado equilibrio que los dioses les habían fabricado. ya que estos habían tejido las relaciones entre los seres humanos con hilos invisibles. Para proteger ese equilibrio, enviaron a una criatura especial: el Anfibio Sagrado, una rana que dorada y que era considerada como un animal magico, con ojos que brillaban como esmeraldas bajo la luna. Este ser no era solo guardián de la naturaleza, sino también mensajero entre los mundos. Podía hablar con los árboles, entender el canto de los pájaros y sumergirse en las aguas profundas para conversar con los espíritus del océano. Su presencia aseguraba que las lluvias llegaran a tiempo, que los peces abundaran y que la tierra diera frutos generosos. Además era el mensajero entre los mundo espirituales y el físico. Su veneracion era la clave para obtener prosperidad, fertilidad y buena fortuna. Pero con el paso de los años, los humanos comenzaron a olvidar. Dejaron de hacer las ofrendas, ignoraron los cantos sagrados y cazaron y pescaron más de lo necesario. Los ríos se enturbiaron, los animales huyeron y la selva comenzó a marchitarse. El Anfibio Sagrado, consiente de que los hombres habían olvidado su importancia y herido por la indiferencia, se retiró a lo más profundo de la tierra, donde ni los sabios podían alcanzarlo.Poco tiempo después se noto el impcato de su ausencia. Al no estará este guardián el mundo comenzó a cambiar y esto trajo sequías, enfermedades y hambre. Los ancianos, desesperados, reunieron a los sabios y chamanes para realizar el Gran Ritual del Recuerdo. Durante siete noches, cantaron, danzaron y ofrecieron objetos sagrados: plumas de guacamayo, semillas de cacao, y agua pura de los manantiales. En la última noche, bajo una luna llena, el Anfibio emergió de una laguna envuelta en niebla.Con voz profunda, dijo: "He escuchado su llamado. Pero el equilibrio no se restaura con palabras, sino con actos. Respeten la tierra como a su madre, escuchen a los animales como a sus hermanos, y recuerden que todo lo que toman debe ser devuelto."Desde entonces, los Cuna celebran cada año el Ritual del Anfibio, donde niños y ancianos se reúnen para contar esta historia, cantar los cantos antiguos y renovar su compromiso con la naturaleza. Porque saben que mientras el Anfibio Sagrado los observe desde las aguas, el mundo seguirá girando en armonía. Por esta razón el pueblo cuna tiene una profunda conexión espiritual con la naturaleza que los rodea y se preocupan por conservar sus tradiciones. Desde el año 2010 Panama erigio a la rana dorada como su símbolo nacional y su se ha declarado una especie en via de extinción lo que para los indios cuna habitantes del valle de anton están dedicado a su protección.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en algun rincón escondido del mundo, entre montañas azules y nieblas suaves, un valle muy extraño. En este valle nada tenía colores. Todos los colores de las montanas, ríos, bosques y flores habían desaparecido. Los habitantes de aquel valle no recordaban exactamente el momento en que eso había sucedido y menos porque había sucedido. Aquel lugar era muy extraño porque si bien las flores crecían todas eran grises como ceniza. El cielo siempre estaba cubierto por un cortina que no dejaba que el sol brillara y los arboles aunque fuertes y altos no tenían ningun color. Las hojas todas eran simplemente negras. Era un mundo en que todos los tonos eran apagados y tristesComo los niños nacidos en aquel paraje nunca habían visto los colores, cuando deseaban dibujar algo simplemente tomaban una pedazo de carbón y con ello pintaban los arboles, los ríos y las flores. Solo unos cuantos ancianos recordaban algunos colores y cuando se reuniand alrededor un un fuelo color blanco contaban historias y leyendas de cuando todo el valle estaba lleno de colores. Todos los niños reian cuando les contaban que el valle antes tenía decenas de colores y que desafortunadamente todos los coleres había escapado cuando una gran tormenta que venia de las montanas había caido sobre ellos por más de 10 anos. Todos pensaban que eso era imposible y que eran simplemente cuentos de los viejos. Pero había una anciano que contaba una leyenda más extraña. El decía que en lo alto de la montana más alta vivía un dragón que, y que tenía el poder de devolver los colores al mundo. Todos creían que eso era imposible pero el viejo seguía diciendoCuando yo era joven tuve la oportunidad de subir a esa montana y allí me encontré con este ser mágico llamado Tilo. Y les puedo asegurar que es el ser más fantástico del mundo. Y no es como los dragones de los cuentos que tienen fuego en sus bocas y producen miedo. Tilo es muy diferente el es pequeño, con alas de tela cosidas por las nubes, y escamas suaves como hojas de otoño. Vive en una cueva redonda, llena de madejas de hilo que él mismo creaba cada vez que suspiraba.Cuando Tilo se sentía feliz, suspiraba hilos dorados. Cuando soñaba, salían hilos azules. Cuando recordaba algo triste, tejía hilos violetas. Y así, sin saberlo, había creado un arcoíris entero, guardado en cestas de mimbre, esperando ser compartido.Se que Tilo no sabía que era especial. Pensaba que todos los dragones tejían colores. Nunca había visto a nadie más. Nunca había salido de su cueva.Cuando el alciano contó esta historia una niña llamada Luna, que tenía el corazón lleno de preguntas.le pregunto Y donde están el dragón y porque no les regala los colores si estos están guardados en sus cestas. El anciano simplemente le contesto que nadie lo había invitado a bajar al valle. Luna era curiosa, valiente y soñadora. Tenía una capa gris con bolsillos secretos, donde guardaba piedras lisas, hojas raras y dibujos que nadie entendía. Un día, decidió que no podía esperar más. Se puso su capa, tomó una mochila con pan, agua y una brújula rota, y comenzó a subir la montaña.El camino era empinado, lleno de piedras que parecían susurrar secretos. El viento la empujaba, pero ella seguía. Caminó durante tres días y tres noches, entre niebla, silencio y estrellas, hasta que llegó a la cima.Allí encontró la cueva de Tilo, rodeada de flores que, curiosamente, sí tenían color.