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Torquemada, un rudo vendedor de agua, solía ir por la calle arreando su burro con tremendos azotes. La gente, acostumbrada a presenciar ese triste espectáculo, no hacía nada por impedir el suplicio y la humillación del asno, sino que se limitaba a decir: «¡Ahí van Torquemada y su burro!» Hasta que un día pasó por allí un caballero que se le acercó y le rogó que tuviera compasión del pobre animal. El pícaro aguador español se quitó la caperuza y le dijo al defensor del asno: —¡Yo haré lo que su señoría me mande, pues no pensé que mi burro tuviera parientes en la Corte! La respuesta burlona de Torquemada le cayó en gracia al caballero, tanto que le compró el animal y se lo llevó a su casa. El asno resultó ser un espectáculo agradable para los que se divertían en su compañía, no sólo los niños sino también los jóvenes y los adultos. Su nuevo amo lo llevaba consigo dondequiera que iba, como lo hacía antes Torquemada. Pero ahora la gente no calificaba al asno de «burro», porque no lo asociaba con la mala compañía de Torquemada. Al contrario, hablaba bien del noble animal porque iba bien acompañado. Por algo sería que a este cuento titulado «Torquemada y su asno» el gran lingüista Covarrubias de Toledo le puso el subtítulo: «De los que dondequiera que vayan, llevan en su compañía un necio pesado». La ironía de este cuento gracioso es que quien iba mal acompañado no era Torquemada sino su asno, de modo que cuando el pobre burro cambió de amo, y por tanto de compañía, se arregló todo. Ahora la gente podía ver que, en compañía de un caballero, el burro, lejos de ser un animal despreciable, era una criatura respetable. En él se cumplía el refrán que dice: «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»1 Ya hacía bastantes siglos que el apóstol Pablo había consignado una variante de este refrán en una de sus cartas que forman parte del Nuevo Testamento de la Biblia. Se trata de su primera carta a los presuntos cristianos en Corinto influenciados por la cultura griega y apegados a los valores sociales y prácticas paganas de los romanos en lugar de estar centrados en el amor y la unidad en Cristo. «No se dejen engañar —les escribió San Pablo—: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.”»2 San Pablo sabía que conocer a Dios es andar bien acompañado, al igual que el salmista David, que dijo: «Yo no convivo con los mentirosos, ni me junto con los hipócritas; aborrezco la compañía de los malvados; no cultivo la amistad de los perversos.... Señor... tu gran amor lo tengo presente, y siempre ando en tu verdad»3. David sabía por experiencia que no hay mejor compañía que la de nuestro caballeroso Dios. Él no nos obliga a servirle; nos invita más bien a andar con Él, a disfrutar de su compañía y a cultivar su amistad por toda la eternidad. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Luis Junceda, Del dicho al hecho (Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991), p. 215. 2 1Co 15:33 (NVI) 3 Sal 26:2-5 (NVI)
«Una tarde, [cuando tenía unos seis años,] mientras la feria... se desenvolvía con sus ruidos y colores, mi prima llegó a donde mi abuela: «—Mamaíta Tulita... ¿me presta al niño?... Es que quiero llevarlo a las ruedas.... »Mi abuela... contestó: »—Pero en la Chicago no me lo vayan a encaramar, porque de ahi se desbarranca. »Tres esquinas más allá, estaba el enamorado de la prima [esperándola].... »La feria era una maravilla.... Allí había... pupusas, pasteles, atoles, yuca sancochada, yuca frita, ponche... Y... en el contorno cuadrado del parque, los caballitos, las voladoras, la Chicago, el gusano, los carros locos y la ola giratoria... hacían de aquel lugar un pequeño país de mentira. »Comimos chucherías, bebimos frescos, nos subimos a la ola giratoria... y... después abordamos la Chicago. ¡Allí fue el drama! »Mi prima y su amado se [apretujaron] el uno contra la otra, y a mí me pusieron en el extremo del reducido asiento, sin más apoyo y socorro que el pequeño barrote de madera que servía de seguridad y sostén. »Al principio todo iba en calma. Los asientos subían y bajaban, y uno podía ver el panorama que crecía con amplitud en la ascensión y luego se iba reduciendo en el descenso. De pronto, la velocidad del aparato [aumentó] y lo que en un principio para mí fue gusto, se convirtió luego en un horror inmanejable. Las vueltas se sucedían una tras otra con vértigo, los asientos se bamboleaban, y la gente, entusiasmada o aterrorizada, daba alaridos.... Yo no paraba de gritar, a galillo abierto: »—¡¡Pareeen, señores, pareeeeennn!! Y trataba de aferrarme a la prima y a su caballero; pero ellos, indiferentes a la velocidad y a mi horror, permanecían atrapados en un prolongadísimo beso que sólo interrumpían para tomar aliento. Al final del martirio, me bajé pálido, sudoroso, mareado, con fiebre. Cuando... la prima vio mi lamentable condición, se afligió. »—No le vayas a decir a mamaíta Tulita que te subimos a la Chicago, oís. Yo le voy a decir que fue un fresco de ensalada el que se te cayó en la ropa. Te vamos a dar peseta... »Los miré con malevolencia. »—¡Un colón...! —exigí. »Mi prima se le quedó viendo al amado; y el escuálido caballero no tuvo más remedio que sacar un billete de a uno que, para arreciar mi desquite, exigí que fuera de los nuevecitos.»1 Esta simpática anécdota que nos cuenta el escritor salvadoreño Francisco Andrés Escobar en su obra titulada El país de donde vengo nos recuerda lo que suele suceder cuando desobedecemos órdenes superiores y nos empeñamos en salirnos con la nuestra. En realidad, aquella prima del autor no hizo más que seguir el ejemplo de nuestros primeros padres, quienes optaron por desobedecer las órdenes explícitas que les había dado Dios. Pero Adán y Eva, a diferencia de la prima y su novio, sufrieron las consecuencias, incluso el destierro del jardín del Edén, que era mucho más atractivo que un parque de diversiones o una feria.2 Más vale que obedezcamos los mandamientos de Dios y evitemos así merecer tales consecuencias, no sea que en el día del juicio nos veamos en la lamentable condición de ser desterrados del paraíso celestial, que es aún más atractivo que el jardín del Edén. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Francisco Andrés Escobar, El país de donde vengo (San Salvador: UCA Editores, 2006), pp. 249-52. 2 Gn 2:8–3:24
(Antevíspera del Día Mundial de la Propiedad Intelectual) «Desde Tugui, Brasil, el gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca anduvo con su gente sin hallar poblado alguno, cruzando los muchos ríos y malos pasos que había, hasta el 19 de diciembre de 1541.... Ese día llegaron a un lugar habitado por indígenas guaraníes, quienes con el jefe y hasta con las mujeres y los niños salieron muy complacidos a recibirlos al camino, a dos leguas del pueblo. Traían muchas provisiones de gallinas, patos, miel, batatas y otras frutas, maíz y harina de piñones (de la que hacen muy grandes cantidades). Porque hay en aquella tierra muy grandes pinares. Son tan grandes los pinos que cuatro hombres juntos, tendidos los brazos, no pueden abrazar uno. Son muy altos y derechos los pinos, y son muy buenos para mástiles de naves... según su tamaño. Las piñas son grandes, los piñones del tamaño de bellotas, con una cáscara grande como de castañas. En el sabor se distinguen de las de España.... »Por aquella tierra hay muchos puercos monteses y monos que comen estos piñones de la siguiente manera: Los monos se suben encima de los pinos y se agarran de la cola, y con las manos y las patas tiran muchas piñas al suelo; y cuando ya han derribado muchas, bajan a comerlas. Muchas veces ocurre que los puercos monteses están abajo aguardando a que los monos derriben las piñas, y cuando las han derribado, al tiempo que los monos bajan de los pinos a comerlas, los puercos arremeten contra ellos, se las arrebatan, y se comen los piñones. Y mientras los puercos comen, los monos dan grandes gritos desde los árboles.» De veras que es cómico imaginarnos a aquellos monos gritando desde los árboles en son de protesta por el robo de los puercos monteses, tal como lo narra Pero Hernández, secretario del explorador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca.1 ¡Sin duda debiéramos tener más compasión de los pobres monos, sobre todo nosotros que alguna vez hemos tenido a un mono de mascota! Y más aún los que podemos identificarnos con ellos por haber sido víctimas del despojo cometido por personas que, ya sea en carne propia o a distancia, nos han robado algo de nuestra propiedad física o intelectual que nos ha costado mucho trabajo. Es que, quiéranlo o no reconocer los culpables de ese delito, a los ojos de Dios es tan reprobable robarle una máquina de coser a una pobre viuda que se gana la vida con ella, como es condenable piratear las grabaciones de artistas musicales copiando y revendiendo sus discos compactos a precios irrisorios sin que los autores sepan siquiera lo que está sucediendo, aunque los pobres artistas lo supongan a causa de los pocos ingresos que perciben de las ventas legítimas. ¡Y ni hablar de los millares que a diario citan o copian las palabras de otros autores como si fueran suyas, ya sea en escritos o en la Internet, sin preocuparse un ápice por atribuirle autoría a esas palabras o investigar a ver quién las pronunció, dando así la impresión de que son de su propia inspiración! Más vale que los culpables de tales robos se arrepientan sinceramente de esa violación del octavo mandamiento, no sea que en el día del juicio a Dios le toque despojarlos a su vez de lo que más vale, diciéndoles: «¡Apártense de mí, todos ustedes hacedores de injusticia!»2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Comentarios [adaptado al español contemporáneo] (México, D.F.: Editorial Océano de México, 2001), pp. 145,168-69. 2 Lc 13:27
(Día Internacional del Libro y del Autor y Conmemoración de la Muerte de Miguel de Cervantes) «Fue llevado un día ante el doctor X..., [psiquiatra] notable de Río de Janeiro, un curioso enfermo, víctima de una singular manía.... »—Es preciso extraerlo —raciocinaba el loco—. El corazón es una víscera absolutamente tonta... No pasa de ser un estúpido fuelle, que sopla sangre por las arterias, en lugar de aire... La ciencia puede cambiarlo por un aparato cualquiera, que lo sustituya en su función de centro circulatorio, evitando, con todo, las regalías morales de que disfruta la tal víscera que he mencionado. »”... Si el corazón se contentara con su papel fisiológico de fuelle, de bomba de compresión, y se estuviese allá, modestamente, en el fondo de su cárcel de costillas, trabajando oscuro y honrado en sus diástoles y sístoles, no exigiría que se me extrajese, como un obstáculo que me corrompe el organismo y la vida; pero el intruso olvida que nació para fuelle; se mete en los dominios de la existencia moral, en plena competencia con el sensato cerebro, y comete, entonces, cuanta estupidez logre hacer.... »”En la familia, el corazón produce al enamorado: un tonto; en la sociedad, al héroe: otro tonto; en la literatura, al sentimental: otro tonto; en la filosofía, al melancólico: un tonto más... »”Ridículo, miserable, profundo, es lo propio de las víctimas del corazón.... »”Poner término a este mal me parece un deber elemental de la ciencia. Se sabe que el origen del mal está ahí, palpitando, a la altura de la cuarta y la quinta costilla... »”Sí, mi querido doctor. ¡Ya es hora de echar mano a los frenos de la fatigada cabalgadura de don Quijote, quien va paseando desastradamente la gesticulación huesuda de su entusiasmo caballeresco por entre el escarnio de las generaciones! »”¡Ya es hora de que termine este espectáculo del caballero de la Mancha, eternamente bueno, pero eternamente estúpido!... »El médico, que asistía extasiado a la extraña disertación del loco, reflexionó un momento y luego dijo: »—Esté usted tranquilo, amigo mío; no piense más en eso; voy a extirparle el corazón... voy a curarlo.1 De ahí que a este insólito cuento, que escribió en 1883 cuando tenía veinte años, el autor brasileño Raúl Pompeia le pusiera por título «El mal de Don Quijote». Curiosamente Pompeia mismo habría de fallecer doce años después, a escasos treinta y dos años de edad, en Río de Janeiro, donde había ocupado los cargos de director del Diario Oficial de la República y director de la Biblioteca Nacional. Si bien sobra decir que al necio de este cuento de Pompeia no le convenía que ningún psiquiatra le extirpara el corazón, no está por demás señalar que sí le hubiera convenido conocer la verdad de los siguientes proverbios, escritos por el sabio Salomón, que aclaran que el corazón humano no es necesariamente ni tonto ni malo: «En el agua se refleja el rostro, y en el corazón se refleja la persona.» «El corazón entendido va tras el conocimiento; la boca de los necios se nutre de tonterías», ya que «en el corazón de los sabios mora la sabiduría, pero los necios ni siquiera la conocen.»2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Raúl Pompeia, «El mal de Don Quijote», reproducido en Cuentos brasileños del siglo xix, trad. Elkin Obregón (Bogotá: Editorial Norma, 1992), pp. 181‑87. 2 Pr 27:19; 15:14; 14:33
(Aniversario de la Muerte de Mario Moreno «Cantinflas») Todo el Barrio Latino de Nueva York estuvo alborotado ese día. Hubo desfiles populares, marchas militares tocadas por magníficas bandas, banderas, confeti, cohetes y pancartas. Era el 4 de mayo de 1983. Ese día, por iniciativa de las Naciones Unidas, Cantinflas, el popular comediante mexicano, fue declarado «Símbolo de paz y alegría de las Américas». Entre los maestros de ceremonias que animaron la celebración estuvieron otros dos grandes actores hispanos: Ricardo Montalbán y José Ferrer. Si hubieran decidido postergar la celebración diez años, habrían tenido que referirse a Cantinflas en el pretérito, ya que falleció el 20 de abril de 1993. Menos mal que aprovecharon la vida del genio artístico para celebrarla. «No deja de tener su nota inspiradora este homenaje a Mario Moreno “Cantinflas” —comenta el Hermano Pablo algún tiempo después en Un Mensaje a la Conciencia—.... Porque es aleccionador celebrar a un hombre que sabe hacer reír y que encarna la sencillez, la bondad, la resignación del pobre, el desinterés y el altruismo. »Indica que todavía se aprecian en el mundo las virtudes de Cantinflas. Y como Mario Moreno también en la vida real es un hombre generoso, altruista, filántropo, humilde y desinteresado —señala el Hermano Pablo—, el homenaje tiene doble significado. »Ya he mencionado más de una vez a este famoso actor hispano —sigue disertando acerca de Cantinflas aquel admirador suyo, conocido también por su nombre artístico y no por su apellido—. Me gusta destacar que él siempre ha encarnado al hombre del pueblo, al hombre sufrido, resignado, paciente, no exento de alguna picardía, pero siempre de un gran corazón con un gran desinterés.» Y de ahí el Hermano Pablo pasa a definirlo de un modo escueto, totalmente opuesto al estilo que hizo famoso al actor: «En una sola palabra, Cantinflas es el hombre manso. Y la Biblia dice en uno de sus pasajes más notables: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.»1 Palabras del Señor Jesucristo mismo en el Sermón del Monte. »No son los generales prepotentes, ni los políticos astutos, ni los financistas sin más alma que el dólar, ni los eclesiásticos altaneros, quienes encarnan la paz y la alegría, sino los mansos.... »Jesús alabó a los mansos, a los humildes, a los pacificadores, a los resignados y a los que sienten hambre y sed de justicia, y los llamó bienaventurados», concluye el Hermano Pablo. Si queremos contar con la aprobación de Dios, más vale que nos esforcemos por imitar, al igual que Cantinflas, estas virtudes de los bienaventurados.2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Mt 5:5 (RVR-1960) 2 Mt 5:3-10
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos: «Le doy gracias a Dios por mi trabajo, pero últimamente el estrés me está consumiendo. Siento que me están recargando con mucho trabajo. Ya hablé con mi jefe, pero él no es nada comprensivo. »No duermo lo suficiente, y hasta mi carácter está cambiando.... Me costó mucho mi estudio, y encontré un trabajo de mi profesión. Pero no quiero enfermarme.... No sólo trabajo mucho todo el día, sino que hasta me llevo trabajo a casa. En mi país está muy difícil la situación económica. Por eso me esfuerzo por hacer mi trabajo de la mejor manera, pero a veces se me acaban las fuerzas.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimada amiga: »Muchas personas se identificarán con la situación en que usted se encuentra. Con frecuencia los supervisores de quienes sobresalen en su trabajo les asignan más y más tareas.... »El estrés es la reacción que presentan nuestro cuerpo y nuestro cerebro al confrontar cambios o retos. Pero el cuerpo de cada persona responde de una manera diferente, conforme a factores tales como su mecanismo de defensa, sus experiencias pasadas y su visión del mundo. »Los campeones de natación que caen al agua desde un bote sin duda se ríen y bromean al volver a subir a bordo, mientras que a quienes les sucede lo mismo y no saben nadar experimentan pánico, un ritmo cardiaco acelerado y dificultad para respirar. Aun cuando caigan del mismo bote, el cerebro y el cuerpo de cada uno responden de una manera completamente distinta. »Quienes sienten pánico bien pudieran determinar nunca volver a acercarse a un bote, siendo ese un mecanismo de defensa que es poco saludable debido a que consiste en evadir el problema. O, por el contrario, tal vez decidan tomar clases de natación, siendo ese más bien un mecanismo de defensa que consiste en identificar el problema y tomar medidas para remediarlo. »Según lo que cuenta usted, su cuerpo y su cerebro están reaccionando enérgicamente al estrés producido por trabajo excesivo, así que tiene razón de estar preocupada por los efectos que está surtiendo en éstos. Un consejero profesional pudiera ayudarle a examinar las opciones que tiene. »También le recomendamos que lea artículos en la Internet acerca de los beneficios de la respiración profunda y de cómo practicarla. Se ha comprobado que los ejercicios de respiración profunda disminuyen el estrés.1 »Quienes disfrutamos de una relación personal con Dios le contamos nuestros problemas en oración. Creemos que Él nos da la sabiduría y la claridad mental para dar el siguiente paso. Además, cuando confiamos en Dios, Él nos da la paz interior. De hecho, su Hijo Jesucristo dijo: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar.”»2 Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo puede leerse con sólo ingresar en el sitio www.conciencia.net y pulsar la pestaña que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 771. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Zaritza Girón, «10 beneficios de la respiración profunda para la salud», Editorial InfoSalud, Psicología y salud emocional, Revisado por Dr. Walter C., 10 noviembre 2020 En línea 16 febrero 2023. 2 Mt 11:28 (DHH)