—¿Quién eres tú? —preguntó Tilo, asomando su hocico curioso.—Soy Luna, y busco los colores. ¿Tú los tienes?Tilo se sonrojó. Nunca nadie le había hablado. Le mostró sus tejidos: bufandas que brillaban como el amanecer, mant

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en lo más profundo del Amazonas una joven llamada Lara. Era la mejor guerrera de su tribu: veloz como el jaguar, precisa como el colibrí, silenciosa como la sombra de un árbol. Su padre, el gran chamán, la admiraba más que a nadie, y eso despertó la envidia de sus hermanos quienes no entendían como ella podía ser la favorita si no era tan ágil como ellos.Una noche, cuando la selva dormía y los espíritus de las hojas danzaban entre los arboles de la selva, sus hermanos se reunieron fuera de el bohío donde ella dormía y con gran sigilo entraron con cuchillos en sus manos. Pero Lara tenía el oído fino como el de un búho. Y en un instante se despertó y se dispuso a enfrentarlos. Su padre le había ensenado a defenderse y a luchar contra cualquiera y finalmente después de mucho esfuerzo pudo derrotar a cada uno de sus hermanos. Sin embargo sabía que su padre no estaría de acuerdo de que hubiera matado a todos y cada uno de sus posibles descendientes. Temiendo el juicio de su padre y el dolor de su tribu, huyó. Su padre había organizado una caceria para poderla castigar pero no la podían encontrar. Lara Corrió por la selva durante días, hasta que llegó al lugar donde el Río Negro se encuentra con el Solimões, donde las aguas no se mezclan, como si guardaran secretos distintos y allí Lara se dio cuenta que no podría cruzar el rio debido a que este estaba muy caudaloso. Su padre, herido por la pérdida y la vergüenza, convocó a los espíritus del agua cuando le informaron que su hija estaba atrapada entre los río. Cuando llego alli no hubo juicio ni palabras. Solo un gesto: Ordeno que la arrojaran al rio allí mismo justo en el punto donde los dos gigantes ríos se miran sin tocarse.Pero el Amazonas no castiga sin transformar. En aquel momento y oculta a los ojos de su padre que la daba por muerta, Los peces la rodearon, la elevaron, y bajo la luz de la Luna llena, los dioses acuáticos la tocaron con sus cantos. Lara se convirtió en una sirena, de cabello negro como la noche sin estrellas, ojos oscuros como la profundidad del río, y una voz que podía romper el corazón de un jaguar cuando cantaba de dolor.Desde entonces, Lara vive en una fuente escondida en medio del bosque, donde el agua canta y las hojas tiemblan. En noches de luna, su canto se eleva como humo sagrado. Nadie entiende sus palabras, porque canta en la lengua de los peces, de los árboles, y de los que ya no caminan sobre la tierra.Dicen que su voz es tan bella, tan triste y tan dulce, que los hombres que la escuchan mueren de amor. Y cuando algún insensato es atrapado por la voz melodiosa pierde el juicio hasta el extremo que puede ser arrastrado al fondo del lago, donde Lara lo transforma en sirenos, La versión masculina de una sirena.. Se dice que Lara lo envuelve en su cabello para pierda la razon y que luego lo acariciara por tres días transformanolo en un ser servil que luego poseera carnalmente para finalmente dejarlo partir de regreso a la superficie. Pero ahí comienza el mayor dolor porque los hombres de regreso a la civilización , ya no pueden vivir sin ella… y mueren con el corazón destrozado y la mente perdida.Otros mitos dicen que Lara tiene un palacio de cristal bajo el río, donde los marineros desaparecen. Allí, entre corales y raíces, ella los recibe como amantes. Su piel morena brilla como el sol sobre el agua, y sus ojos verdes guardan la memoria de los que se han ido.Todos las tribus del borde del amazonas tienen una advertencia para los jóvenes que se aventuran más allá de los predios de sus aldeas. Les dicen que si caminan cerca del