«Recuerde en todo momento que el dinero que usted guarda en la caja no es suyo. Lo único que importa es que salve el pellejo. Si se le ocurre hacerse el héroe, ya sabe lo que le espera.» Quien así hablaba era José Shapiro, dando una clase a un grupo de empleados bancarios sobre la prevención del robo. Shapiro sabía lo que estaba diciendo. Él había pasado nueve años en penitenciarías federales por haber asaltado dieciocho bancos. Ahora, regenerado, dedicaba su tiempo a asesorar a empleados bancarios de cómo proceder en caso de un asalto. «El cajero debe incluso sonreírle al ladrón —recomendaba Shapiro—, porque así puede pescar algún detalle especial, tal como un diente de oro, que sirva para identificar al delincuente, si éste le sonríe también.»1 Entre los muchos oficios pintorescos del mundo actual, tenemos este de José Shapiro. Con una larga trayectoria como asaltante, escogió por fin el camino del bien, y como conocía todos los trucos y artificios del asaltante, les enseñó a los empleados bancarios cómo reaccionar en el momento crítico de enfrentarse al cañón de una pistola. Hay un refrán que dice: «Del viejo, el consejo», porque la sabiduría popular comprende que los años, junto con las canas, acumulan mucha experiencia. Y como «la experiencia es la mejor maestra», según otro conocido refrán, más vale que aprendamos de ella todo el mal que no debe hacerse, así como el bien que puede hacerse y no se hace. ¿Qué pasaría si cada persona, al llegar a los cincuenta años, comenzara a enseñar a los más jóvenes todo lo que no debe hacerse? Quizá las nuevas generaciones, si estuvieran en disposición de aprender, irían perfeccionando su vida moral. Uno de los mayores deberes de los padres es advertirles a sus hijos acerca de las cosas que no deben hacerse debido a que acarrean fracaso, amargura y dolor. Por algo será que el poeta argentino José Hernández, en la segunda parte de su obra clásica titulada La vuelta de Martín Fierro, declara que «un padre que da consejos, más que padre, es un amigo».2 Más vale entonces que los jóvenes escuchen a los mayores para así recibir el beneficio de la experiencia que éstos tienen que ofrecerles. Pero conste que, según el escritor español José María de Pereda, «la experiencia no consiste en lo que se ha vivido, sino en lo que se ha reflexionado».3 Porque vivir sin reflexionar sobre el orden moral de la vida es poco más que existir. ¿Por qué no reflexionamos sobre los siguientes proverbios afines del sabio Salomón? «Hijo mío, guarda siempre en tu memoria los mandamientos y [las] enseñanzas de tus padres.... Te guiarán cuando andes de viaje, te protegerán cuando estés dormido, hablarán contigo cuando despiertes. Atiende a mis palabras, hijo mío; préstales atención. Jamás las pierdas de vista, ¡grábatelas en la mente! Ellas dan vida y salud a todo el que las halla. Y sobre todas las cosas, cuida tu mente, porque ella es la fuente de la vida.»4 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Texto original del Hermano Pablo no documentado; véanse News Clip: Banks and Robber [Video de noticias: Bancos y asaltante], KXAS-TV, 5 mayo 1988, Fort Worth, Texas, University of North Texas Digital Library [Biblioteca Digital de la Universidad del Norte de Texas] En línea 30 septiembre 2025; y Andrea Marie Kampwerth, «Former Bank Robber Gives Lesson on Crime» [Antiguo asaltante de bancos da una lección sobre el delito], The Southern Illinoisian, 21 septiembre 2004, En línea 30 septiembre 2025. 2 José Hernández, La vuelta de Martín Fierro, en Poesía gauchesca (Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1977), p. 371 En línea 30 septiembre 2025. 3 Luis Señor González, Diccionario de citas, 1a. ed. (Espasa Calpe: Madrid, 1997), p. 213 En línea 30 septiembre 2025. 4 Pr 6:20,22; 4:20-22 (DHH); 4:23 (TLA)
(Aniversario del Naufragio del Titánic) Era el buque transatlántico más grande y más lujoso de la época, con capacidad para tres mil pasajeros. Pero a pesar de que sus constructores se ufanaban de que era insumergible e indestructible, se hundió después de chocar contra un iceberg cerca de la medianoche en el Atlántico Norte, a unas 400 millas al sur de Terranova, en su viaje inaugural entre Nueva York y Southampton. Trágicamente, en sus botes salvavidas sólo cabían cerca de la mitad de los pasajeros y tripulantes que iban a bordo, entre los que se encontraba la crema y nata de la sociedad inglesa y estadounidense. Cualquiera daría por sentado que se trata del Titánic, que sufrió sin duda el naufragio más conocido de la historia. Sin embargo, no sólo es una fiel descripción de aquel naufragio verídico, ¡sino también de un naufragio ficticio descrito catorce años antes! El que se lo imaginó con semejante lujo de detalles fue el escritor estadounidense Morgan Robertson en su corta novela titulada Futilidad cuando fue publicada en 1898, pero que después del verdadero naufragio del Titánic el 15 de abril de 1912 comenzó a llevar por título adicional: El naufragio del Titán. Es que ¡al buque transatlántico de su novela Robertson lo llamó Titán y lo describió como tal por lo menos nueve años antes de que la clase Olympic, a la que pertenecía el Titánic, fuera diseñada!1 Si bien hay algunas diferencias entre las dos tragedias, las discrepancias en realidad son mínimas en comparación con las asombrosas similitudes que las relacionan. De ahí que, en 1998, por tratarse del centenario del libro El naufragio del Titán, Simon & Schuster haya vuelto a publicarlo, y que el editor Simon Hewitt haya escrito en cuanto al asombroso presagio del Titánic: «Nadie puede decir a ciencia cierta si se trata de una extraña serie de coincidencias o si lo que actuó ahí fue algo mucho más enigmático». Lo cierto es que, a los ojos de Morgan Robertson, que tenía experiencia de muchos años y era un experto en la navegación de aquel entonces, su Titán literario era un símbolo de orgullo desmedido y, al igual que en el Titánic histórico, eran patentes las divisiones sociales de la época.2 Gracias a Dios, si nos arrepentimos de todo corazón y le pedimos perdón por nuestra manera egoísta de pensar y de actuar, en el umbral de la muerte Él no nos guardará rencor por haber sido orgullosos al extremo de creer que no lo necesitábamos a Él en nuestra vida, ni nos echará en cara el habernos creído superiores a otras personas, ya fuera por su condición física, económica o social, a pesar de lo mucho que Él, como Padre nuestro, aborrece tales actitudes. Más vale entonces que hagamos lo que hicieron quién sabe cuántos de aquellos que perecieron en las gélidas aguas del Atlántico aquella trágica noche de abril mientras escuchaban a la banda del Titánic tocar el himno que dice: «Quiero estar más cerca de ti, mi Dios». Pidámosle a Dios perdón por todo pecado que hayamos cometido contra Él y contra nuestros semejantes antes de que sea demasiado tarde. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Wikipedia, s.v. «Clase Olympic» En línea 16 octubre 2019. 2 F.B., «Titán, Titanic», El Mundo, 2012 En línea 11 octubre 2019; Debra J. Groom, «The strange tale of an Oswego man who wrote a book predicting a Titanic-like disaster ... 14 years before it happened» [La extraña historia de un hombre de Oswego que escribió un libro que predecía un desastre Titánico... 14 años antes de que sucedió], The Post-Standard, 11 diciembre 2011 (actualizado 22 marzo 2019 En línea 15 octubre 2019.
(Víspera del Aniversario del Naufragio del Titánic) Era una maravilla de la tecnología náutica. Se trataba de un transatlántico británico, el buque de pasajeros más grande y más lujoso que jamás hubiera navegado las aguas de océano alguno. Tenía 269 metros de largo por 28 metros en su punto más ancho, y había sido construido de tal modo que se creía que no podía hundirse. Emprendió su travesía inaugural el 10 de abril de 1912, partiendo de Southampton, Inglaterra, rumbo a la ciudad de Nueva York. A medida que cruzaba magistralmente el océano, la admiración de todos aumentaba debido a la ausencia de vibración y a su estabilidad no obstante una velocidad cada vez mayor. Con el mar en perfecta calma, avanzó a todo vapor hasta un punto en el Atlántico Norte a unos 640 kilómetros al sur de Terranova. Faltaban sólo veinte minutos para la medianoche del domingo 14 de abril, cuando un atalaya divisó un iceberg directamente en frente. El enorme transatlántico empezó de inmediato a virar, pero ya era demasiado tarde. Al chocar contra aquel imponente bloque de hielo, se abrieron por lo menos cinco de sus compartimentos estancos hacia la proa, y el buque comenzó a llenarse de agua y a inclinarse al sumergirse la proa. Se hundió finalmente a las 2:20 de la madrugada del lunes 15 de abril de 1912, y quedó sepultado en el fondo del mar, a unos cuatro kilómetros de profundidad. De unas 2.224 personas que llevaba a bordo, el renombrado Titánic sólo tenía espacio para 1.178 en sus botes salvavidas, y para colmo de males en varios de los botes quedaron muchos puestos vacantes, dejando aún más pasajeros abandonados a su suerte. En total perecieron 1.522 personas. El buque Californian, a menos de 32 kilómetros de distancia, pudo haber socorrido al Titánic a tiempo para salvar a todos sus pasajeros, pero no recibió la señal telegráfica pidiendo auxilio debido a que el radiotelegrafista había dejado de escuchar sus audífonos diez minutos antes de la primera señal. Irónicamente, ese mismo radiotelegrafista del Californian le había advertido al Titánic del peligro dos veces, la última, 45 minutos antes del desastre. Pero uno de los radiotelegrafistas del Titánic, en lugar de hacerle caso, le había respondido que se callara, pues estaba interfiriendo la señal. Con razón dice el refrán: «Bien te quiere quien te advierte.»1 Jesucristo, el Hijo de Dios, nos advirtió que el fin del mundo, ese iceberg infranqueable contra el que ha de chocar la humanidad entera, será como sucedió en tiempos de Noé: «Comían, bebían, y se casaban... hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y los destruyó a todos.... Por tanto —agregó Jesús—, manténganse despiertos porque no saben ni el día ni la hora.... Dichosos los siervos a quienes su señor encuentre... preparados, aunque llegue a la medianoche o de madrugada.»2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Refranero general ideológico español, compilado por Luis Martínez Kleiser (Madrid: Editorial Hernando, 1989), p. 66. 2 Lc 17:20,26,27; Mt 25:13; 12:37,38
En 1528, Pánfilo de Narváez desembarcó en la Florida cerca de la Bahía de Tampa. Allí el capitán español se hizo amigo de un cacique llamado Hirrihigua, al que posteriormente mutiló. Mandó que a la madre del cacique la despedazaran y se la comieran los perros, y luego le cortó la nariz al cacique. Consumado este acto salvaje, Narváez zarpó y navegó en busca de más destrucción en el norte de la Florida. Después de la salida del capitán, llegó procedente de Cuba una patrulla española en busca de él. El cacique Hirrihigua logró mañosamente que cuatro miembros de la tripulación patrullera desembarcaran allí, y los capturó. Los españoles restantes huyeron, pero ahora Hirrihigua tenía cuatro prisioneros con los que podía tramar su venganza. Un día de fiesta hizo desnudar a los españoles, y luego mandó que corrieran, uno por uno, alrededor de la plaza de la aldea. Los indios les lanzaron flechas que se les quedaron clavadas en el cuerpo, pero evitaron herirlos en órganos vitales. Así dieron muerte de una manera lenta y tortuosa a tres de los españoles. Luego sacaron al cuarto español, Juan Ortiz, de dieciocho años de edad, para matarlo de la misma manera. Por alguna razón a la mujer del cacique y a sus hijas les cayó bien el joven Ortiz, y convencieron a Hirrihigua que le perdonara la vida. De modo que el cacique condenó a Ortiz a trabajo de criado y al cuidado del cementerio de la tribu. El futuro de Ortiz se tornó más prometedor cuando mató una pantera durante su turno en el cementerio. Llegó el día en que el cacique decidió que iba a tener que matar al joven español. Pero la hija del cacique lo ayudó a escapar. Por eso cuando el conquistador Hernando de Soto se posesionó de la Florida en nombre de España en 1539, Ortiz pudo servirle de intérprete hasta su muerte al oeste del río Misisipí que había descubierto.1 Esta historia salvaje ilustra el extremo al que se puede llegar para aplacar la sed de venganza, y lo difícil que es lograr que se haga justicia. La triste realidad es que con la venganza no se consigue la paz; antes bien, se pierde hasta la poca paz que queda. Por eso la Carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento de la Biblia nos advierte que Dios ha dicho: «Mía es la venganza; yo pagaré», y que «¡es aterrador caer en las manos del Dios vivo!»2 Es que Aquel que nos creó como somos sabe que la venganza no resuelve nada en nuestro interior. Lo único que restablece la paz interior es nuestra disposición a recibir el perdón que nos ofrece Dios, a perdonar a los demás con el poder que Él nos da para hacerlo, y a dejar nuestra causa en sus manos, es decir, en manos del único que siempre hace justicia porque es Justo por naturaleza. Pues tarde o temprano, para bien o para mal, Dios pagará. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Joe Crankshaw, «Tales of Old Florida: Florida History Outshines Disney’s Pocahontas» [Relatos de la antigua Florida: La historia de la Florida eclipsa el Pocahontas de Disney], Miami Herald, 19 junio 1995, p. 5B; véase Garcilaso de la Vega, La Florida del Inca: Historia del adelantado Hernando de Soto, Gobernador y Capitán General del Reino de la Florida, y de otros heroicos caballeros españoles e indios (Madrid: Nicolás Rodríguez Franco, Impresor, 1723), pp. 25-41. 2 Heb 10:30,31 (NVI)
(Antevíspera del Día Internacional de los Niños de la Calle) «... Toda la zona del arenal del dique, como toda la ciudad de Bahía, [pertenecía] a los Capitanes de la arena.... »... La ciudad comenzó a hablar de [aquellos] chicos vagabundos que vivían del robo. Nadie sabía el número exacto de los que así vivían. Serían unos cien y, de ésos, más de cuarenta dormían en las ruinas del... viejo depósito abandonado, en compañía de ratones, bajo la luna amarilla.... »... El Sem‑Pernas... quería... algo que lo hiciera feliz, que lo librase... de esas ganas de llorar que le venían en las noches de invierno.... una mano que lo acariciara, alguien que le hiciera olvidar su defecto físico con mucho amor, que le hiciera olvidar los... años que había vivido solo en las calles de la ciudad, hostilizado por los hombres que pasaban, empujado por los porteros, zurrado por los muchachos más grandes. Nunca tuvo familia. Había vivido en la casa de un panadero, al que llamaba padrino, que le pegaba buenas palizas. »El día que comprendió que una fuga lo libraría, lo hizo. Sufrió hambre, y un día lo metieron preso.... Aquella noche en la comisaría... vigilantes borrachos le hicieron correr renqueando alrededor de una pieza. En cada rincón lo esperaba uno con un palo largo. Las marcas de las costillas ya habían desaparecido, pero en la parte interior nunca desapareció el dolor de esa noche.... »... Después encontró a los Capitanes de la arena... y se quedó con ellos.... Su corazón estaba lleno de odio. Confusamente deseaba tener una bomba... que arrasara con toda la ciudad.... Entonces se alegraría. O también, si alguien, posiblemente una mujer de cabellos grises y manos suaves, lo apretara contra su pecho, le acariciara la cabeza y lo hiciera dormir un buen sueño, un sueño que no estuviera lleno de los sueños con aquella noche en la comisaría. Entonces estaría alegre y no tendría odio en el corazón. Y no tendría más envidia ni desprecio....»1 Así nos presenta al patético Sem-Pernas el popular novelista brasileño Jorge Amado en su obra titulada Capitanes de la arena. Cuando apareció este polémico libro de Amado en 1973, el Estado Novo brasileiro confiscó la edición y mandó quemar centenares de ejemplares en la plaza pública. De modo que cuando volvió a aparecer el libro siete años más tarde, «constituyó un verdadero acontecimiento cultural», comentan los editores de Losada en la contraportada de su edición del 2006. Gracias a Dios, ese «mundo de los niños abandonados, unidos por la miseria y empujados por una sociedad egoísta hacia los arenales del puerto, donde organizan su propia sociedad infantil, con toda la secuela de la delincuencia, pero rica también en solidaridad, inocencia y amor», como los describe la Editorial Losada, es el mismo mundo por el que el Padre celestial envió a su único Hijo Jesucristo a morir en la cruz del monte Calvario... solidario, inocente y amoroso.2 Y ese Hijo de Dios que dio su vida por todos los niños de la ciudad de Bahía, tanto los niños abandonados como los niños consentidos, es el mismo Cristo Redentor al que se le rinde homenaje con un monumento en el monte Corcovado, el Cristo que siente igual compasión y ternura por los niños de Río de Janeiro, del resto de Brasil, de Iberoamérica y del mundo entero.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Jorge Amado, Capitanes de la arena, trad. Estela dos Santos (Buenos Aires: Editorial Losada, 1973), pp. 30-31,41-42. 2 Jn 3:16 3 Sal 103:13; Mt 23:37; Lc 13:34
En este mensaje tratamos de manera anónima el caso que nos contó una mujer en las siguientes palabras: «Yo me congrego en una iglesia donde enseño la Biblia. Mi hija mayor es maestra de inglés, y lleva una vida de desorden, alcohol y relaciones con diferentes hombres.... Los fines de semana se la pasa metida en los bares. »Por ser yo maestra también como mi hija, no puedo dar consejos porque las demás personas me señalan diciéndome que me gusta corregir a los demás, pero que no corrijo a mi propia hija.... He sabido que ella ha dañado algunos matrimonios porque los afectados vienen a mí para informarme de lo que mi hija está haciendo, y me responsabilizan a mí. ¿Qué hago? Ella aún vive bajo mi techo.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimada amiga: »En el Caso 881, le dimos un consejo a una madre con un problema muy parecido al suyo. Le recomendamos que consulte ese caso en www.conciencia.net para enterarse de lo que le aconsejamos. »Una de las diferencias entre ese caso y el suyo es que la hija adulta ya no estaba viviendo en casa con la mamá, lo cual no es ni bueno ni malo. Pero en su caso, usted sí tiene la opción de pedirle a su hija que se mude y viva por su propia cuenta. Es posible que la gente sea más comprensiva si su hija se muda, pero usted necesitará pedirle a Dios que la guíe en cuanto a esa decisión, ya que no hay una respuesta específica basada en la Biblia que podamos darle. »Lo que la Biblia sí establece son los requisitos para ser un líder. El apóstol Pablo enfatizó en sus cartas a Timoteo y a Tito que un líder debe gobernar bien su hogar, y eso incluye amar y disciplinar de manera constante a los hijos.1 Pero la hija suya ya no es una niña. Es una adulta que trabaja y toma sus propias decisiones, aun sabiendo que usted no las aprueba. »Hay varios ejemplos de líderes en la Biblia que no fueron descalificados a pesar de que sus hijos adultos no sirvieron a Dios. El sacerdote Elí, el profeta Samuel y el rey David tuvieron hijos adultos que no anduvieron en los caminos de Dios,2 y sin embargo Dios no rechazó a esos padres por las acciones de sus hijos. Cada hijo adulto tuvo que sufrir las consecuencias de su propia desobediencia. »No obstante, nos preocupa que en su vida haya personas que la juzgan con tanta severidad. Esas personas la están juzgando a pesar de que Jesucristo mismo, el Hijo de Dios, enseñó: “No juzguen para que nadie los juzgue a ustedes.”»3 »... Nosotros, también, tenemos una hija adulta que no es una seguidora de Cristo. Al igual que a su hija, se le han enseñado los caminos de Dios, pero ahora mismo está optando por no seguirlo a Él. Por supuesto que oramos por ella, pero su condición espiritual no afecta nuestra capacidad de enseñar a otros.» Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo se puede leer si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 888. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 1Ti 3:4-5; Tit 1:5-9 2 1S 2:12-17, 22-25; 8:1-3; 2S 13:1–18:33; 1R 1:1-53 3 Mt 7:1
En este mensaje tratamos el caso de una mujer que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que la citáramos, como sigue: «Después de veinticinco años de casados, me enteré de que mi esposo tuvo un romance hace diez años y nació una hija. Me enfurecí mucho y quise separarme de él. Hemos venido aceptando lo sucedido con el pasar del tiempo, y un día me confesó que, después de que me enteré, nunca más ha ido a ver a su hija, que debe tener nueve años, y que no le interesa tener ningún contacto con ella ni con su mamá. Él me dice que tomó esa decisión por mí, para que yo no sufra. Pero sé que el que sufre es él, porque es un hombre responsable. »Yo no sé qué hacer, si decirle que la busque o dejar eso así. Su decisión me hace sentir culpable, aunque no quiero que nada dañe mi matrimonio.» Este es el consejo que le dimos: «Estimada amiga: »Nos alegra que le haya hecho caso a su conciencia, la cual le está haciendo ver que no es justo que una inocente niña pierda a su papá. Sin duda, usted no quiere ser la causa de que una pequeña sufra el resto de su vida porque la abandonó su padre. »Por supuesto que su esposo hizo lo indebido. Cometió adulterio y pecó contra usted y contra Dios. Y la niña es una consecuencia de ese pecado. ¡Pero ella es inocente! ¡No hizo nada malo! ¿Qué gana con hacerla sufrir por el pecado de su esposo? »Uno de los Diez Mandamientos es no cometer adulterio.1 ¿Por qué consideró Dios que tenía tanta importancia como para que fuera una de las diez normas de conducta esenciales? Precisamente porque Él ama a los niños inocentes, se interesa en el bienestar de ellos y quiere asegurarse de que disfruten de las mejores oportunidades en la vida como parte de una familia estable y amorosa. Esa hija de su esposo jamás tendrá [tal] oportunidad.... »Le instamos a que tome la decisión de no relacionar en sus pensamientos a esa niña con el pecado de su esposo ni con la madre de ella. Dígale a su esposo que sienta la libertad de invitar a su hija a la casa de ustedes. Aprenda a amarla, no porque usted acepta lo que hizo su esposo, sino porque sabe que ella es inocente. De hacerlo así, en vez de dañar su matrimonio, profundizará el aprecio y el amor que su esposo le tiene a usted. »No será fácil. Es obvio que la niña la verá a usted como la rival de su mamá. Tal vez la trate con desprecio al principio. Si eso sucede, ábrale las puertas de su hogar de todos modos y permítale pasar tiempo allí con su papá mientras usted se mantiene alejada en otra parte de la casa. Pero siempre recuerde que la relación que sostiene su esposo con esa hija no es nada de lo que usted debe ponerse celosa. El amor que él siente por ella es diferente del que siente por usted. Se portará usted como una mujer muy sabia si aprende a aceptar a esa pequeña del mismo modo en que ha llegado a aceptar lo que hizo su esposo. »Le deseamos lo mejor, »Linda y Carlos Rey.» El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa el enlace que dice: «Caso 147» dentro del enlace en www.conciencia.net que dice: «Casos». Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Éx 20:14; Dt 5:18
María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, amante de varios hombres a la vez, entre ellos su esposo, amaba con la misma pasión el dinero y el ostentarlo. Conocida como Yiya Murano, llegó a ser conocida también con los infames motes de la envenenadora y la Lucrecia Borgia de Monserrat. Vivía en Buenos Aires, Argentina, donde en 1979 envenenó con té a sus tres amigas prestamistas. En el prólogo a la biografía titulada Mi madre, Yiya Murano, escrita por su hijo Martín Murano, el periodista y escritor argentino Rodolfo Palacios sostiene que la ambición de Yiya «la llevó a humillar a su hijo desde niño, entre mentiras, desprecios y amantes que le hacían regalos costosos.... Las víctimas conocieron más a Yiya que su propio hijo. [A él] no le quedó ningún buen recuerdo de su madre, ni un instante feliz, mucho menos una foto en familia o un paseo inolvidable.»1 Respecto a su muy querido pero ingenuo padre, Martín declara: «Para mí fue siempre más fácil comprender la actitud manipuladora de mi madre que la devoción de [Antonio,] mi padre. Quizás Antonio, que murió de pena cuando encarcelaron a Yiya, se sintió alguna vez identificado con los famosos versos que Borges escribió sobre Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”.»2 Cuatro días antes del plazo que la sentencia dictada por la Cámara de Apelaciones había fijado para que Yiya se entregara a la Justicia, le confesó por fin a Martín que ella había matado a aquellas mujeres poniendo el veneno en los saquitos de té que bebieron. —Ahora que lo sabés, ¿qué pensás de mí? —quiso saber [Yiya]. —No creo que realmente te importe y, principalmente, a mí no me importa que a vos te importe [—respondió él]. En contraste, lo que sí le importaba a Martín era lo que pensaba María Sandoval, la empleada doméstica a quien Yiya había contratado para cuidarlo desde su infancia y a quien él a menudo había llamado «mamá» sin que a Yiya le importara mucho. Por eso Martín acababa de decirle a Yiya tajantemente: —Para mí, Antonio es mi viejo y María mi vieja... —¡María! Por favor... una sirvienta —[lo había interrumpido Yiya] de una manera despectiva.... —Una sirvienta sí [—había replicado Martín—], pero que supo quererme, que supo entenderme y que se enorgullecía cada vez que hablaba de mí...3 Gracias a Dios, quien creó a su imagen tanto a la mujer como al hombre, todos tenemos en Él a un Padre celestial que nos ama no sólo paternalmente sino también con el tierno, reconfortante y entrañable amor de una madre. Fue por ese inmenso amor que Dios hizo posible que se nos llame hijos suyos. Para serlo, sólo falta que reconozcamos que Jesucristo su Hijo supo querernos más que nadie al dar su vida por nosotros, y supo entendernos al hacerse hombre. Así podremos también llegar a apreciar el orgullo que Dios siente por nosotros como Padre nuestro.4 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Martín Murano, Mi madre, Yiya Murano (Buenos Aires: Planeta, 2016), Edición Kindle: pp. 11-12. 2 Ibíd., pp. 21-22. 3 Ibíd., pp. 122-24. 4 Gn 1:27; Dt 32:18; Is 49:15; 66:13; Mt 23:37; Jn 1:12,14; 3:16; 15:13; Fil 2:5-8; 1Jn 3:1
Su enfermedad la había debilitado. No iba a ser posible huir de los perros bravos de aquellos hombres barbudos que estaban haciendo estragos en su tierra. Pero se le ocurrió una idea. Tal vez no fueran tan despiadados que mataran a su niño de un año de edad, sobre todo si lo hallaban indefenso y desamparado. De modo que la pobre indígena se valió de su último recurso en un inútil intento de salvarle la vida a la criatura de sus entrañas: Tomó una soga, se ató al pie a su precioso hijito, y se ahorcó de una viga. Con todo, los perros se abalanzaron sobre el niño y lo despedazaron. Sólo quedó el interrogante de lo que habría pensado aquella madre si hubiera vivido para presenciar el sacramento «cristiano» que se le aplicó a su inocente hijo, pues un fraile español a duras penas lo bautizó mientras agonizaba momentos antes de su sangrienta muerte.1 Este trágico relato de Fray Bartolomé de las Casas nos conmueve no sólo porque trata sobre el amor de una madre por su pequeño hijo, sino también por la forma despiadada en que los conquistadores cazaron a su aterrorizada presa. Y es que los dos presentan un contraste perfecto. Por una parte sobresale como una bella rosa entre las espinas el amor de la joven indígena que estaba dispuesta a dar su vida con la esperanza de que así lograra salvar a su hijo. Por la otra se destaca como una llaga putrefacta la insensibilidad de los cazadores de indios del Nuevo Mundo, que se valían de perros para acabar con sus desprotegidas víctimas. Así como esa madre indígena del reino de Yucatán en el siglo dieciséis dio su vida con el fin de salvar la de su hijo, también el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, dio su vida para salvarnos a nosotros de las garras del pecado. Pero hay dos diferencias abismales entre los dos casos. En primer lugar, Cristo podía huir de su enemigo. Cuando Pedro quiso defenderlo de los soldados romanos, Cristo lo desarmó con estas palabras: «¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder?»2 Con eso Cristo daba a entender que Él no habría de morir impotente a manos de su enemigo, sino que había un plan maestro que Él tenía que seguir. Y ese plan contemplaba su muerte en la cruz por los pecados de toda la humanidad, tanto de los conquistadores como de los conquistados de todas las edades. La otra diferencia fundamental entre la muerte de la madre indígena y la de Cristo es que Él no fracasó. Cuando salió victorioso del sepulcro, sus descorazonados discípulos reconocieron que su muerte obedecía a ese plan maestro,3 y tan convencidos estuvieron que uno por uno se dispusieron a dar la vida por la causa del Maestro de ese plan. Dispongámonos también nosotros a rendirle a Cristo nuestra vida. Aceptemos hoy mismo la salvación que nos compró con su muerte y que selló con su resurrección. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Fray Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las indias, citado en Cronistas de indias: Antología, 3a ed. (Bogotá: El Áncora Editores, 1992), pp. 48-50. 2 Mt 26:53-54 3 1Co 15:3-57
Con buena razón se ha dicho acerca de las Rimas sacras, como las siguientes del poeta español Lope de Vega, que «contienen, sin disputa, algunos de los más bellos y emocionantes sonetos religiosos de la poesía española»1: ... El puro y manso Jesús, que el Bautista en el Jordán llamó Cordero de Dios, se quiere sacrificar. . . . . . . . . . . Mucho le pesa la cruz, los pecados mucho más, con ellos ha dado en tierra, que no los puede llevar. . . . . . . . . . . Cayó Cristo, y por la frente, con el golpe desigual, se le entraron las espinas lo que faltaban de entrar. . . . . . . . . . . Suspira el manso Cordero, ayuda pidiendo está, y a palos, golpes y coces le vuelven a levantar. . . . . . . . . . . Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues. . . . . . . . . . . Ya clavan la diestra mano, haciendo tal resistencia el hierro entrando el martillo, que parece que le pesa. Los pies divinos traspasan, y cuando el verdugo yerra de dar en el clavo el golpe, en la carne santa acierta. . . . . . . . . . . Cayó la viga en el hoyo, y antes de tocar la tierra, desgarrándose las manos dio en el pecho la cabeza. . . . . . . . . . . Unos dicen que, si es rey, de la cruz descienda y baje; y otros que, salvando a muchos, a sí no pudo salvarse. . . . . . . . . . . Viendo, pues, Jesús que todo ya comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el hombre se salve. Corrió un hombre y puso luego a sus labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y vinagre. . . . . . . . . . . ... [Ahora] el ladrón famoso, como otros muchos han hecho, quiere acabar predicando al que está con él, diciendo: «Éste padece sin culpa, y culpados padecemos, Jesús, hijo de David, [te acuerdas de mí] en tu reino. «Conmigo —responde Cristo— estarás hoy, te prometo».... . . . . . . . . . . A su Padre Eterno mira, abriendo los ojos santos... con voz poderosa dice, cielos y tierra temblando: Mi espíritu, Padre mío, pongo en tus sagradas manos. Y bajando la cabeza sobre el pecho quebrantado, a la muerte dio licencia para que flechase el arco. . . . . . . . . . . Rompióse el velo del templo, cayeron los montes altos, abriéronse los sepulcros, y hasta las piedras hablaron. Mas llamando encantamientos el pueblo tales milagros, quebrarle quieren los huesos que sólo quedaban sanos. Y como le hallaron muerto, por ir seguro, un soldado puso la lanza en el ristre arremetiendo el caballo. Y abrió por el santo pecho tanta herida a Cristo santo, que se le vio el corazón... que en obras [se apreció] claro.... . . . . . . . . . . ... [Mi] dulcísimo Jesús, si después de pies y manos también dais el corazón, ¿quién podrá el suyo negaros? . . . . . . . . . . Bien sé, [mi] Pastor divino, que estáis subido en alto, para llamar con [silbidos] [a] tan perdido ganado. Ya os oigo, Pastor mío, ya voy a vuestro pasto, que como vos os dais, ningún pastor se ha dado. . . . . . . . . . . Nadie tendrá disculpa, diciendo que cerrado halló jamás el cielo, si el cielo va buscando. ... [Pues] estáis a todas horas llamando y aun rogando.2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 José Manuel Blecua, editor de Lope de Vega: Obras poéticas (Barcelona: Editorial Planeta, 1989), p. 275. 2 Lope de Vega, «Rimas sacras», Obras poéticas, Ed. José Manuel Blecua (Barcelona: Editorial Planeta, 1989), pp. 402-24.
Un ejército furioso, todo de testigos falsos, donde es capitán la envidia, y el alférez el engaño, de acero, miedo y mentiras para sólo un hombre armados, a Cristo presenta a Anás puesto a la garganta un lazo. «¿Quién eres, hombre? —le dice—. ¿De qué vives? ¿Qué es tu trato? ¿Qué discípulos te siguen? ¿En qué ciencias eres sabio?» Jesús, de paciencia ejemplo, responde, los ojos bajos, con ser el más alto espejo de su Padre soberano: «Yo siempre hablé claramente, con mi doctrina enseñando en público, que en secreto no es la comisión que traigo. »¿Qué me preguntas a mí? Pues que puedes preguntarlo a tantos que me han oído; que ellos saben lo que trato.» «¿Así respondes?», le dijo, alta la mano, un soldado, y dio a Cristo un bofetón que dejó el cielo temblando. «Si hablé mal, da testimonio —responde el Cordero manso—, y si bien, ¿por qué me hieres?» ¡Ay, cielos, vengad su agravio! . . . . . . . . . . Cristo mío de mi vida, ¿cómo si soy el esclavo señalan tu hermoso rostro los dedos de aquella mano? Bendiga tu amor el cielo, que yo, mi Jesús, no basto, pues siendo los yerros míos, quieres Tú tener los clavos. [Por ti perdonar prometo]... a quien me hubiere injuriado, imitando la respuesta de tus labios soberanos. . . . . . . . . . . ... Perdonaremos injurias, pues Tú nos has enseñado a pedir que nos perdonen del modo que perdonamos.1 Así describe el poeta español Lope de Vega las afrentas que sufrió Jesús de Nazaret la noche en que fue arrestado y sometido a juicio ante el sumo sacerdote Anás. Según el filólogo José Manuel Blecua, vigesimonoveno director de la Real Academia Española, fue «la honda crisis que llevó a Lope al sacerdocio» lo que a su vez lo llevó a publicar sus Rimas sacras2 en 1614. Lope mismo lo reconoce en el «Soneto Primero» de la obra, como sigue: Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por donde he venido, me espanto de que un hombre tan perdido a conocer su error haya llegado. Cuando miro los años que he pasado, la divina razón puesta en olvido, conozco que piedad del cielo ha sido no haberme en tanto mal precipitado.3 Con razón que al poeta le parezca tan injusto que sea Jesucristo y no él quien tenga que soportar semejantes afrentas. Lope es un hombre débil, como los demás sacerdotes,4 esclavo de sus propios errores. En cambio, Cristo es nuestro sumo sacerdote «hecho perfecto para siempre... santo, irreprochable, puro [y] apartado de los pecadores».5 Más vale que, así como aquel autor de las Rimas sacras, también nosotros reconozcamos que somos pecadores. Pidámosle perdón a Cristo, quien puede y quiere salvarnos para siempre de nuestros pecados, ya que vive siempre para interceder por nosotros, y determinemos seguir su ejemplo y perdonar a quienes nos ofenden.6 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Lope de Vega, «Rimas sacras», Obras poéticas, Ed. José Manuel Blecua (Barcelona: Editorial Planeta, 1989), pp. 393-96. 2 Ibíd, p. 275. 3 Ibíd, p. 296. 4 Heb 7:28 5 Heb 7:26-28 6 Heb 7:25
¡Claro que no eran dioses! Eran mortales los intrusos porque padecían enfermedades y era fácil matarlos. Si los araucanos de Chile del siglo dieciséis hubieran sabido esto de antemano, no habrían sido tan fácil presa de los conquistadores españoles cuando éstos arribaron a sus tierras. Ahora tendrían que entregarse a la tarea de expulsar a los invasores. Pero lo harían con gusto, movidos por el mero placer de la venganza. Los españoles los habían maltratado a tal extremo que se armó tremenda contienda entre los caciques por decidir cuál de ellos habría de comandar las tropas araucanas. De no haber sido por el sabio consejo del anciano Colocolo, allí mismo habría terminado la proyectada guerra. Esto fue lo que propuso el venerado cacique: que fuera jefe aquel que soportara más tiempo un gran madero en los hombros. Para la prueba emplearon un tronco tan pesado que les costó trabajo hacerlo rodar. Paycabí lo sostuvo en sus hombros durante seis horas. Purén y Ongolmo, a su turno, lograron sostenerlo medio día. Cuando Elicura dejó caer de sus hombros el madero a las nueve horas, lo tomó Tucapel, quien lo llevó a cuestas durante catorce. Lincoya el fornido se quitó la capa y en sus tremendas espaldas cargó el leño de sol a sol. Ya se consideraba vencedor cuando llegó el valiente Caupolicán, quien agarró el áspero y nudoso tronco como si fuera una vara y lo mantuvo firme en sus hombros durante tres días y tres noches sin dar muestras de fatiga. Cuando al tercer día lanzó lejos el tronco, los atónitos espectadores ya habían consentido descargar sobre sus robustos hombros la pesada y dura tarea que le esperaba.1 Por algo sería que, en memoria del gran Caupolicán, Rubén Darío compuso un soneto cuya primera estrofa dice: Es algo formidable que vio la vieja raza: robusto tronco de árbol al hombro de un campeón salvaje y aguerrido, cuya fornida maza blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.»2 Esta anécdota de Don Alonso de Ercilla trae a la memoria lo que hizo Jesucristo para librarnos del poder de nuestro enemigo común. Es cierto que Satanás es «el príncipe de este mundo»,3 pero nos ha engañado haciéndonos pensar que es más poderoso de lo que es, ¡como si fuera Dios con mayúscula y no con minúscula! Ahora los que hemos sufrido sus maltratos tenemos que hacerle frente, pero no con nuestro propio poder sino con el poder del Dios Fuerte que satisfizo los requisitos divinos para librarnos de ese yugo opresor. Es que el Padre eterno en su infinita sabiduría descargó sobre los robustos hombros de su valiente Hijo la pesada y dura tarea de expulsar al invasor y así salvar al pecador. Esto no fue lo que propuso sino lo que dispuso nuestro Cacique celestial: que el Capitán de nuestra salvación muriera sin pecado propio alguno después de cargar en sus hombros no sólo el peso del madero en el que fue clavado sino también el peso del pecado de toda la humanidad, de modo que a nosotros no nos tocara más que aceptar a ese Campeón de nuestra redención como nuestro Salvador personal. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Alonso de Ercilla y Zúñiga, La araucana, pp. 16-19. 2 Rubén Darío, Poesía, 2a ed. (Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1985), p. 175. 3 Jn 12:31