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez un sabio Rabí que vivía en una ciudad de piedra dorada por el sol del mediterraneo, donde las sinagogas cantaban al amanecer y los muros guardaban siglos de plegarias, Este rabi llamado Eliezer era ya casi centenario. y todos lo conocían por su devoción incansable al estudio de la Ley de dios y por algo extraño. Nunca sonreía.No había día ni noche para él. Solo páginas, letras, silencios y preguntas. Su mesa estaba siempre encendida con una lámpara de aceite, y sobre ella se apilaban volúmenes antiguos, algunos escritos por sus propios maestros, otros por sabios que ya eran polvo.Eliezer no temía a la muerte. Pero tampoco la invitaba. Decía:—Mientras haya un versículo que no comprenda del todo, no puedo partir. Mi destino esta ligado al conocimiento y solo podre pasar a otra vida cuando todo se sepa. Y así, la muerte lo esperaba. Año tras año ella lo miraba pasar por entre los umbrales, a la vuelta de las esquinas, en las historias de otros que habían partido. Pero el rabí seguía leyendo, escribiendo y preguntando por el conocimiento.Cada tarde, su nieta Miriam, una niña de ocho años con trenzas oscuras y voz dulce, venía a visitarlo. Le traía pan fresco, agua con miel, y a veces flores del jardín. El rabí la recibía con ternura, pero nunca dejaba de leer, ella era el mayor consuelo para su larga vida.—¿Puedo sentarme contigo, abuelo?—Claro, pequeña. Pero no hagas ruido. Las letras escuchan y los libros pueden ofenderse.Miriam lo observaba como se observa a un árbol antiguo: con respeto, con curiosidad, con amor.Una tarde, mientras Miriam recogía flores en el jardín, vio algo que nunca había visto antes: una rosa perfecta, de pétalos rojos como vino, con un perfume que parecía saltar hacia el firmamento. La flor no estaba allí el día anterior. Había brotado sola, en medio de una piedra y eso la hacia más maravillosa.Lo que Miriam no sabía era que la muerte, cansada de esperar, había decidido disfrazarse. Se convirtió en esa rosa, suave, irresistible, y esperó a que la niña la llevara al rabí.—¡Abuelo! —dijo Miriam al entrar—. Hoy te traigo algo especial. Una rosa que huele como el cielo.Eliezer levantó la vista. Sus ojos, cansados pero brillantes, se posaron en la flor. Realmente era un flor extraordinaria, tenía un color rojo como el más oscuro de los rubies y cada una de sus pétalos tenía un terminar de color negro. La tomó con manos temblorosas, ciertamente su belleza era cautivadora pero su perfume era más atractivo aún, Invitaba a ser experimentado y guardado en la memoria. Así que la acercó a su rostro lentamente … y aspiró.El perfume lo envolvió. No era solo aroma: era memoria, era descanso, era eternidad. En ese instante, el rabí vio todo lo que había leído, todo lo que había preguntado, todo lo que había amado. Vio a sus maestros, a sus padres, a los versículos que aún no comprendía… y los entendió. Todo el conocimiento que había explorado y había tratado de encontrar estaba allí en un solo segundo. Y todo su cuerpo y su alma se hicieron una . Y finalmente Sonrió. Cerró los ojos. Y se inclinó hacia atrás, como una hoja que cae sin ruido.Miriam no lloró de inmediato. El silencio era tan profundo que parecía sagrado. El aire estaba lleno del perfume de la rosa, que ya no era una flor sino un brillo de eternidad. Los sabios del pueblo dijeron que el rabí había partido en paz, llevado por la belleza, por la inocencia, por el gesto más puro. Y que su alma había ascendido envuelta en letras doradas, como un pergamino que se enrolla hacia el cielo.Dese aquellos dias su nieta Miriam, cada

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez en la india un sabio brahmán que paseaba tranquilo cerca de una fuente. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y el agua hacía música al caer. De pronto, vio un cuervo dando vueltas alrededor de una roca. El sabio se acercó a la roca y allí escondido y temeroso estaba un: ratoncitoEl brahmán lo recogió con cuidado, lo llevó a su casa y pensó:—Este ratón ha llegado a mí por algo especial.Entonces, pidió a los dioses que lo transformaran en una niña. Y como los dioses escuchan los corazones buenos… ¡el ratón se convirtió en una niña hermosa y alegre!El brahmán la crió como su hija. Le enseñó cuentos, canciones, y a mirar las estrellas. Pasaron los años, y cuando la niña creció, el brahmán le dijo:—Hija mía, ha llegado el momento de buscarte un esposo. Puedes elegir a quien tú quieras, de toda la Naturaleza.La niña pensó y dijo:—Quiero casarme con alguien tan fuerte que nadie pueda vencerlo.—¡Entonces debe ser el Sol! —dijo el brahmán.Y fue a hablar con el Sol:—¿Quieres casarte con mi hija?Pero el Sol respondió:—Yo soy fuerte, sí… pero la nube me tapa. Ella me vence.El brahmán fue a la nube:—¿Quieres casarte con mi hija?La nube dijo:—El viento me empuja donde quiere. Él es más fuerte.El brahmán fue al viento:—¿Quieres casarte con mi hija?El viento respondió:—La montaña me detiene. No puedo pasar. Ella me vence.El brahmán fue a la montaña:—¿Quieres casarte con mi hija?La montaña dijo:—El ratón me hace agujeros y vive dentro de mí. Él es más fuerte.Entonces el brahmán buscó un ratón. Lo encontró en el campo, y el ratón dijo:—¡Claro que quiero casarme! Hace tiempo que busco una compañera.El brahmán volvió a casa y preguntó a su hija:—¿Quieres casarte con el ratón, que vence a la montaña, que detiene al viento, que empuja a la nube, que tapa al sol?La niña sonrió y dijo:—Sí. Él es el más fuerte.Y entonces el brahmán pensó:—¿Para qué la convertí en niña, si su destino era ser ratón?Pidió a los dioses que la devolvieran a su forma original. Y así fue: la niña volvió a ser ratoncita, y se casó feliz con su igual.