(75 Aniversario de la Condena a Muerte de Julius y Ethel Rosenberg por Espionaje) Cuando Julius y Ethel Rosenberg se casaron en 1939, los dos ya eran miembros activos del Partido Comunista de los Estados Unidos de América. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que llegarían a ser los primeros civiles de su país condenados a muerte por espionaje, y los primeros en ser sancionados por ese delito en tiempos de paz. La Segunda Guerra Mundial, que estalló el mismo año en que se casaron, ya había dado paso a la Guerra Fría cuando fueron arrestados y acusados de ser espías de la Unión Soviética en 1950. El proceso judicial contra los esposos Rosenberg comenzó el 6 de marzo de 1951. Causó gran sensación en todo el mundo, pues se les acusó de divulgar secretos incluso sobre armas nucleares. Un mes más tarde, el 5 de abril, luego de ser hallados culpables y de optar por no decir nada en su defensa, el juez Irving Kaufman, antes de imponerles a ambos la pena de muerte, emitió el siguiente juicio personal: «Yo considero que su delito es peor que el homicidio.... Estoy convencido, sin duda alguna, de que son culpables. He investigado los antecedentes legales y he examinado mi conciencia a fin de hallar alguna razón para conceder misericordia, ya que lo humano es ser misericordioso y es natural tratar de salvar vidas. Sin embargo, estoy convencido de que violaría la confianza solemne y sagrada que el pueblo de esta nación ha depositado en mis manos si yo mostrara indulgencia a [estos] acusados.... Yo no tengo la facultad, Julius y Ethel Rosenberg, de perdonarlos. Sólo Dios puede conceder misericordia para lo que ustedes han hecho.»1 Durante los siguientes dos años, el fallo fue apelado ante los altos tribunales y también fue analizado ampliamente por el tribunal de la opinión pública internacional. Uno de los factores en tela de juicio era la presunta imparcialidad del juez Kaufman por haber considerado que eran culpables de un «delito peor que el homicidio». La Corte Suprema de Justicia atendió siete recursos de apelación, pero fueron denegados los siete. Y tanto el presidente Harry Truman como el presidente Dwight Eisenhower denegaron las peticiones de clemencia presidencial. Ante el fracaso de una campaña a nivel mundial que pedía misericordia en su favor, los esposos Rosenberg fueron ejecutados en la Prisión Sing Sing de Nueva York el 19 de junio de 1953. Así como a los espías Rosenberg, también a cada uno de nosotros se nos ha hallado culpable de un delito que lleva la condena de muerte. Ese delito es el pecado. Pero Dios, el presidente sobre todos los presidentes del mundo, consciente de que lo que necesitamos es misericordia y no justicia, envió a su Hijo Jesucristo al mundo para que muriera en nuestro lugar. Ahora, con base en esa expiación de nuestro pecado, Él nos ofrece su perdón divino y, en vez de una condena de muerte, la vida eterna.2 Así que no tenemos que esperar, como los Rosenberg, a que se nos dicte sentencia. Podemos, más bien, anticiparnos al día del Juicio Final, pidiéndole a Dios perdón hoy mismo y recibiendo así su misericordia divina.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Martin J. Siegel, Judgment and Mercy: The Turbulent Life and Times of the Judge who Condemned the Rosenbergs [Justicia y misericordia: La vida y los tiempos turbulentos del juez que condenó a los Rosenberg] (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, ) pp. 158-60. 2 Ro 6:23 3 1Jn 1:9
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Hace tres años conocí a una mujer. Nuestra relación no fue exitosa... pero aun así decidimos tener un hijo.... Ocho meses después de que nació nuestro hijo, las peleas y los conflictos nos hicieron tomar la decisión de separarnos.... No llegamos a casarnos.... »[Más tarde] empecé a salir con otra mujer y no nos cuidamos en las relaciones, así que quedó embarazada. Ella no es cristiana y mi expareja tampoco lo era. Esa es una razón por la que fracasó mi primera relación.... »No quiero estar como pareja con ninguna de estas dos mujeres, que tienen un hijo de mi sangre. Sólo quiero tener una pareja que sea cristiana, una mujer que crea en Dios igual que yo, de modo que pueda entenderme mejor.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »... ¿Acaso estas mujeres eran ateas que no creían en la existencia de Dios, o pertenecían a una religión que no reconoce a Jesucristo, tal como la hindú o la musulmana o la budista? Si para usted de veras fuera importante la fe cristiana que profesa, ¿no habría entonces sabido ese dato esencial antes de dejarlas embarazadas? »Usted emplea la palabra cristiano y dice que cree en Dios, así que quiere una pareja que cree en Dios igualmente. Sin embargo, si bien es cierto que los cristianos creen en Dios, Satanás y sus demonios también creen en Dios.1 Simplemente creer en Dios no constituye a nadie en cristiano. »El verdadero cristiano es un seguidor de Cristo. Y el seguidor es alguien que imita. Eso quiere decir que los seguidores de Cristo imitan a Cristo. Leen la Biblia para aprender lo que Cristo enseñó cuando anduvo por este mundo, y luego tratan de vivir tal y como vivió Él. »Sin embargo, para llegar a ser seguidor de Cristo hay un paso que cada uno de nosotros tiene que dar. Tenemos que examinarnos a nosotros mismos, reconocer que hemos pecado, y pedirle perdón a Dios. A este proceso se le llama arrepentimiento debido a que implica que no sólo estamos arrepentidos por haber quebrantado la ley de Dios, sino también que planeamos no volver a pecar. Al contrario, planeamos seguir el ejemplo y las enseñanzas de Cristo. »Cristo y sus apóstoles enseñaron que las relaciones sexuales sólo deben practicarse dentro del matrimonio.2 El plan de Dios es que cada seguidor de su Hijo Jesucristo se case con otro seguidor de Cristo y que luego formen un hogar en que sus hijos puedan estar seguros y se les pueda enseñar que Dios los ama. »Por eso, en el caso suyo, nos preocupa el bienestar de los dos hijos preciosos que usted ha procreado. Ellos son su responsabilidad primordial. En vez de mantenerse preocupado sobre cómo hallar a la mujer perfecta, mantenga su enfoque principal en sus hijos. Haga todo lo posible por proveer para el bienestar económico, emocional y físico de ellos y por enseñarles a ser verdaderos seguidores de Cristo.» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo se puede leer si se ingresa en el sitio www.conciencia.net y se pulsa la pestaña que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 768. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Stg 2:19 2 1Ts 4:3-5; 1Co 7:2
«Deténganme, antes que mate otra vez.» No eran los pensamientos de un asesino en potencia. Tampoco eran las palabras pronunciadas por un maniaco homicida hablando por teléfono con las autoridades. Ni era la súplica de un reo a los guardias de turno de la cárcel en que había estado encerrado porque ya no soportaba la vida al otro lado de las rejas. «Deténganme, antes que mate otra vez» es la frase que un criminal escribió en una pared con lápiz labial. Al hacerlo, se apoyó en la pared y dejó la huella de su mano, que condujo a su captura como sospechoso en el homicidio de una atractiva trigueña en un hotel de Nueva York. La policía anunció que Hugh Kelly, un joven de diecinueve años de edad, fue detenido con relación a la muerte de Dolores Anderson. Al joven Kelly lo arrestaron al comprobar que sus huellas digitales correspondían a las dejadas en la pared. A la larga, el único indicio que orientó la investigación oficial del homicidio fue esa huella de su mano. La pregunta que no podemos dejar de hacernos es esta: ¿Por qué quiso aquel joven que lo detuvieran aun cuando sabía que eso podía dar como resultado cadena perpetua? La respuesta, sin duda, tiene que ver con la lucha que se libra, dentro de cada uno de nosotros, entre la naturaleza pecaminosa y el Espíritu. El apóstol Pablo describe esa lucha interna con el pecado en estos términos: «Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.... »Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente, y me tiene cautivo. ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?»1 Ahora bien, si el venerado apóstol se encontró en semejante callejón sin aparente salida, ¿qué esperanza hay para nosotros? «Gracias a Dios —concluye aquel compañero de armas espirituales— por medio de Jesucristo nuestro Señor... ya no hay ninguna condenación... pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte».2 ¿Qué esperamos, entonces? Acudamos a Cristo, como nos recomienda San Pablo, y digámosle: «Detenme, antes que peque otra vez. Y si caigo y vuelvo a pecar, perdóname y ayúdame a volver a levantarme, cada vez más fuerte en el poder de tu Espíritu.» Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Ro 7:18‑19, 21‑24 2 Ro 7:25; 8:1,2
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Desde que dejé de trabajar como funcionario policial, he querido servir a Dios, pero no he tenido la fuerza de voluntad para entregarle mi vida. Le pido a mi Dios que me ayude a despegarme de las cosas del mundo.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »Lo felicitamos por considerar sinceramente lo que significa vivir sin Dios, y por el deseo que tiene de entregarle su vida. Aun los demonios creen en Dios,1 así que nos alegra que usted comprenda que no basta con sólo creer en Él. Servir a Dios significa mucho más. Significa dejar que Él nos guíe, y permitirle ser nuestro ejemplo en cuanto a nuestras costumbres, acciones y actitudes. »Lo cierto es que el Hijo de Dios, Jesucristo, no exige que ninguno de nosotros se purifique a sí mismo antes de comenzar a ser su seguidor. ¿Ha oído usted la historia del ladrón que fue crucificado junto a Cristo? Ese hombre había hecho tantas cosas malas que había sido condenado a muerte. Pero antes de morir, reconoció que Cristo era el Rey de un reino futuro, y le pidió a Cristo que se acordara de él concediéndole un lugar en ese reino celestial después de su muerte.2 »... Sabemos que a aquel hombre no le quedaba tan siquiera un solo día de vida. De modo que no le quedaba tiempo para purgar todos sus malos hábitos. Pero ¿acaso le dijo Cristo: “Lo siento, no puedes seguirme adonde yo voy; eres demasiado pecador”? »No, Cristo conocía el corazón de aquel hombre. Él sabía que el hombre estaba sinceramente arrepentido por todo lo malo que había hecho. Así que Cristo escuchó su petición y luego le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”3 Con eso Cristo estaba dando a entender que aquel hombre iba a ser su seguidor, de ahí hasta el cielo mismo. »Acto seguido, el hombre murió como castigo por sus propios pecados. En cambio, Cristo, el Hijo de Dios, nunca había pecado. Y sin embargo, siendo inocente, Cristo pagó el precio por los pecados que usted y yo hemos cometido. Él fue el único que vivió sin cometer pecado alguno y, por lo tanto, el único lo suficientemente puro como para tomar el castigo suyo y el mío. »Después de que usted pida perdón y le diga a Cristo que quiere ser su seguidor, es importante que aprenda todo lo que tiene que ver con Él para que pueda seguir su ejemplo. Lea la Biblia, comenzando con el Evangelio según Juan, y pídale a Dios que lo ayude a comprender lo que Él le está diciendo. También es necesario que busque un grupo o una iglesia en que se reúnan personas que son seguidoras de Cristo y la enseñanza lo ayude a saber más acerca de la Biblia. Dígale a los que asistan a esa iglesia que usted es un nuevo seguidor de Cristo y que necesita la comprensión y la orientación que tengan a bien darle.» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 887. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Stg 2:19 2 Lc 23:42 3 Lc 23:43
Había una vez un hombre virtuoso que con frecuencia regañaba a su hijo por el excesivo apego que éste les tenía a las sábanas. Un día, para reforzar su argumento, le contó el caso de un antiguo vecino suyo que, por madrugar con los gallos, encontró en la calle una bolsa repleta de monedas de oro. Ante esto, el hijo, que no era tonto sino perezoso, contuvo a duras penas la sonrisa, y respondió: «Pues creo, padre, que si se trata de madrugar, más madrugó el que perdió la bolsa.» Sin duda el pobre padre se había criado escuchando el refrán que dice: «Quien quiera prosperar, empiece por madrugar.» De ahí que, respondón como ese hijo haragán, afirme otro refrán: «No por mucho madrugar amanece más temprano.» El refrán que sintetiza esta anécdota dice así: «El que temprano se levantó / un talego se encontró. / A lo que el vago responde: “Más temprano se levantó / aquel al que se le perdió.”» Pero el más conocido de esta familia de refranes es: «Al que madruga, Dios lo ayuda.» Lo cierto es que abundan los refranes que tratan el madrugar como una virtud. «Quien quiera vivir sano, levántese y acuéstese temprano», aconseja uno. «La primera ley del cristiano es levantarse temprano», proclama otro.1 Y en el libro de los Proverbios el acróstico a la mujer virtuosa la describe como quien «se levanta de madrugada».2 ¡Con razón que hay tanta gente que tiene la impresión de que hay que madrugar para contar con la ayuda de Dios! Para saber con certeza a quién ayuda Dios, precisamos saber cómo es Él, y para eso necesitamos conocer la Biblia, que es el libro que Dios inspiró. Uno de sus pasajes más conocidos contiene el discurso más profundo y hermoso de la literatura universal. Allí en el corazón del Sermón del Monte, su Hijo Jesucristo dice: «No se preocupen, preguntándose: “¿Qué vamos a comer?” o “¿Qué vamos a beber?” o “¿Con qué vamos a vestirnos?” ... Ustedes tienen un Padre celestial que ya sabe que... necesitan [todas estas cosas]. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.»3 ¿Será posible que con eso de «buscar primeramente» Cristo nos esté insinuando que es el que madruga para buscar a Dios quien recibe su ayuda? Tal vez, pero es más probable que el sentido sea figurado más bien, y que se halle en lo siguiente que los renombrados teólogos cristianos Clemente, Orígenes y Eusebio citan como palabras adicionales de su Señor: «Pidan cosas grandes, y les serán añadidas cosas pequeñas; pidan cosas celestiales, y les serán añadidas cosas terrenales.»4 De todas formas, nos conviene madrugar en el sentido de buscar las cosas de Dios, es decir, las celestiales, que son las que más valen: el reino de Dios en el corazón y la justicia divina en nuestras acciones. Así de veras podremos contar con su ayuda. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Luis Junceda, Del dicho al hecho (Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991), pp. 165-66. 2 Pr 31:15 (NVI) 3 Mt 6:31‑33 (DHH/NVI) 4 Comentario bíblico de Clarke, Tomo V, p. 93.
(Víspera del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial) «Mil ochocientos ochenta y tres fue el año [más importante] en la vida y la carrera del ingenioso norteamericano Iram Stevens Maxim. Tenía cuarenta y tres años de edad y había alcanzado cierto renombre en su país gracias a algunos experimentos novedosos en el campo de la iluminación.... Sin embargo... un día feliz... abandonó su patria luego de reunir todos sus ahorros para establecerse en Inglaterra. Había concebido un invento que cambiaría el curso de la historia, y... la primera potencia colonial del mundo [la Gran Bretaña] le brindaba el ambiente ideal para desarrollarlo y difundirlo. El asombroso invento de Mr. Maxim era nada menos que la ametralladora, ese artefacto admirable que permitía que un solo hombre matara cómodamente a cientos de sus semejantes ahorrándose todas las demoras y maniobras engorrosas que implica el manejo del rifle.... »[Luego de la ovación delirante que recibió con motivo de la segunda demostración que hizo,] reventando de orgullo, Mr. Maxim... soltó la ametralladora y pronunció estas palabras que electrizaron a los circunstantes: “Con la correcta aplicación de mi invento, esta será la suerte que correrán en el futuro los vasallos rebeldes de su Graciosa Majestad, nuestra amadísima Victoria, y sus descendientes.” »... Pocos días después, Mr. Maxim recibió un mensaje... [en el que] se le comunicaba... que la reina Victoria tendría próximamente el agrado de imponerle la Orden de la Jarretera... y hacerlo Caballero. La ceremonia tuvo lugar en el Palacio de Buckingham.... »[Posteriormente,] sir Iram Maxim [dijo]: “El más valioso y significativo [homenaje que puedan rendirme por haber llevado a feliz término la invención de la ametralladora] será que me juren... a nombre de la sociedad civilizada que este artefacto jamás será utilizado por motivo alguno contra hombres blancos.” »... Los últimos años de Maxim fueron amargos. Aunque opulento y colmado de honores, lo afligían [mucho] los frecuentes desacatos a su voluntad sobre el uso de la ametralladora.... Durante los primeros dos años de la guerra europea, que fueron los dos últimos de su existencia, [vio] cómo multitudes de ingleses, alemanes y franceses sucumbían como insectos abatidos por las ráfagas de su invento que... había progresado notablemente en eficiencia y precisión hasta el punto de que ya lo montaban en los aeroplanos de combate, a fin de que los contendientes blancos no sólo se exterminaran desde casamatas y trincheras, sino que también pudieran hacerlo a la altura de las nubes, lo cual, sin duda, resultaba mucho más [emocionante].»1 En esta breve biografía, el historiador colombiano Alfredo Iriarte se vale de la ironía para poner el dedo en la llaga de la discriminación racial que ha plagado a la humanidad desde hace siglos. Gracias a Dios, Él, como nuestro Creador, no hace tal distinción de personas, sino que considera que todos, por igual, tenemos valía.2 Dios nos ama a tal grado que envió al mundo a su Hijo Jesucristo para enseñarnos a amar a nuestros enemigos en vez de odiarlos y matarlos.3 Y lo cierto es que el ejemplo que nos dio al morir en nuestro lugar para salvarnos de nuestros pecados en vez de condenarnos por ellos cambió el curso de la historia universal, así como puede cambiar el curso de la nuestra.4 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Alfredo Iriarte, Batallas y batallitas en la historia de Colombia (y sus consecuencias) (Bogotá: Círculo de Lectores/Intermedio Editores, 1993), pp. 193-98. 2 Gn 1:27; 5:1-2; Nm 15:15; 1S 16:7; Job 33:6; Jer 31:3; 33:11; Jn 3:16; 15:13; 1Jn 3:1,16; Gá 2:6; 3:28 3 Mt 5:43; Lc 6:27,35; Ro 12:20 4 Jn 3:16-17
(Antevíspera del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial) —[Obispo Larra,] mi querido prelado... De mí depende la paz de esta plaza... pero debe usted comprender que mi caída del poder significaría la más sangrienta revuelta que jamás haya visto esta colonia.... —Baltasar, Baltasar... No vuele tan alto; ni quiera ser dueño de tantas vidas.... —No intente disimular su derrota. Soy el hombre más poderoso de toda la estancia, y usted, [obispo Larra,] hombre avezado a estas artes, lo sabe muy bien. ¿Por qué soy el más poderoso? Pues le diré: Conozco el miedo que ustedes sienten cada vez que miran a un negro, y puedo lograr, con un gesto, o con mi martirio, una gran cacería de blancos.... El total de negros en la ciudad excede a la población blanca en proporción de siete a uno. Vea usted, mi queridísimo prelado, que soy el dueño de vidas y haciendas.... —Baltasar..., si las autoridades se tornan en su contra, el desenlace, tanto para su pueblo como para el mío, será la más terrible destrucción. —Esas consideraciones no me interesan. Me interesa humillar a los blancos, a los verdugos de mi padre.... La humillación del blanco es la única libertad que desea el negro. —Pertenece usted[, Baltasar,] a los más temibles humanos. Su lógica es implacable, y no se compadece de las muy humanas debilidades. —Tiene usted razón, mi querido prelado. Me limito a jugar con las pasiones ajenas. La vida de los hombres no es para mí un reclamo de compasión, sino la oportunidad de ejercitar mis habilidades.1 En esta novela dramatizada que lleva por título La renuncia del héroe Baltasar, el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá recrea un ficticio levantamiento de esclavos en la isla de Puerto Rico, protagonizado por una figura situada entre el mito y la historia, el indomable personaje Baltasar Montañez. Es una historia que no fue, pero pudo haber sido, una historia que teje la trama de un falso siglo dieciocho en el que se vislumbra el fin próximo del régimen colonial y de la esclavitud. Mediante el atrevido diálogo con que la relata, Rodríguez Juliá penetra en el mundo sombrío del prejuicio racial a fin de que comprendamos el extremo al que es capaz de rebajarse el ser humano con relación al prójimo. Por una parte, vemos el extremo de la discriminación racial de un grupo hacia otro grupo al que menosprecia; por otra parte, vemos el extremo de la sed de venganza que consume a un poderoso miembro del grupo esclavizado que ha sido víctima de semejante injusticia. Y todo esto a pesar de la clara enseñanza de la Palabra de Dios siglos atrás, en la que hemos tenido la solución a todos los conflictos en las relaciones humanas: que amemos al prójimo como a nosotros mismos,2 aun en el caso extremo de que sea nuestro enemigo;3 y que dejemos que sea Dios quien nos vindique y defienda nuestra causa. Porque así como no hay nadie que ame a todos por igual más que Dios mismo,4 que nos creó a todos iguales,5 tampoco hay nadie que juzgue a todos por igual con más justicia que ese mismo Dios que dijo: «Mía es la venganza; yo pagaré.»6 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Edgardo Rodríguez Juliá, La renuncia del héroe Baltasar, Editorial Cultural (Harrisonburg, Virginia, EE.UU.: Banta Company, 1986), pp. 31‑33. 2 Lv 19:18; Mt 19:19; 22:39; Mr 12:31; Lc 10:27; Ro 13:9; Gá 5:14; Stg 2:8 3 Mt 5:43; Lc 6:27,35; Ro 12:20 4 Jer 31:3; 33:11; Jn 3:16; 15:13; 1Jn 3:1,16 5 Gn 1:27; 5:1-2; Nm 15:15; Job 33:6; Gá 3:28 6 Dt 32:35; Ro 12:19; Heb 10:30-31 (véanse Sal 94:1-2; Is 63:4; Jer 15:15; 20:12; Nah 1:2-3; Stg 4:12)
Tiene un rostro sereno y hermoso que muestra un gesto apacible; cara afilada, que indica resolución; nariz aguileña, signo de intrepidez; mentón saliente, distintivo del carácter; cejas pobladas pero cortas, características de nerviosismo; y un labio inferior grueso y carnoso, mayor que el superior, señal inequívoca de codicia. ¿De quién se trata? Es el rostro del rey Midas, reconstruido a la perfección por dos expertos arqueólogos británicos, John Prag y Richard Neave. Tomando como base la calavera del rey, conservada intacta en su tumba, los dos hombres rehicieron su cara con plástico y arcilla. Ese grueso labio inferior —explicaron ellos— pone de manifiesto la característica más reveladora de Midas: la codicia. Según cuenta la leyenda, Midas, rey de Frigia, era hijo del rey Gordio y de la diosa Cibeles. Un día Midas le hizo un gran favor a Sileno, dios de los bosques. Entonces Sileno lo recompensó concediéndole un favor, cualquiera que el rey le pidiera. ¿Qué pidió Midas? Haciendo resaltar su carácter codicioso, pidió que se convirtiera en oro todo lo que él tocara. Pero ese poder resultó ser su Némesis, la diosa griega de la Venganza y de la Justicia distributiva, pues le costó caro. Por no pensar en las consecuencias de su petición, Midas comenzó a verse en graves problemas. Al tocar el pan, lo convirtió en oro, y luego hizo lo mismo con la sopa y la carne. Llegó al colmo de convertir en oro a su hijita que se acercó para abrazarlo. La leyenda cuenta que Midas, por fin, se curó de su codicia bañándose en el río Pactolo. De ahí que el filósofo griego Aristóles se valiera de la lección del mítico rey Midas para enseñar que el dinero es un medio que jamás debe convertirse en un fin en sí mismo. Muchas personas, como Midas, no quieren aceptar el verdadero valor de lo que llega a sus manos. Quieren convertirlo todo en oro. Por esa desaforada codicia sacrifican lo más valioso que tienen en la vida: familia, hogar, hijos, honor y conciencia. El profeta Isaías, que vivió en el siglo octavo antes de Cristo y por lo tanto era contemporáneo del rey Midas histórico en quien se basa la leyenda, le advirtió a su pueblo sobre las consecuencias de la codicia. «En aquel día —profetizó Isaías— el hombre echará sus ídolos a las ratas y a los murciélagos, esos ídolos de oro y de plata que él mismo se hizo para adorarlos».1 Si hacemos del oro el señor de nuestra vida, entonces en vez de poseer el dinero, el dinero nos poseerá a nosotros. Por eso dice el refrán: «El dinero sea tu criado, pero no tu amo.» Y por eso advirtió Jesucristo: «¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen.»2 Hagamos más bien de Cristo el Señor de nuestra vida. Así tendremos al Hijo de Dios, la vida misma, que vale más que todo el oro del mundo. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Is 2:20 (DHH) 2 Lc 12:15 (NTV)
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Conocí a una chica en una aplicación de citas por Internet. Ella es seis años menor que yo. Al principio, todo fue muy discreto. Sin embargo, en dos semanas nos volvimos muy íntimos.... »Un día, en una conversación casual, comenzó a contarme acerca de su pasado.... Algo dentro de mí [hizo sonar una alarma, así que] decidí investigar. Para mi mayor sorpresa, descubrí varias mentiras de ella.... Nunca he conocido a nadie tan mentiroso como ella.... Yo ni siquiera sabía que ella... tenía novio.... ¿Por qué aparecen en nuestra vida personas como ella?» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »Sentimos mucho que haya sufrido esa decepción, pero conste que tiene la buena fortuna de haber descubierto la verdad antes de que la relación siguiera progresando.... »Usted se decepcionó porque comenzó con una falsa suposición. Creía que las personas a quienes conociera por Internet serían tan honradas como usted, o que podría discernir cuáles no lo eran.... »Lamentablemente, esa no es la realidad. La Internet está repleta de quienes fingen ser alguien diferente de lo que son. Algunos son delincuentes profesionales, depredadores y estafadores. Otros, por su parte, simplemente aprovechan el anonimato para tener una segunda oportunidad o para un nuevo comienzo, ocultando con frecuencia relaciones presentes y pasadas, conducta ilegal y su verdadera motivación. »A fin de protegerse al navegar en la Internet, hay que suponer que todo el mundo está ocultando algo y fijarse la meta de descubrir qué es. En vez de esperar varias semanas para investigar a un conocido, hay que formarse el hábito de verificar los pormenores antes de cultivar la amistad. Si bien pudiera parecer severo y desconfiado, lo prudente es nunca bajar la guardia. »En cuanto a la intimidad que usted dice que tuvieron juntos, ojalá que no haya dejado en posesión de ella fotos que ella pueda vender o publicar. Será usted muy afortunado si no sufre más que la herida de su ego masculino a causa de ese error que cometió. »El engaño y la traición no son nada nuevo. En el siglo primero, el apóstol Pablo advirtió sobre esos peligros, y añadió que algunas personas incluso inventan nuevas maldades.1 ¡Él tenía razón! Con el desarrollo de la Internet en la vida diaria de gran parte del mundo, toda suerte de nuevas maldades se están ingeniando y practicando. »Para aprender más acerca de cómo mantener su seguridad en la Internet, lea el Caso 64 en www.conciencia.net. Y, tal como Jesucristo mismo nos enseñó que oremos, pídale a Dios que lo proteja de toda clase de maldad.»2 Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo puede leerse con sólo pulsar la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 766. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Ro 1:30 2 Mt 6:13
(Aniversario del Duelo de Carabanchel) Se enfrentaron a punta de pistola el 12 de marzo de 1870. En aquel histórico duelo se jugaron el trono de España a pesar de que ninguno de los dos hombres tenía el trono en su poder. El primero de los dos, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, había sido uno de los pretendientes de matrimonio de la reina Isabel II. De haberlo conseguido, habría llegado a ser rey. Pero no logró más que ser cuñado de la reina, y el mismo día en que se casó con la hermana de ella, la reina Isabel se casó con el hermano del segundo hombre. Cuando la reina dejó el trono, Antonio de Orleans se postuló directamente como candidato para sucederla como rey. El segundo hombre, Enrique de Borbón, duque de Sevilla, era, por lo tanto, también cuñado de la reina. Pero era además nieto y a la vez bisnieto del rey Carlos IV, que era abuelo de ella y, por si eso fuera poco, era incluso primo de Antonio de Orleans. En sus ansias por reinar, los dos hombres publicaron artículos en los que se difamaban el uno al otro, y la contienda entre ellos escaló a tal grado que el primero retó a duelo al segundo. Al parecer, este último, cuando aceptó, llegó a decir: «Si yo [lo] mato, no será rey.... y si él me mata, tampoco será rey.» El día del duelo —cada cual vestido con su levita negra, acompañado de su padrino y armado con una comprobada pistola nueva— tomaron el desafío tan en serio que se dice que acordaron no sólo que sería a disparos alternos hasta que uno de los dos hiciera sangre al otro, sino también que el duque de Montpensier podía llevar las gafas puestas para que sus problemas de visión no lo pusieran en desventaja. Fue así como Antonio de Orleans probó puntería primero, y falló el tiro. Y Enrique de Borbón disparó luego, y también erró. Pero cuando Antonio de Orleans volvió a apretar el gatillo, fue ése el último turno, ya que su disparo hizo blanco en la frente del borbón. Enrique perdió la vida; pero tal como lo había pronosticado, a Antonio de Orleans nadie le perdonaría el haber matado a un infante de España, miembro de su familia real, así que perdió el trono. Debido a que tuvo lugar en la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel en Madrid, la historia lo ha llamado «El duelo de Carabanchel». Unos meses después, Amadeo de Saboya ocuparía el trono de España, y Antonio de Orleans sería condenado al destierro.1 ¡Qué triste que aspirantes a un trono codiciado no fueran capaces de hacer las paces en lugar de batirse en duelo hasta que uno de los dos sucumbiera! Gracias a Dios, en la Historia Sagrada Él nos ha dejado ejemplo de lo contrario, por el que aprendemos que, con su ayuda, podemos hacer tales paces con nuestros adversarios. Se trata de las dos veces que David, el futuro rey de Israel a quien Dios ya había ungido como tal, le perdonó la vida a Saúl, que era el rey de Israel, y quien había estado procurando matarlo.2 Así como David, devolvamos bien por mal, de modo que nuestro adversario nos diga, como le dijo Saúl a David: «¡Que el Señor te recompense por lo bien que me has tratado!»3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 «“El duelo de Carabanchel” por el trono de España», La Crónica de Carabanchel: Periódico de anécdotas históricas de Carabanchel editado por Karabanchel.com, Marzo de 1870 En línea 23 septiembre 2019; Manuel J. Prieto, «El duelo a pistola por el trono de España que perdieron los dos duelistas», CUR¡STOR!A: Curiosidades y anécdotas históricas En línea 23 septiembre 2019. 2 1S 23:14–24:22; 26 3 1S 24:17-19
Lo tenía todo planeado a la perfección. Se casaría con su amada labradora, que por cierto era bastante robusta, y la criatura que tendrían moriría poco después de nacer. Ante eso su mujer no tendría más remedio que meterse a nodriza, y él, porro y haragán que era, se daría la gran vida. Pero sucedió todo lo contrario: se casó, tuvo gemelos, y su pobre esposa falleció de sobreparto. Ante eso le tocó trabajar más que nunca, hasta la fatiga, para tener con qué alimentar a los gemelos, pues ellos comían como elefantes. De ahí la frase festiva: «salirle a uno las cuentas del cardador». En el cardador de ese cuento se cumple la sentencia, convertida luego en refrán: «El hombre propone y Dios dispone», que se le ha acreditado al respetado autor Tomás de Kempis porque la emplea en su conocida obra titulada Imitación de Cristo.1 Sin embargo, es importante resaltar que Tomás de Kempis no hizo más que poner en circulación la sentencia, pues lo cierto es que tiene otro autor. Aparece en el libro de los Proverbios como uno de los proverbios del sabio Salomón, traducido en la versión de la Biblia llamada Traducción en Lenguaje Actual tal y como reza el refrán: «El hombre propone y Dios dispone.»2 Más adelante Salomón lo recalca con el siguiente proverbio: «El hombre planea su futuro, pero Dios le marca el rumbo.»3 No hay duda de que a menudo en la vida las cosas nos salen al revés o muy diferentes de como las planeamos. Siendo así, ¿por qué será que tenemos la tendencia a proceder como si pensáramos que el futuro está en nuestras manos? Parece que es precisamente esa preocupación la que motiva al apóstol Santiago a llamarles la atención a los que hacen alarde sobre el mañana. Les encara su presunción, sin rodeos, en los siguientes términos: «Escúchenme, ustedes, los que dicen: “Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos buenos negocios y ganaremos mucho dinero.” ¿Cómo pueden hablar así, cuando ni siquiera saben lo que les va a suceder mañana? Su vida es como la niebla: aparece por un poco de tiempo, y luego desaparece. Más bien, deberían decir: “Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello.” Sin embargo, a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo.»4 Más vale que sigamos ese consejo. Cuando hagamos planes o concibamos un proyecto, no nos engañemos presumiendo de que lo que nosotros queremos que suceda tiene que suceder. Digamos de corazón, y no de labios nada más: «Si Dios quiere.» Pues de hacerlo así, en vez de salirnos las cuentas del cardador, se cumplirá en nuestra vida un proverbio más del sabio Salomón: «Deja en manos de Dios todo lo que haces, y tus proyectos se harán realidad.»5 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Luis Junceda, Del dicho al hecho (Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991), p. 212. 2 Pr 16:1 (TLA) 3 Pr 16:9 (TLA) 4 Stg 4:13‑16 (TLA) 5 Pr 16:3 (TLA)
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos: «Soy una joven soltera.... Conocí a un chico hace un año... y un día acepté salir con él.... Llevábamos apenas una semana saliendo cuando él me pidió que tuviéramos relaciones, pero yo no acepté. Entonces él se enojó. Me dijo que yo era una egoísta, inmadura, y me dio a entender que si quería seguir con él, tendría que hacerlo. »Yo... no sé qué hacer. Tampoco lo quiero perder. Siempre he estado sola esperando que llegue esa persona, pero tampoco estoy segura de lo que siento por él.... A veces me desespero. Pienso que me voy a quedar sola.» Este es el consejo que le dimos: «Estimada amiga: »Nos alegramos de que nos haya pedido consejo. Esperamos que no sea demasiado tarde para ayudarle a decidir qué le conviene hacer. »Comprendemos que se sienta desesperada y que tenga temor de quedarse soltera. Parece que prefiere estar con un bravucón al que no le interesa lo que usted siente que quedarse soltera. »No es de extrañarse que la insulte y que le diga que usted es egoísta e inmadura. Eso es lo que hacen los abusadores cuando no se salen con la suya. Tampoco es sorprendente que la amenace con dejar de ser su novio. Las amenazas son otro método que emplean los abusadores para manipular a sus víctimas. »En este momento le parece a usted que si sólo accede a sus demandas, la relación que tiene con él estará segura. Pero de lo que usted no se ha dado cuenta es que esa es la manera en que él se portará cada vez que no estén de acuerdo. Si usted accede esta vez, será sólo el principio. Hay millones de mujeres que han caído en esa misma trampa, y quisieran tan sólo poder retroceder en el tiempo y deshacer esa mala decisión inicial, pero ahora se encuentran en un callejón sin salida, con hombres que las presionan y las maltratan. »El apóstol Pablo escribió un capítulo famoso en la Biblia acerca del amor. En el versículo 5, él dice que el amor “no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor”.1 Según esa definición bíblica, su novio está probándole que no la ama cuando le falta al respeto al tratar de obligarla a hacer lo que usted no quiere. Está demostrando que no la ama cuando insiste en su propia satisfacción, se enoja con facilidad, y le recuerda constantemente lo que usted no ha hecho para complacerlo. »Dios dispuso que la expresión física del amor mediante el sexo fuera compartida entre un hombre y una mujer que se quieren lo suficiente como para comprometerse el uno con el otro en matrimonio. Un hombre que la ame respetará los deseos que usted le manifieste y esperará hasta después de la boda para estar unido a usted físicamente. »¡Le rogamos que no eche a perder su vida con ese tipo! ¡Rompa con él hoy mismo! »Le deseamos lo mejor, »Linda y Carlos Rey.» Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa el enlace en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego el enlace que dice: «Caso 145». Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 1Co 13:5
(Natalicio de Francisco del Rosario Sánchez) Francisco del Rosario Sánchez nació en Santo Domingo el 9 de marzo de 1817, durante los últimos años del período colonial conocido como la «España Boba». No se sabe cuándo comenzó su relación con Juan Pablo Duarte, pero se cree que fue después de 1838 debido a que Sánchez no figuró entre los fundadores de la sociedad secreta «La Trinitaria». Pero aquel joven mulato posteriormente se hizo miembro de esa organización patriótica, se ganó la confianza de Duarte y pasó a ser el segundo jefe del movimiento. A mediados de 1843, perseguido por el General Charles Hérard, Sánchez se dirigió de Los Llanos a Santo Domingo, cruzó a nado el río Ozama para avisar a Duarte, y logró evadir la persecución haciendo correr el rumor de que había muerto a causa de una enfermedad repentina. Desde su escondite, donde asumió la dirección del movimiento independentista como resultado del exilio de Duarte, Sánchez, con la colaboración de Matías Ramón Mella y Tomás de Bobadilla, redactó el Manifiesto de Independencia, que se publicó el 16 de enero de 1844. De ahí que la noche del 24 de febrero los conspiradores lo eligieran Comandante de Armas con el rango de coronel, reconociendo así su jefatura política y militar, y acordaran que Sánchez presidiera la Junta de Gobierno que había de dirigir los destinos de la república naciente. A las once de la noche del 27 de febrero, los revolucionarios se reunieron en la Puerta de la Misericordia, y desde allí se lanzaron a ocupar el baluarte de El Conde. Fue así como en la madrugada del 28, Sánchez, de apenas veintisiete años de edad, izó la bandera nacional al amparo del lema «¡Dios, Patria y Libertad!» El golpe se consumó rápida y pacíficamente, pero una vez que se proclamó la independencia, se organizó la Junta Central Gubernativa en lugar del Comité Insurreccional, se impusieron en la nueva Junta los representantes del sector social más influyente, y resultó electo presidente Tomás de Bobadilla en lugar de Francisco del Rosario Sánchez. En junio de 1861, habiendo proclamado unilateralmente el entonces presidente Pedro Santana la reincorporación de la República Dominicana a España con la que los dominicanos renunciaban a su soberanía nacional, Sánchez, a pesar de encontrarse gravemente enfermo, organizó una invasión por el territorio haitiano, pero finalmente cayó en una emboscada de las fuerzas del gobierno, fue herido, tomado prisionero y condenado a muerte. Consagrado por la historia como fundador y prócer de la República dos veces, murió fusilado el 4 de julio en el cementerio de San Juan de la Maguana.1 Gracias a Dios, cuya preeminencia Sánchez y sus compañeros trinitarios reconocieron en el lema nacional, todos podemos disfrutar de la libertad por la que dio su vida aquel prócer dominicano. Es que a fin de que pudiéramos ser verdaderamente libres, Dios invadió este mundo al enviar a su Hijo Jesucristo a que consumara pacíficamente nuestra independencia del reino del Maligno.2 Cristo fue traicionado, tomado prisionero, herido y condenado a muerte. Murió crucificado y fue sepultado como nuestro Prócer divino, pero resucitó y hoy está a la derecha del Padre como nuestro Soberano victorioso, ofreciéndonos libertad espiritual y eterna a todos los que nos apropiemos de ella. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Frank Moya Pons, Manual de historia dominicana, 13a ed. (Santo Domingo: Editora Corripio, 2002), pp. 274,278-80,289,339,342-43; Enciclopedia Virtual Dominicana En línea 18 julio 2008. 2 Jn 3:16; 8:32,36; 1Jn 5:19-20