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez una mujer llamada Freida que tenía unos ojos que no eran de este mundo. Sus ojos eran verdes pero no ese verde común que puede tener una bella mujer. No. Eran como los de los gatos: intensos, profundos, con ese brillo misterioso que parecía encenderse cuando caía la noche y que es tan característico en los felinos. Y no era metáfora. Literalmente, brillaban. Tenían una fluorescencia como si llevaran dentro dos luciérnagas inquietas.Su pareja, un hombre tranquilo y algo distraído, se había acostumbrado a esa rareza con una naturalidad sorprendente. Incluso Le parecían útiles En vez de encender la luz para ver la hora, miraba los ojos de Freida. Y si el insomnio lo atacaba, solo decía:—Freida, mi amor, ¿me enfocás los ojitos al libro?Ella, sin decir palabra, giraba la cabeza y lo iluminaba como si fuera una lámpara de lectura. Era una escena tan cotidiana como mágica.Pero Freida no solo tenía ojos de gato. Tenía alma de gato. Le encantaba echarse el borde mismo de la chimenea, donde el calor le envolvía el cuerpo como una manta invisible. Se quedaba ahí horas, inmóvil, con la mirada fija en algún punto que nadie más podía ver. El pescado la volvía loca. Lo olía desde la cocina, desde la calle, desde el mercado. Y cuando se molestaba, ¡ay!, soltaba unos arañazos que dejaban marcas por días.Aun así, él la adoraba. Porque Freida tenía algo que lo hipnotizaba. Era como vivir con un misterio envuelto en piel suave.Pero había algo que no podía perdonarle.Cada enero, cuando el frío se colaba por las rendijas y la luna se alzaba redonda y blanca, Freida se levantaba en plena madrugada. Sin hacer ruido, se escabullía por la ventana y trepaba al tejado. Allí, bajo la luz lunar, caminaba descalza, con los ojos brillando como dos faros verdes. Paseaba como si estuviera en su reino, como si la ciudad dormida fuera su territorio.Él la observaba desde abajo, temblando de frío y de inquietud. Nunca entendía qué buscaba allá arriba. ¿Era nostalgia? ¿Instinto? ¿Locura?Una noche, decidió seguirla. Se puso un abrigo, subió con cuidado por la escalera del patio y llegó al tejado. Freida estaba allí, de espaldas, mirando la luna. Sus ojos brillaban más que nunca.—Freida… —susurró él.Ella se giró lentamente. Y entonces lo vio.No eran solo sus ojos. Su rostro había cambiado. Tenía rasgos más afilados, la piel más pálida, y una expresión que no era humana. En ese momento, él entendió que Freida no era una mujer con alma de gato.Era un gato que había aprendido a ser mujer.Y justo cuando iba a decir algo, Freida dio un salto elegante, silencioso, y desapareció entre los tejados. Nunca volvió.Solo quedó el recuerdo de sus ojos verdes, que a veces, en noches de luna llena, se ven brillar entre las sombras del tejado.y algunas veces siente una presencia silenciosa y delicada caminando por el tejado de su casaPero un día decidido subio al tejado y mientras contemplaba desde allí las luces de la ciudad sintió algo rozarle la pierna. Era un gato. Pequeño, de pelaje gris plateado, con unos ojos verdes que brillaban como los de Freida.El gato lo miró, se acercó, y se acurrucó en su regazo.Él lo acarició con ternura, y en ese instante, lo supo.Freida no se había ido. Solo había vuelto a su forma original. Y aunque ya no podía hablarle, ni iluminarle los libros, ni dormir a su lado como antes… estaba allí. Con él. En silencio. En forma de amor que no necesita palabras.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez un hombre que con aspecto cansado y mirada distraída se sentaba en el patio trasero de su casa. El hombre de edad adulta ya se movia lento y algunas veces sentía que algunas de sus fuerzas ya no eran lo que había sido anteriormente. Aquella tarde soleada la veía como apropiada para leer un libro. Abriendo el libro se dispuso a comenzar su lectura pero una mosca comenzó a molestarlo. La mosca le zumbaba cerca de su oído causándole mucha molestia. Con su mano trato de ahuyentarla pero la mosca simplemente se poso en su brazo, el hombre trato de atraparla con su otro brazo pero la mosca volaba y le seguía dando vueltas a su cabeza. Por mucho que el hombre trataba de salir de ella, la mosca siempre retornaba a su alrededor. Siempre volvía. Al principio la trato como a cualquier insecto molesto, pero a medida que la observaba algo en su vuelo le parecio distinto. Su movimiento no era erratico o torpe. El vuelo era muy coordinado y deliberado. Se podría decir que era preciso como si la mosca lo estuviera examinando y estudiando. Extranado trato de espantarla con más fuerza utilizando para ello el libro que sostenia en su mano. Pero la mosca era muy ágil y nunca se dejo atrapar. Frustrado el hombre se paro de su silla y trato de capturarla saltando hacia donde la mosca estaba volando pero ella simplemente volo más alto y desde allí se dirigió al borde del patio. El hombre vio como la mosca finalmente se posaba sobre algo que el inicialmente no distinguia. Curioso se acercó hasta ese lugar y allí lo reconoció La mosca estaba sobre el cuerpo sin vida de un pequeño ratón. Allí había otras moscas pero esta en particular lo observaba fijamente a el.La mosca lo estaba mirando. Con sus ojos de multiples facetas. El hombre sintió que la mosca comenzaba a comunicarse con el y sintió una voz en su mente. Era la voz de la mosca que le decía. Aquí estaré. Aquí esperare no te preocupes. El hombre tenso su cuerpo y dijo dirigiéndose a la mosca. Esperaras a que.. Ya sabes sucederá pronto no tengo ningun afan. Sintió la mosca diciendole. El hombre perturbado no quiso insistir, porque en el fondo había entendido. Lo supo con una certeza que le helaba la sangre.Ella simplemente esperaba que sucediera y ellas siempre saben cuando va a suceder.

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez enn los salones celestiales, donde los pensamientos se convierten en melodía, la luz no proyecta sombra y el tiempo se pliega como pétalos dejando que las emociones floten libres, un ángel sin nombre que fue convocado por el Consejo de la Alegría. Allí frente al consejo oyo como el anciano del viento le decía. Los humanos han olvidado como recibir alegría sin condiciones La tierra, necesita un nuevo tipo de consuelo: no uno que hablara, ni que predicara, sino uno que simplemente estuviera, irradiando dicha sin palabras.—Escoge tu forma —le dijeron—. Debes vivir entre los humanos, ser parte de sus días, de sus hogares, de sus silencios. El ángel escuchó. Su misión no era salvar, ni corregir, ni iluminar. Era estar. Ser presencia. Ser pausa. Ser caricia.El ángel descendió por la espiral de los vientos y observó. Vio niños llorando en rincones, ancianos solos en parques, parejas que discutían por cosas pequeñas. Vio también risas, abrazos, juegos... pero notó que la felicidad era frágil, como una pompa de jabón.Entonces, en una plaza en una tarde de otoni, vio a una anciana sentada en un banco. A su lado, un pequeño perro de pelaje blanco y dorado, ojos redondos como botones y hocico chato, la miraba con devoción. No pedía nada. Solo estaba allí. La mujer le hablaba como si fuera su nieto, su confesor, su memoria. y el perro, sin decir palabra, parecía entenderlo todo.El ángel supo.—Quiero ser eso —dijo—. Quiero ser un Shih Tzu.Y así fue.Nació en una camada de cinco, en una casa modesta. Lo llamaron Lilo sin saber que su nombre era más antiguo que las estrellas. Tenía el andar saltarín, la lengua siempre afuera, y una mirada que parecía decir: “Estoy aquí para ti”.Donde iba, dejaba una estela de calma. Los niños dejaban de llorar al acariciarlo. Los adultos, al mirarlo dormir hecho ovillo, recordaban que la ternura también es una forma de resistencia. Los ancianos lo sentían como un guardián silencioso, un compañero que no juzga ni exige.Lilo no ladraba mucho, pero cuando lo hacía, era como si dijera: “Estoy contigo. Todo está bien”.Cada noche, cuando todos dormían, Lilo se sentaba frente a la ventana y miraba las estrellas. En su interior, aún recordaba el Reino de la Luz. A veces, sus ojos brillaban como si recibiera mensajes. A veces, sus patas se movían como si danzara con seres invisibles.Dicen que los niños que lo miraban fijamente podían ver cosas que no sabían nombrar: recuerdos de otras vidas, promesas de futuros dulces, abrazos que aún no habían ocurrido. Fue tal la experiencia que estaban teniendo en la tierra con aquel Angel llamado Lilo que los sabios del consejo de la felicidad en el cielo decidieron que a partir de aquel momento todos los ángeles que fueran enviados a la tierra tendrían que tener la forma de un cachorro ya que nada en el mundo podía transmitir tal alegría como un perrito. . Y una grupo de ángeles han vivido en muchos hogares, siempre llegando justo cuando alguien más lo necesitaba. Un niño con pesadillas. Una mujer que acababa de perder a su madre. Un hombre que había olvidado cómo reír. A todos les enseñan a jugar de nuevo, a detenerse, a mirar el mundo con ojos de botón.Y así cuando Lilo recorre las calles con su familia claramente sabe reconocer a otro ángel y se le acerca a olerlo como un saludo de una logia secreta. Todos vienen del cielo. Y sabe lilo que cuando su cuerpo de Shih Tzu sea como las hojas del otono, cuando sus patitas ya no corran como antes, se recostara bajo un árbol y mirara al cielo agradeciendo los anos de felicidad que habrá regalado. Y desapar

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez un hombre llamado Julian que vivía una vida muy tranquila . A sus 40 años todo le había salido bien, pero hacia varios días estaba teniendo algunos sueños perturbadores durante la noche. Había estado soñando que estaba en algún otro lado y que nada de lo que hacia se parecía a lo que usualmente hacia. Esto le pareció extraño y gracias a un consejo de un buen amigo decidio visitar a un psiquiatra. Con la dirección apuntada en un pequeño papel llego al edificio donde el doctor tenía su consultorio y decidido entro en la oficina del psiquiatra para comentarle un poco de sus extraños sueños. Después de auscultarlo y escucharle la narración el psiquiatra le hizo algunos test y después de algunos momentos le dijo. Mi amigo usted sufre de un severo caso de desdoblamiento de la personalidad que se manifiesta durante la noche. Déjeme lo hipnotizo para regresarlo a una de sus personalidades Julian oyó estas palabras y no podía creerlo. Soltó una carcajada y dijo. Que disparate esta diciendo yo se quien soy y no acepto su diagnostico. Al salir del consultorio empezó a preguntarse a si mismo. Como podía ese medico decir eso. Como podía no ser el mismo. Como podía existir otro yo que viviera su vida sin que el lo supiera. Y como era posible que el no supiera nada. Indignado decidio olvidar aquella consulta tan absurda. Pero el destino y el mundo no estaba dispuesto a dejarlo en paz. Mientras caminaba por la calle vio como una pareja se le acercaba y lo saludan con mucho entusiasmo. Ernesto que bueno que te encontramos. Hace días no nos veíamos. Como has estado. Que ha sido de ti en estos últimos meses. Julian extrañado les dijo. Ernesto quien es Ernesto. Yo soy Julian. La pareja solto una risa y dijeron. Que bromista eres Ernesto. Nos tenemos que ir