(Antevíspera del Día Internacional de la Mujer) Tenía veintitrés años cuando quedó huérfana de padre. Por eso ella y doña Paula, su progenitora, se trasladaron a su hacienda de Tonchalá. Llegó a poseer fincas y dinero, pero no tuvo esposo ni tuvo hijos. Se dedicó más bien a hacer obras de caridad. Según cuentan, fue promotora de la libertad de los esclavos, y en Tonchalá siempre había comida para los hambrientos y posada para los caminantes. Los trabajadores de la comarca le pedían de continuo que fuera la madrina de sus hijos. Cuando quedó huérfana de madre tuvo que encargarse de la administración de la hacienda, y bajo su cuidado aumentaron los ganados y fructificaron los cultivos. Debido a su magnanimidad, a los vecinos del valle de Guasimales, a la izquierda del río, se les ocurrió que tal vez ella estuviera dispuesta a donarles unos terrenos con el fin de construir capilla y casas a su alrededor, es decir, para fundar un nuevo pueblo. No es que quisieran aprovecharse de ella. «Es que a ella el corazón se le salía por las manos, y los colonos quisieron recoger un poco de ese corazón», comenta el historiador santandereano Gustavo Gómez Ardila en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia).1 Así que fueron a su hacienda para pedirle que les donara los terrenos necesarios. —¿Está doña Juana? —preguntaron los vecinos a la criada que salió a recibir a la comitiva. La doña los hizo pasar, escuchó su petición y a los tres días les informó que había decidido donarles media estancia de ganado mayor. Fue así como el 17 de junio de 1733 se firmó la escritura de donación, y a ese acto la historia lo considera como la fundación de Cúcuta, Colombia. «El alcalde de Pamplona... se trasladó a Tonchalá para protocolizar la escritura... [y] comprobar [entre otras cosas] que doña Juana Rangel de Cuéllar, a pesar de sus ochenta y cuatro años, estaba en sus cabales [y] que no se le corría la teja ni sufría de pérdida de la memoria, no fuera a suceder que después se arrepintiera de lo donado, alegando que no se acordaba de la firma aquella», concluye Gómez Ardila.2 Así como aquellos vecinos de doña Juana percibían que «a ella el corazón se le salía por las manos», y por eso «quisieron recoger un poco de ese corazón», también a nosotros nos conviene reconocer que nuestro Dios es un Padre amoroso que quiere darnos lo que necesitamos, y que sólo hace falta que se lo pidamos. Jesucristo su Hijo lo afirmó en el Sermón del Monte al decir: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan! [Así que] pidan, y Dios les dará.»3 Sin embargo, nos animó no sólo a que le pidamos a Dios, sino también a que demos a los demás con generosidad, como lo hizo doña Juana, siguiendo así el ejemplo del Padre celestial. «Den a otros, y Dios les dará a ustedes —enseñó Jesús—.... Con la misma medida con que ustedes den a otros, Dios les devolverá a ustedes.»4 Pidámosle entonces a Dios lo que necesitamos nosotros, y démosles a otros lo que necesitan ellos, y comprobaremos que ¡también a Dios «el corazón se le sale por las manos»! Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, «Y ahora sí: ¡Doña Juana!», Cúcuta para reírla (Escenas de su historia) En línea 6 julio 2019. 2 Ibíd. 3 Mt 7:11, 7 DHH 4 Lc 6:38 DHH
(8 mar: Día Internacional de los Derechos de la Mujer) ¡Caramba!, quiero casarme, aunque mi mamá lo sienta; porque paso de los treinta y yo no quiero quedarme. Yo estoy ya por colocarme; pero de cualquier manera, sin andar con más espera ni más vuelta al pensamiento, yo estoy ya por casamiento y me caso con cualquiera. Cansada estoy de esperar y me moriré de vieja esperando esta pareja con quien me quieren casar, que del cielo ha de bajar: blanco, noble y millonario, de un talento extraordinario, buen mozo, muy elegante, que toque el piano y que cante más bonito que un canario. Mi mamá culpa ha tenido que llegara yo a esta edad sin esa felicidad de tener un buen marido; porque a ella le ha cogido con que debo ser casada con ministro o embajada de Alemania o [de] Inglaterra cuando aquí en nuestra tierra no valemos casi nada. . . . . . . . . . . No quiere que tenga amores, ni quiere que al parque vaya, porque no falta canalla entre los visitadores, ni por los alrededores de casa pisa varón; porque dizque todos son unas aves de rapiña que se llevan a las niñas como a paloma un gorrión. . . . . . . . . . . Envidia me causa ver miles mujeres casadas, que están muy bien colocadas por no ponerse a escoger, pues el mucho pretender y ese orgullo mal fundado no da ningún resultado; pero ni luce ni cabe donde todo el mundo sabe del pie [del] que uno ha cojeado. . . . . . . . . . . Así es que quiero casarme con el hombre que me cuadre, y no con el que mi madre por esposo quiera darme; pues yo no quiero quedarme como otras que están penando, que por estar esperando casarse con un sultán, vistiendo santos están y en las iglesias cantando.1 Por algo será que estas simpáticas décimas escritas en Santiago de los Caballeros el 29 de septiembre de 1904 las dedique el autor cibaeño Juan Antonio Alix a la juventud alrededor del mundo. Es que, como bien dice el refrán que cita el dominicano Alix en su dedicatoria, «en todas partes se cuecen habas». Vale la pena aclarar que Alix sin duda exagera a propósito al representar a la mujer de estas décimas como quien está dispuesta a casarse con cualquiera. En realidad, lo que apasiona a la tal mujer es casarse con el hombre que quiera ella misma y no con el que quiera su mamá. De modo que no se trata de mofarse de la condición de la mujer sino de considerarla, reconociendo que Dios la creó con libre albedrío para que ella, cuando alcanzara la madurez necesaria, dirigiera su propio destino. Pero más vale que toda mujer se valga de esa libertad no sólo para resolver su estado civil, determinando así su destino matrimonial, sino también para resolver su estado espiritual, determinando así su destino eterno. Pues la relación que podamos o no tener con un cónyuge es transitoria, mientras que la que tengamos o no tengamos con Dios es permanente, y por eso tiene consecuencias eternas. Lo paradójico del caso es que Dios, mejor que nadie, sabe «del pie del que uno ha cojeado», y sin embargo quiere tener una relación íntima con cada uno de nosotros. Y a diferencia del anhelado marido de la mujer de estas décimas de Alix, Dios sí bajó del cielo, enviando a su Hijo Jesucristo a fin de mostrarnos su amor incondicional para que, con sólo buscarlo, pudiéramos comenzar a disfrutar de una feliz relación con Él para siempre. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Juan Antonio Alix, «Lamentaciones», en Poesía y Teatro, Colección Pensamiento Dominicano, Vol. I (Santo Domingo: Banco de Reservas, 2008), pp. 310-12 En línea 15 septiembre 2015.
(8 mar: Día Internacional de los Derechos de la Mujer) A comienzos del siglo dieciséis, «había en Santiago [de los Caballeros, conocido entonces como Santiago de Jacagua,] “80 de a caballo”, que eran los vecinos principales, poseedores de caballos. Parece que pasear a caballo con una persona era gran prueba de amistad. Esta costumbre aún se conserva en Santiago.»1 «Por otra parte, el impacto de la belleza y docilidad de las indias yucayas en el elemento masculino español del Santiago de la época parece haber sido extraordinario. Así vemos que cuando Antonio Flores, Alcalde Mayor de la Vega, quiso quitarle a Pablo Hernández una india yucaya, “éste la trajo a Santiago y hasta se casó con ella...” »Fue muy sonado el dramático caso del distinguido vecino de Santiago, Alonso de Sandoval, que, enamorado de una esclava de Bartolomé Rodríguez, de la Concepción de la Vega, fue acusado de mandarlo a acuchillar por un esclavo negro. Dicen los documentos textualmente “que aquella india le pesaba mucho”. »También andaban detrás de las indias yucayas en Santiago el vecino de la villa Alonso Pérez Herrero, quien le cambió a Sancho de Salcedo una nombrada Olaya; Alonso García, minero de Ayllón, en Guaurabo, que le compró a Belalcázar, a Catalinilla; García Gallego, que obtuvo otra yucaya de Juan de Zamora y la traspasó, después, a Ruiz de Tapia; Diego Morales, que compró a Elvira; Marcos y Juan Méndez, que compraron a Juanica; Francisco de Ceballos, distinguido vecino, que compró a Leonorica; y Gonzalo Núñez, que compró a otra india yucaya de la que no se da el nombre. »Para terminar, es interesante llamar la atención sobre que los españoles de Santiago convivieron maritalmente, y hasta se casaron, con estas indias yucayas, las cuales, por lo que puede deducirse de las noticias de la época, provocaron una gran conmoción en aquella “sociedad de hombres solitarios” que fue la de la Conquista. »Abundante sangre de estas impresionantes mujeres debe correr por las venas de los santiagueros de hoy... Tal vez sea ésta la causa de que las “indias santiagueras” sean tan fascinantes... todavía.»2 ¡Qué lamentable situación la que se vivía en la isla Española, hoy República Dominicana, durante la época de la Conquista que nos describe el historiador dominicano Carlos Dobal! Aquellos presuntos «caballeros» de Santiago llegaban a poseer y a «conquistar» a sus mujeres o futuras esposas de igual forma en que poseían y domaban a sus preciados caballos. Al tal Alonso de Sandoval no le pesaba tomar como esclava a una mujer, privándola de su libertad y tratándola igual que a uno de sus caballos; por el contrario, lo que le pesaba era que esa indígena le perteneciera a otro hombre, tanto que mandó matarlo para poder quedarse con ella. Para él y sus «caballeros de armas», casarse con cualquiera de esas «indias» era hacerles un gran favor, ya que tenían el poder para obligarlas a vivir con ellos sin los beneficios del matrimonio. Y para colmo de males, todo eso lo hacían como presuntos «cristianos», a pesar de que fue Cristo quien nos dio la regla de oro, que nos manda que, en todo, tratemos a los demás tal y como queremos que nos traten a nosotros... lo cual incluye a toda mujer, cualquiera que sea su condición social.3 Gracias a Dios, ya hace bastante que no aprobamos, como sociedad, aquellos valores retrógrados de los conquistadores... Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Carlos Dobal, Santiago en los albores del siglo XVI: El solar de Jacagua (Santo Domingo, Universidad Católica Madre y Maestra, 1985), p. 81. 2 Ibíd, pp. 74,75. 3 Mt 7:12; Gá 3:28
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos: «Hace diecisiete años, conocí al padre de mi hija. Después de un tiempo de haber tenido una relación con él, descubrí que era casado, pero ya estaba embarazada y me costó dejarlo. »Años después, recibí a Cristo como mi Salvador. He intentado dejar a este hombre, pero no puedo, a pesar de que ya no vivimos juntos. Lo extraño... y cuando nos vemos, sólo para que él me dé las cosas para su hija, sufro en silencio. »¿Qué hago? No logro olvidarme de él, y él sigue con su familia.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimada amiga: »Ojalá que a estas alturas esté dispuesta a reconocer que hace diecisiete años este hombre le mintió y la engañó. Al mismo tiempo, él estaba mintiéndole a la esposa, y es probable que haya seguido mintiéndole a ella desde entonces. Él ha demostrado que no es digno de confianza y que no tiene nada de integridad. Cuando usted piensa en las razones por las que lo ama, ¿recuerda la falta de honradez y la capacidad que él tiene para seguir mintiendo durante todos estos años? »Nos entristece saber lo que su hija ha tenido que afrontar. ¡Ella no hizo nada malo! Usted tomó la decisión de tener relaciones sexuales con un hombre que le estaba mintiendo, y él tomó la decisión de serle infiel a la esposa, pero la hija suya no hizo nada para merecer semejante caos en su vida. Ella es la inocente víctima de las acciones de padre y madre. »Su hija la tiene a usted como su ejemplo más cercano. ¿Acaso quiere que ella viva como ha vivido usted? Cada día le está mostrando cómo permitir que un hombre la maltrate y le quite su autoestima. »Usted dice que ha intentado dejar a este hombre, pero no puede, a pesar de que ya no viven juntos. Hay algunas razones por las que eso pudiera ser cierto. La razón más probable es que él aún esté manipulándola para obtener lo que él desea. Otra razón posible es que usted tenga un historial de tomar decisiones basadas en sus emociones en vez de su capacidad de razonar. Si usted permite que la guíen sus sentimientos, seguirá siendo manipulada por este hombre el resto de su vida. »La felicitamos por convertirse en seguidora de Cristo. El asistir a la iglesia, leer la Biblia y orar son disciplinas espirituales que pueden darle más fuerza y ayudarla a ponerle punto final a la relación con este hombre. Cuando nos comunicamos con Dios con regularidad, Él nos ayuda a tomar decisiones que nos convienen aunque no sean fáciles. Él no deja de velar por nuestro bienestar.1» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 884. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Ro 8:28
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Desde los quince años fumo marihuana. A los veinticinco años acepté a Jesucristo [como mi Salvador y Señor], y mi vida cambió; pero por algún motivo, al año y medio de haber dejado la marihuana, volví a caer en ese vicio. Desde entonces no he logrado dejarlo.... Trato y trato, y no puedo. Lo he mantenido en secreto.... Asisto a la iglesia normalmente, pero me siento miserable con este pecado continuo. Me siento frustrado.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »Muchas personas sostienen que la marihuana no es adictiva.... Pero el caso suyo es evidencia de lo contrario. Usted no ha podido dejarla, a pesar de seguir tratando de lograrlo. Ese es el significado de adicción. »Debido a que es un vicio, puede compararse con la adicción al alcohol, al cigarrillo, a los juegos de azar, a morderse las uñas y aun a decir mentira. Todos esos son hábitos dañinos que son difíciles de dejar, causados por estímulos químicos en nuestro cerebro cuando los practicamos. Le animo a que lea el Caso 7 en www.conciencia.net a fin de aprender un poco acerca de cómo los malos hábitos modifican nuestro cerebro, lo cual a su vez hace que sea más difícil dejarlos. »Lo felicitamos por arrepentirse de lo que ha hecho y por querer cambiar. Usted teme que los que asisten a la iglesia no lo aceptarían si se enteraran de su secreto. Si lee el Caso 609 en www.conciencia.net, comprenderá que la iglesia es más bien un hospital para pecadores y no un club para personas santas.... »Tal vez no lo haya pensado de la siguiente manera, pero todos en la iglesia sin excepción son pecadores y no santos. Todos han quebrantado las leyes divinas. Algunos ya han vencido sus propias tentaciones, pero otros no. Muchos de éstos están librando una lucha en silencio, tal y como está luchando usted. »Los que, al igual que usted, asisten a la iglesia y aún así tienen la tendencia o sienten la tentación de pecar no son hipócritas. Los hipócritas son los que se hacen pasar por santos mientras ocultan su pecado de todos los demás. »Por eso, cuéntele a un amigo de confianza que tiene madurez y asiste a la iglesia acerca de la lucha que usted está librando. Pídale que ore por usted y que le pregunte con frecuencia cómo está progresando en su meta de dejar atrás la marihuana.... Saque de los rincones oscuros ese secreto, y deje que lo alumbre la luz de Cristo. »Si alguien decide que usted no está en condiciones de enseñar... en la iglesia debido a esas tentaciones, acepte con humildad la decisión como un desafío para vencer en el futuro. En cualquier momento en que alguien lo juzgue con severidad, recuerde que Jesús enseñó que “el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.»1 Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo se puede leer si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 764. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Mt 23:12
(Independencia de la República Dominicana) Hija de Fernando Sánchez e Isidora Ramona, María Trinidad Sánchez formó parte del grupo de Febreristas que lucharon por la Independencia dominicana. Como fiel seguidora de Juan Pablo Duarte, confeccionó la primera bandera nacional junto con Concepción Bona, habiendo participado desde el principio en aquel movimiento independentista que culminó el 27 de febrero de 1844. Esa noche histórica, María Trinidad transportó pólvora en sus propias faldas y elaboró muchos de los cartuchos que utilizaron los trinitarios. Lamentablemente, durante los seis meses siguientes hubo pleitos constantes entre los miembros liberales trinitarios y los miembros conservadores de la Junta Central Gubernativa que se formó. Fue tal la discordia entre los dos bandos que el 22 de agosto la Junta, presidida por el general Pedro Santana, declaró traidores e infieles a la Patria a los tres próceres Juan Pablo Duarte, Matías Ramón Mella y Francisco del Rosario Sánchez, junto con cinco de sus compañeros, y decretó su destierro a perpetuidad. Acto seguido, María Trinidad Sánchez, tía de Francisco del Rosario, se integró al movimiento que surgió para derrocar al general Santana. En el transcurso de los meses siguientes, ella alojó en su casa a los disidentes y se convirtió en la organizadora y orientadora de la conspiración que tenía el propósito de lograr el regreso de los patriotas. Cuando se descubrió la insurrección, María Trinidad y sus cómplices fueron apresados. Conscientes de que María Trinidad era la única que conocía el escondite de su sobrino debido a que ella misma le llevaba las comunicaciones de parte de los conspiradores, la presionaron a que lo revelara. Pero, tal como lo manifiesta el dictamen del Consejo de Guerra que la condenó a muerte, ella se negó «obstinadamente a delatar a los principales». Prefirió callar y enfrentarse al pelotón de fusilamiento antes que traicionar a sus compañeros de conjura. El 27 de febrero de 1845, María Trinidad Sánchez partió de la fortaleza Ozama hacia el cementerio donde se ejecutaría la sentencia. Al pasar por la Puerta del Conde, exclamó: «¡Dios mío, cúmplase en mí tu voluntad y sálvese la República!» Fue así como, en el primer aniversario de la Independencia nacional, aquella heroica mujer dio su vida por la causa de la soberanía de su patria.1 ¡Qué bueno sería que todos nosotros, al igual que María Trinidad, siguiéramos el ejemplo de Jesucristo, el Hijo de Dios, rogándole a Dios Padre que se cumpla su voluntad en nosotros! Aquella heroína dominicana lo hizo a fin de salvar la república a la que tanto amaba, para que cada uno de sus compatriotas pudiera disfrutar de plena libertad en una patria soberana. En cambio, cuando Jesucristo, en el huerto de Getsemaní la noche en que fue arrestado, pocas horas antes de ser crucificado, le rogó al Padre celestial: «Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este trago amargo, hágase tu voluntad»,2 Él lo hizo a fin de salvar al mundo pecador al que tanto amaba, para que cada uno de nosotros sus hermanos pudiera ser verdaderamente libre.3 Gracias a Dios, si queremos que se cumpla su voluntad en nosotros, sólo tenemos que clamar: «¡Sálvame, Señor!» para que nos libre de las cadenas del pecado.4 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Frank Moya Pons, Manual de historia dominicana, 13a ed. (Santo Domingo: Editora Corripio, 2002), pp. 278-97; Enciclopedia Virtual Dominicana, s.v. «María Trinidad Sánchez» En línea 24 septiembre 2009. 2 Mt 26:42 3 Jn 3:16; 8:36 4 Sal 6:4,9; Jer 17:14; Ro 5:8; 6:6; Gá 5:1; 1Ti 2:3-4