pero te esperamos en nuestra casa para comer algún día. Julian los vio partir y siguió caminando pensando que seguramente lo habían confundido con otro. Pero al llegar a la plaza del pueblo vio como un hombre se le acercaba y le decía. Ernesto como te atreves a estar en la calle, deberías estar trabajando, tu jefe se va a enterar y te va a despedir. Julian que no trabajaba no entendio como le decían eso pero de nuevo pensó que simplemente lo habían confundido con un tal Ernesto de nuevo. Acelero el paso deseando llegar a su casa, pero al llegar a su puerta y tratar de abrirla se dio cuenta que su llave no funcionaba. Trato varias veces pero nunca funciono. Así que alterado toco el timbre de la puerta. La puerta se abrio y una mujer que el claramente reconoció como su madre le dijo. Buenas tardes, digame quien es usted y en que le puedo ayudar. Julian no podía creer lo que estaba sucediendo. Allí estaba frente a su madre y ella no lo reconocia. Desesperado le dijo. Madre soy Julian, Pero la mujer le dijo. Lo siento joven no soy su madre y no se quien es Julian. Le propongo que se aleje antes de que mi hijo Ernesto llegue. Allí todo fue oscuro en la mente de Julian. Todos hablaban de un tal Ernesto y nadie lo reconocia como Julian e inmediatamente recordó lo que el psiquiatra le había dicho. Seguramente si tenía un problema de doble personalidad y que ahora estaba convertido en otro que el no reconocia. Asustado retrocedio y salió corriendo. Y corrio y Corrio hasta que llego al edificio del siquiatra y empujando la puerta de consultorio lo enfrento. Doctor devuélvame mi otra personalidad Yo no soy Ernesto yo soy Julian El medico lo miro con mucho desconcierto y le dijo. Disculpeme quien es usted, mientras pulsaba discretamente el boton de emergencia que tenía bajo su

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez En una pequeña aldea, un matrimonio anciano, humilde pero muy bondadoso.Un día, cuando el abuelo estaba arrancando las hierbaz del campo, oyó el triste quejido de una grulla en el arrozal vecino y se acercó para ver lo que ocurría...-¡Caramba! Parece que no puede volar...Era una gran grulla que estaba forcejeando para escaparse de la trampa en la que había caído.El anciano se acercó enseguida para desenredar el lazo que apresaba la pata del pobre animal.-¡Pobrecita! debía de hacerte mucho daño.Con mucho cuidado, la sacó de la trampa y le curó la herida de la zanca vendándosela con un pañuelo. La grulla no tardó en recuperar sus fuerzas.-A ver, prueba ahora si puedes volar...La grulla empezó a volar muy contenta, dando vueltas a su alrededor hasta desaparecer en el firmamento azul.El abuelo se sintió satisfecho por haber realizado una buena acción. Al volver a casa, se lo contó a su esposa que, al tener también muy buen corazón, sonrió diciendo:-Has hecho bien en soltarla de la trampa, no es bueno hacer sufrir a los animales.Después de cenar, la casa estaba en calma; mientras la abuela lavaba los cacharros en la cocina, se oyó a alguien llamar a la puerta.-¡Toc, toc!-¿Quién será, tan tarde? -susurró el abuelo, levantándose y abriendo sigilosamente la puerta.Afuera había una bonita niña desconocida. La niña dijo:-Vengo de un lugar lejano y como está nevando mucho y se me han roto los zapatos de paja no puedo seguir andando. Por favor déjenme pasar esta noche con ustedes.-Claro que puedes quedarte, faltaría más, entra y te calentarás con el fuego del fogón -dijeron los dos ancianos amablemente.El abuelo se apresuró a añadir leña a la chimenea para que se reanimara y después empezó a zurcirle los zapatos con paja de arroz; la abuela, por su parte, estaba atareada haciéndole una sopita caliente. La niña no sabía cómo agradecerles tanta bondad, huérfana de padre y madre desde su tierna infancia, nadie la había mimado así.Al día siguiente, como todavía no paraba de nevar, los abuelos le propusieron que se quedara a vivir con ellos que la tratarían como a su propia hija.La niña aceptó de buen grado. Aquel día, hacia la madrugada, la chica se levantó y se dirigió de puntillas a la cocina para preparar el desayuno pero..., no quedaba ni un grano de arroz ni pizca de pasta de soja para la sopa.-¿Qué puede hacer? Yo que pensaba ser un poco de ayuda para estos cariñosos vejetes...Recorrió la casa y vio que en una de las habitaciones había un telar lleno de polvo que debió de usar la abuela cuando era joven. Pensó que cuando se levantara el abuelo le pediría que lo engrasara y podría cooperar tejiendo un poco.El anciano no tardó en limpiar y preparar el telar para que la niña pudiera utilizarlo.-¡Qué bien, abuelitos! Voy a tejer tela para kimono para que la vendáis. Y diciendo esto entró en la habitación, no sin antes darles las «Buenas noches».Mientras ellos estaban acostados se oía el ruido de la máquina.-KI TON, KA RA RA. KI TON, KA RA RA.Esperó a que se despertaran para presentarles la tela que había tejido durante la noche.-Tenga usted esta pieza de tejido abuelito, y no la venda por menos de 100 monedas-¡Oh! ¡Qué hermosa!Era un tejido precioso de una seda blanca y brillante con el dibujo de unas grullas. Los dos se sorprendieron al verlo.-¡Hasta ahora no habíamos visto nada igual!El abuelo inmediatamente fue a la ciudad y le dieron por la tela más de 100 monedas Se sorprendió de haberla vendido tan cara. Después,

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez en lo que hoy es la isla del príncipe de gales en la parte norte de canada un mundo donde todo lo existente estaba envuelto en la más completa oscuridad y allí vivía la tribu Haida. En esa época no existía el sol, ni la la luna, ni las estrellas. Por lo tanto todos aquellos habitantes no podían explorar el mundo. Solo existía silencio.y frio. En medio de esa oscuridad vivía el un ser de plumaje negro como el vacío, pero con ojos brillantes llenos de inteligencia y curiosidad. Era el Cuervo. El Cuervo no era como los demás animales: podía cambiar de forma, hablar, pensar, y sobre todo, soñar con un mundo diferente.Un día, mientras volaba por los cielos oscuros, el Cuervo escuchó rumores provenientes de las aguas del mar. Estos rumores decían que que en una cabaña escondida junto a un río vivía un anciano sabio que guardaba la luz del mundo. Las mareas decían que Esta luz estaba encerrada en una serie de cajas mágicas, cada una más pequeña que la anterior. Dentro de la última caja, estaba el sol, la luna y las estrellas, que eran prisioneros de la codicia del anciano.El Cuervo que era un ser mágico y bueno deseaba liberar esa luz, por pura curiosidad y deseo de cambio. Pero sabía que el anciano era desconfiado y no permitía que nadie se acercara. El cuervo finalmente ideó un plan audaz para liberar la luz de las entranas de aquellas cajas que la tenía prisionera. Con la capacidad que tenía de cambiar de forma decidio Transformárse en una gota de agua cristalina que dejo que el viento la elevara y la dejara caer sobre una nube, luego espero hasta que la nube llegara sobre la casa del anciano y con precisión se dejo caer dentro de un cuenco de madera que la hija del anciano usaba para beber. Después de un tiempo la joven se acercó a su cuento y bebió sin notar nada extraño, El cuervo una vez en el cuerpo de la joven decidio transformarse dentro del vientre de la joven y luego de algunos meses la joven tuvo una criatura con forma humana. Dentro de aquel bebe estaba el cuervo esperando una oportunidad para cumplir con su cometido. El niño creció rápidamente, y aunque parecía humano, tenía una mirada traviesa y una risa que resonaba como el aleteo de un cuervo y algunas veces su voz era estridente como la de aquel animal. Un día, mientras jugaba en la cabaña de su abuelo, el niño cuervo , pidió ver las cajas que su abuelo guardaba con tanto celo. El anciano, encantado por su nieto, inicialmente se sentía receloso de dejar ver el contenido de la caja pero era tal el amor por aquel pequeño que decido acceder a su petición poco a poco.Primero le mostró la caja exterior, y el joven solo pudo ver otra caja. Decepcionado pidió que le dejaran ver el contenido de la siguiente caja pero su abuelo se negó y solo le prometio que al día siguiente le dajaria ver esa caja más pequeña. El niño al siguiente día despertó muy temprano y rogándole a su abuelo finalmente logro que le abriera la siguiente caja y allí encontró otra caja. Y la historia se repitió. Por muchos dias el muchacho lograba que su abuelo le abriera una caja más hasta que después de muchos diasl llegó a la última caja. En ese momento, el Cuervo reveló su verdadera forma, rompió la caja, y la luz escapó con fuerza.El sol salió disparado hacia el cielo, iluminando por primera vez los bosques, los ríos y las montañas. La luna lo siguió, trayendo consigo el misterio de la noche. Y las estrellas se esparcieron como semillas de fuego por el firmamento, cada una contando una historia ancestral.El Cuervo, bañado por la luz, ya no era solo una criatura de sombras. Su plumaje brillab

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabia una vez una niña llamada Elizabeth. Elizabeth tenía ocho anos y vivía en una pequeña casa de campo rodeada de colinas verdes y un huerto que su familia cuidaba con esmero. Desde muy pequeña, Elizabeth había sentido una admiración y fascinación por los relojes. No sabía exactamente por qué, pero el sonido del tic-tac le parecía como el latido de un corazón invisible que movía su alma. Por esta razón le encantaba. Ver en los almacenes de su pueblo los relojes de pulsara, los de pared, los de cucú y todos ellos le parecían mágicos.Sus padres que siempre estaban atentos a ella un dial decidieron regalarle un reloj dorado con una correa de cuero muy suave. Ella les había ayudado todo el verano a sembrar el huerto y siempre se había portado muy bien. Por ello pensaron que un reloj sería un gran regalo. Elizabeth un día llego del colegio en el día de su cumpleaños y sus padres la estaban esperando con un pequeño paquete dorado con un gran mono de color rojo. Ella excitada la abrió y sus ojos no podían creer lo que estaba viendo. Era un reloj de pulsera con una esfera dorada, números delicados grabados en su cara y una bella correa color marrón. Su cara reflejaba la alegría que sentía. Tomo el reloj entre sus manos y lo abrazo como si fuera una joya mágica. Lo llevaba puesto todos los días y todas las noches lo limpiaba. Con un pañito suave y antes de dormir lo guardaba en una cajita acolchada que siempre tenía en la mesita junto a su cama. Era su compañero que protegía el tiempo ya que sus padres le habían dicho. Debes cuidar este reloj ya que el es el que cuida el tiempo que es un bien muy precioso. Pero un día aquel reloj dejo de funcionar. Y Elizabeth sintió que era su culpa. Realmente no había hecho nada malo pero aquella joya ya no daba vueltas y no marcaba las horas del día y la noche. Avergonzada de pensar que algo había hecho mal le