(Antevíspera del Aniversario de la Batalla de Cúcuta) En los anales históricos de la Batalla de Cúcuta él no figura como uno de los héroes, tales como el coronel Bolívar, el teniente José Concha, el capitán Vigil, el mayor Juan Salvador Narváez y el coronel José Félix Rivas. Pasa, más bien, casi desapercibido, tal vez porque no era más que un muchacho de veinte años y, hasta el día de hoy, no se conocen los nombres de sus padres ni de sus hermanos. Ni siquiera se conoce el nombre de su burra, con la que día tras día recorría la ciudad de arriba abajo, cargando agua para vender o cambiar por un plato de comida. Y sin embargo la función que cumplía de abastecer de ese «precioso líquido» a la comunidad era tan importante que dio paso a que Eugenio Sosa y su burra llegaran a formar parte de la galería de héroes de nuestra independencia. Es que ese domingo 28 de febrero de 1813 alguien le informó al joven que había visto pasar a soldados realistas, camuflados y armados hasta los dientes, en la colina donde acampaba el coronel Bolívar, que posteriormente se conocería como la Loma de Bolívar. Así que Eugenio subió a la loma y, junto con su burra, prestó sus servicios a los patriotas. Bajo un bravo sol mañanero, comenzó a repartir agua en jícaras, diciendo: «Agüita para mis soldados.» No había soldado patriota a quien no le ofreciera agua, cualquiera que fuera su rango. Una y otra vez subía y bajaba, vaciando los calabazos y volviendo para llenarlos. Después de ganada la batalla, Sosa se unió a las filas de los patriotas... sin la burra, por supuesto. Desafortunadamente los historiadores no vuelven a mencionar al joven recluta, ni mucho menos a su valiosa burra.1 Así como los soldados que lucharon por nuestra independencia ese día en aquella loma, también nosotros tenemos que librar una batalla, no sólo por la vida colectiva sino también por la vida privada. Y al igual que ellos, en esa lucha individual tenemos que poner todo nuestro empeño en conservar tanto la salud física como la salud espiritual. Lamentablemente, aun con todos los adelantos de la ciencia médica del siglo veintiuno comparada con la del siglo diecinueve, para conservar la salud física no tenemos ninguna garantía, como tampoco la tuvieron ellos. Pero, gracias a Dios, sí tenemos un recurso a nuestra disposición para mantenernos abastecidos de agua, así como lo tuvieron ellos, no para una sola batalla sino para toda la vida y para siempre. Ese recurso que nos ofrece Dios se lo ofreció su Hijo Jesucristo a una mujer de Samaria a la que Él le había pedido que le sacara agua de un pozo. Ese caluroso día Jesús le dio a entender a ella que, si reconocemos a Dios como una fuente de agua inagotable, no tenemos que hacer más que pedírsela para recibirla. Pero no se trata de agua cualquiera, que sacia la sed temporalmente, sino de agua que da vida abundante y se convierte en un manantial del que brota vida eterna. Más vale entonces que, así como aquella mujer, le pidamos: «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed.»2 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, «Sol, agua y burra», Cúcuta para reírla (Escenas de su historia) En línea 28 agosto 2019. 2 Jn 4:4-15; 10:10
(28 de febrero: Aniversario de la Batalla de Cúcuta) «Las peleas entre miembros de una misma familia suceden muchas veces. Hermanos que no se hablan. Suegras que detestan a los yernos. Cuñados a punto de matarse. Padres que desheredan a algunos hijos. Primos que ni se miran. Y sucede con más frecuencia de lo que uno se imagina», escribe el historiador colombiano Gustavo Gómez Ardila en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia). «En política también sucede. Sé de hermanos que militan en grupos políticos diferentes.... Y por lo menos durante el tiempo de campaña, las relaciones fraternales se marchitan. »Simón Bolívar y Ramón Correa, respectivos comandantes de los ejércitos patriota y español, que se enfrentaron en la Batalla de Cúcuta, eran hermanos de leche. Habían [sido amamantados por la misma nodriza].... Eso dicen. Otros dicen que eran cuñados. Hermanos políticos. Que la mujer de Correa era la que había [sido amamantada por la misma nodriza] que Bolívar. »Por aquellas cosas del destino, resultaron en bandos contrarios, pero consta que no eran enemigos personales. De modo que no es raro que la noche del 27 de febrero se hubieran llamado por celular para saludarse y desearse suerte al otro día», dice jocosamente Gómez Ardila. «“Nos vemos en la Loma mañana, hermano”», debió decirle el uno al otro.... «... Lo cierto es que los ejércitos se enfrentaron ese domingo, 28 de febrero. Correa estaba en Cúcuta y Bolívar venía de Urimaco. El zafarrancho se armó desde temprano, pues Correa le salió al paso a Bolívar que, en silencio y sin prender ni un fósforo, había llegado la noche anterior a una de las lomas del occidente de la ciudad. Un poco más de dos horas duró el combate. Los realistas comenzaron ganando, pero, como sucede en los partidos de fútbol, no siempre el que abre el marcador es el vencedor final. Vino el empate y, sin necesidad de meterle tiempo adicional ni de ir a tiros penales, Bolívar se alzó con la victoria cuando ordenó atacar por los flancos a bayoneta calada.»1 ¡Qué graciosa esa imagen anacrónica de los comandantes contrarios hablando por teléfono móvil la que nos pinta el escritor colombiano! ¿Qué tal si, como Gómez Ardila, le damos alas a nuestra imaginación, y nos imaginamos a Dios mismo hablando por teléfono, primero con el uno, y después con el otro? ¿Qué pudo haberles dicho Dios? ¿Les habría preguntado si estaban listos para encontrarse con Él cara a cara como su Creador, ya que ninguno de los dos tenía la certeza de que saldría con vida de la batalla que iba a librar el día siguiente? (Ese día murieron dos soldados patriotas y veinte soldados españoles.2) ¿Les habría recordado que envió al mundo a su Hijo Jesucristo para morir por los pecados de ellos, de modo que pudieran disfrutar de vida plena y eterna? Lo cierto es que Dios habría tenido muy presente ese sacrificio supremo que hizo por cada comandante y cada soldado raso, a fin de que todos pudieran llegar a ser hijos adoptivos suyos y, por consiguiente, verdaderos hermanos de Jesucristo.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, «Nos hacemos pasito», Cúcuta para reírla (Escenas de su historia) En línea 27 agosto 2019. 2 Ibíd. 3 Jn 1:12-13; 3:16; Ro 8:14-19,29; 9:26; 2Co 6:18; Gá 3:26; 4:4-7; Ef 1:5; 1Jn 3:1-2
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Somos una familia de cinco hermanos y mi padre y mi madre. Ella ha sido una buena madre.... Hace como mes y medio, mi padre empezó a beber licor. Como consecuencia, lo golpearon y casi lo matan, y ahora tiene mucha ira. Maltrata a mi mamá y dice que nosotros, como hijos, no servimos. »Nosotros hemos pagado deudas contraídas por mi padre, y siempre le hemos ayudado.... Durante nuestra niñez, nos maltrató.... ¿Está mal si, cuando él maltrata a mi mamá, le decimos que lo que hace está mal? ... ¿Qué nos dice la Biblia respecto a honrar a los padres?» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »¡Cuánto sentimos la manera como su padre los ha estado maltratando a usted, a su mamá y a sus hermanos, tanto ahora como cuando usted era niño! Todos ustedes han sido víctimas de su padre a pesar de haberlo tratado bien a él y de haberse esforzado por honrarlo. »Siempre es difícil saber cómo proceder cuando hay más de una enseñanza bíblica que pudiera aplicarse a determinada situación. Usted quiere saber lo que dice la Biblia acerca de honrar a nuestros padres. Uno de los Diez Mandamientos que Dios le dio a Moisés nos ordena que honremos a padre y madre,1 pero el honrar a su padre no quiere decir que usted tiene que estar de acuerdo con sus palabras o sus acciones, o que usted debe permitir que él los maltrate a usted y a su mamá. Ni quiere decir que usted tiene que aprobar las decisiones de su padre o proporcionarle dinero para librarlo de las consecuencias naturales de sus acciones. »Otra enseñanza bíblica que se aplica a su situación la dio el apóstol Pablo. Él enseñó que “el amor debe hacernos decir siempre la verdad, para que en todo lo que hagamos nos parezcamos cada vez más a Cristo, que es quien gobierna la iglesia”.2 Con eso San Pablo estaba diciendo que la manera de llegar a ser más como Jesucristo es seguir su ejemplo de decir la verdad con amor. Por lo tanto, nuestra respuesta a su primera pregunta es sí, usted debe, con todo respeto, decirle a su padre que lo que él está haciendo está mal. Por supuesto, él no lo va a aceptar ni lo va a admitir, pero no deje que eso impida que usted le diga la verdad con amor. »Sin embargo, si su padre está maltratando a su mamá, entonces lo correcto también es que usted la proteja a ella físicamente de ese maltrato. Recuerde que el amor nunca protege el pecado; protege más bien a las personas. Así que usted debe proteger a su mamá con amor, aunque su padre no esté de acuerdo y esté enojado con todos ustedes. Es probable que él diga todo tipo de cosas malas que se le ocurran a fin de manipularlos y de justificar su propio comportamiento. Pero recuerde que Dios está de parte de ustedes y que, según el salmista David, “El Señor es un refugio para los oprimidos, un lugar seguro en tiempos difíciles”.3» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 883. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Éx 20:12 2 Ef 4:15 (TLA) 3 Sal 9:9 (NTV)
(28 de febrero: Aniversario de la Batalla de Cúcuta) «Desde 1940 se venía hablando de que la ciudad [de Cúcuta, Colombia,] debía levantarle una estatua al Libertador —escribe Gustavo Gómez Ardila, miembro de la Academia de Historia de Norte de Santander y de la Sociedad Bolivariana de San José de Cúcuta en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia)—. Las autoridades destinaron, entonces, para tal fin, la plazuela... conocida como el parque de la Bola... pero oficialmente llamada Plazuela del Libertador. »El presidente Eduardo Santos vino, ese año (1940), a poner la primera piedra. Pero no hubo segunda piedra, ni tercera, ni cuarta, ni monumento, ni estatua, ni nada. ¡Qué piedra!... »[Cuatro décadas después,] alguien dijo que Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, con un nombre tan largo y tanta gloria encima, merecía para su estatua un sitio más amplio.... Por fortuna existía el parque Bolívar, en el barrio Colsag, que llenaba las especificaciones requeridas: amplio, sombreado, con jardines y lejos del centro para que no se llenara de vendedores ambulantes, ni de culebreros ni de estatuas humanas.... El trabajo [de la estatua ecuestre] se lo encargaron al escultor Martín Toledo [de la hermana República de Venezuela] que, en Caracas, hizo jinete y caballo. »Por fin, el 28 de febrero de 1982 Cúcuta tuvo estatua del Padre de la Patria.... »Los que miran con detenimiento a Bolívar a caballo deben recordar aquel poema de María Mercedes Carranza:1 Allí, sentado, de pie, a caballo, en bronce, en mármol, llovido por las gracias de las palomas y llovido también por la lluvia, en cada pueblo, en toda plaza, cabildo y alcaldía estás tú. Marchas militares con coroneles que llevan y traen flores. Discursos, poemas, y en tus retratos el porte de un general que, más que charreteras, lucías un callo en cada nalga de tanto cabalgar por estas tierras.... Los niños te imitan con el caballo de madera y la espada de mentira.... Te han vuelto estatua, medalla, estampilla y hasta billete de banco.»2 En realidad, no exagera la autora bogotana María Mercedes Carranza, en este poema suyo titulado «De Boyacá en los campos», al dar a entender que se han erigido un asombroso número de estatuas de Bolívar en las ciudades y los parques de una nación tras otra. Eso lo hemos constatado quienes hemos tenido la oportunidad de viajar a lo largo y ancho de Iberoamérica. De modo que no debiera asombrarnos que se pensara que hacía falta una estatua más en Cúcuta, donde en 1813 el Libertador venció las tropas invasoras españolas. Tampoco debiera extrañarnos que, con esa multitud de estatuas, bustos y monumentos de su figura heroica, Carranza haga hincapié en que los niños lo imitan. Quiera Dios que, así como muchos imitamos de niños al Padre de la Patria, que obviamente no era perfecto, nos empeñemos en imitar, con mayor razón, al Padre del cielo. Pues nuestro Padre celestial sí es perfecto, así como es perfecto el amor con que nos ama como hijos suyos.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, Cúcuta para reírla (Escenas de su historia), «Un callo en cada nalga» En línea 22 mayo 2019. 2 María Mercedes Carranza, «De Boyacá en los campos», citado por Gómez Ardila. 3 Mt 5:48; Ef 5:1
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos: «Me casé con un hombre que no es seguidor de Jesucristo.... Él a veces me acompaña a la iglesia, pero no le gusta que yo asista con frecuencia.... En realidad, creo que se debe a que él siempre quiere controlarme, porque tampoco le gusta que yo vaya a visitar a mis padres y salga con ellos. Últimamente, discutimos mucho por ese control que él quiere ejercer sobre mí. »Él quiere otro hijo, y yo también, pero me da miedo traer a otro hijo a este mundo a sufrir.... Ya tengo treinta y siete años, y siento que el tiempo se me acaba. No logro tomar la decisión de quedarme y esperar a que él cambie para tener otro bebé, o separarme y quedarme sola con mi hija.» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimada amiga: »Comprendemos por qué no está segura de qué decisión tomar. Cuando aceptó mantener un romance y luego casarse con un hombre que no es seguidor de Cristo, usted permitió que ese hombre la guiara en lugar de Cristo. Ahora se da cuenta de que puede ser imposible tener a su esposo como guía y tratar de seguir a Cristo al mismo tiempo. »Nos encantaría poder ayudarle y darle un consejo, pero lamentablemente no hay respuestas fáciles. Creemos más bien que usted necesita consultar a un consejero matrimonial a fin de obtener ayuda para resolver estos problemas. Un consejero profesional podría identificar el comportamiento controlador, y ayudarlos a los dos a tener una relación equilibrada. »Nos preocupa que su esposo esté tratando de aislarla de su familia como también de su iglesia. Sin embargo, no conocemos el punto de vista de él. Ese es otro asunto que un consejero podría ayudarle a resolver. »En cuanto a tener otro hijo, creemos que es prudente esperar. Algunas personas piensan que un nuevo bebé hará que la pareja tenga una relación más estrecha, pero lo cierto es que un nuevo hijo por lo general añade más estrés al matrimonio. Si ustedes acuden a un consejero y su relación conyugal mejora, ese sería el momento para considerar tener otro bebé. Sin embargo, si su esposo se niega a acompañarla a consultar a un consejero, entonces le recomendamos que vaya usted sola. »El apóstol Pedro enseñó que la esposa debe someterse a su esposo de modo que, si él no cree en la palabra de Dios, pueda convencerse, sin necesidad de palabras, por el comportamiento de ella.1 Si bien esta enseñanza puede ser difícil de seguir, da a entender que usted, como seguidora de Cristo, puede vivir de tal manera que su esposo vea a Cristo en usted. Sin embargo, no quiere decir que usted debe acatar los deseos de su esposo si él la maltrata de cualquier manera, incluso emocionalmente al aislarla de todos los demás.» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 882. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 1P 3:1
En Valparaíso, república de Chile, un hombre de apenas veintiocho años de edad, debido al rechazo de parte de la mujer a la que amaba, decidió quitarse la vida. El hecho no hubiera sido notable de no haber sido por una oferta que hizo el hombre. «Quiero que mi muerte no sea en vano —anunció—. Quiero dar mi corazón a una enferma que lo necesite.» Había, por cierto, una mujer enferma del corazón que se encontraba en esos momentos al borde de la muerte, y un nuevo corazón podía haberle salvado la vida. Pero los médicos que la atendían rechazaron la oferta del decepcionado hombre y ordenaron que se le pusiera bajo vigilancia por tratarse de un posible suicida. El hombre le había ofrecido a su amada el corazón, como lo hace todo hombre enamorado, pero decepcionado al no ser correspondido, se lo había ofrecido luego a otra. La oferta que le había hecho a su amada era, por supuesto, simbólica. «Mi corazón es tuyo», le había dicho. Sin embargo, para la enferma desconocida la oferta del corazón era física y por lo tanto real. Es importante reconocer que este suceso fue noticia por la reacción desproporcionada del romántico hombre, ya que desde tiempos antiguos ha habido innumerables casos de rechazo por parte de una mujer hacia su enamorado. El hombre común y corriente, frente al rechazo de su amada, quiere mostrarle a ella que ha cometido un tremendo error. Pero en vez de determinar que será un hombre ejemplar de tanto éxito que ella, a la larga, se lamentará de haberlo rechazado, por lo general se deprime o se enoja y decide darle una lección. En casos excepcionales parecidos al del hombre de Valparaíso, el hombre rechazado se hiere él mismo, al extremo de procurar suicidarse. En el peor de los casos hiere física, verbal o emocionalmente a la mujer que no lo acepta, al extremo de querer matarla. Pero en la mayoría de los casos el hombre rechazado, al igual que el hombre de Valparaíso, busca a otra mujer para ofrecerle su corazón quebrantado en un acto físico y no simbólico, sólo que a diferencia de aquel hombre chileno, no busca a una mujer enferma en lo físico sino en lo moral. Y lo hace para que su amada se dé cuenta de cómo lo ha obligado a lanzarse a los brazos de una mujer mil veces menos digna de su amor que ella. Es precisamente a tal hombre al que le dirige la palabra el sabio maestro del libro de los Proverbios. «Dame, hijo mío, tu corazón y no pierdas de vista mis caminos —le aconseja—. Porque fosa profunda es la prostituta, y estrecho pozo, la mujer ajena.... No desvíes tu corazón hacia sus sendas, ni te extravíes por sus caminos, pues muchos han muerto por su causa; sus víctimas han sido innumerables. Su casa lleva derecho al sepulcro; ¡conduce al reino de la muerte!... Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.»1 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Pr 23:26‑27; 7:25‑27; 4:23
En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos: «Desde su juventud mi esposo ha tenido problemas con las drogas, la delincuencia y el alcohol.... Después de que nació nuestra hija, él se internó en un centro y dejó las drogas. Pero, cuando nació nuestro hijo, volvió a caer en las drogas y estuvo con otra mujer, con la que tuvo una hija.... Él volvió arrepentido, y lo perdoné. Hasta hace un tiempo estuvo bien, pero [luego cayó de nuevo en las drogas y, aunque] dijo que las iba a dejar, veo que no es así. »Ahora [estoy en] la casa de mi hermana porque no aguanto la situación.... Estoy pensando en separarme, pero... por mis hijos sigo adelante, siempre con ese miedo a que mi esposo caiga. ¡Es horrible vivir así!» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimada amiga: »Al parecer, usted y su familia han estado sujetas a una montaña rusa emocional de la que no pueden bajarse. Su esposo mejora, y eso parece ser motivo para animarse, pero él luego empeora, y eso hace que usted caiga en el desánimo. Su familia ha tenido que seguir aguantando los altibajos de ese tren desenfrenado, y ahora usted quiere saber si debe bajarse con sus hijos y dejar atrás al padre y esposo. »Lo más prudente sería que consultara a un abogado. Usted necesita saber qué derechos paternos tendrá su esposo si decide separarse de él. ¿Podrá él llevarse a los hijos para una visita no supervisada a un hogar ajeno donde usted no podrá protegerlos de lo que pudieran presenciar o sufrir? ¿Se le exigirá a él que sustente a los hijos económicamente a pesar de que ya no vivan con él? Un abogado puede ayudarle a resolver esos asuntos importantes. »Debido a que su esposo le fue infiel, creemos que usted tiene una justificación bíblica para separarse de él.1 Además, la drogadicción de él constituye un pésimo ejemplo para sus hijos. Sin embargo, los estudios que se han hecho al respecto han demostrado repetidamente que a los niños les conviene más tener una relación estrecha con el padre. Por eso no hay manera alguna de que sepamos si sus hijos disfrutarían de mejor salud emocional con sus padres juntos o separados. »La voluntad perfecta de Dios para cada niño es que tenga padre y madre que sean sabios y amorosos, que estén felizmente casados y que no sean adictos a ninguna droga. Sin embargo, todos sabemos que muchos niños no gozan de las ventajas de vivir en un hogar intacto y estable. »Cualquiera que sea la decisión que tome, usted puede hacer que sean mínimos los efectos negativos que sufran sus hijos al no hablarles mal de su padre. No trate de convencerlos de que usted tiene razón y él no la tiene.... Tenga cuidado de que no le oigan hablar con nadie acerca de esta situación, y asegúrese de mantener en privado y en secreto las conversaciones con su esposo al respecto.» Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo puede leerse con sólo pulsar la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 762. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Mt 5:31-32; 19:9
«Eran inocentes porque eran chicos.... »Corrían, jugaban, y sus risas eran inconscientes vibraciones de vida en los jardines.... Sentábanse... sobre el rústico banco de la glorieta, y él contaba historias que le habían leído, mientras jugaba con los deditos de su compañera atenta. »Eran cuentos como todos los juegos infantiles, en que sucedían cosas fantásticas, en que había príncipes y princesitas que se amaban desesperadamente al través de un impedimento, hasta el episodio final, producido a tiempo para hacerlos felices, felices en un amor sin contrariedades.... »Ya tenía él el orgullo viril de ver colgada de sus palabras la atención de esa mujercita, digna de todos los altares. Y cuando su voz se empañaba de emoción al finalizar un cuento, se estrechaban cerca, muy cerca, en busca de felicidad.... »Estaban un día ajenos a todo. El cuento de la princesa rubia había puesto entre ellos la ascendencia de su fantasía. Ella se arrebujaba contra él desparramando en hilachas de oro sus bucles sobre el hombro amigo; él la había atraído lo más posible y besaba, como estampas sagradas, sus ojos, trémulos de promesas ignotas.»1 Así nos describe Ricardo Güiraldes, en su cuento titulado «Sexto», el primer amor con el que los más jóvenes sueñan y los menos jóvenes se identifican. ¡Qué bien logradas esas imágenes del muchacho que le cuenta historias a su atenta compañera «colgada de sus palabras» mientras juega con sus delicados dedos, y de «esa mujercita, digna de todos los altares», cuyos ojos él besa «como estampas sagradas»! No persiguen más que lo que parecen encontrar los protagonistas de sus cuentos fantásticos: el ser «felices en un amor sin contrariedades». Este es uno de una colección de cuentos que Güiraldes comenzó a escribir en su adolescencia, pero terminó en París, lejos de su patria argentina, entre 1911 y 1912.2 Unos mil ochocientos años antes, el apóstol Juan había abordado el mismo tema del primer amor al escribirle a la Iglesia de Éfeso, desde donde había sido desterrado a la isla de Patmos. Allí, en el Apocalipsis, le escribió: «Tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor».3 Sin embargo, a diferencia de Güiraldes, el primer amor al que se refería San Juan no era físico sino espiritual. Era el amor que al principio los efesios le habían manifestado a su Señor y Salvador Jesucristo. Al primer amor físico sólo podemos volver mediante remembranzas del ayer como las que evoca Güiraldes, porque en lo físico las dos partes han cambiado para siempre. En cambio, al primer amor espiritual sí podemos volver porque una de las dos partes, Dios, no ha cambiado en absoluto4 desde que primero lo amamos. Así como los efesios, sólo tenemos que arrepentirnos y amarlo como al principio.5 Dios nos espera con brazos abiertos, y quiere rodearnos estrechamente con los lazos de su amor eterno.6 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Ricardo Güiraldes, Cuentos de muerte y de sangre (Buenos Aires: Editorial Losada, 1978), pp. 111-112. 2 Ibíd., p. 11. 3 Ap 2:4 4 Stg 1:17 5 Ap 2:5 6 Jer 31:3
Guaimaral, hijo del cacique llamado Mara que gobernaba por los lados del lago de Coquivacoa o Maracaibo, le pidió permiso a su padre para ir a Cúcuta. Allí el cacique Cúcuta le entregó en matrimonio a una de sus hijas. Trágicamente, al año murió la recién casada, pero el joven viudo decidió quedarse de todos modos a vivir en la región, y su ex suegro decidió a su vez adoptarlo como hijo. Tiempo después llegó a esas tierras el conquistador español Diego de Montes con la intención de arrasar con cuanta comunidad indígena encontrara. La tribu cercana de los Cíneras le hizo frente, pero eso dio como resultado que su cacique, Cínera, fuera ahorcado de un árbol, y que Zulia, la hija de Cínera, se dedicara ella misma a formar un ejército que luchara contra Diego de Montes. Una vez que organizó a los suyos, Zulia convocó a las tribus vecinas, y el cacique Cúcuta, por su parte, respondió enviando a sus guerreros bajo el mando de su hijo adoptivo Guaimaral. El ejército indígena tomó por sorpresa el campamento de Montes, y exterminó al español y a sus hombres. Después de la victoria, Guaimaral y Zulia quedaron perdidamente enamorados. Pero «aún estaban comiendo perdices cuando apareció otro Diego español, Diego de Parada, resuelto a vengar a su tocayo —relata el historiador colombiano Gustavo Gómez Ardila en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia)—. Los ejércitos indígenas habían regresado a sus respectivas tribus, por lo que los Cúcutas y los Cíneras debieron enfrentar en inferioridad de condiciones al invasor. »El desastre criollo fue total. Zulia murió en pleno combate, no sin antes haberle exigido a Guaimaral... que no volviera a casarse.... »—Júramelo —le dijo ella, con voz entrecortada. »Guaimaral [no] tuvo tiempo... para jurarle fidelidad eterna. El enemigo le pisaba los talones. Sabiéndose reviudo, huyó despavorido.... [y] regresó a Coquivacoa donde, a la muerte de Mara, [su padre,] heredó la corona. [Pero no sabemos si volvió a casarse.] »Queda demostrado —concluye Gómez Ardila— que los [conquistadores] españoles no sólo aniquilaron a los indígenas, despojándolos de su cultura y sus riquezas, sino que no los dejaron vivir sus historias de amor con final feliz.»1 Francamente, no parece justo que un cónyuge moribundo le pida al otro que no vuelva a casarse, y menos aún que se lo jure antes de tomar su último aliento. Tal vez pudiera justificar semejante petición pensando que su matrimonio ha sido insuperable, y que por lo tanto no quiere que el cónyuge se exponga a ser decepcionado la próxima vez. Pero por eso mismo pudiera razonarse que ese cónyuge reúne todos los requisitos necesarios para hacer feliz a otra persona, y que eso lo acredita para volver a casarse. Gracias a Dios, todo viudo y toda viuda pueden hallar cierto consuelo en el hecho de que Él diseñó el matrimonio precisamente porque determinó que «no es bueno que el hombre esté solo».2 Pero, si vuelven a casarse, será mucho menor el riesgo de ser decepcionados si cumplen con la condición de San Pablo de que los dos sean auténticos seguidores de Cristo.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, «Guaimaral y Zulia, ejemplo de integración colombo-venezolana», Cúcuta para reírla (Escenas de su historia) En línea 6 julio 2019. 2 Gn 2:18 3 1Co 7:39
Ciertos indígenas —dice una leyenda— habitaban otro planeta. Pero lo deforestaron a tal grado que su dios, preocupado por la vida futura de sus hijos, decidió mudarlos a otro planeta donde hubiera mejores condiciones de vida. El que más le llamó la atención fue el planeta Tierra, debido a que le pareció todo un paraíso de selvas y animales, y tenía agua de sobra. Para que pudieran bajar hasta la tierra, les ordenó que se cortaran (o, motilaran) su larga cabellera y que con ella tejieran una gran trenza que llegara hasta allá. Fue así como descendió la primera pareja y comenzó a habitar este planeta. Puestos los pies en una montaña, sin duda el Cerro Tasajero, el hombre y la mujer divisaron el valle, la vegetación, los ríos y los animales, y se quedaron tan encantados que tomaron la decisión de vivir allí y cultivar la tierra, pescar y procrear hijos. Con el paso del tiempo, ya poblado el valle, un joven y su novia se propusieron escapar de la tribu a fin de vivir juntos donde nadie pudiera entrometerse en su vida de pareja. Así que fueron en busca de aquel árbol al que estaba atado el extremo de la cuerda de cabellos por la que había bajado la primera pareja. ¡Qué alegría la que sintieron cuando lo hallaron! Pero su dios les había prohibido trepar por ese árbol. Así que, al verlos comenzar a hacerlo, se enojó mucho y los castigó por su desobediencia convirtiendo al hombre en Sol y a la mujer en Luna. Por eso en Cúcuta, Colombia, el sol alumbra con tanta intensidad. Es un guerrero «motilón», furioso porque su dios lo separó de su amante. Y por eso la luna llora con cada lágrima del rocío que cubre las flores al amanecer. Está afligida por haber sido separada del amor de su vida. El sol recorre el cielo cucuteño de día en busca de su amada, y la luna hace el mismo recorrido de noche, pero nunca se encuentran. Esa es, según el historiador santandereano Gustavo Gómez Ardila, en su obra titulada Cúcuta para reírla (Escenas de su historia), una de las versiones del origen del nombre Motilón.1 A pesar de que es una leyenda y no una historia verídica, encierra dos moralejas valiosas. La primera es que, por lo general, no ganamos nada con tratar de alejarnos de la familia y de la comunidad en que nos hemos criado. Dios ha dispuesto que las dos nos sirvan de gran ayuda, y no de estorbo, en el hogar que formemos como adultos, ya sea casados o solteros. Por eso el apóstol Pedro nos enseña a la comunidad de seguidores de Cristo que no seamos entrometidos, sino que, sobre todo, nos amemos mucho unos a otros, porque el amor perdona las faltas ajenas.2 La segunda moraleja es que tampoco ganamos nada con tratar de volver a los viejos tiempos, convencidos de que «el pasto está más verde al otro lado de la cerca». Determinemos más bien, tal como el apóstol Pablo, aprender a estar satisfechos en cualquier situación en que nos encontremos.3 Sólo así podemos de veras ser felices. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Gustavo Gómez Ardila, «A motilar motilones», Cúcuta para reírla (Escenas de su historia) En línea 6 julio 2019. 2 1P 4:8, 15-16 3 Fil 4:11
A principios del siglo dieciocho las jóvenes de Quito acostumbraban asomarse de continuo al balcón para corresponder al saludo y disfrutar de la admiración de los amigos que pasaban por la calle. Era extraordinario el afecto que sentían por su balcón, pues lo consideraban testigo, confidente y cómplice de hermosas ilusiones. A los hombres también les encantaba el balcón de la novia. Cada pretendiente sabía que no había lugar como aquel espacio entre la calle y la ventana, sede de ese amor sentimental y romántico que disimulaba la timidez, temía ser sorprendido, y necesitaba de mayor esfuerzo y audacia en la conquista por expresarse desde abajo. El noviazgo tenía que oficializarse para que se les permitiera a los jóvenes quiteños entrar en la casa de las señoritas y visitarlas, en presencia de toda la familia, desde luego. De modo que el sitio preferido de visita era aquel escenario entre el balcón y la calle. Allí, cuando comenzaban a apagarse las luces del cielo, los príncipes azules encendían el corazón de sus princesas con el fuego de sus galanterías, y se fijaban citas que por lo general se realizaban en los templos o en casa de familiares. Esas citas pocas veces culminaban en relaciones sexuales debido a las trabas sociales que se interponían. Por lo tanto, cuando los enamorados lograban vencer esos obstáculos, se desbordaba la represa de su pasión. Y por eso el historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González comenta que «nunca ha habido tantos hijos ilegítimos como entonces, ni nunca los pecados de amor fueron más gentilmente perdonados y olvidados».1 ¡Qué triste es ese comentario de la sociedad colonial! No sólo procreó un sinnúmero de hijos ilegítimos, sino que creó un ambiente de tolerancia del pecado, en el que era fácil obtener la absolución social. La verdad es que se asemeja mucho a la sociedad actual. Al creciente índice de nacimientos ilegítimos se suma la desgracia de justificar una actitud tolerante frente al pecado pasional, a tal grado que a todo el que lo censura se le califica de intolerante. ¿Qué se logra con esa actitud? ¿Acaso menos niños que no conocen a su padre? ¿No será que la postura nuestra, la llamada «intolerante», contribuye a que haya más hogares con ambos padres presentes, mientras que la otra, la de excesiva «tolerancia», fomenta lo contrario y por eso sigue extendiéndose esa plaga familiar? ¡Cortemos de raíz este mal que nos está infestando! Cuando un balcón de la vida nos lleve a la impureza del pecado, acudamos a Dios en vez de escudarnos en la sociedad. No esperemos el perdón de la sociedad; más bien pidámosle a Dios perdón por la suciedad que hayamos cometido. Él es el único que trata tanto las causas como los efectos de la enfermedad que es nuestro pecado. Y está dispuesto no sólo a perdonar a quienes se lo pidamos, sino también a bendecir sin medida a quienes nos abstengamos de toda relación sexual fuera del matrimonio,2 que es la insuperable institución que Él estableció para que disfrutáramos del más satisfactorio placer humano.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Alfonso Rumazo González, Manuela Sáenz: la Libertadora del Libertador, 6a ed. (Caracas: Ediciones EDIME, 1962), pp. 60-62. 2 Hch 15:29 3 Mt 19:4‑9
En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue: «Tengo cuarenta años. Hace casi tres años empecé a enfermar. Me vieron varios médicos y me hicieron muchos exámenes. Pero todos salieron normales, y nada cambió. Como resultado, caí en un estado de depresión y me sometí a un tratamiento horroroso con un psiquiatra. En mi gran desesperación, y por consejos de la gente, recurrí luego a un curandero o brujo. Pero no fue más que una estafa. Nada cambió tampoco. »He bajado mucho de peso, y sigo muy preocupado.... ¿Será posible que Dios me perdone por haber buscado ayuda en la brujería? ¿Será que algún día Dios me sanará?» Este es el consejo que le dio mi esposa: «Estimado amigo: »¡Cuánto sentimos la enfermedad y todo lo demás que usted ha estado sufriendo! »Tal como lo ha reconocido, hizo mal cuando acudió a un curandero. Si bien algunos presuntos brujos son embusteros que estafan a sus clientes, otros se valen de verdaderos poderes de Satanás para atraer y engañar a sus víctimas. Y como el objetivo principal de Satanás es lograr que las personas se vuelvan en contra de Dios, las que consultan a los brujos corren el riesgo de perder toda la fe en Dios que pudieran alguna vez haber tenido. »Por eso, usted hizo algo malo y peligroso al consultar a un brujo, pero Dios está dispuesto a perdonar todo pecado. De hecho, “si reconocemos ante Dios que hemos pecado, podemos estar seguros de que él, que es justo, nos perdonará y nos limpiará de toda maldad”.1 No hay pecado alguno que se excluya; “toda maldad” incluye todo pecado. Así que en vez de estar preocupado por lo que ha hecho, pídale a Dios en oración que lo limpie del pecado y de toda maldad. Una vez que se lo pida, Él lo perdonará y limpiará, y ya no tendrá que preocuparse por eso, entre otras cosas. »... La ciencia médica no deja de hacer nuevos descubrimientos acerca de cómo funciona nuestro cuerpo.... Uno de esos nuevos descubrimientos es cómo nuestro cerebro afecta todas las demás partes de nuestro cuerpo. Por ejemplo, en el caso suyo la depresión que usted atribuye a su incertidumbre en cuanto a su salud bien pudiera ser otro factor que lo afecta físicamente de manera negativa. El cerebro y el cuerpo están entrelazados a tal grado que es imposible saber con certeza si la enfermedad física causó la depresión, o si la depresión pudiera haber causado, al menos en parte, la enfermedad. »Usted nos pregunta si algún día Dios lo sanará. Sí, creemos que Dios a veces sana las enfermedades sobrenaturalmente, y por eso le pedimos que nos sane. Pero reconocemos que la mayor parte del tiempo Dios se vale de los médicos para darnos sabios consejos médicos y medicinas a fin de controlar infecciones y malestares.» Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo puede leerse con sólo ingresar en el sitio www.conciencia.net y pulsar la pestaña que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 761. Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 1Jn 1:9 (TLA)
(Antevíspera del Día Mundial del Matrimonio) «Arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de San Nicolás. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar. »Yo soy la viudita del barrio del rey. Me quiero casar y no sé con quién. Con esta sí, con esta no, con esta señorita me caso yo. »Capitán de buque me mandó un papel a ver si quería casarme con él. Yo le contesté, en otro papel, que hombre sin dinero no era menester. »De tanto andar el joven con ese papel, hasta mi mamita lo llegó a saber. —Ven acá, mi hijita, dime la verdad, si con ese joven te piensas casar. —No, no, mi mamita, no lo piense usted, que con ese joven no me casaré.»1 Estas populares rimas infantiles sobre los requisitos que debían cumplir los futuros cónyuges de niños y niñas fueron publicadas por Juan Alfonso Carrizo en su Cancionero de Catamarca en 1926 y en su Cancionero de Salta en 1933. Gracias a Dios, en el siglo veintiuno reconocemos mucho más que en los siglos anteriores los principios bíblicos que establecen la igualdad entre los hombres y las mujeres. «Juan Alfonso Carrizo fue un estudioso argentino que... se dedicó... a... la búsqueda y el hallazgo de los cantares tradicionales del pueblo.... [Logró] recorrer personalmente, palmo a palmo, cinco provincias [argentinas], recolectar cerca de treinta mil cantares y publicarlos anotados con la mayor erudición», escribe la eminente doctora e investigadora argentina Olga Fernández Latour de Botas en 1995 con motivo del centenario del nacimiento de Carrizo. «Recuerdo que mi padre, don Enrique Fernández Latour, decía haberlo conocido en las tardes en que, desde una mesa de la confitería más céntrica de la ciudad de San Miguel de Tucumán, recitaba a quien quisiera oírlo coplas y cantares que fluían de sus labios con toda la belleza, la gracia y la sabiduría de la tradición viva. Él los había descubierto, documentado y “salvado” del olvido.... »Con la Fe como guía iba buscando todo lo que las gentes dicen cantando, cuando cuentan, o ríen, o están llorando. »Me tocó a mí, por indicación [de Carrizo mismo] —alentada o tal vez inducida por mi maestro... el profesor [Bruno Cayetano] Jacovella... [que] ha sido el mejor biógrafo de Carrizo— proseguir con trabajos referidos al cancionero. »... Había en Carrizo un atavismo luminoso que... lo conducía por el sendero de la fidelidad al Evangelio y de la permanente manifestación de su gracia.... »“En esta vida emprestada el bien vivir es la llave. Aquel que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. »Esta cuarteta anotó don Juan Alfonso Carrizo, y con esa llave abrió la puerta del paraíso.»2 Sólo nos queda aclarar que, según San Pablo, lo que sabe el que se salva es que la salvación no es por obras sino por la gracia de Dios, y que se obtiene mediante la fe como su regalo inmerecido.3 Carlos ReyUn Mensaje a la Concienciawww.conciencia.net 1 Juan Alfonso Carrizo, «Rimas infantiles», Antiguos cantos populares argentinos (Cancionero de Catamarca) (Buenos Aires: Impresores Silla Hermanos, 1926), pp. 235-36 En línea 15 agosto 2025; Juan Alfonso Carrizo, Cancionero popular de Salta (Buenos Aires: A. Baioco y Cia. Editores, 1933), p. 18 En línea 15 agosto 2025. 2 Olga Fernández Latour de Botas, «En el centenario de Juan Alfonso Carrizo», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 545 (noviembre 1995), pp. 127-137 En línea 15 agosto 2025. 3 Ef 2:8-9