había ocultado a sus padres que su reloj ya no funcionaba. Pero aquella misma noche pensó. Si las semillas que ella plantaba en el huerto crecían formando una mata de donde salían los tomates y lo mismo sucedía con otros vegetales, es posible que si ella enteraba el reloj de allí crecería un árbol que produciría relojes. Su lógica de niña era impecable. Sembraría el reloj en el huerto y esperaría hasta que un bello árbol de relojes le trajera nuevos relojes. Y así lo hizo. Al día siguiente, cuando sus padres estaban ocupados en la cocina, Elizabeth fue al huerto con su reloj. Buscó un rincón entre las matas de albahaca y los girasoles, cavó un pequeño hoyo con sus manos y colocó el reloj dentro, como si fuera una semilla mágica. Lo cubrió con tierra, lo regó con cuidado y le susurró:—Crece, por favor. Quiero que haya muchos relojes, para que el tiempo nunca se me escape.Pasaron los días, y Elizabeth seguía regando el lugar en secreto. Pero sus padres notaron que ya no llevaba el reloj.—¿Dónde está tu reloj, Elizabeth? —preguntó su madre.Elizabeth bajó la mirada, nerviosa pero decidida a contar la verdad.—Lo planté en el huerto. Pensé que podría crecer un árbol de relojes.Sus padres se miraron sorprendidos. Su padre se agachó junto a ella y le dijo con dulzura:—Elizabeth , los relojes no crecen en árboles. Son hechos por personas, no por la tierra. Al enterrarlo, probablemente se ha estropeado.Elizabeth sintió una punzada de tristeza. Había perdido su reloj. Pero en el fondo, algo le decía que no todo estaba perdido.Pasaron los días, las Semanas y los meses. El huerto floreció como siempre. Las tomateras estaban llenas, las zanahorias saltaban crujientes de su lecho de tierra , y los girasoles se mecí

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.Juan David Betancur Fernandezelnarradororal@gmail.comHabía una vez En un rincón brillante y lleno de vida de África, una tortuga llamada Ijapa. Ijapa no era una tortuga cualquiera. Ella quería ser la más sabía de todo el universo, quería llegar a saber más cosas que cualquier otro animal. Pero tenía un pequeño problema: no quería que nadie más fuera tan sabio como él y además generalmente no escuchaba consejos de otros seres. Un día, decidió que la mejor manera de demostrar su sabiduría era reunir todo el conocimiento del mundo para sí mismo. Así que, con mucha determinación y su paso lento pero constante, comenzó a viajar por toda la Tierra. Ijapa visitó las montañas más altas, cruzó ríos caudalosos, habló con los ancianos árboles, y analizo a las estrellas en el cielo nocturno. Poco a poco fue recogiendo pedacitos de sabiduría, secretos, consejos y cuentos, y los guardaba en una enorme calabaza mágica que colgó alrededor de su cuello. Tenía una gran ventaja Ijapa podía vivir cientos de años así que no tenía ninguna prisa. Pasados muchos pero muchos años Cuando finalmente sintió que había recogido todo el conocimiento posible, pensó que tenía que proteger esa calabaza para que nadie más pudiera robar su sabiduría. Después de recorrer muchos sitios pensando si podría depositar allí su calabaza finalmente encontró una palmera muy alta tan alta que parecía realmente tocar el cielo. Y pensó … Mmmm a esta palmera ningun animal podrá subir, así que nunca nadie conocerá todo lo que tengo en esta calabaza. Este es el lugar perfecto para esconder mi calabaza llena de sabiduría. Pero subir a la palmera no era tan fácil como parecía. La calabaza la empujaba pesadamente delante de ella, con su cabeza trababa de empujar rodando la calabaza pero esto era casi que imposible. Luego trato de hacerlo con sus patitas delanteras pero igualmente no le fue posible. Por mucho que intentaba no lo lograba.. Ijapa intentó una y otra vez trepar, ayudándose de una cuerda al árbol para no caer, pero cada vez que subía un poquito, la calabaza la hacía resbalar y caía hacia abajo.Mientras luchaba contra la gravedad, un pequeño caracol que caminaba despacio por el suelo se detuvo a mirar la escena. Observó con atención a la tortuga que resbalaba y se decía a sí mismo:—¡Pobrecito, está haciendo todo más difícil con esa calabaza delante!Entonces, con voz suave pero sabia, el caracol se acercó y le dijo:—Ijapa, quieres que te de una idea.Ijapa bruscamente le dijo. No yo tengo toda la sabiduría del mundo conmigo y no necesito ningun consejo. Además tu no eres más que un humilde caracol que no sabe mucho y es más lento que yo. Sin embargo el caracol que era también inteligente le dijo. Si no me quieres escuchar mi idea esta bien…. Y siguio su caminoIjapa siguió luchando por un buen rato tratando de subir la calabaza pero no era capaz. Antes de que se hiciera de noche el caracol paso de nuevo por el lugar donde se encontraba Ijapa y la vio todavía tratando de trepar la palmera pero igualmente volvía a caer. Así que le dijo. Ijapa escúchame una sola vez. ¿por qué no intentas colgar la calabaza detrás de ti en lugar de delante? Así no te estorbará para subir.Ijapa, un poco cansado, pensó que no tenía nada que perder, y decidió probar el consejo del caracol. Aunque en su interior se sentía humillada de hacer lo que un simple caracol le decía. Pero utilizando la cuerda coloco la calabaza colgando de su caparazón y finalmente esa solución funciono. ¡Y vaya que funcionó! Al cambiar la calabaza a su espalda, la tortuga pudo trepar fácilmente y llegó a la cima de la palmera.Desde esa altura, mirando todo el mundo a su alrededor, Ijapa enten